Carne de caballo, de Iván Rojo
♫♫♫ Guitar Solo, No. 5 - Neil Young ♫♫♫
"Sin ir más lejos, en este momento estoy convencido de que jamás conseguiré que me deje en paz."
He terminado Carne de caballo bastante más interesada en lo que acaba de pasarme como lectora que en averiguar de qué influencias podría venir. Me ha hecho explotar la cabeza, y quizá por eso me parece importante poder expresar la sensación de haberme encontrado con una voz que creo que reconocería después de unas pocas páginas en cualquier otro texto. Eso me ha pasado con Carne de caballo, de Iván Rojo. Me ha hecho explotar la cabeza, pero no tanto porque haya descubierto en sus páginas algo completamente ajeno a lo que conocía, sino por lo contrario: porque hay algo en ellas que me resulta extrañamente cercano y, al mismo tiempo, completamente desplazado. Como si alguien hubiese cogido una realidad que conozco, la hubiese movido apenas unos centímetros y, de pronto, ya no pudiera mirarla de la misma manera.
Por eso, mientras leía estos diez relatos, me interesaba menos buscarle parentescos que intentar entender qué estaba haciendo Rojo para conseguir ese efecto, que parece sencillo, pero realmente debe ser dificilísimo porque una voz propia no la tiene cualquiera. Las influencias pueden explicar de dónde vienen determinadas herramientas, pero no necesariamente explican qué hace reconocible a un escritor. Y en Carne de caballo la sensación que me queda es precisamente la de estar delante de una voz propia. Una voz muy arraigada a un territorio, a unas personas y a una experiencia concreta, pero que no necesita desprenderse de nada de eso para llegar mucho más lejos.
Hay algo especialmente local en Rojo que no consiste simplemente en poner nombres de calles, barrios o lugares. Es una cuestión de mirada. Los personajes, sus preocupaciones, sus conversaciones y hasta el absurdo de determinadas situaciones parecen surgir de un ecosistema social perfectamente reconocible. No necesitas que el libro te diga «esto ocurre aquí» para saberlo. Lo percibes en el lenguaje, en los gestos, en la manera en que los personajes se relacionan entre ellos y con el mundo.
También hay algo en su estilo que me fascina especialmente: consigue que lo extraño parezca cotidiano y que lo cotidiano empiece, poco a poco, a resultar extraño. No necesita construir mundos imposibles ni alejarse demasiado de la realidad. Le basta con un padre, una conversación, un recuerdo, un barrio, la compra de un sillon relax, una tecnología nueva, una situación aparentemente normal. Algo se desplaza ligeramente y, cuando quieres darte cuenta, estás en un lugar que reconoces pero que ya no sabes muy bien cómo interpretar. Puede que por eso el lector puede reconocerse tanto en estos relatos. No porque haya vivido exactamente esas historias —o sí, yo desde luego me he reconocido en varias—, sino porque reconoce el tipo de persona, de familia, de barrio, de conversación, de fracaso o de nostalgia que hay detrás. Reconoce una forma de estar en el mundo. Y ahí creo que está una de las cosas que más me interesan de Rojo: no intenta convertir lo local en universal quitándole precisamente aquello que lo hace local. Hace lo contrario. Se queda ahí, en ese territorio concreto, en esas voces, en esas pequeñas miserias y en esos absurdos cotidianos, y consigue que desde ahí todo resulte cercano.
Mientras leía Carne de caballo, tenía muchas veces esa sensación de proximidad: la impresión de que esas personas podían estar a dos calles de mi casa o directamente en la mía, hablando de cosas perfectamente normales. Y, sin embargo, bastaba un pequeño giro para que esa conversación empezara a derivar hacia algo completamente extraño. Esa mezcla de identificación, humor, desplazamiento y territorio es, para mí, mucho más definitoria de la literatura de Iván Rojo que cualquier lista de influencias. Y después de leer Carne de caballo, yo diría que Rojo ya tiene eso: una forma propia de mirar. Una forma de mirar que se parece bastante a estar en casa y, de repente, descubrir que algo no encaja.
Y luego están las escenas. Algunas se me han quedado dando vueltas en la cabeza incluso después de terminar el libro. Quizá porque, en ocasiones, Rojo consigue algo especialmente difícil: hacer que una experiencia ajena se vuelva de pronto demasiado cercana. El segundo relato, por ejemplo, me ha tocado de una manera especialmente personal porque he vivido una situación muy parecida a la del narrador. Y hay algo extraño, casi inquietante, en encontrarte de pronto dentro de la experiencia de otra persona. Reconocer un gesto, una circunstancia, una emoción que pensabas que era exclusivamente tuya y verla escrita con una precisión que te obliga a volver sobre ella. Como si el relato no te estuviera contando algo que le ocurre a otro, sino devolviéndote algo que tú habías vivido y que quizá ni siquiera sabías cómo nombrar. Pero otras veces el reconocimiento funciona de otra manera. No porque hayas vivido exactamente lo que cuenta el relato, sino porque intuyes que podrías vivirlo, que está a la vuelta de la esquina. Que, en realidad, esas pequeñas escenas forman parte de una experiencia mucho más compartida de lo que parece.
