Propiedad privada, de Julia Deck

  


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“Nos dimos cuenta, por ejemplo, de que nuestro sistema de calefacción basado cien por cien en energía renovable no iba a funcionar seguramente nunca. La consultora se había equivocado en los cálculos. En fin, en cuanto hiciese buen tiempo, harían una zanja en el asfalto para traer el gas.”


Cuando escribí la crónica de la anterior novela que leí de la autora francesa Julia Deck, Viviane Elizabeth Fauville, ya me quedé con las ganas de seguir conociendo a una autora que ya en su primera novela me había parecido muy interesante. Ahora, después de leer Propiedad privada, no hago más que ratificar esa impresión: Julia Deck tiene una voz muy personal de la literatura actual o, por lo menos, lo que me cuenta y cómo lo cuenta me interesa muchísimo. En Propiedad privada hay una mezcla muy lograda de frialdad, ironía y extrañeza, que acaba evolucionando en una novela de puro terror existencial. Deck cuenta situaciones aparentemente normales con una distancia casi clínica, pero poco a poco todo empieza a resultar inquietante. Y creo que una de las cosas más interesantes de su estilo es que no necesita subrayar lo absurdo de lo que está contando, un absurdo que está además apoyado en la cotidianeidad. La narración mantiene siempre un tono muy contenido, incluso cuando lo que sucede empieza a descolocarte. De ahí surge un humor bastante peculiar, a medio camino entre lo negro y lo incómodo.

La novela nos presenta a una pareja parisina, Eva y Charles, que decide abandonar el piso de la ciudad para comprar una casa en un nuevo eco-barrio a las afueras de París. Buscan espacio, jardín y tranquilidad y, al mismo tiempo, una forma de vida más ecológica y responsable. Han convertido incluso la futura casa en una especie de proyecto vital: estudian los planos, planean la colocación de los muebles durante días, y esperan con ilusión convertirse, por fin, en propietarios totalmente sostenibles, modernos e inmaculados.

Pero el sueño empieza a torcerse en cuanto aparecen los vecinos. Los Lecoq se instalan en la casa contigua y la separación entre ambas propiedades, ese famoso muro medianero, se convierte poco a poco en una frontera de conflicto, un conflicto que viene sobre todo medido por un mundo de hipocresías, envidias y cotilleo máximo. Lo que debía ser un barrio diseñado para una convivencia moderna, ecológica y armoniosa acaba produciendo casi lo contrario: ruidos, invasiones de la intimidad, obras, jardines, animales, y pequeñas hostilidades que van acumulándose hasta convertir la convivencia en algo cada vez más incómodo.

A partir de ahí, Deck construye una especie de thriller en el que lo cotidiano va adquiriendo una dimensión cada vez más inquietante. Eva observa lo que sucede a su alrededor y empieza a interpretar los comportamientos de los demás, mientras una desaparición introduce una dimensión propiamente criminal y hace que nos preguntemos qué está ocurriendo realmente y hasta qué punto podemos confiar en la percepción de la propia Eva. Y creo que ahí está una de las claves de la novela: la trama criminal y la sátira social avanzan juntas. Cuanto más representan estos personajes esa forma de vida contemporánea basada en la ecología, el consumo responsable, el urbanismo sostenible, la comunidad o la tolerancia, más evidentes se hacen sus pequeñas mezquindades, sus rivalidades y sus deseos de posesión. El eco-barrio termina funcionando casi como un pequeño laboratorio de la clase media acomodada contemporánea, donde bajo esa apariencia de armonía y buenas intenciones siguen apareciendo los mismos conflictos de siempre.

De alguna forma, y aunque Propiedad privada gira en torno al sueño de comprar una casa en las afueras, habla de mucho más que de una casa. La propiedad acaba extendiéndose al territorio, a la intimidad, al cuerpo, a la pareja, al césped del jardín, a la zanja de la obra e incluso a la propia identidad. Y aquí es donde cobra especial importancia todo el discurso que rodea a la sostenibilidad, las energías renovables o el consumo responsable. En la novela, estos conceptos pueden leerse también como parte de un lenguaje que, en algún momento, parece haberse separado de la realidad que pretende describir; un discurso que hemos ido incorporando casi sin darnos cuenta y al que, de alguna manera, parece que estamos obligados a adherirnos si queremos encajar dentro de una determinada idea de lo que significa ser una persona responsable y políticamente correcta. Ya no son necesariamente prácticas o compromisos, sino palabras que permiten construir una determinada imagen de uno mismo: moderno, concienciado, responsable y, sobre todo, alguien que quiere estar del lado correcto.

