Roderick Hudson, de Henry James (Casamassima #1)
♫♫♫ Gypsy - Fleetwood Mac ♫♫♫
"La
multitud, cada vez estoy más convencido, no tiene absolutamente
ningún gusto. Escribir para los pocos que lo tienen implica sin duda
perder dinero, sin embargo no tengo miedo a morirme de hambre.
(Henry
James)"
Rescato esta cita de Henry James contenida en el posfacio de Roderick Hudson porque de alguna forma resume la esencia de lo que viene a ser la obra en general de este autor. En ella no hay solo una provocación elitista, sino toda una declaración de principios que ilumina el sentido de sus textos. El trasfondo por ejemplo de Roderick Hudson, gira en torno al arte y a la pregunta de cuándo este cobra sentido y se convierte en verdad. La pureza de la creación se enfrenta aquí a la corrupción, al postureo y a las presiones de lo mercantil. James parece interrogarse sobre si el arte puede mantenerse fiel a sí mismo en un mundo que lo convierte en objeto de consumo.
La cita contrapone, en este sentido, dos lógicas irreconciliables: la del mercado —regida por la cantidad, el éxito y la aprobación masiva— y la del arte auténtico, que exige constancia y una minoría capaz de apreciarlo, y de alguna forma viene a decir, que la verdad de un creador puede acabar diluyéndose y viciándose. Al asumir el riesgo de la "eterna pobreza", el autor reivindica la independencia del creador frente a las expectativas del público. Pero, más profundamente, también sugiere que el verdadero fracaso no es no ser leído por muchos, sino traicionar la propia exigencia artística. En este sentido, la frase dialoga con el destino de sus personajes porque al igual que ellos, el artista se mueve entre lo que es y lo que otros esperan que sea, con el riesgo constante de difuminarse en esa tensión. "- Creo que está aceptado que a largo plazo el egotismo vicia las conductas: ¿es también cierto que vicia el arte?" Pero James va aún más allá al sugerir que no solo el mercado corrompe el arte, sino también el propio artista. El egotismo aparece como una fuerza igualmente destructiva: cuando la creación deja de ser una búsqueda honesta de verdad para convertirse en una afirmación del egocentrismo del autor, el arte se queda en nada. En esta novela esta idea se encarna en la figura del artista Roderick Hudson, que confunde inspiración con capricho y modas, y talento con excepcionalidad personal. Así, James parece advertir que el mayor peligro no es solo ceder a las presiones externas, sino quedar atrapado en la propia imagen idealizada, incapaz de sostener una disciplina o una mirada auténtica sobre el mundo.
"Todo el asunto del genio es un misterio. Se mueve hacia donde le place y no sabemos nada de su mecanismo. Si se avería no podemos repararlo; si se rompe del todo no podemos volver a ponerlo en marcha. Debemos dejar que elija su propio ritmo y contener el aliento si no queremos que pierda su equilibrio "
En este marco, la historia de Roderick Hudson funciona casi como un experimento narrativo. Rowland Mallet, un estadounidense culto y acomodado, cree descubrir un talento artístico excepcional en un joven escultor que conocerá casi por casualidad en algún recóndito lugar de Massachussets y, movido por una mezcla de generosidad y paternalismo, decide convertirse en su mecenas y llevarlo a Europa —sobre todo a Italia— para que desarrolle su arte. El objetivo es claro: crear las condiciones ideales para que el genio florezca. Sin embargo, lo que podría haber sido una historia de formación artística se convierte en el relato de una desviación, y Mallet se convierte en esclavo de un ególatra. Porque Hudson se dispersa, no por falta de talento, sino por falta de constancia. El “brilli brilli” artístico de Italia —sus círculos sociales, sus estímulos estéticos, sus pasiones— lo arrastraran fuera de su eje. Más que disciplinar su talento que es lo que pretendía Mallet llevándole allí, Hudson se deja seducir por la experiencia de ser artista: la pose, el reconocimiento, la intensidad emocional. Su vocación, que exigía rigor y continuidad, se diluye en impulsos cambiantes, en entusiasmos fugaces, en una búsqueda constante de gratificación inmediata. Así, el arte deja de ser un fin para convertirse en un telón de fondo para el propio ego, el del artista.
Ahí es donde la novela conecta de lleno con la cita inicial: no basta con tener talento ni con estar rodeado de belleza; el verdadero desafío del artista es sostenerse por sí solo, con disciplina, con constancia, un artista puro que James da forma en un personaje secundario, Singleton, un artista que es todo lo contrario a Roderick Hudson. Hudson encarna el riesgo contrario al ideal de James: el de quien, en lugar de resistir a las distracciones del mundo, se abandona a ellas y termina perdiendo aquello que le daba sentido. En ese desvío, Roderick Hudson no solo reflexiona sobre el arte, sino también sobre la fragilidad de quien no logra permanecer fiel a su propia vocación.
