Un estudio de mujer / Otro estudio de mujer / Fin a otro estudio de mujer, de Honoré de Balzac

 



 

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"Si conservo el recuerdo de una de estas soirées más especialmente, se debe menos a cierta confidencia en la que el ilustre De Marsay puso al descubierto uno de los repliegues más profundos del corazón femenino, que a las observaciones a qué su relato dio lugar acerca de los cambios que se han operado en la mujer francesa a partir de la triste revolución de julio."

 

No estoy especialmente familiarizada con la obra de Balzac, pero siempre me ha despertado curiosidad su ambicioso proyecto de La comedia humana y la visión que pretendía ofrecer a través de él, ¿qué imagen del mundo y de la sociedad pretendía construir a través de una obra tan extensa?    Dentro del vasto proyecto de La Comedia Humana,  Balzac se propuso algo más que escribir novelas: quiso capturar la totalidad de la sociedad de su tiempo, como si cada obra fuese una pieza de un gran organismo vivo. Ese impulso —a la vez literario y vital— convierte su obra en un archivo de relaciones, personajes encadenados, apariencias y tensiones donde la mujer ocupa un lugar especialmente problemático: visible en todas partes, pero nunca del todo accesible. 

Desde esta perspectiva, adentrarse en su obra no solo implica seguir una trama concreta, sino también asomarse a ese proyecto mayor y por eso mientras he leído estos tres relatos, los he imaginado dentro de una totalidad, pero realmente y a partir de aquí, Balzac se centra en pequeñas particularidades. Quizá por eso he decidido empezar no por sus novelas más conocidas, sino por un conjunto de tres relatos menos célebres pero especialmente sugerentes: una especie de “trilogía” formada por Estudio de mujer (1830, Étude de femme), Otro estudio de mujer (1842, Autre étude de femme) y La Grande Brèteche (1831, Fin de Otro estudio de mujer). Sus fechas muestran que no nacen como unidad, sino como piezas de distintos momentos creativos que, al integrarse después en La Comedia Humana, revelan una evolución muy significativa. 

 

"pues existe indudablemente una actitud de confianza y seguridad necesaria para hacer un relato. Las mejores narraciones se dicen a una hora determinada, como ahora estamos  aquí todos a la mesa. Nadie ha podido narrar  bien de pie o en ayunas."


No se trata de una trilogía en sentido estricto —Balzac no la concibió como tal—, pero las tres piezas funcionan sorprendentemente bien como un conjunto coherente dentro de La Comedia Humana. En ellas se repite una misma obsesión que actúa como hilo conductor: la mujer como enigma social, moral y narrativo, una figura que Balzac rodea de misterio y cuya interpretación parece siempre escapar a una única lectura. En el pequeño conjunto formado por "Estudio de mujer", "Otro estudio de mujer" y "La Grande Bretèche",  Balzac no se limita a observar a la mujer como un misterio: construye ese enigma a través del narrador. Y ahí está, quizá, lo más interesante de estos tres relatos, porque si algo une estos relatos no es solo su tema, sino su forma de contar: la mujer nunca aparece directamente, siempre está mediada mediante un dispositivo constante: relatos encadenados por hombres. 

En Estudio de mujer (1830), el mecanismo es todavía muy simple, y el relato es muy corto, aparentemente ligero. Un narrador masculino observa con ironía y elegancia, en un mundo de tertulias de salón donde todo parece inteligible. La mujer es caprichosa, desconcertante, pero sobre todo objeto de comentario masculino. Es una historia simple: una mujer de la alta sociedad casada recibe una carta de amor de un diletante, sin embargo todo lo que sabemos será a través de un narrador masculino que observa, describe, insinúa... pero lo decisivo es que esa imagen depende por completo de una mirada masculina que no busca comprender, sino clasificar con ironía. El narrador aquí funciona como un cómplice del lector: ambos comparten la ilusión de estar “entendiendo” a la mujer, cuando en realidad solo están intentando interpretar un enigma. 

