Del caminar sobre hielo, de Werner Herzog
♫♫♫ I walk this earth all by myself - Ekkstacy ♫♫♫
"¿Cómo le estará yendo a Lotte Eisner? ¿Vive? ¿Estaré avanzando con la suficiente rapidez?"
Del caminar sobre hielo es, en cierto sentido, un documental de Werner Herzog disfrazado de diario. Y quizá no haya una manera mejor de entrar en este libro: Herzog hace con la escritura algo muy parecido a lo que hace con sus películas. Parte de una experiencia real, pero no se limita a registrarla. Selecciona, recorta, monta y transforma la realidad hasta convertirla en una sucesión de imágenes que parecen pertenecer exclusivamente a su universo. Hay fechas, lugares, una experiencia vivida y una primera persona que nos hacen pensar que estamos ante un diario convencional. Pero basta avanzar unas páginas para darse cuenta de que la lógica del libro es otra. Herzog elimina gran parte de lo cotidiano y deja aquello que parece destinado a convertirse en una imagen: el frío, los animales, las ruinas, la soledad, los presagios, los cuerpos exhaustos, los personajes extraños, una naturaleza que él rescata. Es el mundo de Herzog llevado a la escritura, al más puro estilo herzoguiano.
Y ahí está
precisamente uno de los detalles que más pueden interesarme del libro:
aunque esté leyendo las anotaciones de un hombre que camina de
Münich a París, tengo la sensación de estar viendo una película.
Cada fragmento funciona como un plano breve; cada animal o paisaje,
como una imagen que parece esconder algo más de lo que muestra. El
viaje exterior se va convirtiendo poco a poco en un viaje interior.
Es el texto de un caminante infatigable y obsesivo. El libro recoge las anotaciones de Herzog durante su acaminata de Münich a París, entre el 23 de noviembre y el 14 de diciembre de 1974, después de enterarse de que su adorada Lotte Eisner estaba gravemente enferma. Herzog emprendió el viaje convencido —en una mezcla de adoración, superstición, voluntad y pensamiento casi mágico— de que, mientras caminara hacia ella, Eisner no moriría. Y quizá por eso decide emprender una caminata de tres semanas que tiene mucho de penitencia porque, naturalmente que podría haber cogido un avión y haberse plantado en París en unas horas pero entonces no existiría el viaje. No existiría el sacrificio, ni el cansancio, ni esa prueba física que parece formar parte del sentido mismo de su obra y en este caso, de su gesto, que él mismo convierte en una especie de ritual. Herzog no necesita simplemente llegar hasta Eisner: necesita caminar hasta ella. En el fondo, da la impresión de que busca dos cosas al mismo tiempo: acercarse a Lotte y alejarse de todo lo demás. Quiere llegar hasta ella, pero también quiere estar solo; quiere salvarla mediante su caminata, pero también someterse a una experiencia extrema que le permita enfrentarse consigo mismo. El camino se convierte así en una especie de penitencia voluntaria, una prueba de sacrificio y resistencia en la que cada paso parece decir: mientras yo siga caminando no todo está perdido.
"¿Es buena la soledad? Sí, lo es. Solo que aporta miradas dramáticas de lo venidero."
Por eso la llegada a París casi deja de ser el verdadero objetivo. Lo importante es el trayecto y todo lo que Herzog deposita en él. Caminar se convierte en una forma de amor, pero también en una forma de conocimiento de uno mismo (o si no, que se lo digan a Robert Walser o Sebald mismamente): una manera de comprobar hasta dónde puede llevar su cuerpo una voluntad, y mientras camina, va encadenando pensamientos y asociando ideas.
Lo curioso es que, siendo un diario, Herzog no escribe demasiado
sobre sí mismo en el sentido psicológico habitual. No se detiene a
analizar sus emociones ni intenta ordenar sus pensamientos para
explicárselos al lector. En lugar de eso, anota el frío, el dolor
de los pies, la lluvia y la nieve, los animales que encuentra, los
pueblos vacíos, las habitaciones donde duerme, las personas que
aparecen fugazmente, las imágenes extrañas que se le quedan
grabadas. Y como él mismo explica en alguna entrevista, ¿cómo no
iban a aparecer los animales, si está atravesando los campos a pie y
se encuentra continuamente con ratones, caballos y otras criaturas?
El paisaje que describe no es un decorado: es aquello que tiene
delante durante horas y horas de caminata.
Y, sin embargo,
esas anotaciones aparentemente externas terminan revelando muchísimo
de su estado interior. Herzog no convierte la caminata en una
historia perfectamente organizada porque la caminata tampoco es una
experiencia perfectamente organizada. Hay percepción, cansancio,
dolor, asociaciones inesperadas y momentos de extrañeza. El diario
registra ese movimiento mental sin tratar de domesticarlo. La idea es
irracional, incluso absurda, pero precisamente por eso resulta tan
herzoguiana. Hay en su obra una fascinación constante por personajes
que persiguen algo imposible o desmesurado y que están dispuestos a
llevar su voluntad hasta el límite.
