La ley de los cerros, de Chris Offutt (Serie Mick Hardin #3)

 


♫♫♫ On The Road Again - Canned Heat  ♫♫♫ 

 

 

"¿Que piensas hacer hoy? ¿Conducir por ahí y ponerte triste?"


Leídas en continuidad Los hijos de Shifty y La ley de los cerros me doy cuenta que las novelas por sí mismas, independientes, funcionan menos como un episodio aislado y más como una pieza en el puzzle del conflicto interior de Mick Hardin. A estas alturas ya conocemos mejor a Mick —su cansancio moral, su necesidad de silencio y la incomodidad que le provoca tanto la violencia como el arraigo— y esa familiaridad permite que la novela desplace el foco desde la intriga criminal hacia este conflicto que tiene no sé si consigo mismo o con el mundo. En las anteriores novelas el peso del pasado familiar y la lealtad a los suyos todavía sostenían su impulso pero ya en esta tercera novela de la serie, ese motor se vuelve más melancólico y reflexivo, abriendo un espacio de empatía hacia la fragilidad de los habitantes de los cerros. En La ley de los cerros, al verse inmiscuido en obligación de asumir el cargo de sheriff convierte su ambigüedad moral en responsabilidad visible de forma que la serie no progresa como una acumulación de intrigas, sino como el lento poso de un cansancio ético que acompaña a Mick allí donde va. Offutt profundiza en el dolor persistente del personaje, un dolor que no se formula abiertamente pero que se filtra en su manera de observar el paisaje, de relacionarse con su hermana y de habitar los cerros como si fueran a la vez refugio y condena.


"- ¿Esto se acaba pasando?
- ¿La sensación? No. Se queda. Se va haciendo más fácil de manejar, pero siempre estará contigo. De lo contrario serías un psicópata.
"


Offutt desplaza de nuevo la intriga criminal, de la que no voy a hablar en esta crónica,  hacia la dimensión interior porque lo verdaderamente decisivo no es el caso que se investiga aquí, una vez más, sino el peso de la responsabilidad, la conciencia de los daños irreparables y la sospecha de que hacer lo correcto puede seguir dejando un poso de pérdida. En ese sentido, la novela amplía el arco del personaje: Mick, medio angel de la guarda, medio verdugo,  ya no solo duda de su lugar en el mundo, sino también del sentido mismo de la justicia que intenta sostener y en la que creía ciegamente. Mick ya no es solo el investigador errante que trabaja  fuera de los límites de la ley sino que parece que va adquiriendo conciencia de que podría echar raíces, responsabilizarse, equilibrar su vida, un detalle que en las anteriores novelas ni se le había pasado por la mente.


"Supuso que se estaba despidiendo aunque no tenía muy claro de qué. ¿De su abuelo? ¿Del pasado? ¿De la tierra que amaba? Sospechaba que de sí mismo."


El hecho de que en esta tercera entrega, la investigación criminal me parezca muy bien llevada, con varios giros, que van ampliando el espectro del género noir, no significa que sea lo que más me interesa de estas novelas de la serie de Mick Hardin, como ya contaba en mi crónica de Loshijos de Shifty, y no es solo la evolución interior de Hardin lo que hace fascinante estas novelas sino la perspectiva que nos da sobre la vida en los cerros. La novela confirma una de las virtudes más reconocibles de Offutt: la densidad de sus personajes secundarios, trazados con tal precisión que parecen reclamar su propio espacio narrativo. Figuras que en La ley de los cerros apenas acompañan o rozan la investigación poseen una vida moral y un trasfondo que desbordan la función instrumental, sugiriendo historias latentes que podrían convertirse en el centro de futuras novelas, Johnny Boy, por ejemplo,y hay trazos fugaes de dos o tres personajes femeninos, instantáneos, que Offutt aborda en un única escena, que confieso que son mujeres que me encantaría ver abordadas en una novela solo para ellas. Esta sensación de continuidad se refuerza en la manera en que algunos personajes y conflictos dialogan con otros libros del autor, creando un territorio literario cohesionado donde cada aparición amplía el mapa humano de los Apalaches; en ese tejido, la novela está directamente enlazada con El buen hermano, como si todas sus novelas compartieran no solo escenario sino también una misma preocupación por los vínculos frágiles, la lealtad familiar y las zonas de sombra que definen a quienes habitan ese mundo rural.


"Habían derribado la consulta de un dentista para reemplazarla por un restaurante de comida rápida con mesas metálicas en el exterior, atornilladas a una losa de cemento. Los cerros estaban rodeados de arboles que se talaban y transportaban lejos, mientras el pueblo se reconstruía con cemento y metal."


Y aquí vuelve Offut a otra de sus obsesiones, la transformación del paisaje que no será un mero telón de fondo, sino un espejo silencioso de la evolución interior de Mick Hardin. Los cerros donde creció aparecen ahora atravesados por árboles talados, carreteras nuevas y construcciones de cemento que erosionan la continuidad del mundo conocido, del mismo modo que la experiencia ha ido desgastando las certezas del mismo Mick. En esa pérdida de lo familiar —del bosque como refugio, del silencio como forma de pertenencia— resuena el cansancio existencial de Mick y su sensación de desarraigo, como si el territorio que lo sostuvo ya no pudiera ofrecerle consuelo. La verdad es que cuando empiezo una novela de esta serie me veo queriendo comprobar si este hombre cansado, siempre de paso, que tiene terror a echar raíces, logrará alguna forma de sosiego. Más que la resolución del caso, me importa sobre todo, observar cuándo dejará de huir de su tierra —o de sí mismo— y cómo, en ese deambular, se va cruzando con las pequeñas historias de quienes permanecen. Ahí es donde la escritura de Chris Offutt adquiere su verdadera fuerza: en esa suma de encuentros breves, de vidas laterales y silenciosas, que convierten cada investigación en una excusa para explorar la pertenencia, la memoria y la dificultad de regresar. Y en esta tercera entrega de la serie, esta conciencia de ser un desplazado no se vive como una aventura sino como una paradoja íntima, como un tormento que no le deja vivir: la tierra de sus entrañas, de la que huye y a la que añora, con su memoria y sus lealtades, pesa más que cualquier frontera, mientras que el país extranjero ofrece una forma de anonimato casi liberadora. Esperando la cuarta entrega para así comprobar si Hardin ha encontrado algo de paz.

La traducción es de Javier Lucini


"Si estás en un país extranjero, ser forastero es lo normal,. Aquí nunca he encajado."

Comentarios

Entradas populares de este blog

Ya nadie escribe cartas, de Jang Eun-jin

El señor Fox, de Joyce Carol Oates

La picadura de abeja, de Paul Murray