Los Forasteros, de Can Xue (Cuento)
♫♫♫ Pathos - Ludovico Einaudi ♫♫♫
"Corría de acá para allá, por esas aldeas con las que solía soñar. Aunque sabía que aquellas aldeas no existían, aparecían nada más dormirse. Estaban cubiertas de nieve y sus enormes sauces tenían las ramas heladas. Oscurecía y no se veía a nadie por ningún lado. Sus pasos eran ligeros, tanto que se le hacían extraños."
Habiendo hecho un pequeño parón en *El último amante* para releer algunos cuentos de Can Xue, en un intento por desentrañar algunas de sus claves, me doy cuenta de que mi punto de partida era probablemente erróneo. Al principio pensaba que me faltaba una clave cultural, algún conocimiento de la tradición china que me permitiera “entender” lo que estaba ocurriendo en sus relatos y que por eso en momentos me resultaba tan impenetrable esta autora. Pero la sensación ahora es casi la contraria: no es que me falte una clave, es que el texto está construido precisamente para resistirse a esa clausura y sobre todo para enlazar una historia con la otra, todas parecen tener algo que las une unas a otras. Can Xue no propone un enigma que deba resolverse, sino una experiencia: la de vivir un mundo donde ver no equivale a comprender, y donde saber —como les ocurre a los adultos, en este caso— no implica poder explicar nada.
"Le dijeron a tu padre que la aldea al completo tuvo que mudarse a otro sitio porque descubriste su secreto. "
En Los forasteros, de Can Xue, la extrañeza no irrumpe en un mundo estable: más bien revela que ese mundo nunca lo fue, que siempre estuvo suspendido. El cuento, en apariencia sencillo, se bifurca en torno a Juhua, una niña de catorce años que comienza a percibir la presencia de unos seres ocultos —los “forasteros”— que habitan en los márgenes de su aldea, en un espacio que parece paralelo pero que, inquietantemente, se superpone con lo cotidiano. La primera tentación de lectura es clara: interpretar el cuento como el paso de la infancia a la edad adulta, como el momento en que la niña descubre que el mundo está lleno de zonas ocultas que los mayores ya conocen y han decidido no explicar. Hay algo de eso, sin duda y la sorpresa de Juhua al comprobar que sus padres saben de la existencia de los forasteros introduce una grieta decisiva: el mundo adulto aparece no como una garantía de sentido, sino como cómplice de un secreto inexplicable. Y por ello como en infancia o más adelante en la adolescencia, algo en Juhua es visible para otros pero no del todo para ella misma. Representa una marca de fragmentación, quizás: algo que la distingue, la hace “otra”, incluso ante sí misma. Cuando Juhua se mira y ve la mariposa fuera (posada en la lámpara), hay una separación inquietante: ¿Está en su mejilla o fuera de ella? ¿Es parte de su cuerpo o una proyección? Esto refleja una fractura de la identidad, un tema que a medida que voy conociendo a Can Xue, me parece central. La mariposa representa algo íntimo pero desconocido en Juhua: una identidad fragmentada, una transformación incompleta o una extrañeza que los demás perciben antes que ella misma. La mariposa puede entenderse como una huella de ese paso incierto entre la infancia y otra etapa más compleja. Si la infancia es un espacio de cierta unidad —donde uno no se cuestiona tanto quién es—, aquí vemos justo lo contrario: Juhua empieza a percibirse como algo extraño para sí misma. Esa sensación de no reconocerse del todo encaja muy bien con el abandono de la infancia, que no ocurre de forma clara ni tranquila, sino confusa y, a veces, inquietante.
"Le dijeron a tu padre que la aldea al completo tuvo que mudarse a otro sitio porque descubriste su secreto. "
Sin embargo, reducir el relato a un “paso al mundo adulto” lo empobrece. Porque lo que Can Xue pone en juego no es un proceso de aprendizaje, sino una desestabilización radical de la realidad. Más que representar solo el fin de la infancia, la mariposa parece señalar una pérdida más amplia: la pérdida de una identidad estable, de una forma segura de estar en el mundo. Y aquí los forasteros no funcionan como alegoría de algo reconocible (la sexualidad, la muerte, la infancia la política, etc.). Su presencia no explica sino que más bien perturba, en este caso perturba a Jushua, aunque no parece que a sus padres. Y lo más inquietante es que esa perturbación no es exclusiva de Juhua. Los adultos también viven en ella, pero han aprendido —o se han resignado— a no formularla. Ahí es donde el cuento se vuelve profundamente incómodo: no hay dos mundos (infancia/adultez, visible/oculto), sino uno solo, atravesado por una extrañeza que nadie puede integrar del todo. Juhua no “entra” en el mundo adulto; más bien descubre que ese mundo ya estaba fracturado. Lo que cambia es su posición: deja de habitar una ignorancia protegida y pasa a experimentar una conciencia que la hace percibirse de cuestiones que antes no percibía.
“Alguien le susurró al oido: Si nos descubres, nos vamos..."
Hay un momento especialmente revelador en el que parece que todo pertenece al terreno del sueño de la niña, como si aquello que ve solo existiera en su percepción. Sin embargo, cuando sus padres también se vuelven partícipes de eso que parecía exclusivamente suyo, la frontera se desdibuja por completo y se confirma esa extraña simbiosis entre ambas realidades. Es ahí donde la novela termina de inquietar: ya no se trata de distinguir entre lo real y lo imaginado, sino de aceptar que ambos planos conviven y se alimentan mutuamente. Esa ambigüedad, tan característica de Can Xue, no solo refuerza la sensación de inestabilidad, sino que también sugiere que lo que llamamos “realidad” quizá no sea más que una construcción compartida, frágil y siempre a punto de resquebrajarse. Ahí está, creo, uno de los rasgos más potentes de Can Xue: esa forma de convertir lo cotidiano en algo inquietante y lo extraño en algo casi cercano. Al final, lo que queda es esa impresión de que los personajes viven entre dos capas de realidad, como si siempre hubiera algo más latiendo debajo de lo visible, algo difícil de nombrar pero imposible de ignorar. El universo de Can Xue está creado para dejarse llevar más que en descifrar sus historias. La atmósfera es crucial a la hora de penetrar y dejar que el texto te afecte.
[Como nota personalísima que igual no tiene nada que ver con Can Xue, pero como yo funciono con asociaciones tengo que confesar que leer este cuento ha sido como ver El viaje de Chihiro de Miyazaki: la niña que cruza el umbral hacia otro mundo y, al hacerlo, empieza a transformarse. Ese paso por lo desconocido no solo la desorienta, sino que la empuja a dejar atrás la infancia y a enfrentarse a una nueva forma de entender la realidad. ]
Relato contenido en Hojas Rojas, editado por Aristas Martínez.
Traducción de Belén Cuadra Mora.
"¡Son forasteros! No son iguales a nosotros. Cuando quieren irse, se van; y cuando se quieren quedar, se quedan."

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