La señora Dalloway, de Virginia Woolf
♫♫♫ My Body Is a Cage (Arcade Fire Cover) - Greta Svabo Bech ♫♫♫
"Luego (Clarissa lo había sentido precisamente aquella mañana), estaba el terror; la abrumadora incapacidad de vivir hasta el fin esta vida puesta por los padres en nuestras manos, de andarla con serenidad; en las profundidades del corazón había un miedo terrible."
Hay frases que parecen escribir la novela entera por adelantado. En esta cita concretamente, cuando la leí, pensé que, si alguien quisiera resumir el nervio secreto de este libro, podría hacerlo casi solo con esas líneas. Porque lo que Virginia Woolf pone en marcha en esta novela —tan luminosa por fuera con tanto movimiento en la calle, con tanta descripción sobre el movimiento de la vida, sin embargo y al mismo tiempo es tan frágil por dentro— es precisamente esa intuición: que vivir no es algo natural, que no avanzamos por la vida con la serenidad que aparentamos, lo que realmente queda reflejado en cada página. Recibimos una existencia ya armada —familia, clase social, costumbres, expectativas— y, de algún modo, tenemos que arreglárnoslas con ella. A veces con elegancia, a veces con una especie de temblor interior que nadie ve.
"Se sentía muy joven, y al mismo tiempo increíblemente aventajada. Como un cuchillo atravesaba todas las cosas; y al mismo tiempo estaba fuera de ellas, mirando. Tenía la perpetua sensación, mientras contemplaba los taxis, de estar fuera, fuera, muy lejos en el mar, y sola; siempre había considerado que era muy, muy peligroso vivir, aunque solo fuera un día."
Cuando uno acompaña a Clarissa Dalloway en su paseo matinal por Londres, con la ciudad abriéndose como una promesa, podría pensar que todo es ligereza: el aire de junio, las flores, los preparativos de la fiesta. Pero Woolf tiene la rara habilidad de hacer convivir dos corrientes en la misma página "pero lo cierto era que ahora, a los cincuenta y tres años, uno había casi dejado de necesitar a la gente. La vida en si misma, cada uno de sus momentos, cada gota, aquí, este instante, ahora, al sol, en Regent's Park, era suficiente." Mientras el mundo se despliega con vitalidad, en lo más hondo aparece ese “terror” del que habla la cita: el miedo de no saber vivir del todo la vida que tenemos entre manos. Y en esa exploración del miedo de existir, Woolf introduce un contrapunto decisivo a Clarissa: Septimus Warren Smith. "Las últimas bombas no le dieron. Las vio explotar con indiferencia. Cuando llegó la paz, se encontraba en Milán, alojado en una pensión con un patio, flores en tiestos, mesillas al aire libre, hijas que confeccionaban sombreros, y de Lucrezia, la menor de las hijas, , se hizo novio un atardecer en que sentía terror. Terror de no poder sentir." A primera vista, Clarissa y Septimus no tienen nada en común. Ella pertenece al mundo sofisticado y medio artificial de la alta sociedad londinense; él es un veterano de guerra quebrado por lo que ha visto y por lo que ya no puede aceptar del mundo. Apenas se rozan en la novela, ni siquiera llegan a conocerse, y sin embargo funcionan como dos respuestas opuestas a la misma conciencia. No se encuentran en toda la novela, pero hay un momento, un punto de inflexión en que ambos estarán ya conectados. Ambos perciben la fragilidad de la vida y la falsedad de muchas convenciones sociales, pero donde Septimus se rompe , incapaz de vivir y de soportar la lucidez de su propia conciencia, Clarissa encuentra una forma de persistir ("Tenía un sentido del humor realmente exquisito, pero necesitaba gente, siempre gente, para que diera frutos, con el inevitable resultado de desperdiciar miserablemente el tiempo almorzando, cenando, dando sin cesar aquellas fiestas, diciendo tonterías, frases en las que no creía, con lo que se le embotaba la mente y perdía discernimiento.") Su fiesta, que podría parecer una frivolidad social, se vuelve entonces otra cosa: un gesto obstinado de reafirmación, una manera de reunir a los vivos y sostener, aunque sea por unas horas, esa vida que a ambos les resulta tan difícil de llevar “con serenidad”.
“Pero ahora a menudo este cuerpo que llevaba, este cuerpo, con todas sus facultades, le parecía nada, nada en absoluto. Tenía la rarísima sensación de ser invisible, no vista, desconocida; ya no volvería a casarse, ya no volvería a tener hijos ahora, y solo le quedaba este pasmoso y un tanto solemne avance con todos los demás, este ser la señora Dalloway, ahora ni siquiera Clarissa, este ser la señora de Richard Dalloway."