Esto resulta especialmente evidente cuando ese lenguaje pasa al mundo corporativo de las grandes empresas, algo que reconocemos en nuestros espacios de trabajo. Las empresas han incorporado todo un vocabulario relacionado con la sostenibilidad, la responsabilidad social, la economía verde o el consumo consciente, y muchas veces ese vocabulario funciona más como una herramienta de legitimación y comunicación que como una verdadera transformación de sus prácticas. Se construye un relato perfectamente aceptable desde el punto de vista social, incluso políticamente correcto, mientras detrás de él continúan funcionando muchas de las lógicas económicas de siempre. Ahí es donde la novela me parece especialmente incisiva. El problema no es solamente que exista una cierta contradicción entre lo que se dice y lo que se hace. Es que hemos creado un lenguaje capaz de hacer compatible casi cualquier comportamiento con una imagen moralmente positiva. Puedes consumir, comprar, especular o transformar un barrio y defender al mismo tiempo que todo eso forma parte de una forma de vida sostenible, responsable y respetuosa. El discurso acaba sustituyendo a la acción.


“De todas formas, había llegado hacía tiempo el momento de convertirse en propietarios. Yo trabajaba en urbanismo. Creía en la expansión de la ciudad más allá de sus fronteras, en que todos estaríamos mejor en las zonas verdes de menor densidad. Nos alejaríamos del ruido, de la polución. En nuestro jardín dejaríamos de tener miedo de inspirar a pleno pulmón.”


Los personajes de Deck quieren convertir la casa en hogar, pero antes necesitan convertirla en una prueba de que su vida tiene sentido. El hogar debería ser un espacio íntimo, algo que se construye viviendo. Pero aquí parece existir primero como proyecto, inversión y representación de cara a la galería. Y cuanto más depende nustra identidad de esa representación, más difícil resulta aceptar que algo pueda salir mal. Y quizá por eso muchas de esas palabras empiezan a sonar vacías: porque parecen diseñadas para describir una realidad que en realidad no existe. Funcionan muy bien en una página web corporativa, en un folleto inmobiliario o en una conversación entre personas que quieren reconocerse como responsables y concienciadas, pero se vuelven mucho más difíciles de sostener cuando llegan los conflictos concretos, las pequeñas averías domésticas, la concienciación de que esta modernidad a veces no es tan sostenible. En ese sentido, Propiedad privada parece preguntarse qué queda de todos esos valores cuando dejan de formar parte de una identidad y tienen que convertirse en una decisión que implica renunciar a algo. Por eso creo que la sátira de Deck tiene bastante más profundidad que una simple burla del postureo. No se ríe únicamente de personas que dicen una cosa y hacen otra. Cuestiona una sociedad que ha desarrollado una extraordinaria capacidad para convertir sus propias contradicciones en un discurso aceptable pero a poco que soples un poco, el chiringuito se desploma por su propio peso.

Pero muchas de esas palabras no son necesariamente falsas en sí mismas. Lo verdaderamente problemático es la facilidad con la que pueden convertirse en una fachada que nos permite seguir viviendo exactamente como antes. Muchas veces te encuentras sonriendo ante algo que, visto desde otro ángulo, resulta bastante incómodo o simplemente guardando silencio para no desentonar: "Muchas veces basta con callar para que el otro crea que estás interesado, adoptar ese aire circunspecto que paradójicamente tranquiliza, que te confiere una reputación de competencia y respetabilidad, cuando en realidad no me importaban nada su conversación sobre el compost y los mercadillos." Y esa combinación de humor y malestar es, precisamente, una de las cosas que hacen que la literatura de Julia Deck tenga una personalidad tan marcada porque durante la mayor parte de la novela, los personajes de este eco-barrio no son sinceros, entre barbacoas, cafés de la tarde o encuentros fugaces antes de irse a trabajar; vigilan por las ventanas, o entre los setos, y parecen más pendientes de los demás que de sus propias vidas.

Sin convertir la novela en un tratado sociológico, Deck observa muy bien las aspiraciones de la vida burguesa contemporánea: tener una casa, construir una determinada imagen de uno mismo, integrarse, relacionarse correctamente con los demás, pertenecer a un lugar… Y lo interesante es que esas cosas que deberían proporcionar seguridad también pueden convertirse en fuentes de ansiedad, desplazamiento y extrañeza.

Leyendo Propiedad privada me he acordado en varios momentos de Joyce Carol Oates y de esa forma tan suya de retratar una determinada burguesía que vive pendiente de las apariencias, del estatus y de la imagen que proyecta a los demás. En Fox, su última novela, esta cuestión aparece de una manera especialmente clara, pero es algo que está muy presente en buena parte de su literatura: la gentrificación, los barrios que se transforman, las casas que dejan de ser simplemente hogares para convertirse también en símbolos de una determinada posición social con personajes que parecen tener perfectamente controlada su vida hasta que aparece un problema doméstico que desborda por completo esa seguridad.


