Un hombre de talento, de Emmanuel Bove
♫♫♫ Que la vie est belle - Bleu nuage ♫♫♫
“A lo largo de su vida se había cruzado muchas veces con hombres de esas características, pero no les había prestado ninguna atención, hombres mucho mayores que él, vencidos por la edad, de quienes era imposible precisar si habían sido buenos o malos. Ahora se había convertido en uno de ellos.”
De todas las novelas de Emmanuel Bove que he leído, que son ya bastantes, Un hombre de talento es quizá la que más me ha hecho notar su capacidad para la abstracción. Bove despoja aquí la historia de casi todo lo innecesario hasta dejarla reducida a lo esencial: apenas dos personajes, Maurice Lesca y su hermana Emily, y una conciencia —la de Maurice— que se contradice continuamente mientras él pasea de un lado a otro siempre con la cabeza como un bombo. Es algo que, de una manera u otra, está presente en muchos de los hombres de Bove: personajes encerrados en sí mismos, profundamente solitarios y atrapados en una sensación de agravio que parece explicar buena parte de lo que les ocurre. Hombres que se sienten perjudicados por las circunstancias, por los demás, por aquello que la vida les ha negado. Pero aquí esa característica aparece llevada mucho más lejos. Bove prácticamente elimina el mundo exterior para concentrarse en ese aislamiento y, sobre todo, en la relación entre los dos hermanos. De ahí que la novela me parezca tan abstracta y, al mismo tiempo, tan claustrofóbica. Apenas hay argumento que pueda sacarnos de ese espacio mental: están Maurice, Emily, la casa, los desplazamientos de él y Gabrielle, la señora Maze, que aparece como una especie de vínculo con el mundo exterior. Es librera, tiene una vida propia y representa de algún modo una realidad que existe más allá de la casa y de la relación entre los dos hermanos. Pero incluso ella acaba siendo absorbida por la mirada de Maurice, que interpreta cada encuentro desde sus propias necesidades, expectativas y frustraciones. La novela no avanza tanto hacia un desenlace como profundiza cada vez más en un estado de conciencia, hasta conseguir que el lector experimente algo parecido a lo que viven quienes rodean a Maurice: la sensación de estar atrapados en su mundo, intentando comprenderlo mientras él mismo parece ir difuminándose en el intento de reconstruirse.
“Estoy preso. Toda mi vida he estado preso creia estar libre, pero estaba preso. Siempre ha habido algo o alguien que me ha impedido hacer lo que quería. Hay momentos en que uno desearía que todo saltase por los aires. Pero para hacer que todo salte por los aires hay que poder. Y ni siquiera eso puedo hacer. No puedo hacer nada, nada, nada. Estoy atado de pies y manos. Me siento impotente."
Maurice Lesca es un antiguo médico venido a menos, enfermo y sin dinero, que vive en una situación precaria junto a su hermana Emily. La novela sigue sus desplazamientos, sus intentos de resolver sus problemas económicos y personales (una resolución solo pensada nunca resuelta) y, sobre todo, el vínculo cada vez más difícil entre ambos. Pero cuánto más avanzamos, menos importa lo que sucede fuera de Maurice y más importa la manera en que él interpreta aquello que sucede porque realmente Maurice siempre ha ido abandonando todo lo que ha emprendido incluso su profesión de médico. Y ahí está quizá lo más interesante y también lo más agotador del personaje. Maurice piensa, retrocede, se contradice, se justifica y vuelve a empezar, nunca parece estar seguro de nada, va cambiando de opinión en cuestión de segundos y puede sentirse culpable y justificarse casi al mismo tiempo; querer a Emily y resentirse de ella; querer protegerla y necesitar, a la vez, sentirse superior a ella. Cuanto más intenta explicarse a sí mismo, menos segura me siento de saber quién es realmente este personaje creado por Bove.
La gran duda que me deja Maurice es hasta qué punto es realmente una víctima y hasta qué punto ha convertido el victimismo en una forma de estar en el mundo. No creo que sea simplemente un hombre que finge sufrir para manipular a los demás. Su sufrimiento parece genuino. Y puede que ahí esté precisamente lo más incómodo del personaje: Maurice puede sentirse sinceramente víctima y, al mismo tiempo, utilizar esa condición para justificar sus actos, exigir afecto o eludir cualquier responsabilidad sobre su propia vida. En este aspecto, su hermana Emily funciona como contrapunto: seca, práctica, siempre con los pies en el suelo, parece representar esa realidad a la que Maurice se resiste constantemente a enfrentarse. Allí donde él interpreta, justifica y da vueltas a las cosas, Emily parece limitarse a verlas como son. Quizá por eso su presencia resulta tan incómoda para Maurice: porque frente a ella es más difícil sostener intacta la historia que se cuenta sobre sí mismo.