Siempre me ha fascinado cómo Woolf consigue que ese miedo existencial, que realmente todos acarreamos, unos mejor que otros, no suene grandilocuente ni filosófico, sino íntimo, casi cotidiano. Clarissa no está al borde del abismo ni formulando teorías sobre la existencia. Está comprando flores. Y, sin embargo, en medio de ese gesto doméstico, percibe algo que tal vez todos hemos sentido alguna vez: la sospecha de que la vida es demasiado frágil, demasiado breve, demasiado difícil de sostener con serenidad. Septimus también sabe de la fragilidad, de la fugacidad de la vida, pero él la ha experimentado de otra forma, y el enfrentarse a su conciencia es lo que convierte en insoportable esta existencia. Septimus lo enfrenta, Clarissa se esconde, quizás tras las flores. Quizá por eso La señora Dalloway me parece una novela engañosa. Por fuera es la historia de un día cualquiera en Londres y de una mujer que prepara una fiesta. Por dentro, es una exploración delicadísima del miedo de existir —y de las distintas maneras en que los seres humanos intentamos convivir con este terror.
“Que, como sea que nuestras apariencias, la parte de nosotros que aparece, son tan momentáneas en comparación con otras partes, partes no vistas, de nosotros, que ocupan un amplio espacio, lo no visto puede muy bien sobrevivir, ser en cierta manera recobrado, unido a esta o aquella persona, e incuso merodeando en ciertos lugares, después de la muerte. Quizá, quizá. “
La novela está construida además con una estructura muy particular. Todo ocurre a lo largo de un solo día en Londres, desde la mañana en que Clarissa sale a comprar flores hasta la noche de su fiesta. Pero ese día aparentemente sencillo se expande gracias a la manera en que Woolf maneja las voces narrativas. La narración se desliza con naturalidad de una conciencia a otra —Clarissa, Peter Walsh, Septimus, Rezia, Richard Dalloway, incluso personajes secundarios que apenas aparecen— como si la ciudad misma pensara a través de ellos. No hay capítulos que separen las perspectivas: las transiciones suceden de forma casi imperceptible, guiadas por un sonido, una mirada, el paso de un coche o las campanadas de Big Ben. Woolf capta además con una precisión extraordinaria el movimiento y el ritmo de la ciudad: el tráfico, la gente que entra y sale de las calles, la curiosidad colectiva ante un coche oficial o un avión que escribe en el cielo, los niños jugando en el parque, la vagabunda en espera de no se sabe qué. Londres aparece como una vida en pleno movimiento, casi una corriente que arrastra a todos. Y frente a ese dinamismo exterior, la novela abre continuamente espacios de introspección donde emergen las vidas interiores de Clarissa o de Septimus, mucho más frágiles, inquietantes y silenciosas
“Luego (Clarissa lo había sentido precisamente aquella mañana), estaba el terror; la abrumadora incapacidad de vivir hasta el fin esta vida puesta por los padres en nuestras manos, de andarla con serenidad; en las profundidades del corazón había un miedo terrible."
Con La señora Dalloway, Virginia Woolf deja definitivamente atrás la novela tradicional y encuentra su forma madura: una narrativa basada en la conciencia, la simultaneidad de perspectivas y la percepción interior del tiempo, capaz de capturar tanto el movimiento del mundo exterior como las corrientes invisibles de la vida mental. Es una obsesión que llevaba a cuestas desde que se decidió a escribir, y de lo que es un claro ejemplo su ensayo “Modern Fiction”, escrito seis años antes que La señora Dalloway, donde ya exploraba lo que para ella era la literatura. Ahora que estoy leyendo y releyendo a la Woolf cronológicamente, descubro el salto de gigante que da con esta novela, y leerla cronológicamente junto a sus diarios y algunos de de sus ensayos, es como si presenciara en vivo y en directo, o lo que se llama ahora, live stream, cómo iba cambiando su escritura, sin desviarse ni un ápice del camino marcado, experimentando, y siendo honesta con ella misma. En La señora Dalloway se produce el gran salto mortal: Woolf rompe la linealidad narrativa y deja que la novela se organice alrededor de la experiencia subjetiva del tiempo. El cambio más importante es que la narración ya no describe tanto lo que ocurre, sino cómo se vive interiormente lo que ocurre porque en lugar de acciones encadenadas y un desarrollo argumental clásico, tenemos pensamientos que se deslizan a la velocidad de la luz, recuerdos fugaces y sin romper el flujo, sin saber donde empiezan y terminan las diferentes conciencias, se construye una conciencia móvil que va mutando en un estilo indirecto libre, pero que muy libre, donde se mezcla la voz del narrador con la del personaje. Las transiciones son absolutamente invisibles y aquí ya Virginia Woolf ha conseguido lo que llevaba años practicando, porque perfecciona el tratamiento del tiempo: los recuerdos de juventud, las decisiones del pasado, las vidas imaginadas que no pudieron ser, que son temas que ya aparecían en sus anteriores novelas, en La señora Dalloway están llevados casi a la perfección. La novela transcurre en un único día y el tratamiento del tiempo se ha vuelto mental y elástico, y esta imagen breve que en un momento surge durante la novela, la Clarissa flotando sobre las olas, puede condensar una vida completa de conciencia y de tiempo fragmentado.
La traducción es de Julio Rodriguez Puértolas.
“Flotando sobre las olas y balanceando la melena parecía tener aun aquel don: ser, existir, reunirlo todo en el instante al pasar...
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Pero el paso del tiempo la había rozado; incluso cual a una sirena que contemplara en su espejo el sol poniente en un atardecer muy claro sobre las olas. Había un aliento de ternura; su severidad, mojigatería, imperturbabilidad, estaban ahora penetradas de calidez."
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