El último amante, de Can Xue

   



 

 ♫♫♫ Lovers of the past - Mareaux  ♫♫♫ 

 

“Sin embargo, he ansiado siempre comunicarme con el lector, ya que mis historias con sus características particulares solo existirán si se pueden comunicar. En otras palabras, mi experiencia vital temporal debe seguir la experiencia vital temporal del lector. De esta manera, mi obra podrá ser difundida, ya que, de lo contrario, no podrá decírse que existe." 

(Can Xue) 


Esta cita incluida en el prólogo de El último amante, funciona casi como una clave de lectura de toda la novela. Más que una simple reflexión, parece una advertencia: lo que Can Xue propone no es una historia cerrada, sino una experiencia que solo cobra sentido en el momento en que el lector entra en ella y la recorre desde su propia percepción porque desde el inicio, la novela plantea esa especie de pacto implícito. No basta con leer; hay que implicarse, dejar que la experiencia del texto dialogue con la del lector, y si uno no está dispuesto a dejarse llevar, será mucho más honesto abandonar. Y, sin embargo, esa comunicación no es sencilla ni directa: está llena de interrupciones, de vacíos, de desajustes que obligan al lector a situarse constantemente, a preguntarse qué está buscando exactamente la autora y desde dónde debe leer.


"Cada vez que Qiao se iba de casa, la casa se llenaba súbitamente de ruido, como si algo importante e inesperado fuese a suceder. Por ejemplo, en ese momento, Ma Liya podía escuchar a dos gatos gritando desesperadamente en el patio trasero, y un grupo de gorriones bastante aterrorizado aterrizaba de repente en las escaleras. Se oía entonces el sonido de la ropa ondeando por los vientos del sur."


Ahí es donde la cita cobra todo su peso. Porque si la obra “solo existe” en esa comunicación, también es cierto que no exige cualquier lector sino uno dispuesto a embarrarse y seguir ciegamente a Can Xue: alguien capaz de moverse en la ambigüedad, de renunciar a certezas y de asumir que lo que tiene entre manos no es una historia en el sentido tradicional, sino una experiencia que se construye —y se deshace— en el propio acto de lectura. "Durante muchos años leyó un libro tras otro, y se mezclaron en su cabeza todo tipo de historias. A menudo tomaba asiento en su despacho de la Ciudad de B con una novela escondida entre sus documentos y fingía que estaba trabajando, pero en realidad estaba leyendo todo tipo de historias." Quizás por eso resulte tan sugerente su  seudónimo elegido por la autora, que ya mencioné en mi crónica de La Frontera: Can Xue se traduce literalmente como “nieve residual” o “nieve que queda” tras el deshielo. En chino, además, esos restos de nieve pueden evocar una sensación de soledad, resistencia y extrañeza, muy en sintonía con el tono de su obra por lo que encaja bastante bien con su estilo: una escritura que se mueve en los márgenes, que no busca lo evidente ni lo estable, sino precisamente esos restos, esas zonas ambiguas y difíciles de encasillar que permanecen cuando todo lo demás se disuelve. Por tanto se puede decir que no se lo pone fácil al lector al que de alguna forma, si está dispuesto a seguirla, está sugiriendo, se preste a convertirse él mismo en nieve residual.


"Él y la mujer de negro del Medio Oriente se quedaron parados frente a la ventana y observaban los movimientos que se producían entre las hierbas que había en la planta de abajo. Cuando la mujer caminaba, su vestido susurraba y emitía un sonido como el que emite una lluvia ligera al caer."


Al comenzar El último amante, tuve la sensación de que todo estaba, de algún modo, bajo control. Creía reconocer a los personajes, intuía sus relaciones y me apoyaba en una lógica que parecía sostener el conjunto. Tenía perfectamente controladas las tres parejas protagonistas, Qiao y Ma Liya, Wen Sente y Li Sha, y finamente Li Gen y Ai Da, tres parejas circundadas por personajes secundarios que van y vienen, crean conexiones y desaparecen.... "- A veces la gente que has frecuentado y que creías desaparecida está a tu alrededor." Sin embargo, a medida que avanzaba hacia el final, ese control que creía tener sobre la historia, empezó a resquebrajarse: las tramas se diluyen, las identidades se fragmentan y se difuminan y lo que antes parecía firme entra en una especie de vacío existencial difícil de controlar. De todas formas, ya sabía que esta deriva no es casual. En mi caso, además, ya venía de leer La frontera y algunos de sus cuentos, así que esa narrativa tan personal suya no me resulta en absoluto nueva. Aun así, hay algo casi inevitable: incluso sabiendo a lo que uno se enfrenta, el lector tiende a buscar un cierto sentido, una linealidad, un hilo al que aferrarse. Y es precisamente ahí donde la lectura se vuelve más exigente, porque la novela se resiste una y otra vez a esa necesidad, haciendo que en muchos momentos avanzar resulte difícil.

 

"Porque...porque...hay tantos recuerdos escritos en su rostro. Nadie puede escapar de ella. Tarde o temprano deberás enfrentarte al rostro de esa mujer."


