Edipo en Stalingrado, de Gregor von Rezzori

 

  


  ♫♫♫ Purcell: Oedipus: Music For A While, Z583 (Andreas Scholl) ♫♫♫

 

 

"-¿Es necesario que lo expresemos todo todo siempre? ¿Acaso nunca ha visto en lo que se convierten las cosas cuando se las llama por su nombre?

Lo que ocurre entre dos personas, en tanto permanece impronunciado, preserva todas sus posibilidades. Las etiquetas son como máscaras rígidas a través de las cuales no se puede ver ni la mentira ni la cabeza de la medusa de la verdad. ¿No deberíamos dejar las cosas entre nosotros tal y como están, bajo la magia de todas esas posibilidades inagotadas en el juego de reflejos de la fantasía...?"


Esta es la segunda novela que leo de Gregor von Rezzori y todavía recuerdo el impacto que me causó en su momento “La muerte de mi hermano Abel" por la riqueza expresiva de Rezzori, esa narración indirecta en la que mezclaba todo sin seguir un orden y sin embargo, todo aparecía controlado. A  mi crónica de La muerte de mi hermano Abel me remito y aunque Edipo en Stalingrado es una novela magnífica, esa primera que leí suya me pareció una absoluta obra maestra, entre ambas hay casi veinte años. Edipo en Stalingrado no busca simplificar la realidad, sino todo lo contrario, la realidad aparece muy ambiguamente en un continuo estado de inestabilidad y fragmentación, lo que la convierte en una lectura muy densa en muchos momentos. La capacidad de combinar una prosa que roza la erudición es otro de sus rasgos distintivos y cuando nos ponemos con él, podemos tener la impresión de que Rezzori no nos guía sino que obliga al lector a que se abra camino por sí mismo,  en un texto en el que no explica casi nada, en que parece que no hay una claridad inmediata dejando zonas en la más pura ambigüedad para que las desentrañemos. De alguna forma obliga al lector a que intuya más que comprenda lo que está leyendo y esto hará que la lectura resulte una experiencia menos lineal y más una experiencia íntima. Esa mezcla es lo que hace que Rezzori pueda resultar a veces impenetrable, pero a mí me parece un autor profundamente fascinante.


"¿Es que tengo que decirle lo desgarrador que resulta el esfuerzo de expresarse, el tormento de la incapacidad para hacerse entender...? El lenguaje...¿Cómo lo definió el señor Wilhelm von Humboldt? Esa labor del intelecto humano, que se repite eternamente, de habilitar el sonido articulado para expresar el pensamiento."


La historia de Edipo en Stalingrado se sitúa en el Berlín de 1939, en ese momento previo a la Segunda Guerra Mundial en el que todo parece seguir en orden… pero ya no lo está. La sociedad que describe Gregor von Rezzori es una sociedad burguesa que mantiene las formas —las visitas, las conversaciones, las normas—, pero que por dentro está vacía. No hay un derrumbe visible, sino algo más inquietante: una sensación de normalidad envenenada, como si la catástrofe ya estuviera presente sin haber estallado todavía. Rezzori no “habla” del nazismo de forma directa, pero lo hace visible de manera indirecta, a través de atmósferas, comportamientos y formas de percepción. Más que describir un régimen, muestra cómo ese régimen se filtra en la vida cotidiana y en la subjetividad. Los personajes de la novela se reúnen en un lugar que parece el centro neurálgico de este proceso de cambio: el bar de Charley que de alguna forma deja ver lo que la sociedad a simple vista oculta, un lugar que todavía estará dando la espalda a lo que se desarrolla en las calles con el auge del nacionalsocialismo, un lugar que funcionará como metáfora de la ceguera de los alemanes que hacían la vista gorda la oscuridad que se avecinaba. "Pues cavilaba profundamente, invadido por la melancolía, como suelen hacer los hombres que están a punto de realizar un sueño largamente acariciado e intuyen de repente la decepción que les deparará la realidad." No hay un argumento especialmente lineal ni muy narrativo, sino que la novela se compone de capítulos que bien podrían funcionar como estampas independientes de la vida en Berlin con un hilo conductor que será el personaje protagonista, Traugott von Yassilkovski, un joven que vive en el Berlin de 1939 justo a punto de reventar por los aires.


