Cuando dios era mujer, de Merlin Stone

 


  

  ♫♫♫  Season of the Witch - Donovan  ♫♫♫

 

“La gran cantidad de estatuillas de la Diosa desenterradas en excavaciones neolíticas y de los tempranos períodos históricos en Oriente Próximo y Oriente Medio sugieren que los evidentes atributos femeninos de casi todas estas estatuas eran lo que irritaba a los defensores de la deidad masculina. La mayoría de estos ídolos paganos tenían pechos.”



A priori, Cuando Dios era mujer, de Merlin Stone, aborda un tema que me interesa especialmente: la reconstrucción de una historia en la que las mujeres y su relación con lo sagrado ocuparon un lugar muy distinto al que heredamos posteriormente. Aunque la lectura puede resultar algo densa por la cantidad de datos y documentación que aporta, creo que ese trabajo de recopilación es necesario para dar fundamento a sus planteamientos. La autora reúne huellas históricas, antropológicas y arqueológicas que nos permiten asomarnos a ese «antes» en el que las diosas y determinadas formas de autoridad femenina tuvieron un papel relevante en algunas sociedades antiguas. Un pasado que invita a cuestionar cómo las transformaciones religiosas y culturales, especialmente las vinculadas a la tradición judeocristiana, contribuyeron a desplazar lo femenino de lo sagrado y a relegar a las mujeres a una posición subordinada dentro del orden social.

Merlin Stone nos invita a mirar hacia un pasado en el que las diosas ocupaban un lugar central en determinadas culturas y lo femenino tenía una dimensión sagrada que, con el tiempo, fue desplazada, reinterpretada o demonizada a medida que se imponían nuevas estructuras religiosas y patriarcales. Y es que las religiones también han contribuido a establecer normas, definir lo que se considera moral y legitimar determinadas relaciones de poder. Cuando esas creencias sitúan a las mujeres en una posición de inferioridad, la desigualdad deja de parecer una construcción humana y adquiere una autoridad mucho más difícil de cuestionar: la de lo sagrado.

Una de las cosas que más me ha hecho pensar durante la lectura es esa sensación de que nos han contado la historia de una manera muy parcial. Hemos heredado relatos, la mayoría provenientes de las religiones judeocristinas en los que algunas voces, creencias y formas de entender el mundo quedaron relegadas, mientras otras terminaron imponiéndose hasta convertirse en la versión que conocemos. Y esto me lleva a pensar que los roles de género no surgieron de la nada, sino que se han ido construyendo y transmitiendo durante siglos, alimentados por estructuras sociales, políticas y religiosas que han asignado a hombres y mujeres lugares diferentes y desiguales. Porque las sociedades cambian, sí, pero las ideas que llevan generaciones arraigadas en nuestra forma de pensar no desaparecen de un día para otro, y de hecho siguen ahí, muy enquistadas.


“49 años antes del nacimiento de Cristo, un hombre de la Sicilia romana escribió sobre sus viajes en el norte de África y algunos países de Oriente Próximo. Este hombre era conocido como Diodoro de Sicilia. En sus escritos hay muchos relatos que dan cuenta del estatus superior o incluso dominante de las mujeres. Él, más que ningún otro escritor clásico, registró tanta información sobre mujeres guerreras... Fue Diodoro quien contó que las mujeres de Etiopía portaban armas, practicaban el matrimonio colectivo y criaban a sus hijos comunitariamente, de modo que a menudo no se sabía quién era la madre biológica.”



Y es aquí donde siento que la lectura deja de hablar únicamente del pasado y conecta de lleno con nuestro presente. La igualdad entre mujeres y hombres es, para mí, la revolución más lentas de la historia de la humanidad. Hemos avanzado algo, mucho quizás, pero todavía estamos lejos de haberla conseguido plenamente. Las ideas, las creencias y los roles que se han transmitido durante siglos no desaparecen de un día para otro, ni cambian al mismo ritmo que las leyes o los derechos que vamos conquistando. Porque cambiar las leyes es necesario, pero cambiar las mentalidades es otra historia. Y creo que ahí está una de las ideas más interesantes que plantea el libro: entender cómo la religión, más allá de las creencias, también ha podido servir para legitimar determinadas relaciones de poder y perpetuar la subordinación de las mujeres. Stone nos lleva a preguntarnos qué había antes, qué cambió y cómo se fue construyendo ese nuevo orden, pero, sobre todo, qué huellas de todo aquello siguen presentes en nuestra forma de entender el mundo y de relacionarnos.

Al final, creo que la mayor aportación de Cuando Dios era mujer es hacernos ver que el orden patriarcal no siempre ha sido como lo conocemos y que, como tantas otras cosas, tiene una historia detrás. Una historia que merece la pena revisar, preguntándonos quién la ha contado, qué voces se han quedado por el camino y qué relatos han terminado imponiéndose hasta llegar a nuestros días. Descubrir que hubo otras formas de entender el mundo no significa idealizar el pasado, sino entender que las cosas no siempre han sido así y que tampoco tienen por qué seguir siéndolo. La igualdad entre mujeres y hombres sigue siendo una revolución inacabada, y conocer mejor nuestra historia puede ayudarnos a entender por qué todavía queda tanto camino por recorrer.

Y no puedo terminar sin detenerme en el propio título, Cuando Dios era mujer, porque me parece que tiene unas connotaciones muy interesantes. Es una frase que, de entrada, desconcierta, invita a mirar dos veces y cuestiona algo que tenemos tan interiorizado que pocas veces nos paramos a pensar en ello: ¿por qué imaginamos a Dios como un hombre? ¿En qué momento lo masculino se convirtió en la imagen predominante de lo divino, cuando, como nos muestra Merlin Stone a través de las huellas históricas, arqueológicas y antropológicas que recoge, el culto a las diosas ya existía mucho antes de que la tradición judeocristiana se impusiera? Aquí reside parte del interés de este título: recordarnos que nuestra forma de imaginar lo sagrado no ha sido siempre la misma y que hubo otras maneras de entender la divinidad. Una idea que, por sí sola, ya invita a cuestionar muchas de las cosas que damos por sentadas y abre preguntas que van mucho más allá de la religión.

La traducción es de Antonio Francisco Rodriguez


"La imagen de Eva no es nuestra imagen de la mujer." 

 


 

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