La Plaza del Diamante, de Merce Rodoreda

 


 

"y sin darme cuenta, pensaba en cosas que me parecía que entendía y que no acababa de entender...o aprendía cosas que empezaba a saber entonces..."


La plaza del diamante se sitúa en la Barcelona de la Segunda República, la Guerra Civil y la posguerra, así que a priori podría leerse como una novela histórica, pero en realidad hace algo muy distinto: desplaza la mirada. La guerra no aparece como un gran acontecimiento ni como relato épico, sino como un desgaste lento, casi invisible, que se filtra en la vida cotidiana hasta deformarla. Me interesan mucho estas novelas en las que parece no importar demasiado lo que cuentan sino cómo lo cuentan: esa insistencia en lo íntimo, en lo que no se formula del todo, en personajes que no terminan de comprender lo que les ocurre mientras lo están viviendo. Aquí, como allí, lo importante no es lo que pasa “fuera”, sino cómo se vive desde dentro, aunque lo que pase fuera los acabe destruyendo porque lo que empieza pareciendo la historia de una mujer en un tiempo difícil acaba revelándose como algo más perturbardor y profundo: una forma de narrar la experiencia sin épica, sin distancia, casi sin interpretación. Una novela existencial, sí, pero sin discurso; un relato de formación en el que el testimonio íntimo de una protagonista que no es capaz de interpretarse a sí misma mientras atraviesa su propia vida. No es tanto lo que le ocurre, sino cómo lo atraviesa, lo que da forma a la novela.


"Y si hablo tanto de la casa, es porque todavía la veo como un rompecabezas, con las voces de ellos que, cuando me llamaban, nunca sabía de dónde venían."


Y quizás lo que más me ha atraído de La plaza del diamante es claramente su núcleo, que articula toda la novela y es el de la identidad. Más concretamente, el modo en que una identidad puede ir deshaciéndose casi sin que quien la vive llegue a percibirlo del todo. Al principio a la protagonista la conoceremos por Natalia, una chica muy joven que parece estar en posesión de ella misma, sin embargo pronto y en cuanto conozca a Quimet, su futuro marido, pasará a ser llamada por él como Colometa, y este cambio de nombre ya significará en sí mismo una forma de desposesión porque cuando Natalia pasa a ser conocida como Colometa, no perderá solo cosas externas, sino algo más difícil de delimitar: la posibilidad de construirse a sí misma, de buscarse y encontrarse. El proceso íntimo de Natalia desde el momento en que conoce a Quimet y se case y tenga hijos pasará a ser un camino silencioso. No solo pierde su nombre sino que pierde su voz porque no es capaz de interpretar los factores externos, sino que solo los vivirá como pueda; también pierde la autonomía al quedar absorbida por un hombre que la conducirá a un matrimonio donde su individualidad prácticamente dejará de existir. Natalia pasará varios procesos y los contará en primera persona en un monólogo interno en el que su conciencia aparecerá apagada, difuminada: el matrimonio, la maternidad y más tarde la inercia de la guerra y la precariedad que la sigue.


"Si me ponía a pensar me veía rodeada de pozos y a punto de caerme en cualquiera de ellos."


La identidad de Natalia no se afirma, sino que se va difuminando, sin resistencia, simplemente adaptándose sin cuestionarse nada. De hecho, lo más potente del recorrido de Natàlia es para mí justamente la ausencia de ciertos elementos que esperaríamos encontrar. No hay rebeldía explícita, no hay una toma de conciencia temprana, no hay un lenguaje que nombre la opresión. La alienación no se vive como conflicto, sino como normalidad. Como si la vida solo fuera eso, como si la vida solo fuera esa falta de espacio para que ella pueda formarse plenamente. El personaje creado por Mercé Rodoreda no tiene ni un ápice de control sobre su vida, todo lo que le llega será a través de los hombres de su vida y sin embargo, hay conatos de intento de liberación, pero serán muy íntimos, muy desesperados. Al principio, su vida está marcada por la absorción total: acepta, se adapta, se deja llevar por las decisiones de otros sin oponer una voluntad propia claramente definida. Durante la guerra y la posguerra, esa pasividad se convierte en pura supervivencia, y es ahí donde algo empieza a cambiar, aunque no de manera consciente ni verbalizada. No hay un despertar súbito, sino un agotamiento que, poco a poco, abre un espacio distinto. Su evolución, por tanto, no es la de quien descubre quién es, sino la de quien, después de haber sido casi anulada, logra mantenerse en pie. Más que una transformación, lo que hay es un desplazamiento hacia una forma de vida interior menos invadida, más vivida en la intimidad de sí misma.


Sentada de cara al mar, a veces gris, a veces verde, y casi siempre azul, aquel cielo de agua que se movía y vivía, de agua que hablaba, me quitaba los pensamientos y me dejaba vacía."


En general me ha gustado mucho esta primera aproximación a la literatura de Mercé Rodoreda, y como decía al principio de esta crónica, me fascinan los personajes que cuentan una historia desde su yo más íntimo pero también tengo que decir que hubo algún momento —difícil de precisar— en el que sentí que perdía un poco el foco. No tanto por la historia en sí, sino quizá por esa misma forma de narrar, tan pegada a la inmediatez, tan poco dada a marcar inflexiones claras. Como si la continuidad de la experiencia, tan coherente con lo que la novela propone, terminara por diluir ligeramente la tensión en ciertos tramos. Es una sensación pasajera, pero que a mí ya me dice mucho, porque forma parte también de la manera en que el texto se relaciona conmigo. Y quizá ahí encaja también mi propia sensación de desajuste: hay momentos en los que los personajes —o, más bien, sus modos de estar y de reaccionar— tienden a repetirse, a girar sobre una misma tonalidad. Puede que sea precisamente esa insistencia lo que busca la novela, pero también fue, en mi caso, lo que contribuyó a que en ciertos tramos perdiera un poco el foco.

Al final, me doy cuenta de que una parte importante de mi relación con la lectura tiene que ver con ese pequeño impulso de anticipación, con el deseo de volver al libro, de pensar en el él durante mi día a día, de querer seguir avanzando en él incluso cuando no lo estoy leyendo. Cuando ese enganche se mantiene, todo lo demás —ritmo, estructura, incluso irregularidades— queda en segundo plano. Pero cuando se pierde, aunque reconozca el valor de lo que tengo delante, inevitablemente empiezo a tomar distancia. Y algo de esto último me ha ocurrido aquí. Y a pesar de esta sensación muy personal, me quedo con el personaje de Natalia y con el fluir de Mercé Rodoreda que es capaz de narrar desde dentro, sin filtros, sin grandes interpretaciones. Más que una sucesión de acontecimientos, lo que se nos ofrece es la experiencia misma de vivir: el paso del tiempo, las decisiones que no parecen decisiones, el modo en que una existencia se va configurando casi sin darse cuenta, en el  el peligro de la desintegración de uno mismo durante el recorrido de una vida, o la resistencia en sí misma. Una novela importante a pesar de que hubo momentos en que me sentí fuera de ella.


"Y sentí intensamente el paso del tiempo. No el tiempo de las nubes y del sol y de la lluvia ni del paso del tiempo de las estrellas de adorno de la noche, no del tiempo de las primaveras dentro del tiempo de las primaveras, sino el tiempo dentro de mi, el tiempo que no se ve y nos va amasando.El que rueda y rueda dentro del corazón y le hace rodar con él y nis va cambiando por dentro y por fuera."



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