Pienso, por ejemplo, en El nuevo orden mundial y en esa escena de la compra de un sillón relax para un padre ya muy cascado. Un sillón. Algo tan poco literario, en principio, como comprar online un sillón. Y, sin embargo, mientras lo leía, sentí que ahí había muchísimo más. Porque ¿quién no ha vivido, o no va a vivir de una manera u otra, ese momento en que los padres empiezan a necesitar cosas que antes no necesitaban? De pronto un sillón deja de ser un sillón y se convierte en todo un mundo: como empezar a ocuparte de alguien que durante tantos años se ha ocupado de ti. Lo que me conmueve de esa escena o de este relato es precisamente que Rojo no parece necesitar subrayarlo. No hace falta convertirla en una gran escena sobre la vejez, los padres o el paso del tiempo. Está el sillón, está la situación y está todo lo que nosotros ponemos alrededor porque sabemos lo que significa y de repente, en un abrir y cerrar de ojos, Rojo le ha dado una vuelta a este relato y lo convierte en algo inquietante y extraño, igual la gracia está en que ese giro es un desvío de atención y ahora lo que importa es el narrador …
"Es una de las pocas cosas que me enseñó mi padre; quizá la más importante: la mentira es hermosa y necesaria, pero más hermosos son los secretos y más necesario es contar con alguien a quien confiárselos cuando empiezan a pesar demasiado en la conciencia."
Y quizá esa sea una de las cosas que más me han impresionado de Carne de caballo: la capacidad de hacer que determinadas escenas se queden en la memoria por algo que, mientras está ocurriendo, parece casi insignificante. Una conversación, una compra, un gesto, una situación familiar. Y luego pasan las páginas y sigues pensando en ello. En ese sentido, mientras leía a Rojo pensé varias veces en Alice Munro. No por una semejanza de estilo como por esa capacidad para detenerse en algo aparentemente pequeño y conseguir que, poco a poco, se abra. Que detrás de una situación doméstica aparezcan una relación, una pérdida, una forma de querer, una vida entera. Las cosas de la vida.
Por eso, aunque Carne de caballo hable muchas veces de padres e hijos y yo esté leyendo estos relatos desde el lugar de hija, tengo la sensación de que Rojo está hablando también de mí. Y de cosas que por las que he pasado y por las que estoy pasando. De algunas cosas que incluso que creía olvidadas.
Y eso es lo que hacen los relatos que más se quedan contigo: no necesariamente los que cuentan algo extraordinario, sino los que consiguen que, días después, una escena aparentemente pequeña siga ahí, en algún sitio de la memoria, esperando a que vuelvas a pensar en ella. Muchas veces lo importante no es lo que sucede, sino aquello que queda flotando después de que haya sucedido. Esa especie de eco. Es la sensación que permanece tras la lectura. No porque haya encontrado simplemente un autor que me gusta, sino porque he encontrado una voz que deja huella en mi propia memoria. Y cuando ocurre eso, creo que ya no importa demasiado de quién viene la voz. Lo importante es que, dentro de unos años, probablemente no recuerdes exactamente qué relato te produjo qué impresión. Pero recordaré la sensación que me produjo leer este libro, lo mucho que me conmovió. Eso, curiosamente, es una de las mejores definiciones que se me ocurren de lo que significa que una obra permanezca.
Hay barrios, familias, amigos, conversaciones, drones, un hijo llevando una silla de ruedas a un padre, trabajos, bares, hermanos, recuerdos, padres e hijos. En realidad, casi todo lo que aparece en Carne de caballo podría formar parte de cualquier vida. Y quizá por eso me desconcierta tanto cuando, de pronto, Rojo introduce algo que desplaza ligeramente esa realidad: drones que parecen animales, situaciones que rozan lo distópico, personajes que se encuentran de repente ante algo absurdo que no saben muy bien cómo manejar.
