[Cuento] El frenesí, de Joyce Carol Oates
♫♫♫ Forging the beast - Johann Johannsson ♫♫♫
"Atravesar descalzo y con paso seguro la conocida oscuridad del dormitorio hasta una habitación adyacente donde su teléfono móvil se estaba cargando como un corazón separado de su cuerpo."
Siempre me admira la capacidad de trabajo de Joyce Carol Oates. A su edad, sigue manteniendo un ritmo de publicación extraordinario, con prácticamente una novela al año y uno o dos libros de relatos. Es como si la necesidad de escribir no se agotara nunca. Y hay otro hecho que me llama especialmente la atención en esta etapa de su carrera: la libertad con la que ha ido escribiendo a medida que pasan los años.
Oates siempre ha sido una autora experimental, dispuesta a probar diferentes formas narrativas, a veces con mayor fortuna que otras, pero nunca demasiado preocupada por acomodarse a una fórmula, nunca ha tenido miedo por poner en peligro su status quo. Sin embargo, tengo la impresión de que en estos últimos años se vuelto todavía más libre, incluso más desinhibida. Es como si hubiera llegado a un punto en el que ya no le importara demasiado lo que puedan pensar los demás. Se tira a la piscina sin demasiadas contemplaciones, abusa de las cursivas, se entrega a la voz interior, juega con los pensamientos y las obsesiones de sus personajes y lleva sus recursos narrativos hasta donde le apetece. Como si dijera: esta soy yo, así escribo y a estas alturas no tengo que pedir permiso a nadie. Y, curiosamente, creo que es precisamente esta Oates, más arriesgada y menos pendiente de las convenciones, la que más me interesa.
La primera historia de este último libro de relatos publicado, The Frenzy (El Frenesí), es un buen ejemplo de todo esto porque aquí encontramos muchos de los elementos que identifican su literatura, aunque esta vez hay una particularidad: la voz interior que nos conduce por la historia no pertenece a una mujer, como sucede en tantos otros relatos de la autora, sino a un hombre. Cassidy, un hombre casado y de mediana edad, se obsesiona con Brianna, una joven de diecinueve años con la que emprende una escapada a Cape May. Lo que él imagina como una aventura capaz de devolverle la juventud y la sensación de seguir siendo un hombre atractivo y deseable se va revelando poco a poco como una fantasía de dominio. Porque Cassidy no parece desear tanto a Brianna como aquello que representa para él: la posibilidad de recuperar una imagen de sí mismo que empieza a perder. Y hay algo más, y a medida que va avanzando el relato, la autora va dejando pistas inquietantes sobre como esta necesidad de dominio puede convertirse en un peligro para el entorno de la propia Brianna.
Oates se detiene en los signos físicos del envejecimiento del protagonista: el sobrepeso, la calvicie, un cuerpo que ya no responde a la imagen que Cassidy conserva de sí mismo, y quizás la necesidad de validación de este hombre fuera de su entorno doméstico. Frente a él está Brianna, con sus diecinueve años, convertida casi en un instrumento de esa fantasía de rejuvenecimiento. Cassidy necesita su juventud para sentirse joven, necesita su atención para sentirse deseado y, sobre todo, necesita creer que todavía conserva el poder de seducción que atribuye a su pasado. Hay una escena que me parece especialmente reveladora mientras Cassidy se afeita frente al espejo : «Cassidy ha aprendido cuál es la mejor manera de mirarse, no hay que mirarse muy directamente». Aquí está condensado buena parte del personaje. Cassidy ha aprendido a mirarse sin llegar a reconocerse del todo, a seleccionar aquello que puede soportar de su propia imagen y a apartar la mirada de lo que amenaza la idea que tiene de sí mismo. No quiere enfrentarse al hombre que es, sino seguir viendo al hombre que necesita creer que es pero... ¿no es algo que hacemos todos cuando vamos cumpliendo años y llegado un punto cuestionamos lo que nos muestra el espejo? La vida misma, señora Oates...