No parece mentir deliberadamente tanto como contarse a sí mismo, una y otra vez, la versión de los hechos que necesita para poder seguir considerándose víctima. Como ocurre con tantos hombres de Bove, siempre parece tener una explicación para su fracaso: las circunstancias, los demás, las injusticias que ha sufrido, aquello que pudo haber sido y no llegó a ser. Pero en Maurice resulta especialmente difícil separar la desgracia de la coartada. Por eso Un hombre de talento lleva a un extremo algo que ya estaba presente en otras novelas de Bove. En sus personajes masculinos suele haber una especie de repliegue sobre sí mismos, una incapacidad para salir de la propia desgracia y mirar realmente al otro. Aquí, sin embargo, Bove elimina casi todo lo que podría distraernos de ese mecanismo. No hay apenas mundo exterior, ni una trama especialmente compleja, mi siquiera un giro dramático ni conversaciones que no giren alrededor de él mismo. Solo Maurice, Emily y esa conciencia que no deja de dar vueltas sobre sí misma mientras pasea calle arriba y calle abajo. Y es una novela extrañamente desnuda.
"Dios mío, qué difícil es ser uno mismo con algunas personas."
Creo que la trampa está en que Bove nos hace pensar continuamente que estamos a punto de comprender a Maurice. Cada contradicción parece contener una clave: quizá ahora entendamos qué quiere de Emily, quizá descubramos si es sincero con la librera o no, quizá detrás de este nuevo cambio de actitud haya por fin una explicación. Pero la explicación vuelve a desplazarse en la página siguiente. Maurice se corrige, se contradice, se justifica y vuelve a empezar, y nosotros terminamos haciendo algo parecido: seguimos sus movimientos tratando de encontrar un centro que quizá no existe.
Y por eso el agotamiento del lector acaba formando parte de la experiencia de la novela. Maurice irrita, cansa, provoca ganas de que deje de hablar, de pensar, de justificarse, de ir de un lado a otro; pero, al mismo tiempo, necesitamos seguirlo. Bove ha conseguido instalar en nosotros la misma pregunta que Maurice parece hacerse continuamente sobre sí mismo: ¿qué hay realmente detrás de todo esto? Y mientras esperamos encontrar una respuesta, seguimos avanzando con él. Nuestra necesidad de comprenderlo termina convirtiéndose también en una forma de encierro, por lo menos en mi caso he sentido como pocas veces esta atmósfera claustrofóbica y pienso que seguramente esto viene de la táctica de Bove de despojar la historia de casi todos los elementos innecesarios hasta conseguir que el lector experimente algo parecido a lo que viven los personajes: la sensación de estar atrapado junto a alguien de quien, por más que lo intentemos, no terminamos de comprender ni podemos alejarnos. Bove consigue además algo especialmente incómodo: hacernos sentir el peso de Maurice sin permitirnos dejar de mirarlo. Nos cansamos de él, queremos que deje de dar vueltas, pero seguimos dando vueltas con él. Aquí no hay distracciones, simplemente dos o tres personajes que aunque hablen no se entienden.
Podría ser que ahí resida la verdadera experiencia de Un hombre de talento: en convertir el tedio, la repetición y el agotamiento en la propia forma de su tragedia. Maurice se mueve constantemente, pero su pensamiento vuelve siempre al mismo lugar: a la convicción de que la vida le debe algo y a la dificultad de reconocer cuánto hay de él mismo en aquello que lo mantiene aislado.
"- En el fondo, Gabrielle, ¿qué somos? Nos hacemos muchas ilusiones acerca de nosotros mismos."
Cuando termino una novela de Bove me queda siempre una cierta sensación de incomodidad, como si durante la lectura hubiéramos reconocido en sus personajes esos pequeños achaques del hombre ordinario que frente a los demás procuramos esconder: la mezquindad, la inseguridad, el resentimiento, la necesidad de ser queridos, el miedo al fracaso o esa tendencia tan humana a justificarnos cuando no somos capaces de estar a la altura de lo que esperamos de nosotros mismos.
En Bove no hay brilli brilli. No hay personajes embellecidos por el relato ni grandes gestos destinados a redimirlos. Para él, la vida es gris, y precisamente en esa grisura encuentra algo profundamente verdadero. Sus personajes no necesitan ser extraordinarios para resultar inquietantes; basta con que sean demasiado humanos. Quizá por eso su estilo me parece tan único: con una prosa aparentemente sencilla, contenida y despojada, consigue llevarnos hasta lugares de nosotros mismos que preferiríamos no mirar demasiado tiempo.
Y quizá esa sea también la razón por la que Maurice resulta tan difícil de descifrar. Después de acompañarlo durante toda la novela, de escuchar sus explicaciones, sus contradicciones y sus intentos de entenderse a sí mismo, no estoy segura de haber llegado a conocerlo mejor. Tal vez Bove tampoco quiera que lo hagamos. Al fin y al cabo, es el propio Maurice quien parece reconocer que hay algo en él que ni siquiera él mismo consigue terminar de comprender.
"No sé, ni jamás sabré demostrar lo que realmente soy, ¿verdad Gabrielle?"
La traducción es de Mercedes Noriega Bosch
[Y sí, el tema musical está elegido deliberadamente con un punto de ironía, porque en realidad es justo lo contrario de lo que plantea esta novela. Me ocurre muchas veces: intento que el tema tenga alguna relación con el texto, pero otras veces lo elijo precisamente para remarcarlo desde el contraste, incluso formulando lo contrario de lo que estoy diciendo.]
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