[ Interludio ] Octubre #1 - Adaptar no es ilustrar o La libertad de traicionar.
Under the skin, 2013, Jonathan Glazer
Hace poco leí Tardía fama, de Arthur Schnitzler, y apenas había terminado de leerla cuando un amigo me comentó que Kent Jones la había llevado al cine en Late Fame, con Willem Dafoe como Saxberger. Una de esas coincidencias que hacen que la literatura parezca tener una vida secreta, paralela a la nuestra, y que sus historias sigan moviéndose por el mundo mucho después de que hayamos cerrado el libro. Algo parecido me ha sucedido con Al este del Edén, la novela de John Steinbeck que leí hace muchos años y que ahora regresa a mí a través de la adaptación televisiva de Zoe Kazan, y que más que una miniserie viene a ser una película de siete horas que permite volver a un universo que creía conocer.
Al leer, cada uno construye su propia película: imagina los rostros, las voces, los espacios y la luz que envuelve a los personajes. Una adaptación viene a ocupar ese territorio íntimo y a sustituir algunas de nuestras imágenes por las de otro. Pero quizá las mejores no sean las que intentan reproducir el mundo de la novela, sino las que encuentran una manera propia de transmitirlo. No se trata tanto de trasladar una historia de un lenguaje a otro como de volver a pensarla, de descubrir qué puede decirnos desde otra época y otra sensibilidad. A veces, para ser fiel a una novela, el cine necesita dejar de obedecerla. Cuanto más se aleje, más posibilidades tendrá de sorprendernos, de escapar a la comparación inevitable con ese libro que ya habíamos construido en nuestra cabeza mientras leíamos. Porque cada lector imagina sus propios rostros, sus propios espacios, su propia luz. Y cuando el cine se empeña en reproducirlos, corre el riesgo de decepcionarnos: los personajes no son como los habíamos imaginado, las atmósferas no tienen la textura que les habíamos dado, los escenarios no se parecen a los que habíamos recorrido mentalmente. La película llega siempre después, condenada a medirse con una obra que, en realidad, solo existía para nosotros.
Adaptar no es ilustrar. Hay una idea muy extendida según la cual una buena adaptación debería conservar lo esencial de la novela y una mala sería aquella que se toma demasiadas libertades y para mí, esa oposición resulta limitada. Una novela y una película no construyen sus significados de la misma manera. La primera puede detenerse en un pensamiento, reconstruir una vida a través de los recuerdos, saltar décadas en unas pocas líneas o dedicar páginas enteras a una contradicción interior. El cine, en cambio, trabaja con cuerpos, rostros, espacios, sonidos, silencios, duración y montaje. Allí donde el escritor puede nombrar una emoción, el cineasta tiene que encontrar la manera de hacerla visible, de convertirla en un gesto, una mirada, una ausencia o un silencio. Adaptar no consiste, por tanto, en decidir qué episodios conservar y cuáles eliminar, sino en encontrar un lenguaje para aquello que la novela ha puesto en movimiento. A veces, eso exige cambiar el argumento, desplazar el punto de vista o prescindir de personajes y situaciones que parecían imprescindibles. Otras veces, una escena reproducida palabra por palabra puede resultar menos fiel al espíritu del libro que una escena completamente inventada. Lo decisivo no es que la película cuente lo mismo, sino que encuentre una mirada propia.
Una adaptación puede ser literariamente infiel y cinematográficamente extraordinaria. También puede ser escrupulosamente fiel y, sin embargo, carecer de alma: una sucesión de escenas que el lector reconoce, pero que no consigue justificar su existencia como película. Quizá la fidelidad más profunda no consista en preservar lo que la novela cuenta, sino en conservar su capacidad de inquietarnos, de conmovernos o de hacernos mirar de otra manera. Y para conseguirlo, a veces, el cine necesita traicionar nuestras expectativas, incluso las que habíamos depositado en el propio libro.
En Late Fame, la adaptación de Kent Jones, la libertad es bastante más contenida. La película sigue de cerca Tardía fama, de Arthur Schnitzler, aunque traslada la Viena de finales del siglo XIX al Nueva York contemporáneo. El cambio de espacio y de época no altera lo esencial de la historia, porque lo que importa no es tanto el lugar como aquello que Schnitzler pone en juego: la fama, el ego, la vanidad, la necesidad de reconocimiento y esa facilidad con la que un hombre puede volver a creerse importante cuando los demás empiezan a mirarlo como tal. Willem Dafoe encarna magníficamente a Saxberger, con una mezcla de vulnerabilidad, orgullo y desconcierto, que se refleja esencialmente en su rostro, sugiriendo, que hace visible todo aquello que en la novela se mueve a través de las palabras.
La película demuestra que no siempre es necesario transformar radicalmente una obra para encontrar una mirada propia. A veces basta con cambiar el contexto, el tono o la manera de observar a los personajes para que una historia escrita hace más de un siglo vuelva a interpelarnos. La vanidad artística, el deseo de reconocimiento y la necesidad de sentirse excepcional siguen ahí, aunque hayan cambiado los escenarios y los mecanismos mediante los cuales alguien consigue hacerse visible. La adaptación de Jones nos recuerda que las novelas pueden sobrevivir a su tiempo porque las pasiones que describen sobreviven también, aunque adopten otras formas.
