Árbol, de Aya Koda





 

"Cada vez que experimento esa tristeza me percato de que mi manera de ver los árboles ha cambiado bastante desde que, hace unos años, empecé a visitar los bosques en busca de las emociones que el contacto con aquellos me procuraba.”


También mi relación con los árboles ha cambiado con los años. Ya no los veo solo como parte del paisaje, sino como algo en lo que hay que detenerse. En gran medida, ese cambio se lo debo a la literatura. Los libros me han llevado a fijarme en detalles a los que antes no prestaba atención y a entender que un bosque puede transmitir mucho más de lo que parece a simple vista, pero sobre todo, que un árbol solitario me está diciendo todo sobre el entorno en el que vive. La literatura ha hecho que mire los árboles con más curiosidad y que valore de otra manera el tiempo que paso entre ellos.

Si tuviera que ordenar una pequeña serie de lecturas sobre los árboles, empezaría con el relato de Can Xue, Confesiones de un sauce, seguiría con Árbol de Aya Kōda y la culminaría con El clamor de los bosques de Richard Powers. No porque una obra sea mejor que otra, sino porque juntas trazan un recorrido. Can Xue abre la puerta desde el misterio: el árbol aparece como una presencia extraña, casi inasible, que obliga a sumergirse en el árbol  poco a poco y cambiar nuestra concepción como si de un igual se tratara. Aya Kōda da el siguiente paso: el árbol deja de ser un enigma para convertirse en un compañero de contemplación, un ser cuya existencia revela una forma distinta de narrar el tiempo y el mundo, y se puede decir que el sauce de Can Xue podría ser perfectamente uno de los protagonistas de cualquiera de los capítulos del libro de Aya Koda. Finalmente, Powers amplía la perspectiva hasta el bosque entero, mostrando una red de relaciones que incluye a los árboles, pero también a los seres humanos y a la vida en su conjunto.

Leídas en ese orden, las tres obras parecen dialogar entre sí y proponen una misma intuición: los árboles constituyen un territorio intermedio entre el ser humano y la naturaleza. Son la puerta de entrada a una comprensión menos antropocéntrica del mundo, el eslabón desde el que empezamos a percibir que no estamos frente a la naturaleza, sino dentro de ella.


Como había tocado el árbol llevada por la emoción, la sensación del contacto permanecía en mis manos y me notaba afectada."


La fuerza de Árbol reside precisamente en esa renuncia a la grandilocuencia. Kōda no construye una teoría sobre la naturaleza ni una ficción alrededor de ella. Sus ensayos nacen de la experiencia directa: de caminar entre árboles, de observar el árbol caído, de reflexionar sobre un bosque situado junto a un desprendimiento de tierras, de conversar con jardineros, carpinteros o leñadores y de encontrarse con la evidencia de que un bosque se ha sostenido durante siglos combatiendo los embates de la naturaleza. Poco a poco, el libro enseña que mirar un árbol con verdadero detenimiento también puede cambiar nuestra forma de entender el mundo. Kōda nos enseña a permanecer en ese umbral, a observar sin prisas y a descubrir que la contemplación es también una forma de conocimiento.

Árbol es un libro sereno y profundamente contemplativo en el que Aya Kōda convierte a los árboles en una puerta de entrada a la memoria, el paso del tiempo, el trabajo artesanal y la relación entre los seres humanos y la naturaleza. Más que un ensayo sobre botánica, es una colección de textos en los que invita a reflexionar sobre lo que representa el hecho de que algunos de los árboles que pueblan Japón tengan varios siglos de vida, así que se puede decir que uno de los de los mayores logros de Kōda es su capacidad para transformar lo cotidiano en algo extraordinario. Un cedro centenario, un bosque o el oficio de un leñador  o carpintero se convierten en el punto de partida para explorar cuestiones universales como la fragilidad de la vida, la belleza de la imperfección y el valor de la tradición. Su mirada es atenta y respetuosa: los árboles nunca aparecen como un simple paisaje, sino como seres vivos con una historia y una presencia propias.

“Cuando vivía en Nara, los hermanos Nishioka, que eran maestros carpinteros, me contaban muchas cosas que me hacían feliz, y cada vez que tenían ocasión me decían que los árboles viven, lo cual no dejaba de impresionarme. Ellos decían que el árbol plantado tiene un modo de vivir y la madera otro.”


Hay otro aspecto del libro que me ha fascinado especialmente: los capítulos dedicados a la madera. Nunca me había detenido a pensar que la madera pudiera ser la segunda vida de los árboles. Kōda recoge una idea que le transmitieron unos maestros carpinteros de Nara y que resulta tan sencilla como reveladora: el árbol vivo tiene una forma de existir, pero la madera tiene otra. Desde ese momento, un mueble, una viga o una columna dejan de ser un material inerte para convertirse en la prolongación de una vida que continúa bajo otra forma. Es una de esas intuiciones que transforman la mirada y que explican muy bien la sensibilidad de este libro: los árboles no terminan cuando son talados, sino que siguen acompañando la existencia humana, conservando, de algún modo, la memoria de aquello que fueron.

La traducción del japonés es Keiko Takahashi y Jordi Fibla.


Pero me provoca una profunda tristeza que no aprecien el árbol vivo, erguido, con las ramas y las hojas. Si reconocen un árbol como representativo del país por su valor material, ¿por qué no se interesan por el árbol vivo antes de que se convierta en madera? ¿Por qué no intentan apreciar su belleza y por qué no acogen en su corazón el hálito del árbol?"



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