Nocilla Dream, de Agustín Fernández Mallo
“Cada día es un reto para la promesa que, de una u otra forma, todos se hicieron cuando llegaron: prosperar en Las Vegas. Todo este tinglado es el equivalente al de los carromatos de los pioneros y soñadores que se colocaban en círculo para hacer noche. En los últimos 5 años, este lugar se ha convertido en la frontera real más allá de la cual se extiende la tierra prometida. Todo está aquí tan saturado de sueños que ha devenido en un lugar mágico.”
Este está siendo, curiosamente, el año en que más me estoy reconciliando con la literatura española. O quizá sería más preciso decir que es el año en que estoy empezando a descubrirla de verdad. Hasta ahora no había leído demasiado, en parte porque los libros con los que me había encontrado no habían terminado de satisfacerme. Había en ellos algo que me resultaba demasiado familiar, como si participaran de un sistema cerrado, de una conversación en la que las reglas ya estuvieran establecidas de antemano y en la que escribir consistiera, en buena medida, en aprender a desenvolverse dentro de ellas. Una literatura que parecía saber demasiado bien qué debía ser para gustar, para encajar, para ser reconocida.
Este año, sin embargo, un autor me ha ido llevando a otro, y cada lectura ha abierto una puerta que no sabía que estaba buscando. He empezado a encontrar libros que no parecen conformarse con reproducir una forma conocida, que se permiten experimentar, mezclar disciplinas, desdibujar fronteras y buscar su propio lenguaje. Textos que no parecen escritos para satisfacer una expectativa, sino por la necesidad de explorar algo para lo que todavía no existe una forma del todo definida. Y en ese descubrimiento hay algo especialmente estimulante: la sensación de que la literatura española es mucho más amplia, extraña y arriesgada de lo que mi experiencia anterior me había permitido sospechar.
Quizá por eso llegar a Nocilla Dream, de Agustín Fernández Mallo, me ha resultado tan interesante. Precisamente porque he encontrado en él lo contrario de aquello que me había alejado hasta ahora de buena parte de la literatura patria: una escritura que no parece partir de unas reglas establecidas ni buscar la aprobación de un lector al que hay que complacer, sino que se permite experimentar, desviarse, mezclar registros y establecer conexiones inesperadas. Una literatura que no parece preocupada por encajar en una tradición reconocible, sino por ampliar sus límites creando asociaciones; que no se conforma con contar una historia, sino que se pregunta hasta dónde es posible tensar sus fronteras. En Fernández Mallo he encontrado esa voluntad de explorar qué hace que un libro no solo te cuente algo, sino que también te obligue a replantearte qué puede ser la literatura.
"El nuevo capitalismo, el del siglo 21, no solo ofrece productos de consumo para sentir a través de ellos un estatus o una ensoñación, eso está ya superado, lo que hace es crear una auténtica realidad paralela que se erige en única a través de los medios de comunicación. Así que más que nunca la común Realidad imita a lo artificial, al Arte."
Esta cita de Nocilla Dream condensa una de las intuiciones más interesantes de nuestro tiempo: ya no consumimos solo objetos para construir una imagen de nosotros mismos, sino también imágenes, relatos y modelos de vida que terminan moldeando nuestra forma de ver el mundo. Las fotografías de un lugar condicionan lo que esperamos encontrar al visitarlo; las ficciones nos enseñan cómo debería ser el amor; y las imágenes que circulan por las redes nos sugieren qué significa tener una vida deseable, así que cuando nos encontramos de bruces con la realidad aparece el desencanto, lo que viene a confirmar que somos una sociedad profundamente desencantada. Poco a poco, la realidad parece empeñarse en parecerse a su representación.
Esta inversión —que la vida imite al arte y no al revés— me parece especialmente interesante para acercarse a Nocilla Dream. No estamos ante una novela tradicional, construida alrededor de una trama única y unos personajes centrales, sino ante un conjunto de fragmentos, 113, que saltan entre, historias, lugares, citas y referencias culturales, científicas y artísticas. La novela confronta materiales aparentemente independientes y nos presenta una realidad que, en lugar de avanzar de forma lineal y ordenada, se despliega como una red de conexiones, así que lo que en un principio parece desconectado del resto, poco a poco se va confirmando que está muy conectado. De algún modo, reproduce esa experiencia tan contemporánea de vivir rodeados de imágenes, informaciones y relatos que se mezclan y se influyen mutuamente.
Lo interesante es que Fernández Mallo no se limita a hablar de esta realidad fragmentada, sino que parece trasladarla a la propia forma de la novela. El lector tiene que relacionar los fragmentos, reconocer referencias y construir su propio mapa mental. No recibe una explicación cerrada, sino que participa activamente en la creación del sentido. Los 113 fragmentos son muy cortos, algunos podrían ser microensayos y/o microcuentos, pero a medida que el texto avanza, algunos de estos relatos, van cerrando el círculo. Y quizá esa sea una de las claves de Nocilla Dream: la realidad ya no se nos presenta como un relato único y coherente, sino como una red de piezas cuyo significado depende también de cómo las conectamos.
