Frenesí, de Joyce Carol Oates
♫♫♫ She Break - Shockfactor ♫♫♫
Ya le había dedicado dos entradas a dos de los relatos que forman parte de Frenesí, de Joyce Carol Oates, porque había tanto que destacar en ellos que sentía que una reseña general no iba a ser suficiente para hacerles justicia. Y ahora, después de haber terminado el libro, me encuentro con que podría haber hecho exactamente lo mismo con algunos de los restantes. Nueve relatos en total, varios de ellos con entidad suficiente para merecer una entrada independiente.Oates organiza la colección en tres partes, aunque no me he detenido a reflexionar sobre el criterio que determina esa división. Lo que sí he percibido es la variedad de territorios por los que transitan estas historias, pese a compartir esa mirada inquietante y profundamente humana tan característica de la autora.
Hay relatos de naturaleza casi fantasmal, en los que parece que quien nos cuenta la historia es alguien que ya ha muerto, una voz que llega desde otro lado para reconstruir o ajustar cuentas con lo vivido. Otros se detienen en la viudez, en la pérdida y en las consecuencias de una ausencia que lo transforma todo; un territorio especialmente cercano a Oates, que conoce de primera mano la experiencia de perder a dos maridos. Pero su reflexión no se limita al estado de viudez: al analizar lo que significa quedarse sin pareja, examina también, casi por contraste, lo que supone estar casada. Porque el matrimonio no siempre responde al amor o al deseo de compartir una vida; a veces es también una manera de llenar un espacio, de conjurar la soledad, de tener a alguien al otro lado de la existencia. Así, al explorar la ausencia, Oates termina interrogando también la presencia y los motivos, a veces contradictorios, que nos llevan a buscar compañía. . Y hay también historias que ponen el foco en la vulnerabilidad y la desprotección de la infancia o de las mujeres jóvenes, expuestas al poder de hombres controladores, capaces de convertir los vínculos afectivos en espacios de sometimiento y amenaza.
Nueve relatos, nueve aproximaciones distintas a la fragilidad humana, a la búsqueda de una identidad, al miedo, a la pérdida y a las relaciones de poder. Y, como suele ocurrir con Joyce Carol Oates, bajo la aparente singularidad de cada historia se esconde algo mucho más perturbador que permanece con nosotros una vez cerradas las páginas, con finales normalmente abruptos en los que el lector se verá obligado a barajar teorías sobre su significado.
“Demasiado... necesitada.
¿Necesitada de qué?
De tener un marido. De estar casada. De nuevo.
No es que quiera casarme. Quiero estar casada."
Uno de los relatos que me ha hecho sonrreirme en varias ocasiones es «Pesca nocturna en Antibes», por lo que acaba revelando sobre el misterio de la condición humana y por la forma en la que decide narrarlo, un toque de ironía, de humor negro y de captar esa época de la vida, en la que estamos un poco de vuelta de todo. Zahira, que ha enviudado, vuelve a encontrarse con Ilya, un hombre que en otro tiempo le ofreció tener una aventura y que posiblemente estaba dispuesto a abandonar a su mujer por ella (“No con palabras, sino con su actitud permitió que Ilya Greb supiera: Sí, yo también me siento atraida por tí; pero no, no pasará nada entre nosotros”). Ese reencuentro, tantos años después y desde unas circunstancias vitales muy distintas, termina poniendo en cuestión algo que damos por sentado: la fiabilidad de nuestros propios recuerdos o, quizás el autoengaño del momento, que ha terminado emborronando esos recuerdos. Oates juega con esa distancia entre lo que creemos haber vivido, lo que recordamos y lo que realmente pudo suceder. Porque la memoria no es un registro fiel de los acontecimientos, sino una reconstrucción en la que intervienen el deseo, las expectativas, las emociones y, quizá también, la necesidad de otorgar un sentido a nuestro pasado, aunque hay un momento dado en que un personaje alude a ese pasado des-romantizándolo: "Ilya les dice que especular sobre el pasado, como hace la gente continuamente, es algo así como viajar en el tiempo. Y viajar el el tiempo es ciencia de pacotilla." Oates habla también de las trampas de la nostalgia y de nuestra tendencia a embellecer lo que quedó sin resolver. Oates consigue que una historia aparentemente pequeña, un reencuentro entre personas que envejecen y que arrastran sus pérdidas, termine convirtiéndose en una reflexión sobre el deseo, la memoria y las ilusiones que nos acompañan durante toda la vida y el choque que supone enfrentarse a la realidad.
«Las secuoyas» es
otro de esas historias que se quedan revoloteando en la cabeza, fantasmal y sonámbulo.
Tiene algo de historia de fantasmas, aunque el verdadero fantasma que
persigue a su protagonista no es otro que su propio pasado. Jacob
(Van) Vanbrugh es un joven que, durante una excursión por un bosque
de secuoyas, se encuentra con una pareja cuya discusión parece
esconder una situación de violencia y sometimiento. La mujer, Lise,
despierta su interés y también su preocupación, pero Van no
termina de encontrar el valor necesario para intervenir. Aquel
encuentro, que podría haber quedado reducido a una anécdota sin
mayor trascendencia, acabará convirtiéndose en una presencia
constante en su vida.
