El volumen del tiempo 1, de Solvej Battle
♫♫♫ Koyaanisqatsi - Philip Glass ♫♫♫
“Con el día de hoy he vivido 121 veces el 18 de noviembre, pero todavía se me puede ver la quemadura como una estrecha cicatriz en la mano.”
Siempre me ha interesado la diferencia entre una obra concebida como un todo y la forma en que los lectores acabamos accediendo a ella. La publicación por entregas convierte cada volumen en un acontecimiento autónomo, pero eso no significa que la experiencia de lectura también lo sea. Hay novelas que aceptan esa fragmentación con naturalidad y otras que parecen reclamar una mirada retrospectiva, una vez que todas las piezas están sobre la mesa.
Me ocurrió con la tetralogía Estaciones, de Ali Smith. La autora escribió cada novela casi en tiempo real, con la intención de dialogar con el presente y que los lectores la acompañaran en ese recorrido sobre la época de la pandemía mientras que se desarrollaba en directo. Ali Smith quería haber publicado a razón de una estación al año prácticamente unida a la estación anterior para de una manera muy personal, enlazar un volumen con otro pero también con la experiencia en directo del lector, pero llegado un punto las estaciones se fueron atrasando en su publicación y con ello, también la pretendida experiencia del lector, debido a este atraso en su publicación. Yo llegué cuando los cuatro libros ya estaban publicados. En cierto sentido, leí la obra "mal", porque renuncié a esa conversación en directo que Smith proponía. Pero, al mismo tiempo, pude percibir algo que solo aparece cuando la serie está completa: las correspondencias entre los volúmenes, la arquitectura del conjunto, la forma en que cada libro modifica retrospectivamente a los anteriores. Quizá por eso suelo evitar las series inacabadas. No tanto por impaciencia como porque sospecho que una obra concebida en varios volúmenes solo puede juzgarse de verdad cuando existe en su totalidad. Leer cada entrega por separado obliga a emitir un veredicto provisional sobre un proyecto cuyo sentido último todavía desconocemos.
“¿Cómo puedo salir del 18 de noviembre? ¿De qué forma me metí en él? ¿Entré por la puerta equivocada? ¿La puerta de las repeticiones? No lo sé. Voy alerta buscando salidas. Porque, si ha sido posible entrar, digo yo que también se podrá salir.”
Con El volumen del tiempo 1 de Solvej Balle me he saltado un poco esta regla mía pero tenía curiosidad y quería comprobar si este era uno de esos proyectos capaces de sostenerse libro a libro o si, por el contrario, cada volumen funciona sobre todo como un fragmento de una experiencia mayor. Después de terminar este primer tomo, tengo la impresión de que la respuesta se inclina hacia lo segundo. El libro ofrece suficientes elementos para fascinar, pero también deja la sensación de que cualquier valoración es inevitablemente incompleta. Durante años solo podremos leer una séptima parte del dibujo, aunque Balle parezca confiar en que esa espera y esa lectura fragmentaria formen parte de la propia experiencia (no quiero pensar que sea una cuestión de marketing). Entiendo, por tanto, que la publicación escalonada forma parte de la propuesta artística de Balle: el tiempo de espera entre volúmenes prolonga la experiencia de la novela y hace que el lector viva la incertidumbre de un modo similar al de Tara Salter. Sin embargo, sigo preguntándome cuánto cambiará la lectura cuando los siete libros puedan leerse como un único proyecto, porque quién la haya leído individualmente tendrá una experiencia muy diferencia a quién la haya leído como un pack completo. Porque, como me ocurrió con Ali Smith, sospecho que hay obras cuya verdadera forma solo se revela cuando el conjunto está completo.
“Lo único que podíamos afirmar con seguridad era que que yo experimentaba un mundo que durante la noche había retornado a su punto de partida, sufriendo a el desplazamiento de una jornada y presentándose exactamente igual que el día precedente.”
