[ Interludio ] Febrero #2


 

 Nos olvidarán. ¡Ése es nuestro sino, contra el que nada se puede! ¡Lo que ahora nos parece serio, significativo, de gran importancia... Llegará el día en que lo olvidemos o se nos antoje poco importante!”.

(Anton Chéjov)



Hay algo suavemente devastador en esa certeza de Chéjov: no la desaparición brusca, sino la lenta pérdida de gravedad. Lo que fue decisivo se vuelve ligero; lo que parecía centro se desplaza hacia los márgenes de la memoria. Y, sin embargo, el olvido nunca es completo. Algunas personas que pasaron fugazmente por nuestra vida permanecen en ese territorio intermedio. No las recordamos con nitidez ni forman parte de nuestra historia presente, pero tampoco se han borrado. Son presencias amortiguadas, fantasmas, figuras sin continuidad que sobreviven como una sensación apenas reconocible.

Releer un libro donde esas personas estuvieron es una forma de invocación involuntaria. Basta una frase, el título de un libro, un subrayado, la cadencia de un pasaje, y algo se mueve en la memoria: no el recuerdo exacto de lo que ocurrió, sino la certeza de que estuvieron fugazmente ahí rememorando la conversación posterior que no llegó a prolongarse.

Las personas fugaces regresan entonces como fantasmas tranquilos. No reclaman nada, no interrumpen la vida actual, pero atraviesan la conciencia con una melancolía leve, como si pertenecieran a una habitación que ya no habitamos pero que sigue existiendo en alguna parte.

Quizá el olvido del que hablaba Chéjov no sea una desaparición, sino una transformación. Lo importante deja de ser urgente, lo vivido deja de doler o de exigir continuidad, y queda solo un clima: la huella de que, durante un instante, alguien alteró nuestra percepción del mundo.

Cada recuerdo silencioso, cada día más difuminado,, confirma esa paradoja. El libro permanece, nosotros cambiamos, las personas se desvanecen. Pero entre las páginas se sigue respirando un espacio compartido que se resiste a ser arrasado por el olvido.

Lo que me trae a colación la novela de Carole Maso, Ava, que es un texto que dejó mucho poso, porque ahí la idea de que “mucho se dice en el intervalo” dialoga de forma conmovedora con la reflexión de Antón Chéjov sobre el olvido inevitable. Si para Chéjov el destino humano es ser olvidado y olvidar y ver desvanecerse la gravedad de lo que hoy parece esencial, Ava responde desde la intimidad del vínculo: incluso cuando llegue el silencio —sea el del tiempo o el de la muerte— algo persiste que la memoria asociativa vuelve a sacar a la luz como en una fantasmagoría. Carole Maso desplaza el sentido hacia una memoria asociativa, tejida por instantes vividos en común. En “Ava” no se niega la desaparición ni la fragilidad de la memoria colectiva pero emerge una forma de esperanza: la memoria asociativa que sobrevive en los instantes compartidos. Si Chéjov mira el tiempo como una fuerza que borra, Maso lo concibe también como un tejido donde los recuerdos se reactivan en la conciencia del otro; no una permanencia monumental, sino un paso fugaz, hecho de ecos, silencios y experiencias vividas que resisten, aunque sea tenuemente, al olvido total.


Querido Francesco,

Mucho se dice en el intervalo. No te preocupes tanto por nuestros silencios cuando lleguen. Te escucho incluso entonces.”

(Ava, Carole Maso)

 

 


Comentarios

  1. Es devastador pero, en cierto modo, liberador. De repente todas las dudas, los miedos, las equivocaciones son.. nada. En el fondo nada importa porque todo se diluye en ese tiempo sin memoria....

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    1. Sí, y de alguna forma la perspectiva que da el tiempo lo transforma todo en serenidad y aquí la memoria está continuamente mutando. Quizás la memoria viva a través de ese instante, pero finalmente, todo es olvido.

      "Una hora no es solo una hora, es un vaso lleno de perfumes, de sonidos, de proyectos y de climas. Lo que llamamos la realidad es cierta relación entre esas sensaciones y esos recuerdos que nos circundan simultáneamente." (Proust)

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