Hay, además, otro aspecto que me ha llamado la atención, un tema por el que no pasa precisamente de puntillas: la idealización de una mujer y de una historia que nunca llegó a ser. Van queda atrapado no solo en el recuerdo de aquel encuentro, sino también en lo que pudo haber sucedido si las circunstancias hubieran sido otras. Lise acaba convirtiéndose en una figura idealizada, en la representación de una vida alternativa que nunca tuvo ocasión de experimentar. Y puede que aquí nos encontremos con una de las mayores trampas de la memoria: aquello que no hemos vivido puede resultar mucho más difícil de superar que lo que sí hemos vivido. Porque lo que quedó en el terreno de las posibilidades nunca tuvo que enfrentarse a la realidad, a sus decepciones ni a sus limitaciones. Permanece intacto, alimentado por la imaginación y por el arrepentimiento. De este modo, Lise se convierte en una especie de fantasma que acompaña a Van durante toda su existencia (el propio Van es otro fantasma), no tanto la mujer que conoció como la mujer que imaginó, y la vida que pudo haber tenido y que nunca llegó a existir. Hay algo en este relato que me ha remitido a «Pesca nocturna en Antibes». Ambos podrían leerse en diálogo, porque hablan de esos encuentros que, por una razón u otra, quedan suspendidos en el tiempo y terminan acompañándonos durante el resto de nuestra vida. En uno, el vínculo con otra persona permanece sin resolver, atrapado en lo que pudo haber sido y no fue; en el otro, es la cobardía, la incapacidad de intervenir, la que convierte un instante fugaz en una herida persistente. En ambos casos, Oates parece sugerir que hay experiencias de las que nunca terminamos de desprendernos, precisamente porque no encontraron una conclusión.
Me interesa especialmente esa forma de mostrar cómo lo no resuelto puede adquirir más peso que lo vivido. Una persona a la que apenas hemos conocido, una oportunidad que dejamos escapar o una decisión que no nos atrevimos a tomar pueden instalarse en nuestra memoria y acompañarnos durante décadas. Van y Lise tendrán un único encuentro, un momento fugaz en el que se cruzan las miradas. En ese momento y en su imaginación, hubiera tenido que resolver una situación incómoda en la que Lise podría haberse encontrado en peligro. No la resolvió, eligió el silencio, ya fuera por cobardía o por timidez. La resolución del conflicto la vivió en su cabeza durante el resto de su vida, pero solo en su cabeza. El tiempo pasa, la vida continúa (incluso no sabemos, si por broma de Oates o por esa intensa búsqueda mental de Lise, se acabó casando con una mujer llamada Elise), pero algo permanece detenido en aquel instante.
Quizá lo más triste sea comprender que no solo le atormenta a Van una oportunidad perdida con Lise, sino también la conciencia de haber pasado por la vida sin implicarse verdaderamente, sin atreverse a actuar cuando las circunstancias lo exigían. Oates vuelve a hablarnos de la fragilidad humana, pero esta vez desde el remordimiento, la idealización y la conciencia de que hay momentos que no regresan. Y que, a veces, lo que más nos persigue no es aquello que hicimos, sino aquello que no nos atrevimos a hacer; ni siquiera las personas que perdimos, sino también aquellas que nunca llegamos a conocer de verdad.
"Apenas
tuvo tiempo de pensar: Dios mío, ¿qué me está pasando?
Pero
ya no había yo."
«Refugio» es otro de los relatos redondos de la colección y que identifican el estilo de la Oates. Lorene es una mujer joven que lleva siete años casada con Marcus, un hombre bastante mayor que ella, controlador, egoísta y de comportamiento imprevisible. Sin embargo, lo verdaderamente perturbador es que Lorene parece no ser plenamente consciente de la naturaleza de la relación en la que vive. Ha terminado adaptándose a sus exigencias, disculpando sus desplantes y esforzándose por ser la mujer que él espera que sea, hasta el punto de haber interiorizado la imagen de inferioridad que su marido le devuelve constantemente. Cuando Marcus desaparece y Lorene emprende su búsqueda, supuestamente hasta un retiro budista en el que podría haberse refugiado, comienza también otro viaje: el de su propia toma de conciencia. En este relato lo realmente importante, más que la personalidad controladora de su marido, es el estado mental de Lorene y como va despojándose de una mochila de inseguridades y miedos y dar rienda suelta a su yo.
“Y este recordatorio, que casi había olvidado: cuando estás casada, tu vida la determina otra persona. Él tiene tu corazón en la mano, tu corazón desnudo y palpitante confiado a los dedos de otro.”
Poco a poco el relato que, en un primer momento parecía estar narrando una crisis matrimonial, se va transformando progresivamente en una historia de suspense psicológico, cada vez más oscura y amenazadora. Y lo hace con esa habilidad suya para mostrarnos cómo el horror puede instalarse en la vida cotidiana, oculto tras una apariencia de normalidad. Lo más desolador es asistir al proceso por el que Lorene empieza a comprender que aquello que durante tanto tiempo había interpretado como amor quizá no era más que una forma de sometimiento.
El resto de los relatos, aunque no me haya detenido en ellos, son igualmente fascinantes y perturbadores: «El miedo», «La llamada», «El regreso» y «Venas pequeñas» dejan también su propio poso. «El frenesí» y «El accidente de bicicleta» merecieron, por su parte, unas entradas independientes y aparte.
En conjunto, una colección de relatos estupenda, de esas que confirman la capacidad de Joyce Carol Oates para adentrarse en los territorios más inquietantes de la condición humana. Historias que no siempre ofrecen respuestas, pero que dejan preguntas, desasosiego y muchas zonas de sombra en las que seguir escarbando.
La traducción es de Ismael Belda.
“En el cerebro de Lorene una rejilla se estaba cerrando, dejándola a la deriva en medio de un estruendo parecido al viento, a la distancia, al tiempo, como si el hombre que había llegado milagrosamente a su vida ya estuviera perdido para ella, desaparecido para ella, el marido distanciado que jamás volvería a ella, ya que por supuesto ella le había fallado, era una esposa fallida, fallida en el amor, fallida en mantener vivo el amor, aferrada a un auricular apretado contra la oreja con la tremenda desesperación de alguien que escucha palabras en un idioma extranjero.”
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