"¿Por qué caminar es tan doloroso? Me doy ánimos solo , porque nadie me los da."
Hay, sin embargo, una pregunta que me fui haciendo mientras lo
leía: ¿hasta qué punto debemos creer a Herzog? Porque Herzog,
además de cineasta, es un extraordinario contador de historias, y
siempre ha tenido algo de fabulador. ¿No habrá también en este
diario una parte de invención? Sabemos que el viaje ocurrió pero
una cosa es que el viaje haya sucedido y otra que todo lo que leemos
haya sucedido exactamente como está contado. El libro apareció
cuatro años después de la caminata y, aunque procede de las
anotaciones de aquel viaje, esas notas ya han pasado por una
selección y una transformación en obra literaria. Además, el
Herzog que aparece en estas páginas resulta, a veces, demasiado
perfectamente herzoguiano. Camina solo bajo la nieve, atraviesa
paisajes desolados, se encuentra con animales, casas abandonadas,
personajes que van a su bola y situaciones que parecen extraídas de una de
sus propias películas. Es el Herzog que ya conocemos: el hombre que
persigue lo imposible, que lleva la voluntad hasta el límite y que
parece sentirse especialmente cómodo cuando la realidad empieza a
adquirir una dimensión de leyenda.
Por eso si conocemos
algo de su cine, convendría distinguir entre el viaje y el personaje
que lo cuenta. El Herzog que lo narra
es, en cierta medida, una construcción. No necesariamente porque
esté mintiendo de una manera deliberada y calculada, sino porque
Herzog tiene una relación muy particular con la verdad. En su cine
ha defendido en numerosas ocasiones la idea de una «verdad extática»
porque pareciera que se encontrara continuamente en un estado
continuo de extásis : una verdad que no tiene por qué coincidir
exactamente con los hechos y que puede alcanzarse mediante la
estilización, la invención o la exageración (y en este punto es
interesante un librito de Clemens J. Setz titulado 6 Miniaturas sobre la verdad, donde le dedica un capítulo precisamente a
Werner Herzog como fabulador de historias y que está muy
relacionado con esto). Así que quizá la pregunta que me interesa
plantearme no es «¿pasó exactamente esto?», sino «¿por qué
Herzog necesita contarlo así?». Porque si hubiera que reconstruir
el viaje de manera objetiva, probablemente encontraríamos coches,
carreteras, pueblos, tiendas, gente y toda esa realidad cotidiana que
desaparece casi por completo del libro. Lo que queda es otra cosa:
una naturaleza que parece indiferente a la presencia humana y que es
precisamente lo que nos encontramos en su cine. Herzog no parece
interesado en registrar todo lo que ve, sino en conservar aquello que
convierte el viaje en una experiencia interior.
Y hay otra paradoja que me parece especialmente hermosa. A simple vista, estamos ante un viaje emprendido como homenaje y acto de amor hacia Lotte Eisner, la mujer a la que Herzog quiere llegar para impedir, de alguna manera, que la muerte se la lleve. Sin embargo, Lotte apenas aparece en el libro. Herzog camina hacia ella, pero casi nunca habla de ella. Su presencia está en el origen de la caminata, no tanto en su relato. Y me gusta pensar que esto es así porque el verdadero homenaje termina siendo otro: un homenaje al cine. A la manera de mirar, de seleccionar una imagen, de yuxtaponer fragmentos y de convertir lo real en algo que trasciende lo puramente documental y en esto era Lotte Eisner un genio. Herzog cuenta su caminata como si estuviera filmándola: encuentra un animal, una casa, un paisaje, un rostro, una lluvia que se convierte en una pared de agua, y los convierte en planos de una película que solo existe en la cabeza del lector.
Así, el libro acaba siendo un extraño homenaje a Lotte Eisner precisamente a través de aquello que los unía: la mirada visual. Herzog camina hacia una de las grandes historiadoras y guardianas del cine alemán, pero durante el trayecto parece estar haciendo, a su manera, otra película. Solo que esta vez la cámara es su mirada y la película es el propio caminar. Caminar para Werner Herzog, es lo mismo que el volar de los pájaros. Una delicia de librito.
La traducción es de Ariel Magnus.
"En viejas fotos marrones, los últimos navajos marchan, agazapados sobre sus caballos y envueltos en mantas en la tormenta de nieve., hacia la extinción; la imagen no se me va de la mente y aumenta mi resistencia. La ruta se borra en un instante bajo la nieve."
.jpg)
Comentarios
Publicar un comentario