El asiento del conductor, de Muriel Spark
♫♫♫ God Knows I Tried - Lana del Rey ♫♫♫
“-Me tiene miedo. ¿Por qué me teme todo el mundo?”
Nunca le he pillado el punto a Muriel Spark, aunque quizás sea precisamente eso lo que ella pretendía al escribir sus obras: dejar un poso de incertidumbre e inquietud en el lector. En sus novelas, los personajes no se comportan de forma previsible ni siguen la línea tradicional de un relato “políticamente correcto”; más bien parecen moverse según una lógica propia, opaca, difícil de descifrar, que descoloca constantemente, y realmente no es que yo tenga un problema con un autor que no siga la linea tradicional, todo lo contrario, pero en el caso concreto de Lise, la protagonista de esta novela, se puede decir que resume de alguna forma esa incomodidad que he tenido cuando ha caído en mis manos algún texto de Muriel Spark. Cuando Lise comenta en algún momento de la novela ese temor que parecen tenerle todos, no lo dice en un sentido directo, sino en el sentido de que su presencia desestabiliza las expectativas hasta el punto de que los otros reaccionan con distancia, cautela o incomodidad y llego a la conclusión de que esto mismo se puede decir de la obra de Muriel Spark.
El asiento del conductor tiene un argumento inquietante y poco convencional. Sigue a Lise, una mujer excéntrica que viaja a una ciudad extranjera con un propósito oculto. Desde el inicio, su comportamiento resulta extraño, extraño sobre todo porque no se ciñe a lo que hace todo el mundo, a las elecciones politicamente correctas para no destacar demasiado, todo lo contrario: discute con dependientes, toma decisiones impulsivas y parece estar siguiendo un plan muy específico. A medida que avanza la historia, el lector va entendiendo que Lise tiene un destino marcado y un objetivo ya planeado. Lo más peculiar es que la novela revela desde muy temprano un hecho crucial sobre el final, pero aun así mantiene la tensión al centrarse en el “cómo” y el “por qué”. En esencia, es una exploración psicológica sobre el control, el destino y la autodestrucción, con un tono oscuro y perturbador. En un principio puede parecer que Lise aparezca como alguien que actúa con control, pero está rodeada de una percepción de amenaza que no termina de ser ni objetiva ni subjetiva del todo. Ese desplazamiento es, en realidad, una de las claves de mi dificultad con Muriel Spark: la novela no fija un punto claro desde el que interpretar a Lise, sino que mantiene al lector en una zona de oscilación constante, donde la lectura nunca termina de estabilizarse.
"-Me pone triste. Me parece que quiero volver a mí país. Quiero experimentar otra vez aquella congoja, aquella soledad."
Vengo de leer La duquesa de Langeais, de Balzac, y de habitar ese espacio asfixiante donde el deseo se pliega una y otra vez a las exigencias de una forma social que no admite fisuras. Allí, la mujer existía dentro de un corsé invisible pero férreo: cada gesto, cada palabra, incluso cada silencio, responde a un orden que la contiene y la define. Y, sin embargo, al abrir El asiento del conductor, me encuentro con Lise, que parece surgir como una ruptura violenta de ese mundo anterior. Lise no se somete, no negocia, no interioriza ninguna norma: actúa como si el marco social no existiera o, más aún, como si su única función fuera ser ignorado o desafiado. El contraste no podría ser más radical. Frente a la contención calculada de la duquesa, Lise se despliega como un gesto imprevisible, casi agresivo en su libertad. No hay en ella ese desfase trágico entre sentimiento y posibilidad; hay, en cambio, una voluntad opaca, desconcertante, que parece avanzar sin necesidad de justificarse.
“-Esta bien en el momento y está bien antes; el problema viene después si no eres un animal, claro. El después suele ser muy triste.”
Uno de los gestos más radicales de la novela es narrativo: Spark destruye el suspense. Revela de forma anticipada el desenlace; el lector sabe lo que va a ocurrir. Esto elimina la tensión tradicional y la sustituye por otra cosa: una observación casi clínica de cómo se construye ese final, una sensación de inevitabilidad mecánica. La pregunta ya no es qué pasará, sino por qué alguien construiría su propio destino tan mecánicamente. El estilo de Spark refuerza esa sensación. Su prosa es engañosamente simple: limpia, ligera, incluso fría, pero extremadamente controlada. Escribe con una economía muy precisa: frases cortas o medias, sin ningún adorno, diálogos secos, apenas hay descripciones. A diferencia de otros autores más centrados en la interioridad, Spark no se interesa por el flujo de conciencia ni por el análisis emocional profundo. No hay grandes monólogos internos ni justificación de los actos. Los personajes no se explican: se manifiestan. Y esa reducción los convierte en figuras casi planas en superficie, pero precisamente por eso más opacas en profundidad. Esta economía no busca claridad psicológica, sino lo contrario: al eliminar explicaciones, elimina también la posibilidad de comprensión total lo que deja un poso de incertidumbre, de inquietud en el lector.
Puede que con este relato largo o novela breve haya conseguido entender algo más la estructura narrativa de Muriel Spark en relación a otras obras suyas que leí quizás porque en El asiento del conductor esté condensado, en su brevedad, la esencia del estilo de Muriel Spark. El narrador rompe deliberadamente las reglas del relato clásico: adelanta información clave, interviene, desestabiliza la lectura. En lugar de construir suspense, lo desactiva. Esto convierte la novela en algo visible como artificio, donde el lector no se abandona del todo, sino que permanece en una especie de atención incómoda, consciente de la construcción.
Y en ese clima de extrañeza controlada, todo parece conducir hacia una imagen final donde lo cotidiano se vacía de presencia y se vuelve casi abstracto. Y aquí está parte de lo inquietante (y también de lo porqué me cuesta “pillarle el punto” a esta autora): Spark no te permite estabilizar a Lise ni como sujeto profundo ni como figura vacía. La deja en un punto intermedio, incómodo, como si fuera una figura cuya vida no se deja interpretar ni interiorizar, sino solo observar en superficie.
Últimamente estaba acostumbrada a encontrarme con personajes en plena construcción de su identidad; sin embargo, aquí Muriel Spark, que nada contracorriente, propone algo radicalmente distinto: un personaje femenino que no busca afirmarse, sino disolverse. Lise no aspira a definirse, sino a borrarse, a renunciar a toda coherencia narrativa de sí misma. En esa negación deliberada de la identidad reside precisamente la inquietante fuerza de este texto, que descoloca las expectativas habituales y nos enfrenta a una forma extrema de control: el deseo de desaparecer. En Muriel Spark nunca hay sobreexplicación ni respuestas, quizás aquí radique la dificultad, como en la vida.
La traducción es de Pepa Linares
"Lise mantiene su estudio de tal modo despegado y diáfano que cuando vuelve del trabajo parece deshabitado. Los pinos altos que se cimbrean sobre lechos de piñas del bosque han quedado reducidos al silencio de un conjunto de volúmenes obedientes "
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