La premisa de El volumen del tiempo 1 es tan sencilla como desconcertante: Tara Selter, una librera danesa, despierta una y otra vez en el mismo día, el 18 de noviembre. Solo ella conserva el recuerdo de las jornadas anteriores; el resto del mundo reinicia la fecha sin ser consciente de ello. Sin embargo, lo más interesante de la novela es que el bucle temporal acaba afectando menos a Tara que a nuestra propia forma de leer y de percibir el tiempo. Balle toma un recurso muy reconocible de la ficción para despojarlo de su dimensión de misterio: aquí no importa tanto descubrir por qué el tiempo se ha detenido como observar qué significa vivir dentro de esa repetición: se puede decir que Balle casi se detiene únicamente en cómo vive esta experiencia Tara desde dentro. La novela desplaza el conflicto desde la acción hacia la conciencia. Mientras el mundo permanece inmóvil, Tara es la única que cambia porque es la única que recuerda. El tiempo deja entonces de ser una cuestión de calendario para convertirse en una experiencia íntima, construida por la memoria, la atención a cada detalle ya que lo tiene que vivir repetidas veces y la acumulación de vivencias. Poco a poco, el lector también modifica sus expectativas: deja de esperar grandes revelaciones sobrenaturales o un giro que rompa el hechizo para aprender a mirar como lo hace Tara, descubriendo que incluso un mismo día puede contener infinitas variaciones si se observa con la suficiente paciencia.
“Esa es la razón de que comenzase a escribir. Porque lo oigo en la casa. Porque el tiempo se ha roto. Porque encontré un paquete de folios en la estantería. Porque intento recordar. Y el papel recuerda. A lo mejor las frases son sanadoras en algún sentido.”
Precisamente por eso, al abordar una serie que todavía está inacabada, me ha interesado menos elaborar teorías sobre el origen del fenómeno o anticipar cómo acabará resolviéndose el misterio de Tara. No creo que ahí resida el verdadero interés de la novela. Balle tampoco parece especialmente preocupada por ofrecer una explicación con reglas propias de la ciencia ficción, o por lo menos a mí este aspecto no me ha interesado nada. Al contrario, mantiene deliberadamente esa incertidumbre y dosifica la información con extrema parsimonia, como si quisiera desplazar nuestra atención hacia otro lugar. Lo importante no es por qué Tara está atrapada en el 18 de noviembre, sino qué ocurre con su memoria cuando nadie más recuerda, cómo se transforma su relación con el mundo cuando deja de compartir la misma cronología que quienes la rodean y qué significa seguir viviendo cuando el tiempo deja de ser una experiencia colectiva. En ese sentido, el misterio no es un enigma que deba resolverse, sino el marco desde el que la autora explora cuestiones mucho más profundas sobre la identidad, la memoria y la percepción del tiempo. Quizá por eso siento tan poca urgencia por conocer la respuesta: sospecho que, incluso cuando llegue, será menos importante que todo lo que haya ocurrido mientras tanto.
Y, sin embargo, entre todas las reflexiones sobre el tiempo y la memoria, hay un personaje que me llamó especialmente la atención precisamente por su ausencia: Thomas, el marido de Tara. Es una figura conscientemente desdibujada; la propia Tara llega a referirse a él como un "fantasma". Más que un personaje, parece una presencia rutinaria, alguien con quien comparte una vida extremadamente organizada, pero del que apenas llegamos a conocer una verdadera intimidad. Quizá por eso tuve la impresión de que una de las capas más sugerentes de la novela habla también de una crisis matrimonial. No necesariamente de una ruptura, sino de esa extraña desorientación que aparece cuando dos personas siguen compartiendo una casa mientras dejan, poco a poco, de habitar el mismo tiempo emocional. El bucle temporal convierte esa sensación en una metáfora poderosa: Tara cambia porque recuerda; Thomas permanece siempre igual porque cada día vuelve a empezar y no recuerda. Ella acumula una vida que él nunca llega a vivir. Y entonces la novela deja caer una pregunta que trasciende el artificio fantástico y apunta a algo profundamente cotidiano: ¿cómo pueden seguir viviendo bajo el mismo techo las parejas que dejan de compartir emociones?
