El color y la herida, de Rebeca Garcia Nieto
♫♫♫ Deutschland - Rammstein ♫♫♫
Hay una idea que resulta difícil de rebatir: los hermanos conservan una versión de nosotros que nadie más conoce. Son los únicos que estuvieron ahí antes de que construyéramos el relato de quienes somos, los testigos de una infancia compartida, de los códigos familiares, de los silencios y las complicidades que el tiempo acaba difuminando para todos los demás.A diferencia de otras personas que entran y salen de nuestra vida, los hermanos comparten con nosotros el mismo escenario fundacional: una casa, unos padres, unos recuerdos y una historia que nadie más puede reclamar como propia. Da igual que el vínculo sea estrecho o distante, afectuoso o conflictivo; esa experiencia compartida los convierte, a menudo, en la relación más larga de nuestra vida. El color y la herida parte precisamente de esa idea para explorar cómo el pasado familiar sigue modelando la identidad de quienes creían haber escapado de él. De alguna forma esa idea de que los hermanos conservan una versión de nosotros que nadie más conoce es la esencia de esta novela y enlaza directamente con el tema de la memoria que atraviesa la novela.
Esa memoria compartida, tan frágil como persistente es lo que de alguna forma da sentido a El color y la herida, de Rebeca García Nieto, una autora que solo conocía como traductora. La autora parte de la muerte de una hermana para explorar cómo los recuerdos familiares siguen moldeando la identidad mucho tiempo después de que los hechos hayan ocurrido. Su protagonista, Rüdiger Keller, un prestigioso pintor alemán octogenario, regresa al piso de su hermana Erika en el barrio berlinés de Neuköln después de su fallecimiento. Mientras prepara la que podría ser la retrospectiva definitiva de su carrera, ese regreso al espacio compartido lo obliga a enfrentarse no solo a la memoria de su familia, sino también a las heridas que dejaron el final de la Segunda Guerra Mundial y la división en las dos Alemanias. A partir de aquí, la novela reflexiona sobre la identidad, la culpa y la manera en que el pasado permanece agazapado, esperando el momento de volver a interpelarnos.
Los temas que plantea El color y la herida me interesan especialmente. La memoria familiar, la transmisión del trauma, la culpa histórica y, sobre todo, la Alemania de la posguerra y las cicatrices que dejó la Segunda Guerra Mundial, son cuestiones que siempre captan mi atención. Sin embargo, como recurrentemente sale a relucir en este blog, una cuestión que me obsesiona bastante es que un texto no se sostiene únicamente por los temas que aborda o por lo atractivo de su argumento. Una buena idea necesita una ejecución que acompañe y, en mi caso, reconozco que esta lectura se me ha hecho eterna por varios motivos. Probablemente tenga que ver con lo que yo busco cuando leo ficción.
La premisa me prometía una reflexión compleja sobre los lazos familiares, la memoria y el peso de las heridas heredadas. Sin embargo, me encontré con una prosa que, para mi gusto, sobreeexplica continuamente. Sentí que Rebeca García Nieto no terminaba de confiar en que el lector pudiera completar los huecos por sí mismo: a menudo explicita qué sienten los personajes, qué significan sus acciones y sobre todo, cómo deberían interpretarse determinadas referencias artísticas. Es una forma de narrar que sé que puede funcionar para otros lectores, pero que a mí me impide participar activamente en la construcción del sentido de la novela. Los diálogos también me produjeron esa sensación. Con frecuencia los percibí más expositivos que naturales, como si los personajes hablaran para que la autora pudiera desarrollar determinadas ideas o compartir sus conocimientos sobre historia del arte. En algunos momentos tuve la impresión de estar asistiendo a una conferencia muy documentada más que a una conversación entre personas.
Lo que más me distanció de la novela fue esa tendencia a explicarlo todo. Personalmente disfruto de las historias que dejan espacio para la interpretación, que confían en que el lector establezca conexiones o saque sus propias conclusiones. Aquí, en cambio, tuve la sensación de que casi todo quedaba subrayado de antemano, más que conectar referencias está continuamente exponiendo e incluso interpretando, dándolo todo hecho al lector. Y creo que aquí conviene hacer una aclaración. Lo que me ha distanciado de esta novela no es necesariamente un defecto del texto, sino una cuestión mucho más personal. Con el paso de los años me doy cuenta de que cada vez le pido más cosas a la ficción: que confíe en mí como lectora, que deje espacios para la interpretación, que sugiera más de lo que explica y que no tema el silencio. Es posible que otros lectores disfruten precisamente de la claridad y el carácter explicativo de esta novela; yo, en cambio, necesito una narración que me invite a completar los huecos.
No pongo en duda el conocimiento de la autora sobre el arte, ni el trabajo de documentación que sostiene la novela. De hecho, creo que ese bagaje es uno de sus mayores aciertos. Sin embargo, hubo momentos en los que tuve la sensación de estar asistiendo a una clase magistral sobre pintores, psicoanalistas y otros artistas. No tanto por las referencias en sí, que me parecen pertinentes, sino por la forma en que se presentan: a menudo aparecen encadenadas, explicadas de manera muy explícita y casi a modo de inventario, lo que termina restando naturalidad al relato. Simplemente, necesito que toda esa información esté más integrada en la narración y no ocupe el primer plano. Al cerrar el libro me quedó la sensación de haber asistido a una interesante reflexión sobre el arte y la memoria, pero no a una experiencia literaria que me hubiera emocionado o implicado como esperaba. Sencillamente no he conectado.
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