[ Cuento ] El accidente de bicicleta, de Joyce Carol Oates
“Cierto que Rob tenía una manera de elogiar a niñas y mujeres que podía resultar insultante, una manera que se detenía demasiado en la apariencia física, pero rara vez hablaba así a Arlette. Una vez le dijo: Tus hijos son hermosos, Arlette. Pero eso no es ninguna sorpresa, son tus hijos.”
El accidente de bicicleta, de Joyce Carol Oates, encuentra su verdadero sentido no tanto en lo que se cuenta como en todo aquello que deja deliberadamente fuera. Bajo la apariencia de una historia sobre un accidente y sus consecuencias, la escritora construye un relato mucho más inquietante sobre el trauma, la maternidad, la decepción provocada por los adultos y las formas de complicidad que pueden instalarse en el seno de una familia.
Porque en El accidente de bicicleta ocurre algo que se normaliza y se enquista: lo fundamental nunca llega a expresarse. Oates levanta un relato alrededor de un vacío, de algo que permanece deliberadamente fuera de nuestro alcance. No es que falten datos por descuido o que la narración resulte incompleta porque realmente todas las pistas están ahí, todos los síntomas que muestran que el accidente iba a ser el punto de inflexión, pero esto quizás lo sabemos cuando ya hemos terminado el relato. Tengo la impresión de que esa ausencia de información constituye precisamente su centro. La historia está cerrada en lo que se refiere a aquello que se nos cuenta, pero permanece abierta, y de qué forma, en todo lo que intuimos, sospechamos y nos vemos obligados a reconstruir.
Lo interesante no es tanto averiguar qué ocurrió como observar qué produce ese silencio y cómo Oates va preparando el terreno para que sus consecuencias se extiendan mucho más allá del episodio que lo desencadena. El relato comienza con Evie, una niña de trece años que se siente casi una exiliada en medio de la preparación de una barbacoa familiar. Mientras su madre se ocupa de los preparativos, ella permanece en la cocina ayudándola a preparar huevos rellenos, apartada de sus hermanos, que comparten con el padre un espacio y unas actividades que parecen corresponderles de manera natural. Ya desde esa primera escena, Oates deja entrever una distribución de papeles estrictamente femeninos y masculinos, una determinada organización familiar en la que Evie parece ocupar un lugar secundario, casi marginal. Pero lo verdaderamente significativo sucede cuando el relato interrumpe esta perspectiva y se produce un cambio, porque la historia había fluctuado entre el punto de vista de Arlette y el Evie pero llegado un momento, hay una elipsis decisiva: Evie sale a comprar bebidas acompañada por Rob Nash, un amigo de la familia, y Oates decide no contarnos lo que sucede durante ese intervalo, lo que decide es continuar la perspectiva desde Arlette, su madre, en la cocina dándole vueltas a la cabeza a cómo le gustaría que fuese su hija.
“Arlette sintió una punzada de angustia: su hija.
Jamás le habría confesado a nadie, y mucho menos a Kevin que envidiaba a sus amigas cuyas hijas eran atractivas, encantadoras, divertidas. Al menos dos de ellas eran de una belleza alarmante, y ya a la edad de Evie.
El mundo le ponía las cosas muy difíciles a una chica que no fuera atractiva. Daba igual lo que dijera la gente. O que las feministas fuesen optimistas, alentadoras. Por supuesto, a Evie la ayudaría el hecho de ser inteligente, al menos en el colegio, pero la verdad es que nadie miraría dos veces a Evie si había otras chicas cerca.”
Es precisamente en ese espacio en blanco donde se instala el núcleo más perturbador del relato. A partir de ahí, lo importante ya no será tanto reconstruir lo ocurrido como observar cómo ese silencio condiciona las relaciones, y termina convirtiéndose en una presencia que lo invade todo. Porque hay silencios que no protegen a nadie, aunque se presenten como una forma de protección. Silencios que preservan un determinado equilibrio familiar a costa de dejar intactas las heridas. Oates es una autora que sabe que no quiere un lector pasivo: la elipsis no queda presentada como un simple recurso para ocultar información al lector. Se convierte en una decisión estructural: Oates nos hace experimentar la ausencia de aquello que no podemos conocer y, al mismo tiempo, nos obliga a prestar atención a lo que sucede después. La familia aparece así no tanto como un espacio de refugio, sino como un territorio donde las verdades pueden quedar sepultadas bajo capas de silencios, omisiones y complicidades.
Me parece que aquí reside uno de los mayores aciertos del relato. Oates no necesita explicarnos demasiado, ni siquiera ofrecernos una revelación que ordene retrospectivamente lo sucedido. Confía en que el lector perciba las fisuras y se haga cargo de aquello que la narración evita formular. Y esa confianza tiene algo de exigencia: nos obliga a leer entre líneas y a interpretar ciertas actitudes, ciertos cambios. Es una narrativa cada vez menos preocupada por la transparencia argumental y más interesada en las zonas oscuras de la experiencia humana convirtiendo el relato en pura indagación psicológica. El lector no espera únicamente una respuesta; empieza a comprender que quizá la respuesta nunca llegue y que lo importante está en las consecuencias de ciertas actitudes normalizadas, a menos que se produzca una rebeldía inesperada.