"¿Qué sabemos acerca del origen y el poder de la ilusión? ¿De ese instinto más que innato en el hombre de entregarse al autoengaño? Porque sucedió que él la miró con los recatados ojos del pretendiente, y ya ve: ella le pareció pura, tan pura como el azul estandarte de aquel cielo ecuestre, pura como las plateadas y azules tinturas de su escudo, recatada y maternal."


La historia no avanza a través de grandes acontecimientos, sino mediante escenas cotidianas: encuentros, visitas, momentos aparentemente insignificantes que, sin embargo, dejan una sensación extraña porque el lector intuye que lo que ocurre en la calle, no es precisamente lo que está reflejando con su día a día el personaje protagonista. Uno de los aspectos más llamativos del relato es la forma en que aparece el deseo. “Y él amó y odió todo una vez más, y ya ve: el odio y el amor se trastocaron, y odió su amor de otros tiempos y amó, con el corazón celoso, sus antiguos odios." No hay relaciones claras ni conflictos abiertos, sino una tensión difusa, especialmente en la manera en que Traugott mira a las mujeres. Su mirada no es inocente: hay algo ambiguo, incómodo, como si rozara constantemente un límite que nunca llega a nombrarse. Aquí es donde entra lo “edípico”, pero de una forma muy distinta a la clásica. No hay tragedia ni revelación, sino más bien una perturbación silenciosa, una sensación de que algo no está bien sin que sepamos exactamente qué.


"¡Bienaventurados los pobres de memoria! ¡Y bienaventurados aun los que pueden proceder con ella a su arbitrio!
Porque, ¿qué es a fin de cuentas la verdad, le pregunto? ¡Y es que esta vida, de hecho, no es más que un sueño, un sueño en el que cada uno puede tejer su verdad como dentro de un capullo, una crujiente de algodón de la autolegimitación!
"


El estilo de Rezzori refuerza esta sensación de incertidumbre y opacidad, su escritura no explica demasiado, pero sugiere, lo que puede resultar un tanto frustrante para el lector porque Rezzori usa la digresión de una forma muy diferente a como otros autores que conozco la emplean convirtiendo la lectura en una mezcla de socarronería, humor soterrado y situaciones totalmente surrealistas en las que Rezzori se carcajea del viejo mundo que todavía se agarraba, por ejemplo, a la correcta colocación del nudo de la corbata o a los hábitos en el vestir en una cacería. Muchas cosas quedan en el aire, y eso puede hacer que la lectura sea un poco desconcertante. Pero precisamente ahí está su fuerza: en la capacidad de crear una atmósfera en la que lo importante no es lo que pasa, sino lo que el lector pueda imaginar. En conjunto, Edipo en Stalingrado es una novela  que no busca contar una historia cerrada, sino transmitir una sensación: la de un mundo que, antes de derrumbarse, ya está profundamente dañado. Y en medio de ese mundo, un personaje que no entiende del todo lo que ocurre, pero que, de alguna manera, lo encarna. Incluso habiendo sido una novela compleja para mí, leer a Rezzori siempre me compensa. Esa mezcla de dificultad y deslumbramiento es, probablemente, lo que hace que su literatura no se agote y siga resonando mucho después de haberla leído. Es un autor que no lo pone fácil pero a cambio ofrece una de las prosas más exquisitas a las que he podido acceder porque siempre capta lo más esquivo, lo más elusivo de la condición humana: las zonas más escondidas del deseo, la memoria y la experiencia.

La traducción es de José Anibal Campos.


"¿Quién, santo cielo, pretende convencernos de que en realidad no estamos ciegos, de qué todo ese absurdo teatro no está teniendo lugar únicamente dentro de nosotros, como un reflejo en nosotros, muy en el fondo de nuestros ojos ciegos: ilusión y apariencia de todas las cosas, esas cosas familiares, cosas queridas, cosas odiadas, indiferentes, cosas queridamente odiadas, entrañablemente indiferentes..."

Comentarios

Entradas populares de este blog

Ya nadie escribe cartas, de Jang Eun-jin

Las partículas elementales, de Michel Houellebecq

El señor Fox, de Joyce Carol Oates