Y esa misma actitud se traslada a su relación con Brianna. Cassidy interpreta sus gestos y sus silencios desde sus propias expectativas. No quiere ver las señales de desinterés, incomodidad o miedo que la joven deja entrever, porque hacerlo supondría reconocer que quizá la historia que se ha construido en su cabeza no tiene demasiado que ver con la realidad. Su obsesión termina condicionando por completo su percepción de las cosas. Aquí es donde me parece que Oates demuestra su habilidad narrativa. Nos mete directamente en la cabeza de Cassidy y nos obliga a contemplar los acontecimientos desde su conciencia. No hay una voz neutral que nos explique qué está pasando ni que nos diga cómo debemos interpretar a los personajes. Estamos dentro de los pensamientos de un hombre obsesionado, y de su particular manera de ordenar la realidad.
Brianna, por tanto, nos llega filtrada por esa mirada masculina que pretende definirla y apropiarse de ella. No tenemos acceso a su mundo interior, pero eso no significa que sea un personaje misterioso: es Cassidy quien ocupa todo el espacio narrativo y quien apenas deja sitio para que ella exista al margen de sus deseos. Y el lector tiene que hacer un pequeño esfuerzo para ir separando lo que el protagonista cree que sucede de lo que realmente parece estar sucediendo. Hay que leer entre líneas, desconfiar de sus interpretaciones y prestar atención a esas pequeñas fisuras por las que se cuela una realidad que Cassidy se empeña en no reconocer. Porque, aunque todo está contado desde su perspectiva, el autoengaño no consigue ocultarlo todo. Cassidy tiene una habilidad especial para presentarse como víctima de las circunstancias y trasladar siempre la responsabilidad a las mujeres que lo rodean. Su mujer, que ya le resulta aburrida, o Brianna, a quien atribuye la iniciativa de una situación que él mismo desea y alimenta.
“Quiere protestar: Es ella quien ha puesto esto en marcha, no él. Al llamarlo la noche anterior, una llamada clandestina a las doce y veinte, cuando sabía que él estaría despierto y su mujer estaría dormida pues esa información íntima la ha compartido con la chica para hacerle saber lo admirablemente diferente que es ella de la mujer.”
Esta cita es un magnífico ejemplo de cómo Cassidy retuerce los acontecimientos para acomodarlos a su relato: convierte sus propias decisiones en respuestas a las iniciativas de Brianna y se convence de que, en el fondo, es él quien está siendo arrastrado por la situación. Oates consigue así que veamos mucho más de lo que el protagonista cree estar contando. Me gusta especialmente ese juego que establece Oates con nosotros. Nos introduce en una conciencia que intenta convencernos de su propia versión de los hechos, pero al mismo tiempo nos va dejando pistas para que podamos cuestionarla. La violencia del personaje no se manifiesta únicamente en su deseo de controlar a Brianna y en su obsesión por arrastrarla al hotel, sino también en su incapacidad para reconocerla como una persona independiente. Cassidy necesita que ella desempeñe un papel en su historia, y parece incapaz de aceptar que no tiene ninguna obligación de hacerlo.
En definitiva, éste es un relato muy representativo de Joyce Carol Oates porque es una auténtica maestra del terror de lo cotidiano, de esa capacidad para encontrar lo inquietante y lo perturbador en situaciones aparentemente normales y en personajes que, a primera vista, podrían parecernos perfectamente reconocibles. No necesita recurrir a situaciones extraordinarias: le basta con meternos en la cabeza de un hombre corriente, escuchar cómo se justifica y observar cómo va deformando la realidad para descubrir algo profundamente turbador. Oates sabe que, a veces, lo más aterrador no está en lo excepcional, sino en aquello que sucede mucho más cerca de nosotros de lo que nos gustaría admitir
Y vuelvo a lo que comentaba al principio: me gusta esta Oates que parece escribir sin demasiadas preocupaciones por las convenciones. Puede gustar más o menos, pero admiro esa libertad que hay en ella. Y eso, tratándose de una autora con una trayectoria tan extensa, me parece casi un milagro.
La traducción es de Ismael Belda.
“En el dormitorio, su mujer dormía sin saber.
En sus habitaciones, sus hijas adolescentes dormían sin saber.
Esa vertiginosa sensación de ebriedad al ceder, al hundirse, como si no tuviera huesos ni voluntad propia, a la que se estaba haciendo adicto.”


Comentarios
Publicar un comentario