"Sentada en el borde de la bañera, grité. Grité para tranquilizarme, para vaciar el pecho de toda esa bola que había ido amasando desde la mudanza. Me repetí: todo va bien, es solo un mal momento que hay que pasar, acabaremos acostumbrándonos a esta casa."


Algo parecido ocurre con la Eva de Julia Deck. Cuando el conflicto deja de ser una cuestión más o menos abstracta y se convierte en algo que amenaza directamente su espacio, su intimidad o su sensación de control, sus herramientas para enfrentarse a él desaparecen. Hay un momento especialmente significativo en el que Eva se encierra en el baño, se sienta en el borde de la bañera y se pone a llorar y a gritar. La imagen resulta casi cómica por contraste con todo ese mundo perfectamente ordenado que la rodea, pero también es bastante reveladora: detrás de esa apariencia de control hay alguien que no sabe muy bien qué hacer cuando aquello que consideraba seguro deja de serlo. Porque cuando aparecen los conflictos, esos valores que hasta entonces parecían tan sofisticados empiezan a competir con algo mucho más elemental: la defensa de lo propio.

Por eso creo que la cuestión de las apariencias encaja tan bien con todo lo que plantea la novela. Propiedad privada podría leerse casi como una sucesión de capas: la casa, la propiedad, el estatus, el estilo de vida, los valores y, finalmente, la imagen que queremos proyectar. Deck va mostrando cómo, debajo de todas esas capas, aparecen el miedo, los intereses, el ego, el dinero y la necesidad de proteger la propia posición. Entonces la casa, que debía representar el éxito de una determinada forma de vida, puede terminar convirtiéndose en una trampa mortal.

Llega un momento dado que Propiedad privada trasciende bastante la historia de una pareja pija y sus vecinos. Es también una sátira de esa promesa burguesa según la cual comprar el lugar adecuado, construir la casa adecuada y llevar la vida adecuada nos proporcionará seguridad y felicidad. Y, sobre todo, está el estilo. Entiendo perfectamente que después de terminar esta novela me haya quedado con la sensación de que Deck tiene una voz muy particular. Escribe de una manera muy limpia y aparentemente sencilla, pero debajo de esa sencillez hay muchísimo control. Nada parece especialmente enfático y, sin embargo, poco a poco empiezas a sentir que algo no termina de encajar. Y cuando te das cuenta, estás sonriendo ante una situación que, si la miras un poco más de cerca, resulta bastante inquietante por lo que reconoces en ella.

Los personajes están observados, no explicados. Deck no parece tener demasiado interés en decirnos quiénes son sus personajes o qué debemos pensar de ellos; prefiere dejarlos hablar y observar qué ocurre cuando interactúan. Y en Propiedad privada las conversaciones tienen muchísimo peso, porque las personas hablan para relacionarse, pero también para posicionarse, para defenderse, para marcar distancias o para dejar claro cuál creen que es su lugar dentro de ese pequeño mundo de vanidades. La frialdad de la narración produce humor, pero también incomodidad.

Por eso decía al principio de esta crónica que me parece más bien una novela de terror existencial, una etiqueta que encaja bastante bien con Propiedad privada, porque el terror no procede únicamente de lo que pueda ocurrir en la trama, sino de algo mucho más cotidiano: descubrir que la vida que has construido puede convertirse en una trampa de la que no sabes cómo salir porque en un momento dado para habitar esa propiedad privada tienes que mantener determinadas relaciones, asumir determinadas obligaciones y defender determinados intereses. Y poco a poco descubres que aquello que debía darte libertad es precisamente lo que te la quita. La hipoteca es real. Los vecinos son reales. La necesidad de pertenecer es real. El deseo de tener una vida mejor es real. La preocupación por el dinero es real. La necesidad de mantener las apariencias es real así que el lector puede estar pensando mientras lee: esto no solo podría pasarme a mi, sino que me está pasando. Julia Deck es seca, incisiva y muy clínica en su análisis de esta sociedad. En Viviane Elizabeth Fauville comentaba que me había recordado mucho a Patricia Highsmith, en Propiedad privada he vuelto a sentir que la sombra de la Highsmith es alargada. Soberbia Julia Deck.

La traducción es de Juan Carlos Durán Romero.


“Cerré la ventana de golpe. De repente me había hartado de la verde periferia en la que me asfixiaba. Necesitaba ver la ciudad, torres apuntando al cielo, edificios imponentes de ventanas impenetrables. Salí sin decirte nada y me fui corriendo al cercanías.”

 

 

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