A partir de aquí, la cita de antes abre una pregunta que va más allá del consumo: ¿cuánto hay de nuestro en aquello que deseamos y cuánto hemos aprendido a desear a través de las imágenes que nos rodean? No creo que eso signifique que todo sea falso o que la realidad deje de existir, sino que nunca nos relacionamos con el mundo desde un lugar completamente neutral. Miramos a través de ideas, imágenes y relatos que, muchas veces sin darnos cuenta, condicionan nuestra percepción y las incorporamos a nuestra propia vida, pero antes de vivirlas, las hemos deseado, se podría decir. La cuestión está en reconocer cuándo esas imágenes nos ayudan a comprender la realidad y cuándo empiezan a manipularnos a cómo tendríamos que ver esta realidad porque cuando la realidad empieza a imitar a la ficción, distinguir dónde termina una y empieza la otra se vuelve cada vez más difícil. Y Nocilla Dream, con su manera de mezclar fragmentos de mundos aparentemente deslavazados, nos invita a habitar precisamente esa frontera: un lugar en el que la realidad y la ficción ya no parecen existir por separado, sino transformarse continuamente unas a otras.
Para ello, Fernández Mallo recurre a una imagen tan insólita como sugerente: la de un árbol cubierto de zapatos en medio del desierto de Nevada. La imagen, que tiene un referente real junto a la carretera US 50, parece contener buena parte de las intuiciones que atraviesan Nocilla Dream. En mitad de un paisaje marcado por la inmensidad y el aislamiento, el árbol reúne los restos de innumerables vidas anónimas. Cada zapato perteneció a alguien, y formó parte de una historia que desconocemos. Sin embargo, todos esos objetos, desprendidos de sus dueños y de su contexto original, terminan conviviendo en un mismo lugar, unidos por una relación tan accidental como misteriosa. Me parece que ahí reside una de las claves de la novela porque el árbol funciona como una especie de mapa de la existencia contemporánea, como una red: un espacio en el que confluyen trayectorias individuales que no necesitan conocerse ni compartir un propósito para formar parte de una misma realidad. Cada zapato constituye un fragmento aislado, una historia posible de la que apenas conservamos un rastro; el árbol, en cambio, los reúne y les concede una nueva forma de sentido. Algo parecido sucede con los relatos que componen Nocilla Dream: personajes, anécdotas, referencias culturales y reflexiones aparecen dispersos, sin que una trama central los ordene por completo, pero estableciendo entre ellos una red de conexiones que el lector debe descubrir.
“En cualquier road movie lo más importante es el horizonte; tarde o temprano tiene que verse y significar algo por sí mismo, a fin de empaquetar en aquel punto el lejano espíritu de la película. Está bien estudiado que, en cine europeo, el horizonte significa pérdida o melancolía; en el cine norteamericano, esperanza, imán de pioneros; y en cine chino o japonés significa muerte.”
Fernández Mallo no necesita explicar esta concepción del mundo: la convierte en la propia estructura de su novela. Como los zapatos en las ramas, sus fragmentos parecen pertenecer a historias independientes que, al entrar en contacto, producen algo distinto de la suma de sus partes. El sentido no está necesariamente en cada pieza por separado, sino también en la distancia que las separa, en las asociaciones que suscitan y en las relaciones que somos capaces de establecer entre ellas. El árbol de los zapatos deja así de ser una imagen curiosa para convertirse en una metáfora de la novela misma: un lugar donde lo disperso encuentra una forma de coexistencia sin perder del todo su singularidad.
Al final, Nocilla Dream ha sido también el descubrimiento de otro autor español que me interesa mucho porque escribe de una forma que conecta con lo que busco como lectora. Me gustan los libros que me sacan de lo que conozco, que me hacen mirar las cosas desde otro lugar y que no se conforman con contar una historia, sino que encuentran maneras inesperadas de hacerlo. Los que mezclan ideas, referencias y mundos que en principio no tienen nada que ver entre sí, y que consiguen que, al terminar de leerlos, me quede pensando en cosas que van mucho más allá del propio libro.
Quizá por eso este año está siendo tan estimulante: porque un autor me está llevando a otro y, en ese recorrido, estoy descubriendo una literatura española que no conocía, o que al menos no había sabido encontrar hasta ahora. Nocilla Dream se suma a ese mapa todavía en construcción y refuerza la sensación de que hay libros que se alejan de lo que esperamos de ellos para ofrecernos algo que ni siquiera sabíamos que estábamos buscando. Nocilla Dream es, en cierto modo, una road movie hecha de fragmentos: un viaje por carreteras, desiertos, vidas y lugares dispersos en el que importa tanto el recorrido como las conexiones inesperadas que aparecen por el camino. Todos estamos conectados.
Una auténtica road movie.
"Era tremendo aquel mono, o la película París-Texas, sí, es tremendo, Kenny, es tremendo eso de conectar las cosas bajo cuerda. Bueno (dice Kenny), no sé si sabe París Texas no quiere decir de París, de Francia, a Texas, USA, sino París, Texas, como quien dice Berlín, Alemania."

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