“Él se había trasladado allí con la conciencia misionera del colonizador. Lo que hoy se denomina multiculturalismo —la variedad étnica del país— no cambió en absoluto sus convicciones. Nunca le interesó demasiado la cultura de judíos, hutsules y ucranianos”.
(Tras mi rastro, Gregor con Rezzori)
Esta es una cita de las memorias de Gregor von Rezzori, y al ver hoy Magallanes de Lav Díaz la conexión se ha impuesto casi sola, [creo asociaciones entre obras sobre la marcha y quizás estos Interludios son la excusa para que no entren en mi olvido días después, sobre todo cuando se trata de obras que me acaban impactando]. La cita es muy clara en algo que suele pasar desapercibido cuando se habla de colonialismo: no se trata solo de dominar un territorio, sino de instalar una mirada. Ese “misionero del colonizador” no necesita violencia explícita todo el tiempo; le basta con una convicción previa: la de que lo propio es superior y lo ajeno irrelevante.
Quizá es importante recalcar también que en Rezzori todo está atravesado por esa experiencia ambigua de pertenecer sin pertenecer. Nacido en un territorio que ya no existe como tal, desplazado entre lenguas, imperios y derrumbes históricos, su vida parece desmentir cualquier idea fija de identidad. Hay en sus obras una conciencia muy clara de lo arbitrario de las fronteras, de lo contingente de las culturas cuando se las observa desde alguien que nunca ha podido asentarse del todo en ninguna. Ese carácter de apátrida —más vivido que proclamado— lo convierte, casi sin buscarlo, en una figura opuesta a la del colonizador: alguien para quien el mundo no es algo que deba ordenarse o imponerse, sino algo que se atraviesa, a veces incluso con extrañeza.
Siempre me ha interesado el colonialismo, quizá porque nunca me ha parecido del todo pasado. Hay algo en su lógica que persiste, una forma de estar en el mundo que no necesita ya territorios lejanos ni mapas por trazar para seguir operando. Y ahí es donde conecta de forma muy directa con Magallanes. En la película, el personaje histórico de Magallanes no aparece simplemente como un aventurero o descubridor, sino como alguien que encarna esa misma lógica: llega con una idea previa del mundo, interpreta lo que encuentra desde esa idea y actúa convencido de que su misión —religiosa, civilizadora, imperial— legitima su presencia.
Y es difícil no ver esa continuidad. La película no me ha parecido tanto una reconstrucción histórica como una insistencia incómoda en el presente. Magallanes no aparece solo como figura del pasado, sino como encarnación de una mirada que sigue ahí. No necesita comprender lo que encuentra; le basta con integrarlo en su misión.
Quizá por eso la película resulta tan extraña en su tempo, tan poco épica. Porque lo que muestra no es tanto la aventura como la ceguera. No la conquista en sí, sino la imposibilidad de ver al otro como algo más que un elemento dentro de un relato ya escrito. Al final, lo inquietante no es Magallanes como personaje histórico, sino lo reconocible de su actitud. Esa convicción intacta frente a la diversidad, esa seguridad que no se resquebraja ante lo distinto. Como en Rezzori, el mundo puede ser múltiple, pero la mirada sigue siendo una sola.
Tal vez por eso tanto Rezzori como Lav Díaz, desde lugares muy distintos, terminan señalando lo mismo: que el colonialismo no es solo un episodio histórico, sino una manera de mirar que todavía no hemos dejado atrás.
La conexión entre Magallanes y Gregor von Rezzori no la planteo tanto como un vínculo objetivo entre obras o contextos, sino como algo que se establece a través de mis propias sensaciones y de una forma particular de estar en el mundo. Me interesa, en ambos casos, esa experiencia del desarraigo, del exilio —no necesariamente como condición histórica literal, sino como estado interior— que atraviesa tanto la figura de Rezzori como la atmósfera que construye Lav Diaz en Magallanes.
En ese sentido, la afinidad surge de una sensibilidad compartida hacia lo errante: una manera de percibir la realidad desde la falta de un centro fijo, desde identidades que no terminan de consolidarse o que están siempre en tránsito. No es tanto que una obra remita directamente a la otra, sino que ambas resuenan en un mismo territorio emocional, el de quien observa el mundo desde una posición desplazada, consciente de no pertenecer del todo a ningún lugar.
"Ahora, aquí, de regreso al país donde estoy condenado a forjar mi propio mito, soy todavía otro, alguien nuevo, ese que hasta ahora no he sido:
alguien que es un extranjero en todas partes, pero que sobre todo lo es en su propia casa."
(La muerte de mi hermano Abel,
Gregor con Rezzori)
Magallanes, 2025, Lav Díaz
Comentarios
Publicar un comentario