Quiltras, de Arelis Uribe

  


  ♫♫♫ In My Head - Bedroom ♫♫♫ 

 

 “Camino y le aviso con los ojos que la voy a buscar. Y ella se queda muy tranquila en la vereda, sin ningún cordel que la amarre a esperarme ahí.”


Los que me leéis por aquí ya sabéis que a veces voy encadenando las lecturas sobre la marcha y que, en última instancia, sigo un poco la estela de la anterior. No siempre hay un plan demasiado definido: un libro me lleva a otro, un autor me recuerda a otro, un tema abre una puerta que tenía tiempo sin abrir. Y en este caso vengo de leer Carne de caballo, de Iván Rojo, y mientras lo leía me di cuenta de que hacía tiempo que no me acercaba a los cuentos. Es un formato que siempre me ha atraído mucho y al que, de hecho, le he dedicado mucha atención en otros momentos, pero que llevaba una temporada teniendo algo descuidado.

La lectura de Carne de caballo me llevó a desempolvar a Alice Munro y a releerla y, al mismo tiempo, hizo que volviera la mirada hacia un libro que llevaba quizá demasiado tiempo en la pila de pendientes. Porque los libros, ya lo sabemos, también esperan su momento. Permanecen ahí, en la estantería o en la pila, y aunque durante un tiempo los dejemos pasar, sabemos que están ahí, esperando que volvamos a mirarlos. En este caso, ese libro era Quiltras, de Arelis Uribe, un libro de literatura chilena que llevaba quizá demasiado tiempo esperando su turno. Y ese es el libro que me ocupa ahora mismo.

Uno de los detalles que más me han interesado de Quiltras es precisamente la voz de Arelis Uribe. Hay algo en su manera de contar que hace que la distancia entre la literatura y la conversación se vuelva muy pequeña. No intenta construir un español literario neutro ni esconder las particularidades de sus personajes detrás de una escritura demasiado pulida. Hay oralidad, expresiones coloquiales, humor, vulgaridad, intimidad y, sobre todo, una sensación de cercanía que me ha resultado muy atractiva. En muchos momentos he tenido la impresión de que no estaba leyendo a una escritora describiendo desde fuera la vida de unas chicas jóvenes, sino escuchando a una de ellas contarme lo que le había pasado. Y creo que ahí está buena parte del encanto del libro: en esa sensación de que la voz narrativa no necesita aderezarse para convertirse en literatura.

Uribe trabaja con una lengua muy pegada a sus personajes, a sus lugares y a sus experiencias, y eso hace que incluso las situaciones más cotidianas adquieran una enorme personalidad. Hay algo muy vivo en esa forma de escribir, como si la literatura no tuviera que alejarse del habla cotidiana para ser literatura. Quizá por eso lo que más me ha quedado después de leer Quiltras no sea únicamente lo que cuentan sus historias, sino también la manera en que están contadas. Esa voz cercana, reconocible y profundamente personal que consigue que, por momentos, leer el libro se parezca mucho a escuchar a alguien hablarte al oído.


“Sin embargo, puedo adivinar perfectamente qué fue de ella. Sé que terminó el colegio y que le fue increible en la prueba para entrar a la universidad y que de todos modos se fue a Europa, con sus nonos. Sé que al final se instaló en Florencia o Barcelona o una ciudad así, como de película del cine arte Normandie, para estudiar fotografía o pintura o teatro con marionetas. Sé que trabajó allá, de garzona primero y en un central cultural después. Sé que se emparejó con algún europeo alto y que vivió con él en un departamento con vista abierta a alguna ciudad antigua e iluminada.”


También hay algo que recorre todos estos cuentos y que me parece especialmente interesante: sus protagonistas están transformándose en adultas. No son niñas, pero tampoco han llegado todavía a ese lugar en el que parece que la vida adulta esté más o menos bajo control. Están descubriendo el sexo, el deseo, el cuerpo, la amistad,  la universidad, el trabajo, la ciudad, la política y, sobre todo, su propio lugar dentro de todo eso. Y quizá ahí esté una de las cosas más dolorosas del libro porque esta transformación significa descubrir que el mundo no es tan abierto como parecía cuando eras niña,  y que hay límites que empiezan a hacerse visibles precisamente cuando empiezas a imaginar qué vida quieres tener. 

Y hay algo que también me ha recordado a Carne de caballo, de Iván Rojo: esa sensación de cohesión que puede tener un libro de relatos aunque cada historia funcione de manera independiente. En ambos casos, los cuentos parecen ir por caminos distintos, con personajes y situaciones diferentes, pero cuando terminas el libro tienes la impresión de haber recorrido una novela. Como si cada relato aportara una pieza a una imagen más grande. En Quiltras, esa imagen tiene que ver con todas esas chicas que están intentando encontrar su lugar, en un tránsito a veces doloroso y agónico. Cambian las circunstancias, cambian las edades, cambian los conflictos, pero debajo de las historias aparece una pregunta que se repite de forma recurrente: el peso que puede tener para una chica que nace en un lugar determinado, sin salida, en una clase social que la va a posicionar en el mundo y en un cuerpo que también la va a determinar. Para mí lo interesante es que Uribe no presenta a sus protagonistas como víctimas pasivas de esas circunstancias. Al contrario: desean muchísimo. Quieren enamorarse, tener sexo, estudiar, irse, pertenecer, ser queridas, tener una vida propia. Quieren, en definitiva, decidir quiénes son. El problema es que el mundo que les ha tocado no siempre está dispuesto a ponérselo fácil.

Ahí vuelve a cobrar sentido el título. En Chile, quiltro es la palabra que se utiliza para referirse a un perro mestizo, sin una raza definida, y Uribe toma ese término y lo lleva deliberadamente al femenino: quiltras. Me parece un gesto pequeño pero muy significativo, porque convierte una palabra asociada a lo mestizo, a lo que no tiene pedigrí ni responde a un modelo establecido, en una forma de nombrar a las mujeres que protagonizan estos cuentos. Y algo de eso hay en estas mujeres: personajes que están lejos de esos modelos que tradicionalmente han ocupado el centro de la literatura y de la representación. Uribe hace justamente lo contrario: las coloca en el centro, les da una voz propia que le habla directamente al lector y deja que sean ellas, con sus contradicciones y sus circunstancias, las que cuenten sus historias. Son personajes que tampoco encajan demasiado bien en esas categorías perfectas que la sociedad parece tener preparadas para ellas. No son las mujeres privilegiadas que tradicionalmente han ocupado el centro de determinados relatos, pero tampoco parecen necesitarlo. Uribe las coloca ahí precisamente porque quiere que esas otras vidas, esas otras voces y esas otras experiencias ocupen el espacio que durante tanto tiempo les ha sido negado y porque las desigualdades no solamente determinan lo que tienes o lo que eres en ese momento sino quién puedes llegar a ser o no ser. 

Quiltras es, en definitiva, un libro de siete relatos muy accesibles, muy cercanos, de esos que consiguen que conectes enseguida con sus personajes y con las situaciones que plantean. Un libro que, bajo esa aparente sencillez, tiene bastante más que decir sobre la clase,  la identidad y el lugar que ocupamos en el mundo. Me ha interesado muchísimo la voz de Arelis Uribe, esa manera tan natural de acercar la literatura a la conversación y de hacer que sus personajes parezcan estar hablándonos directamente. Una escritora a la que no conocía y que, después de Quiltras, me parece muy interesante seguir leyendo.

 

“Después me tomó la cara y me advirtió: escribir es peligroso.”

 

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