Eugenia Grandet, de Honoré de Balzac
♫♫♫ Comptes à rebours (Adagio) - Georges Delerue ♫♫♫
Eugenia Grandet, publicada en 1833, ha supuesto un cambio bastante importante respecto de la novela de Balzac de la que venía, La mujer de treinta años. Y precisamente ese cambio me ha resultado muy interesante, porque demuestra hasta qué punto de amplio era el espectro social que abarcaba Balzac. Si en La mujer de treinta años nos movíamos principalmente alrededor de Julie, de su matrimonio, del deseo, la maternidad, el paso del tiempo y las convenciones de la aristocracia, aquí Balzac nos lleva a un mundo completamente distinto: el campo, una pequeña ciudad de provincias, los viñedos y una sociedad burguesa en la que el dinero parece determinar prácticamente todas las relaciones. En las dos novelas, en realidad, Balzac está retratando a la mujer de su época y todo lo que implica vivir sometida a unas determinadas reglas sociales. Pero lo que me ha sorprendido especialmente aquí es que utiliza una supuesta historia de amor como vía de entrada para hablar, en realidad, del dinero puro y duro. Y no nos engañemos: cuando por fin aparece la historia de amor entre Eugenia y Charles, a mí me ha resultado bastante soporífera. El enamoramiento es casi instantáneo y la idealización de Charles por parte de Eugenia tampoco me ha resultado especialmente convincente. Pero creo que quedarse ahí sería perderse lo verdaderamente interesante de la novela. La historia de amor es, en el fondo, una excusa, o al menos el vehículo que utiliza Balzac para detenerse en algo que le interesa mucho más: cómo el dinero termina transformando las relaciones humanas, hasta el punto de decidir quién depende de quién y qué se puede esperar del otro.
También he notado mucho la diferencia en la estructura. Eugenia Grandet es una novela mucho más compacta y concentrada que La mujer de treinta años, y creo que eso hace que todo resulte más contundente. Aquí Balzac parece tener mucho más claro dónde quiere llevarnos y, aunque en apariencia estamos simplemente ante la historia de una joven enamorada y de su fidelidad a un hombre casi imaginario, para mí la novela funciona mucho mejor cuando se lee como algo bastante más amplio: una novela sobre el poder que tiene el dinero para deformar las relaciones humanas. Porque Grandet, el padre de Eugenia y casi el protagonista de esta novela, no es simplemente un hombre avaro que determina la vida de su familia y de su círculo. Lo verdaderamente terrible de él es que ha convertido el dinero en una forma de vida. Ya no parece capaz de distinguir entre el valor de las cosas y su precio. Su mujer, su hija, su hermano, Charles, los criados e incluso las personas que lo rodean quedan atrapados en esa lógica económica. Hasta el afecto parece algo que puede administrarse, retenerse o sacrificarse si es necesario y es algo que él hará continuamente para conseguir sus fines. Y hay algo casi absurdo en todo ello: Grandet es extraordinariamente rico, pero vive como un miserable. Posee muchísimo y disfruta de casi nada. Por eso Eugenia funciona tan bien como contrapunto de su padre. Grandet entiende el mundo mediante el interés; Eugenia lo entiende mediante el afecto. Ella da sin calcular: da su dinero, sus objetos, su confianza y finalmente su amor. Y precisamente por eso parece tan ingenua dentro del mundo en el que vive. Eugenia pierde muchísimo. Eugenia que se convierte en una especie de Penélope homérica esperando a un hombre que le prometió amor eterno y se fue para hacer fortuna, pierde su juventud, pierde la posibilidad de una vida distinta y, sobre todo, pierde aquello que había imaginado. Pero conserva algo que muchos de los demás personajes han perdido por completo: la capacidad de querer sin hacer cuentas. En ese sentido, su aparente ingenuidad acaba teniendo algo de mujer ideal.
Es como si Balzac nos pusiera constantemente frente a una dicotomía: el dinero es importante, claro que sí, y en el mundo que retrata puede llegar a determinarlo prácticamente todo. Pero la pregunta que queda flotando es hasta qué punto puede llegar a importar frente al verdadero afecto. Porque una cosa es lo que permite conseguir el dinero y otra muy distinta lo que puede comprar. Y ahí es donde Eugenia se convierte en la verdadera contrapartida de su padre: mientras él parece haberlo sacrificado todo por poseer, ella es capaz de renunciar a lo que posee por afecto. Quizá por eso la novela termina siendo mucho más amarga de lo que podría parecer en un principio: Balzac no niega el poder del dinero, al contrario, nos muestra constantemente su enorme poder, pero al mismo tiempo nos hace preguntarnos qué queda de una persona cuando empieza a medirlo todo en función de ese poder.