Creo que la palabra que mejor explica esa sensación es desplazamiento. Pero no un desplazamiento que te saque de la realidad, sino justo lo contrario: Rojo consigue que mires durante un momento la realidad de siempre y la encuentres un poco rara. Como si bastara con cambiar una cosa de sitio para que todo lo demás empezara a verse de otra manera. Y quizá ahí entra también la nostalgia. Diez relatos llenos de detalles que ya no están o que están dejando de estar. El barrio valenciano de la infancia, determinados lugares, determinadas formas de relacionarse, incluso una determinada manera de ser familia. Pero me gusta que Rojo no convierta todo eso en una postal de los tiempos pasados fueron mejores. Hay nostalgia, sí, pero está vigilada, hay ternura sí, pero pasará por un filtro en el que el lector se adentrará poco a poco. Como si el propio libro desconfiara de la facilidad con la que podemos convertir nuestros recuerdos en un lugar perfecto. Eso hace que sus personajes me resulten todavía más cercanos. No están idealizados. Son padres que se equivocan, hijos que no saben muy bien qué hacer con sus padres, hombres que de repente tienen que ocupar un lugar para el que nadie les ha explicado cómo prepararse. Son personajes bastante normales a los que la vida les coloca delante de algo que les obliga a cambiar.
Y ahí la paternidad me parece una de las ideas que recorren el libro con más fuerza. Quizá porque vivimos un momento en el que se habla muchísimo de maternidades, de sus experiencias, sus contradicciones y sus dificultades, mientras que las paternidades aparecen con bastante menos frecuencia en el centro de la conversación literaria. Por eso me ha interesado especialmente encontrar en Carne de caballo una mirada tan atenta a lo que significa ser padre. Rojo demuestra que la paternidad puede tener una enorme potencia literaria cuando se observa sin idealizarla y sin convertirla en una lección. Ser padre aparece casi como interpretar un papel que nadie te ha enseñado a interpretar: de repente eres responsable de otra persona y tienes que aprender sobre la marcha qué significa eso. Sus personajes llegan a la paternidad de una manera casi accidental, y esa idea conecta con algo que atraviesa muchos de estos relatos: la sensación de estar un poco descolocado respecto a tu propia vida, de tener que aprender quién eres cuando las circunstancias te obligan a ocupar un lugar que no sabías muy bien cómo ocupar.
Los drones, en ese sentido, me parecen casi una imagen perfecta de lo que les ocurre a sus personajes. Están ahí, forman parte de un mundo que ya ha cambiado, pero ellos todavía los miran con cierta perplejidad, la misma sensación que tendrá el lector cuando los vea aparecer en casi cada relato. De la misma manera que miramos tantas cosas cuando aparecen por primera vez en nuestras vidas y todavía no sabemos muy bien qué lugar ocupan en ella.
Por eso no recuerdo Carne de caballo como un libro de diez relatos completamente separados. Yo los he ido leyendo más bien como diez aproximaciones, a veces divertidas, otras inquietantes y otras profundamente melancólicas y conmovedoras, a una misma sensación: ¿qué hacemos cuando nuestra vida cambia y nosotros todavía no sabemos muy bien quién tenemos que ser dentro de esa nueva vida? Lo genial es que Rojo nunca parece necesitar una respuesta. Le basta con poner a sus personajes ahí, un poco perdidos, intentando seguir adelante mientras alrededor todo se transforma. Y supongo que eso es lo que más me ha tocado del libro. Que detrás de los drones, de las situaciones absurdas, del humor, de la nostalgia y de ese punto de extrañeza hay algo muy reconocible: personas intentando entender cómo se vive cuando ya no eres exactamente quien eras.
Cierro Carne de caballo con varias escenas todavía en la cabeza. Algunas porque me han recordado cosas que he vivido. Otras porque me han hecho pensar en cosas que estoy a punto de vivir. Y unas cuantas, simplemente, porque no sé muy bien qué han hecho conmigo.
Y quizá esa sea la mejor manera que tengo de terminar esta crónica: diciendo que Carne de caballo me ha dejado pensando en sus personajes, pero también en mí misma. Cuando lo empecé, el primer relato me voló la cabeza porque lo considero prácticamente perfecto, no le sobra ni le falta nada. Lo leí dos o tres veces y no estaba segura de lo que me iba a encontrar a continuación tras esta primera maravilla. Pero llegó el segundo, “Los drones” y ya no supe qué pensar. Me vi a mi misma reflejada en su narrador. Siempre me ocurre que cuánto más me gusta un libro más difícil me resulta escribir sobre él, pero espero haber podido transmitir una pequeña parte de lo que estos diez relatos descomunales han supuesto para mí. Qué gran escritor es Iván Rojo.
“Y porque, lo que es aun más difícil, por ella abandonaría cualquier cosa. Este cuento, por ejemplo, que empecé hace ya tanto que no recuerdo. La literatura, en general, para siempre.”
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