Confesiones de un sauce, de Can Xue (Cuento)
En la superficie, el relato es extremadamente simple: un sauce habla desde un entorno seco donde la lluvia es escasa y la supervivencia depende del jardinero. No ocurre prácticamente nada. No hay acción, no hay desarrollo, no hay desenlace. Todo el peso recae en la voz del árbol, en su forma de percibir y de pensar su propia existencia.
“Aquí llueve solo dos o tres veces al año, por lo que no se puede confiar en el cielo, sino solo en el jardinero”
El sauce habla desde dentro de esa situación, desde su propia conciencia, y lo que aparece no es una explicación del mundo, sino una forma de estar en él.
Ahí hay algo muy sencillo pero muy inquietante: la vida no depende de un orden natural estable, sino de algo externo, concreto, que no controlas. El sauce no se rebela contra eso, no puede, simplemente lo asume. Y quizá por eso resulta tan fácil sentirse cerca de esa voz: porque su vulnerabilidad no es abstracta, es inmediata.
En esta relectura también he notado más el estilo de Can Xue. Todo es muy sencillo en apariencia, pero nada está del todo cerrado. El sauce, el cielo, el jardinero… parecen símbolos, pero no funcionan como claves fijas. El cuento no te dice qué significan las cosas; te deja dentro de esa lógica sin explicarla.
No pasa casi nada, y sin embargo no se siente vacío. Hay una sensación constante de inmovilidad tensa, como si todo estuviera suspendido en esa dependencia. Y eso es lo que lo hace inquietante: no hay desenlace, pero tampoco salida.
También se puede leer, si uno quiere, como algo más de fondo, relacionado con la Revolución Cultural China, con esa idea de que la vida depende de una instancia que decide por ti. Pero el cuento no impone esa lectura; la permite, sin agotarla.
Si la primera vez me impactó sin saber muy bien por qué, ahora diría que es por esto: porque consigue que algo tan extraño como un árbol que habla se vuelva cercano. No por lo que representa, sino por cómo habita su propia fragilidad.
"Albergué la esperanza de salir adelante y establecerme en este lugar. Por entonces, todavía no me asaltaba el dolor por esta existencia de planta, en la que nos está vedado ir de un lugar a otro; tan solo pensaba en secreto que aquella dependencia del jardinero no podía ser buena. Cuando aparecía por la puerta del parque con el cubo del agua, me emocionaba. Las ramas me temblaban y casi no me tenía erguido. Era el agua de la vida. A decir verdad, no me explico por qué el jardinero quiso trasplantarme a esta tierra arcillosa. A veces me pregunto si todo esto no será una conspiración."
Relato contenido en Hojas Rotas, editado por Aristas Martínez.
Traducción de Belén Cuadra Mora.

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