Tardía fama, de Arthur Schnitzler

 


 ♫♫♫  Blue Skied An' Clear - Slowdive ♫♫♫

 

 

"- Esa misma noche llevé el libro a nuestro pequeño círculo.

- ¿Qué círculo?

- Un círculo de escritores jóvenes que se mantienen alejados del camino trillado."


Tardía fama, de Arthur Schnitzler, cuenta la historia de Eduard Saxberger, un antiguo poeta de setenta años que publicó un poemario en su juventud y que, con el paso de los años, ha quedado completamente olvidado. Lleva una vida tranquila, gris y bastante acomodada a su anonimato. Ya no espera nada de la literatura ni parece echar demasiado de menos al escritor que podría haber sido. Hasta que un día un grupo de jóvenes escritores descubre su antiguo libro y empieza a tratarlo como a un maestro, como a una figura literaria injustamente olvidada. Saxberger, que parecía haber enterrado definitivamente sus antiguas aspiraciones, se deja contagiar poco a poco por el entusiasmo de estos jóvenes. Vuelve a sentirse escritor. Vuelve a sentirse especial porque alguien se fija en él y le hace sentirse único. Alguien vuelve a mirar su pasado con admiración y, casi sin darse cuenta, empieza a mirarse él también de otra manera. Lo que durante años había permanecido dormido vuelve a despertar. Y aquí empieza lo interesante porque Schnitzler ahonda en ciertos temas que bajo el primer brillo de la vanidad de Saxberger no salen a la luz, solo surgirán algo después.

En Tardía fama todo está englobado en lo universal. No hace falta que aspiremos a la fama, al dinero o al poder para dejarnos seducir por el reconocimiento. A veces basta con que alguien nos diga que somos inteligentes, interesantes, talentosos o especiales para que empecemos a contemplarnos de otra manera. La adulación no tiene por qué crear nuestro ego; muchas veces se limita a despertarlo. Y Schnitzler juega precisamente con eso. Con esa parte de nosotros que preferiríamos no reconocer: somos unas criaturitas bastante vanidosas. Nos gusta que nos miren, que nos escuchen, que nos digan que tenemos algo diferente. Nos gusta pensar que nuestra vida, nuestras ideas o incluso nuestras pequeñas rarezas tienen un significado especial. Y cuando alguien confirma esa imagen que tenemos de nosotros mismos, resulta bastante difícil no creérsela un poco más.


"Despertó de un largo sueño... He soñado... He soñado mi vida."

 

Lo curioso es que Saxberger no es el único atrapado en ese juego. También lo están los jóvenes que lo descubren. Se consideran modernos, originales y alejados del «camino trillado», pero en su admiración por el viejo poeta hay también mucho de ellos mismos porque ellos también ansían ser admirados. Lo ensalzan, lo convierten durante un tiempo en alguien especial y, al hacerlo, también se construyen ellos como grupo: jóvenes diferentes, cultos, sensibles, capaces de descubrir aquello que los demás no han sabido apreciar pero realmente lo que deja entrever Schnitzler es que ellos también matarían por un poco de reconocimiento, por una buena crítica, por acabar con su invisibilidad. Schnitzler no necesita grandes acontecimientos para hablar de algo que conocemos bastante bien. Todos, en mayor o menor medida, dependemos de la mirada de los demás. Podemos decir que no nos importa lo que piensen de nosotros, que no buscamos reconocimiento, que hacemos las cosas por nosotros mismos… pero basta con que alguien nos admire de la manera adecuada para que nuestro ego levante la cabeza. Y una vez que lo hace, cuesta volver a meterlo en su sitio.

Tardía fama es, en el fondo, una novela sobre eso: sobre lo fácilmente que podemos acabar creyéndonos aquello que los demás dicen de nosotros y sobre lo frágil que puede ser nuestra identidad cuando depende de la mirada ajena. Schnitzler lo cuenta con una ironía muy fina, sin necesidad de convertir a sus personajes en caricaturas, y quizá por eso resulta tan fácil reconocerse un poco en todos ellos. De ahí que me parezca una novela sorprendentemente actual: vivimos en una época en la que la era digital nos ha llevado a una exposición casi permanente, a construir una imagen de nosotros mismos y a comprobar constantemente cómo la reciben los demás. Un enorme escaparate de postureo en el que, de alguna manera, todos estamos un poco pendientes de que alguien nos diga que somos especiales.


"¿Por qué sucede todo esto ahora? ¡Tan tarde!"