"- ¿No sabe usted hacer nada? ¿No tiene profesión?
-
Absolutamente ninguna.
- ¿Qué hace durante todo el día?
-
Nada que valga la pena contar. Por eso me voy a Europa. Allí al
menos si no hago nada me parecerá que hago bastante más; y si no
soy un creador, seré al menos un observador."
A mí, sin embargo, lo que me resulta especialmente fascinante de Henry James no es solo su linea temática recurrente en cuanto al arte y su corrupción, o la dicotomía entre la vieja Europa y la nueva América, sino su extraordinaria capacidad para trazar perfiles psicológicos. Sus novelas están habitadas por personajes que piensan más de lo que actúan, que observan, interpretan y, en cierto modo, dirigen la vida ajena desde una posición de distancia. Rowland Mallet pertenece claramente a esta estirpe: la del diletante acomodado que, libre de urgencias materiales, dedica su tiempo a sobre-pensar, a analizar y a organizar mentalmente el destino de los demás. No es un caso aislado, sino una figura recurrente en el universo jamesiano: esos sujetos ociosos que, bajo una apariencia de lucidez y sensibilidad, revelan también una forma sutil de control y una incapacidad para implicarse plenamente en la vida propia. Son observadores, voyeurs, siempre vigilando desde una distancia, sin asumir riesgos emocionales más bien se constituyen en jueces, lo que los convierte a su vez en figuras trágicas por esa falta de riesgo emocional y siempre acabo reconociendo de alguna forma a Henry James en estos personajes centrales en sus obras. Está ahí, lúcido, intuitivo, pero también convirtiendo a la condición humana en una suerte de abstracción.
“Rowland se había preguntado poco antes si sería posible que su joven y brillante amigo careciera de conciencia; ahora se le ocurrió tenuemente que carecía de corazón. Desde el principio no había habido declaraciones abiertas de amistad por ningún lado, pero Rowland implícitamente había ofrecido todo lo que la amistad abarca y aparente y deliberadamente, Roderick lo había aceptado."
Si tuviera que resumir de qué habla Henry James en sus novelas una y otra vez llego a la conclusión de que básicamente habla de las ideas que nos construimos en nuestra cabeza sobre los demás. Proyectamos en ellos nuestros ideales, esperamos que encajen en una imagen cuidadosamente diseñada… pero cada persona posee su propia idiosincrasia, irreductible a cualquier molde. Y así, casi inevitablemente, llega la decepción. En ese terreno —el de la percepción subjetiva, las expectativas y sus quiebros— se edifican las novelas de James. A esto se suma un factor que lo complica todo aún más: la época en la que escribe. En el mundo de James, apenas se podían mostrar ciertos sentimientos y emociones en público; todo debía enmascararse tras una fachada de corrección social. Esa contención obliga a que lo esencial ocurra por dentro. Sus personajes sobre-piensan, se montan una especie de “película preconcebida” abstracta en sus cabezas, interpretando gestos, silencios y palabras con una intensidad que rara vez se traduce en acciones claras. En Roderick Hudson, esta tensión se despliega con especial nitidez: los personajes no solo se enfrentan entre sí, sino también a las versiones imaginadas que han creado unos de otros. La falta de expresión directa genera malentendidos constantes; cada uno cree no ser comprendido, mientras interpreta erróneamente a los demás. El resultado es un mundo donde los sentimientos quedan reprimidos y, en última instancia, donde muchos acaban sacrificados —no tanto por los otros, sino por las ficciones que ellos mismos han construido.
"- Ciertamente, resulta bastante difícil comprometerse con una chica a la que vas a dejar de ver durante años. Estaremos condenados durante algún tiempo y en gran medida a pensar en abstracto sobre nosotros."
No es casual que el propio James considerara esta su primera auténtica novela (1875), aunque fuera la segunda y sin embargo, imagino que reconoció que ya en 1875 ya se había asentado la esencia de lo que vendría a desarrollar en su obra posterior. Y, sin embargo, leída hoy —y especialmente si se compara con su etapa final—, sorprende descubrir que aquí los personajes todavía hablan casi tanto como piensan, lo digo porque ya en su etapa final apenas hay diálogo y sus obras se construían casi totalmente desde la mente de sus personajes, sin apenas comunicación entre ellos. En Roderick Hudson hay más diálogo, más momentos en los que llegan a verbalizar lo que sienten, aunque sea de forma parcial o contenida. Es un rasgo que puede arrancar una sonrisa al lector familiarizado con sus obras posteriores, donde el silencio, la ambigüedad y la interioridad terminan por imponerse casi por completo.