En La Grande Bretèche (1831), escrita casi al mismo tiempo pero mucho más oscura, algo empieza a resquebrajarse. El relato ya no es directo: se reconstruye a partir de indicios, testimonios, rumores. Siguen siendo hombres los que cuentan, pero ahora su discurso no domina la historia, aquí vuelve a haber una mujer y un marido, y un posible adulterio pero el uso del narrador se hace más sofisticado porque la historia se construye a partir de silencios, rumores, reconstrucciones indirectas. El narrador investiga, recoge indicios, intenta recomponer lo ocurrido… pero nunca accede plenamente a la verdad. Aquí el narrador no domina la historia, sino que tropieza con sus límites. Y esos límites —lo que no puede saberse, lo que no puede decirse— son precisamente los que definen a la mujer. 

Otro estudio de mujer (1842), ya en plena madurez de Balzac, lleva este procedimiento a su forma más consciente, el relato es bastante más largo y no hay una única historia, sino historias dentro de una misma. Aquí la estructura se fragmenta en relatos encadenados, voces que se superponen, versiones que se contradicen. Ya no hay un narrador que ordene el sentido, sino una especie de conversación donde cada historia añade una capa más de ambigüedad. La mujer no es una figura descrita, sino una figura reconstruida a partir de testimonios parciales y ya no es una sola mujer, sino varias narradas a través de las historias. Y el resultado es inquietante: cuanto más se habla de ellas, menos se las conoce. Diez años después de los dos primeros relatos, Balzac ha afinado su discurso narrativo y está sugiriendo que la mujer en esta sociedad solo parece existir a través de múltiples relatos masculinos que se encadenan consiguiendo un intento de interpretación; es como si Balzac nos estuviera advirtiendo: cuanto más se narra a través de estos relatos menos se conoce a la mujer, más se disuelve. Balzac prácticamente no le da voz directa a ella/s. Todo lo que sabemos sobre las mujeres de estos relatos llegará filtrado y mediado por ellos. Los hombres observan, interpretan, juzgan. Pero nunca comprenden del todo. Balzac no nos da acceso directo al interior femenino. Siempre hay distancia. 


"los rumores que corrían acerca de aquella señora ¿(señor, no acabaría si hubiese de repetiros todos los cuentos que se relataban a propósito de ella!) me hacían figurarme una coqueta."

 

Dentro de La Comedia Humana, estas piezas funcionan así como algo más que estudios de carácter: son una reflexión sobre los límites del relato. Balzac no nos acerca a la verdad de sus personajes femeninos. Hace algo más inquietante: nos muestra que, en esa sociedad, la mujer solo existe como historia contada por hombres… y que esa historia, por más que se multiplique, nunca es suficiente. De modo que este tríptico funciona casi como una reflexión sobre el propio acto de narrar, no se nos dice quiénes son estas mujeres de las que se habla en estos relatos. Se nos muestra, más bien, cómo se habla de ellas, cómo se las imagina, cómo se las oculta. Y al hacerlo, convierte al narrador en algo más que un intermediario: en el lugar donde se revela —y se fragmenta— la ilusión de comprender.

En conjunto, este primer acercamiento a la obra de Honoré de Balzac ha resultado tan interesante como revelador para mí. A través de estos relatos, alejados en el tiempo pero sorprendentemente lúcidos, es posible intuir con claridad qué pretendía el autor con su ambicioso proyecto: no solo contar historias, sino diseccionar con precisión casi quirúrgica la sociedad de su época. Así, incluso en estas piezas breves, se percibe ya esa mirada analítica que, intuyo,  convierte a La Comedia Humana en algo más que literatura: en un intento de comprender los mecanismos sociales, las pasiones humanas y las tensiones morales que configuran toda una época. Quizá por eso, esta lectura no se queda solo en una primera impresión, sino que me invita a seguir explorando a Balzac.

Estos tres relatos se pueden encontrar en el Vol.II de La Comedia Humana (Escenas de la vida privada), editada por Hermida Editores. 

La traducción es de Aurelio Garzón del Camino.


"El abanico de la gran señora se ha roto. La mujer ya no tiene necesidad de ruborizarse, de murmurar, de cuchichear, de esconderse y de mostrarse. El abanico no sirve ya más que para abanicarse."

 

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