Y realmente una vez que entiendes el estilo de Can Xue también se comprende  que no vale preguntarse: “¿Qué ocurrió exactamente?”, sino más bien: “¿Qué sensación expresa esta escena?”.  Porque Can Xue no escribe una novela de la acción, sino del inconsciente. Lo que tenemos delante no es tanto una historia como una especie de mapa emocional: una exploración de sensaciones y, quizá también, una crítica indirecta a cierta alienación moderna. Leer a Can Xue exige un pequeño desplazamiento mental: no se trata de entender en el sentido tradicional, sino de aceptar que la autora parece buscar otra cosa, algo que no se deja fijar en una interpretación única. El lector, entonces, tiene que situarse en ese terreno inestable, renunciar a la necesidad de control y dejarse arrastrar por una narrativa que, más que construir, deshace porque en un principio todo parece que tiene lógica y a medida que avanzamos en la lectura seremos conscientes que todo lo que parecía construido, se va deshaciendo y desvaneciendo. 

 

"¿Acaso había algo que no pudiese ser transformado en ficción?"

[Xugou chulai de: El proceso de fabricación o falsificación (xugou) de la realidad, que tiene que ver con el ejercicio de vaciar (xu) la realidad de su significado, de des-realizarla. Nota del traductor.]



Al igual que ocurría en La Frontera y en algunos de sus cuentos, Can Xue rompe de manera sistemática cualquier lógica narrativa reconocible. Los escenarios cambian sin explicación, las escenas se encadenan como si obedecieran a una lógica onírica y el simbolismo nunca termina de fijarse del todo. No hay una “verdad absoluta” a la que aferrarse: todo queda filtrado por una percepción profundamente subjetiva, inestable, a veces incluso contradictoria. Leerla, en definitiva, como atravesar un sueño, o caminar sonámbulo.

Publicada en 2005, la obra se sitúa en un espacio ambiguo, casi suspendido, donde los límites entre realidad, deseo y memoria se desdibujan constantemente. Aunque la trama sigue a tres parejas, pronto queda claro que no estamos ante una historia lineal: lo importante no es tanto “qué pasa”, sino cómo se percibe, cómo se deforma y cómo se interpreta cada experiencia. Y como es una novela en torno al amor y al deseo, a la ilusión del ser humano de conexión ciega,  Can Xue, parece que quiere convertirlo en vacío, en deconstrucción de la realidad en torno a esta ilusión. El amor aparece fragmentado, inalcanzable, lleno de malentendidos. Los personajes insisten en buscar una conexión auténtica, pero siempre fracasan en el intento, como si esa unión verdadera fuera más una idea que una posibilidad real y como si el deseo sexual y el deseo mental, no físico, fueran totalmente incompatibles. Al final, queda la sensación de que el deseo humano está condenado a no satisfacerse del todo, a moverse siempre en ese terreno de lo incompleto.

 

""Sintió algo extraño y emocionante surgir de él, un sentimiento como nunca había sentido con una mujer: era un deseo carente de deseo sexual".

[Tal vez es ésta la pregunta clave de toda la novela: el acto de enamorarse y su posibilidad (o imposibilidad). Nota del traductor]


Esa misma lógica se traslada a los continuos desplazamientos de los personajes. Entran y salen de ciudades ambiguas, atraviesan desiertos, habitan casas laberínticas y recorren paisajes que cambian sin previo aviso, todo en una especie de limbo, o de límite fronterizo envuelto en una neblina. En apariencia son viajes físicos, pero poco a poco se perciben más como movimientos interiores, como si cada espacio fuera una proyección de su propio estado mental. Serán también personaje que habitan historias, historias en los libros, en los sueños, y llegado un punto no sabremos en qué plano de la realidad estarán situados. Y quizá ahí esté una de las ideas más sugerentes del libro: que la realidad interior acaba siendo mucho más poderosa que cualquier intento de realidad externa, ordenada y comprensible. El propio título termina cobrando un sentido distinto al que cabría esperar. Ese “último amante” no es tanto una persona concreta como una idea: una forma idealizada del amor, algo que se persigue constantemente pero que nunca llega a alcanzarse. Más que un personaje, representa ese deseo humano de conexión absoluta, plena, que siempre parece un imposible.


"-Tu exmarido también me dijo que tú no eres una persona real; pero ¿por qué?
- Ay, algunas personas son un enigma para otras, que nunca podrán resolver. Vivir con alguien como Kim le hará desaparecer progresivamente.
"


Desde ahí, la novela se entiende también como una invitación —o quizá una provocación— al lector. El último amante no busca entretener de forma convencional, sino desestabilizar, incomodar incluso, y empujar a preguntarse qué es realmente lo que está leyendo: qué es real, qué significa amar, cómo construimos nuestra propia identidad. Entiendo que es una obra exigente si se intenta buscar una linealidad, si llegado un punto hemos captado, que hay que dejarse llevar por las sensaciones de los mundos oníricos de Can Xue, y si uno acepta su lógica —o su falta de ella—, la experiencia resulta profundamente rica, casi hipnótica, como si al cerrar el libro algo siguiera moviéndose todavía en un lugar difícil de nombrar. Puede que nunca termine de entender bien de qué van sus obras, pero lo que si es cierto, es que se me quedan muy grabadas

La traducción del chino es de Blas Piñero (magníficas y reveladoras notas de traductor).


"- Pero ¿qué hay en mi libro? ¿Lo sabes?
- Sitios en los que nunca has estado.
"

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