Hay algo que me interesa especialmente en Tardía fama: la manera en que Schnitzler aborda la vejez, e intuyo que sabía muy bien de lo que hablaba porque la escribió en la última etapa de su vida. Más que hablar del miedo a envejecer o a morir, Schnitzler parece fijarse en un miedo mucho más íntimo y, probablemente, más difícil de reconocer: el miedo a convertirse en nadie, a dejar de importar, a comprobar que aquello que uno hizo, soñó o creyó importante puede acabar desapareciendo sin dejar apenas huella. Saxberger parece haber aceptado ese lugar discreto en el mundo, esa vida en la que ya no espera demasiado de sí mismo ni de los demás, hasta que aquellos jóvenes vuelven a mirarlo como si fuera alguien. Y puede que ahí esté la clave de la novela: no le devuelven la juventud, pero sí algo que puede resultar todavía más peligroso, la chispa de creerse alguien,  el deseo de volver a sentirse importante. Porque quizá eso sea una de las cosas más difíciles de aceptar cuando pasan los años: que el mundo sigue adelante, que las nuevas generaciones ocupan su lugar y que todos, antes o después, tenemos que enfrentarnos a la posibilidad de dejar de ser protagonistas de nuestra propia época.

Y por eso me parece que Schnitzler no está hablando tanto de la frustración de la fama como de la vulnerabilidad que todos tenemos ante la necesidad de sentirnos reconocidos. Hay una pregunta que sobrevuela toda la novela y que me resulta especialmente interesante: ¿era realmente feliz Saxberger antes de que aparecieran los jóvenes o simplemente había aprendido a resignarse a una vida sin expectativas? Porque según cómo respondamos, cambia bastante el sentido de lo que le sucede. Si había encontrado la felicidad en su anonimato, entonces los jóvenes vienen a romper una paz que ya poseía. Pero si lo que había conseguido era simplemente acostumbrarse a no esperar nada, entonces quizá su aparición también le recuerde algo que había intentado olvidar y eso lo que produce es dolor y decepción. Lo más cruel es que ellos no necesitan tener mala intención. Ni siquiera necesitan estar fingiendo su admiración. Pueden creer sinceramente en él y, al mismo tiempo, no comprender lo que están despertando. Su entusiasmo cambia, aparece una nueva novedad y ellos continúan con sus vidas. Saxberger, en cambio, ya no puede regresar exactamente al lugar del que partió. No le han arrebatado algo que tenía: le han hecho creer de nuevo que podía tenerlo.

Esta pequeña novela de apenas cien páginas me ha dejado un poso triste y melancólico porque incluso cuando uno ha aprendido a vivir sin reconocimiento, basta con que alguien vuelva a mirarlo como si fuera especial para que el ego despierte. Porque tal vez nunca terminemos de aceptar del todo que el mundo puede seguir adelante sin nosotros. Y esa puede ser una de las cosas más difíciles de asumir cuando van pasando los años: no tanto que el tiempo pase, sino que nuestro tiempo, poco a poco, deje de ser el centro del mundo.

En un texto aparentemente tan pequeño, Schnitzler consigue sacar a la palestra una cantidad enorme de cosas: ironía, humor, autoengaño, vanidad, melancolía y, sobre todo, una mirada muy lúcida sobre nosotros mismos. Y mientras Saxberger va dejándose arrastrar por lo que los demás ven en él, también va cambiando la imagen que tiene de sí mismo. Ahí está quizá lo más interesante de la novela: esa especie de evolución silenciosa de la conciencia, y de cómo uno puede pasar de creer que ya se conoce y ha hecho las paces con su vida, a descubrir que todavía quedan deseos, vanidades y contradicciones que creía superados. Hasta que, de una manera u otra, termina teniendo que enfrentarse consigo mismo. Todo eso en apenas unas páginas, solo con una historia aparentemente sencilla y unos personajes que, cuanto más se miran a sí mismos, más nos obligan a mirarnos nosotros.

La novela, como suele ocurrir con Schnitzler, tiene además ese tono entre onírico y desesperanzador que hace que todo parezca suceder en una realidad ligeramente desplazada, como si los personajes estuvieran a medio camino entre lo que desean y lo que realmente son. Y quizá ahí esté una parte de su extrañeza: nunca sabemos del todo si estamos asistiendo a una historia sobre la fama, sobre la vejez o sobre la vanidad, porque en el fondo Schnitzler está hablando de algo mucho más incómodo: de la imagen que construimos de nosotros mismos y de lo fácil que resulta confundirla con la realidad.

La traducción es de Adan Kovacsics.


"Luego, ya completamente solo, mientras sus pasos resonaban en la escalera, se le antojó extraña y asombrosa la noche que acababa de vivir."

 

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