En realidad, la mayoría de los personajes de la novela parecen moverse por el interés, calculando constantemente qué pueden obtener de los demás. Las relaciones familiares, los matrimonios, las amistades, sobre todo, e incluso los gestos de generosidad están atravesados por esa lógica. Eugenia es prácticamente la única excepción. Lo interesante es que Balzac no presenta su transformación como algo excepcional, sino casi como el resultado natural de vivir en una sociedad en la que todo parece tener un precio. Balzac ni siquiera necesita explicarnos demasiado quién ha ganado y quién ha perdido. Simplemente nos lo muestra. Socialmente, unos personajes triunfan, consiguen lo que quieren, ascienden y aprenden a moverse dentro de ese mundo pero Eugenia, en cambio, aparentemente fracasa: porque acaba viviendo una existencia marcada por la renuncia. Pero moralmente la lectura puede ser justo la contraria. Y aquí aparece una crítica a la sociedad burguesa que va mucho más allá de decir que la avaricia de Grandet es mala. Esto es algo que me interesa especialmente de Balzac: no presenta simplemente a un personaje monstruoso rodeado de personas normales, sino que parece mostrar una sociedad entera organizada alrededor del dinero, bailandole el agua al ogro. Lo inquietante de Grandet, por tanto, es que su comportamiento es extremo, pero la lógica que lo mueve no le pertenece exclusivamente a él. Está presente, en mayor o menor medida, en la sociedad que lo rodea. Grandet simplemente la lleva hasta sus últimas consecuencias. Y quizá esa sea una de las grandes ironías de la novela: los personajes que más saben de riqueza son también los que menos saben de aquello que realmente merece la pena conservar.
También me ha resultado muy interesante la transformación de Eugenia. Durante prácticamente toda su vida ha estado sometida a la voluntad de su padre, acostumbrada a aceptar sus decisiones y a vivir dentro de los límites que él le impone. Sin embargo, hay un momento de rebeldía muy concreto, pero también muy firme, en el que Eugenia se enfrenta a Grandet para defender aquello que considera más importante: su amor por Charles. Es significativo que sea precisamente el amor lo que despierte en ella una voluntad que hasta entonces parecía dormida. Eugenia no se rebela por dinero, por independencia o por ambición, sino por algo que considera que merece la pena defender.
Y esto me parece especialmente revelador porque Balzac construye, en apariencia, una novela alrededor de una mujer que idealiza a un hombre y se enamora de él casi de inmediato. Pero, como suele hacer, lo que realmente le interesa es mostrar lo que se esconde debajo de los comportamientos. Eugenia Grandet es una novela sobre el dinero, y Balzac se recrea en demostrar hasta qué punto este organiza la vida de sus personajes: las compras, las ventas, las herencias, las deudas, las especulaciones y las conspiraciones económicas aparecen descritas con una minuciosidad casi obsesiva, hasta el punto de que los céntimos importan. El dinero no es simplemente un elemento de la trama: es el lenguaje en el que muchos de los personajes han aprendido a relacionarse. Por eso también la elección del título es tan definitvo porque la novela podría haberse llamado El avaro, porque Grandet es un personaje tan poderoso que fácilmente podría haberse convertido en el centro de la historia. Pero se llama Eugenia Grandet, y creo que no es casualidad. Aunque Grandet domina buena parte de la novela, al final es Eugenia, y no él, quien da sentido a todo lo que hemos visto.
Hay una obsesión casi formal de Balzac por las cantidades y por el dinero. Creo que esa minuciosidad forma parte de lo que quiere hacernos sentir. El dinero tiene una presencia física en la novela. En muchas novelas basta con decir que alguien es rico, pero Balzac no se conforma con eso. Quiere que sepamos cuánto tiene Grandet, de dónde procede su riqueza, cuánto produce una propiedad, cuánto vale una tierra, cuánto oro hay, qué deuda tiene Charles, qué puede heredar Eugenia... Los céntimos importan. Y creo que esto tiene una razón de ser. La riqueza de Grandet no es simplemente una característica psicológica del personaje, sino una estructura material que termina determinando la vida de todos los que lo rodean. El dinero decide quién puede casarse con quién, quién puede marcharse, quién depende de quién, quién puede perdonar una deuda, quién tiene poder dentro de la familia, qué ocurre con Charles y qué futuro puede tener Eugenia. Es casi como si hubiera una segunda trama debajo de la trama amorosa: la circulación del dinero. Mientras Eugenia se enamora de Charles, mientras unos personajes conspiran y otros esperan una herencia, debajo de todo eso Balzac está siguiendo constantemente el movimiento de las riquezas, de las deudas, de las propiedades y de las herencias. Y quizá ahí esté una de las cosas que más me han interesado de la novela: que el dinero deja de ser un simple medio para convertirse en el verdadero lenguaje de la sociedad.
Es una novela importante porque tantos años después sigue resultando tan incómodamente actual. Una vez más, Balzac demuestra que la sociedad puede cambiar de escenario, de formas y de apariencia, pero no necesariamente ha cambiado tanto en aquello que mueve a las personas. Seguimos hablando de dinero, de intereses, de conveniencias y de lo que cada relación puede aportarnos. Quizá lo que ha cambiado son las cantidades y las formas; la pregunta de fondo sigue siendo prácticamente la misma: cuánto estamos dispuestos a sacrificar por tener más y cuánto estamos dispuestos a perder por conservar aquello que no tiene precio.
La traducción es de Aurelio Garzón del Camino.
"Por primera vez en su vida sintió terror a la vista de su padre, vio en él al dueño de su suerte y se juzgó culpable de una falta por ocultarle algunos de sus pensamientos."
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