[ Interludio ] Julio #2 - Las vidas que fuí...
La idea de este interludio surge mientras leo La vida es vertical, de Mónica Menargues Beneyte. El libro está compuesto por pequeñas historias, casi destellos, que sin seguir un argumento lineal terminan dibujando el retrato de una vida. Mientras avanzo entre sus páginas me doy cuenta de que cada vez me siento más cerca de este tipo de libros, donde lo importante no es tanto la continuidad de la historia como la suma de fragmentos que, poco a poco, adquieren un sentido. Esa intuición me llevó a detenerme y pensar que quizá mi propia vida lectora también se parece a eso: una sucesión de libros que, vistos en conjunto, terminan contando una historia sobre mí que nunca tuve la intención de escribir.
En los últimos tiempos esa idea no ha dejado de reafirmarse. Cada vez siento que me busco más a mí misma en ciertas lecturas, como si los libros fueran una forma de explorar preguntas para las que todavía no tengo una respuesta clara. Al mirar hacia atrás, también descubro que mi manera de leer ha cambiado. Ya no busco únicamente el placer de una buena historia; me interesan cada vez más esos libros que invitan a detenerse, que se construyen a partir de pequeñas observaciones y que confían en que sea el lector quien establezca las conexiones. Quizá por eso La vida es vertical me está resultando tan cercano: porque es uno de esos libros que no se limitan a contar solo una vida, sino que terminan dialogando con la nuestra, completando, o ayudando a completar, de algún modo, nuestra propia identidad. .
Si alguien recorriera las estanterías de mi casa o la lista de libros que he leído durante los últimos años, probablemente conocería versiones de mí que ya no existen. Encontraría mis obsesiones, mis curiosidades pasajeras, mis épocas de incertidumbre y también mis momentos de entusiasmo. Vería cómo ciertos temas aparecen una y otra vez, como si llevaran años intentando decirme algo que solo pudiera comprender a través de ciertos libros.
Hay libros que ya no representan a la persona que soy hoy, pero siguen ocupando un lugar importante porque recuerdan quién fui. Otros quedaron para siempre asociados a una ciudad, una persona o una etapa concreta de mi vida. Algunos apenas los recuerdo; otros forman parte de mi memoria con la misma intensidad que ciertos acontecimientos personales.
Por eso cada vez me interesa menos contabilizar lecturas individuales y más observar el dibujo que forman en conjunto. Libro a libro, año tras año, han ido construyendo una narración paralela. Una autobiografía escrita, no tanto por lo que me ha ocurrido, sino por aquello que decidí leer mientras me ocurría. Quizá por eso me cuesta desprenderme de algunos ejemplares. No conservo únicamente papel y tinta; conservo versiones anteriores de quien fui.
No pretendo hacer aquí una lista de los libros que más me han influido ni identificar esas lecturas que marcaron un antes y un después. La memoria lectora rara vez funciona de una manera tan ordenada. Lo que me interesa es otra cosa: observar cómo cambian nuestras preguntas y nuestra forma de acercarnos a ciertos textos.
No suelo releer mis propias reseñas. De hecho, rara vez vuelvo sobre lo que escribí acerca de un libro. Sin embargo, de vez en cuando recorro por orden cronológico el archivo de KansasBooks y me detengo simplemente en los títulos, y ya solo con esto puedo reconstruir el mapa de mis intereses. Veo temas que aparecen, desaparecen y regresan transformados. Descubro inquietudes que entonces apenas sabía nombrar y que, con los años, siguen acompañándome bajo formas distintas.
Porque, aunque yo haya cambiado, muchas de las preguntas permanecen, la identidad, la memoria, el paso del tiempo, la manera en que construimos una vida o intentamos darle sentido. La curiosidad me ha llevado por caminos muy distintos, ha ampliado mis intereses y también mi manera de mirar, pero, al contemplarlas en conjunto, entiendo que siempre he estado persiguiendo las mismas preguntas desde lugares diferentes.
Esa puede ser, al final, la verdadera autobiografía (involuntaria, quizás) que escribimos los lectores: no la de las respuestas que encontramos, sino la de las preguntas que seguimos haciéndonos y para ello solo basta seguir el rastro de los libros que decidimos leer.



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