"No era hermosa, según los cánones habituales, pero cuando se la observaba, por alguna razón uno no conseguía aplicarle dichos cánones, porque ya había pasado de juzgar contornos a buscar significados."
En cuanto a sus personajes, Roderick Hudson se articula casi como un juego de espejos y oposiciones que, al mirarse de cerca, revelan más similitudes de las que aparentan. Las diferencias entre Mary Garland y Christina Light parecen, de entrada, demasiado perfectas: razón frente a pasión, recogimiento frente a espectáculo, estabilidad frente a peligro. Pero esa nitidez es engañosa. Ambas están construidas en torno a una misma tensión: la relación entre identidad, deseo y libertad dentro de los límites sociales. Mary encarna el equilibrio moral, sí, pero a costa de una constante contención; su sensatez implica renuncia, disciplina interior, una vigilancia de sí misma que define tanto lo que hace como lo que calla. "-¡Usted no cree en mí ! ¡Ni lo más mínimo! ¡No sé lo que daría para forzarlo a creer en mi!" Christina, por el contrario, se despliega en brillo, magnetismo y juego social, pero ese despliegue es también estrategia, casi supervivencia: su libertad es teatral, condicionada por su entorno y sus expectativas. Así, las dos negocian con sus propias jaulas —Mary mediante la contención, Christina mediante la representación— y en ese esfuerzo se aproximan más de lo que parece.
"Un día se levantó en medio de la más profunda desesperación; en otras palabras, supongo que sin saber ya qué hacer para experimentar una nueva sensación."
Algo similar ocurre con la dicotomía entre Rowland Mallet y Roderick Hudson. Si Hudson es impulso, talento indisciplinado y deriva, Mallet representa la conciencia que observa, mide y trata de ordenar. Pero esa oposición no es simplemente moral o psicológica, sino casi existencial: Mallet encarna al diletante que vive a través de los demás, organizando vidas ajenas como si fueran una extensión de su propio pensamiento, mientras Hudson es quien vive —aunque sea de forma errática— su propia experiencia. Uno peca por exceso de reflexión; el otro, por falta de ella. Y entre ambos, Henry James traza una tensión fundamental: la imposibilidad de reconciliar plenamente lucidez y acción, control y entrega, sin que algo esencial —el arte, la vida o la propia identidad— se resienta.
"- El otro día leí en un libro que el gran talento funciona, de hecho el libro decía genio, en una suerte de sonambulismo. El artista crea grandes obras en sueños. No debemos despertarlo para no hacerle perder el equilibrio ."
Como cierre, resulta especialmente sugerente leer a Christina Light como una especie de antesala de lo que Henry James desarrollará más adelante convertida ya en La princesa Casamassima (1886). Aquí la joven Christina aparece todavía envuelta en brillo, magnetismo y ambigüedad, casi deslumbrante en su capacidad de seducción y de juego social. Pero bajo esa superficie ya late una dimensión trágica: la de un personaje atrapado en estructuras que limitan su libertad y la empujan a convertirse en aquello que los demás esperan de ella. Siempre disfruto mucho leyendo a Henry James, uno de mis autores favoritos, por todos esos juegos mentales a los que obliga a sus lectores a participar, convirtiendo sus textos en un ejercicio constante de interpretación, porque sus historias no se limitan a narrar lo que ocurre en la superficie sino que siempre está invitando a que descubramos los recovecos ocultos, y las múltiples capas que se esconden tras cada gesto y y cada silencio, y ésta sea quizás una de sus novelas más accesibles, con más ritmo. En Roderick Hudson ya están muchas de sus constantes: tramas que giran en torno a unos pocos personajes que se encuentran y desencuentran en espacios relativamente acotados, donde lo importante no es tanto lo que ocurre sino cómo se interpreta y se siente. Sin embargo, aquí todavía se percibe una cierta ingenuidad —o, si se quiere, una mayor transparencia— a la hora de exponer los estados emocionales de sus personajes. James aún no ha llevado al extremo esa ambigüedad psicológica y ese estilo indirecto tan característicos de sus obras posteriores; aquí en Roderick Hudson hay algo más explícito, más inmediato. Precisamente por eso, la novela resulta especialmente interesante: permite ver a un autor en proceso de afinamiento, antes de que su escritura se vuelva más densa, más elusiva y más exigente para el lector.
La traducción es de Pedro Calatayud.
"- Si en el futuro se encuentra
cerca de mi, ¡no trate de verme!
Y entonces en un tono más
bajo, dijo:
¡Fui sincera!"

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