[ Interludio ] Marzo #2

 



"He leído muchos libros, pero he olvidado la mayoría. Lo que queda es una especie de estado de ánimo, un vago recuerdo de la sensación, más que de los hechos."
(George Orwell)


El otro día me encontré con esta cita de Orwell y se quedó revoloteando en mi cabeza. Tengo mala memoria y a veces me cuesta recordar según qué libros con nitidez: confundo tramas, borro nombres, mezclo escenas quizás por eso intento que mis crónicas sean ese intento de atrapar el poso que deja un texto antes del olvido. Y por eso, leer esa idea de Orwell —haber leído mucho y, sin embargo, no conservar casi nada concreto— tuvo algo de alivio. Como si ese olvido no fuera un fallo, sino parte natural de la experiencia. Porque al final no quedan argumentos ni estructuras precisas, sino una especie de estado de ánimo, un rastro difuso, una sensación que persiste sin forma clara.

Quizá ahí empieza a resquebrajarse una creencia bastante arraigada: que leer bien consiste en recordar mucho. Como si la lectura fuera una forma de archivo, una acumulación ordenada de contenidos disponibles para ser recuperados cuando haga falta, y por lo menos en mi caso no funciona así. Pero la experiencia real —la que todos hemos tenido alguna vez— parece ir en otra dirección.

Porque lo que queda de los libros  aparece, más bien, de forma lateral: en una sensación, en una frase que no sabemos de dónde viene, en una forma de mirar algo que antes no estaba ahí. Es un resto impreciso, pero activo.

Tal vez por eso leer de verdad se parece menos a conservar y más a dejar ir. A permitir que el libro se pierda como objeto recordable —sus detalles, su estructura, su superficie— para que, en ese mismo movimiento, algo más profundo permanezca. Un libro, una vez leído, es también una desaparición, una ausencia: ya no está como antes, y sin embargo sigue actuando desde algún lugar impreciso.

Dejar que el libro se pierda… pero no del todo, dejar que se vaya y se olvide, pero no del todo.

Y quizá con las personas —y con la vida misma— sucede algo parecido. Los hechos, las conversaciones exactas, los momentos precisos, se desdibujan con el tiempo. Pero queda un tono, un ritmo, una forma de haber estado que sigue latiendo incluso cuando todo lo demás se pierde. La culpa la tiene Virginia que me hace ser más consciente que nunca de la memoria sensorial...

“Nada queda de ello, salvo una especie de ritmo." 
(Virginia Woolf)

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