Late fame, 2025, Kent Jones
Con Al este del Edén, en cambio, la operación es distinta. La novela de John Steinbeck es tan extensa, tan llena de personajes, generaciones y ramificaciones, que cualquier adaptación está obligada a elegir, como por ejemplo, Elia Kazan tuvo que hacerlo en su adaptación de 1955, y centrarse esencialmente en la última parte de la novela. Pero Zoe Kazan hace algo más que seleccionar y condensar: desplaza el centro de gravedad de la historia hacia Cathy Ames y modifica, con ello, nuestra manera de entenderla. Allí donde la adaptación de Elia Kazan privilegiaba la historia de Cal Trask, la nueva versión concede a Cathy un espacio desde el que contemplar el conjunto de la obra. No significa necesariamente que Zoe Kazan descubra en Cathy una verdad que Steinbeck no supo ver, ni que su interpretación sea más certera que otras posibles. Lo interesante es, precisamente, que elige mirar desde otro lugar y que esa elección transforma la historia. Al concederle a Cathy una atención distinta, nos invita a preguntarnos qué hay detrás de la figura monstruosa que hemos aprendido a reconocer en ella, sin que comprenderla implique absolverla ni negar sus actos. La novela sigue siendo la misma, pero ya no la vemos exactamente igual. Quizá ahí resida una de las mayores virtudes de una adaptación: no en revelar el significado definitivo de una obra, sino en demostrar que ese significado nunca termina de agotarse, que basta con cambiar la perspectiva para que aparezcan nuevas preguntas, nuevos matices y otra manera de recorrer una historia que creíamos conocer. Es una decisión que conserva los grandes temas de Steinbeck, pero modifica la perspectiva desde la que los contemplamos. Y quizá sea ahí donde una adaptación empieza a revelar algo que estaba en la novela sin haber llegado a ocupar del todo el primer plano: no porque el cineasta descubra una verdad definitiva que el escritor ignoraba, sino porque encuentra una posibilidad de lectura que hasta entonces había permanecido en segundo término.
Al este del edén, 2026, Zoe Kazan
Las dos películas permiten pensar en las distintas maneras en que una obra literaria puede adquirir una segunda vida. Late Fame demuestra que una historia puede conservar buena parte de su forma y seguir diciéndonos algo nuevo cuando cambia el mundo que la rodea. Al este del Edén, en cambio, muestra hasta qué punto una nueva perspectiva puede modificar nuestra relación con una historia que creíamos conocer. En un caso, la persistencia de una mirada a través del tiempo; en el otro, la posibilidad de descubrir otra novela dentro de la misma novela.
Porque una adaptación no interpreta únicamente al escritor. También se interpreta a sí misma y a la época que la produce. Las preguntas que formula, los personajes a los que concede atención y las zonas de sombra que decide explorar hablan tanto de la obra original como de la sensibilidad desde la que vuelve a ser leída. El libro permanece, pero alrededor de él se acumulan nuevas lecturas, imágenes, voces y hasta malentendidos. Ninguna adaptación agota sus posibilidades, del mismo modo que ninguna lectura puede clausurarlas definitivamente. Y eso me lleva a pensar que quizá las grandes novelas no terminan de pertenecernos nunca. Incluso cuando creemos haberlas leído de una manera definitiva, alguien puede volver a ellas décadas después y descubrir una historia distinta, o al menos una manera distinta de mirarla. Lo que creíamos conocer adquiere otra profundidad, y los personajes que habíamos dejado atrás regresan con preguntas que no nos habíamos hecho. Por eso sigo pensando que lo grandioso de una buena adaptación puede estar precisamente en su libertad, en su capacidad para alejarse de la novela sin perder el vínculo que la une a ella. Cuanto menos se preocupe por reproducir las imágenes que cada lector ha construido en su imaginación, más posibilidades tendrá de levantar un mundo propio, de escapar a la comparación inevitable con el libro y de ofrecernos algo que no sabíamos que estábamos buscando. Adaptar no es ilustrar: es volver a crear.
Ahora mismo la mejor adaptación que recuerde en los últimos años sea Under the Skin, de Jonathan Glazer, a partir de la novela del mismo nombre de Michel Faber, y Glazer también adaptó magnificamente la novela de Martin Amis, La Zona de interés. Recuerdo haberla visto y pensar precisamente eso: ha cogido lo esencial del libro y lo ha convertido en algo propio. No intenta reproducir su argumento ni explicar aquello que la novela explica; lo transforma en imágenes, silencios, cuerpos, espacios y una atmósfera inquietante y extrañamente hipnótica. La película se separa del libro hasta el punto de que, por momentos, parece haber olvidado que procede de una novela y, sin embargo, conserva algo fundamental de ella.
Glazer no parece interesado en trasladar a la pantalla la historia de Faber, sino en encontrar qué puede hacer el cine con aquello que la historia contiene. Lo que en el libro puede comprenderse a través de las palabras se convierte aquí en una experiencia sensorial que no necesita explicarse del todo. Hay algo que se resiste a la interpretación, algo que permanece oscuro incluso después de haberlo visto. Aquí es dónde reside el secreto de una buena adaptación, no poner en imágenes el libro sino traicionarlo de alguna forma y construir una mirada propia.
Under the skin, 2023, Jonathan Glazer















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