Este momento de ausencia narrativa es esencial porque a partir de ahí el accidente a simple vista será el acontecimiento traumático central, pero progresivamente vamos intuyendo que es apenas la manifestación visible de una experiencia anterior, mucho más oscura. El accidente de Evie y su posterior comportamiento permiten sospechar que detrás de aquella salida con Rob Nash pudo producirse algo, algo que quizás ya intuía la niña que iba a ocurrir dado su rechazo continuo a este amigo de la familia, que desde el exterior podría verse como la hosquedad de la adolescencia pero que de alguna forma apuntan a algo más desestabilizador del ambiente familiar. Oates, sin embargo, no confirma ni explica nada. Prefiere dejarnos ante una sospecha que va adquiriendo consistencia a medida que avanzamos en la lectura. Y esa sospecha resulta todavía más inquietante cuando reparamos en quién es Nash: no un desconocido, sino un amigo de la familia, un hombre con dinero e influencia cuya presencia parece reportar ciertos beneficios a los Hansen:
“Porque eres una de sus personas favoritas. Eres del círculo íntimo de Rob Nash. Porque eres especial.”
La figura de Arlette, la madre, es quizá la más compleja y perturbadora del relato. Porque también sobre ella se proyectan nuestras dudas. ¿Conoce el peligro al que podría exponer a su hija? ¿Hasta qué punto su dependencia económica y emocional condiciona su comportamiento? Oates no responde a estas preguntas, pero consigue que ninguna de ellas resulte gratuita. La decisión de hacer que Evie acompañe a Nash, pese a la resistencia de la niña, abre una posibilidad terrible: que Arlette no sea simplemente una madre incapaz de proteger a su hija, sino alguien que conoce, o al menos intuye, el peligro y aun así no hace nada para evitarlo. La maternidad aparece entonces despojada de cualquier idealización. El amor materno no garantiza necesariamente la protección, y una mujer que también puede haber sido víctima de una situación de abuso quizá termine convirtiéndose, consciente o inconscientemente, en transmisora del daño. Es una de las zonas más incómodas y oscuras del relato, porque Oates no nos permite instalarnos en una posición sencilla. La responsabilidad de Arlette parece inseparable de su propia vulnerabilidad, de sus dependencias y de un orden familiar en el que el dinero y la posición de Nash parecen tener un peso que nadie está dispuesto a cuestionar.
Desde esta perspectiva, el comportamiento posterior de Evie adquiere otra dimensión. Su hostilidad hacia la familia, su necesidad de independencia y su rechazo de determinados vínculos afectivos pueden leerse como mecanismos de defensa. Ya no estamos simplemente ante una adolescente rebelde o una hija difícil, sino ante alguien que ha perdido la confianza en los adultos y que quizá ha descubierto demasiado pronto que el espacio familiar, ese lugar que debería ofrecer protección, puede ser también el escenario de la desprotección y la complicidad. El trauma, por supuesto, no termina con la recuperación física del accidente. Evie consigue construir una vida propia, alejada de aquel entorno, pero la distancia no parece haber conseguido borrar la herida y este es un tema recurrente en la obra de Oates, a Qué fue de los Mulvaney me remito, por ejemplo. Hay, además, una cuestión que me parece esencial en la mirada de Oates: el peso de los papeles que la familia y la sociedad asignan a hombres y mujeres, y la manera en que esos roles terminan condicionando incluso a quienes los padecen, sobre todo cuando se trata de una niña de trece años como Evie. Y lo más inquietante es que ese orden no se sostiene únicamente por imposición masculina: también puede ser interiorizado y transmitido por las propias mujeres.
“-Una mujer es su cuerpo, ese es el problema. Un hombre es su cerebro y lo que pueden hacer con él, pero una mujer es solo… La gente la mira y la juzga en un segundo.”
Pero puede que el tema que termina atravesándolo todo sea el del trauma y sus formas de transmisión. Porque el daño no se hereda únicamente a través de lo que alguien hace, sino también de lo que quienes deberían protegernos consienten, callan o nos enseñan a no mirar. Me interesa especialmente que Oates no nos ofrezca una interpretación cerrada ni nos permita aceptar sin más las explicaciones que los personajes dan sobre sus propias vidas. Nos obliga a desconfiar de ellas, a mirar debajo de las apariencias, a prestar atención a los gestos y a las contradicciones, a preguntarnos qué hay detrás de esa normalidad familiar que la narración presenta en ocasiones con tanta naturalidad. Es el lector quien debe completar los espacios vacíos y enfrentarse a las preguntas que los personajes no parecen dispuestos a formular.
En El accidente de bicicleta, la elipsis no es un simple recurso para administrar la información o alimentar el misterio. Se convierte en la representación misma de sus personajes, de sus silencios, de todo aquello que callan, ocultan o son incapaces de expresar. La forma del relato reproduce así el universo emocional que describe: una historia en la que lo verdaderamente importante permanece fuera de campo, del mismo modo que permanece fuera de las conversaciones y de la conciencia de quienes la protagonizan, pero cuyas consecuencias terminan ocupándolo todo. Oates nos deja con la incómoda certeza de que hay silencios que nunca son inocentes, y lo que no se dijo en su momento, se convierte en algo irrecuperable.
“Alguien le había aconsejado una vez, quizá había sido Rob Nash: No examines muy de cerca las intenciones de las personas que hay en tu vida.”
La traducción es de Ismael Belda.
(Relato contenido en Frenesí, 2026, y que se publicó por primera vez en el New Yorker en 2023)


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