“Pero ¿cómo
pueden seguir viviendo en la misma casa aquellas parejas que se
quedan partidas por la mitad?"
¿Cómo es posible que
continúen con la misma vida años tras año, en las mismas
habitaciones y con la misma rutina diaria? ¿Cómo.lo consiguen?”
Por supuesto, esta no deja de ser una interpretación muy personal. No creo que Balle esté intentando explicar el origen de la fractura temporal a través de una crisis matrimonial ni que esa sea la "clave" del misterio. De hecho, una de las virtudes del primer volumen es precisamente negarse a ofrecer respuestas concluyentes. Sin embargo, no pude evitar leer el desfase temporal como una metáfora de otra clase de distancia. Tara y Thomas habitan el mismo espacio, pero cada vez me dio más la impresión de que ya no habitan el mismo tiempo. “Lo decía porque no deseaba viajar conmigo. Quería seguir en su patrón. Yo lo sabía, él lo sabía y no había motivos para contradecirle.” La vida que comparten está tan minuciosamente organizada, tan perfectamente planificada, que acaba adquiriendo un aire casi irreal. Y Thomas, en particular, nunca terminó de parecerme un personaje del todo verosímil. Más bien lo sentí como una presencia difusa, un fantasma —en el sentido en que la propia Tara lo define—, una proyección de esa existencia ordenada de la que ella parece empezar a desorientarse.
Quizá esa
sensación se vio reforzada por un estilo narrativo con el que no
terminaba de establecer un vínculo o por lo menos es un estilo que no va en sintonía con la atmósfera. La prosa de
Balle, deliberadamente repetitiva y descriptiva, reproduce con
fidelidad la experiencia del bucle, pero en muchos momentos me
recordó más a un registro de observaciones que a una verdadera
construcción narrativa. Me ocurrió algo parecido a lo que ya había
sentido leyendo a Franziska Gänsler en la crónica anterior: la
acumulación de pequeñas variaciones y reiteraciones acaba
produciendo un cierto agotamiento. Entiendo que esa monotonía forma
parte del proyecto literario y que busca trasladar al lector la
percepción alterada del tiempo de Tara. Sin embargo, que una
decisión estética sea plenamente coherente con el proyecto de la
novela no implica necesariamente que también resulte plenamente
satisfactoria como experiencia de lectura.
“Hoy he contado los días. Hoy es mi 18 de noviembre #122. Me he alejado mucho del 17 y no sé si algún día veré el 19. Sin embargo, el 18 vuelve una y otra vez. Llega poblando la casa de sonidos. Los sonidos de una persona.”
Al terminar este primer volumen me queda una sensación más bien contradictoria. Nunca necesité que la novela resolviera el misterio de la fractura del tiempo; de hecho, agradezco que Balle se resista a convertirla en un rompecabezas de ciencia ficción. Mi interés ha estado siempre en otro lugar: en la memoria, en la identidad, en el aislamiento que se produce al vivir fuera del tiempo compartido. Sin embargo, también hubo momentos en los que la lectura perdió intensidad. La acumulación de repeticiones y un ritmo deliberadamente moroso hicieron que, por instantes, desconectara de la historia y sintiera que la experiencia se prolongaba más de lo que realmente aportaba. Reconozco la originalidad de la propuesta y la coherencia con la que la forma acompaña al fondo de la novela, pero no he terminado de establecer un vínculo con ella. Quizá por eso, aunque percibo el calado filosófico e introspectivo de la obra, este primer volumen no ha despertado en mí la necesidad de seguir acompañando a Tara entrega tras entrega. No descarto leer los siguientes cuando la serie esté completa; de hecho, sospecho que es una de esas historias que solo pueden valorarse plenamente en su conjunto. Tal vez entonces esa reflexión sobre el tiempo, la rutina y la existencia despliegue toda su fuerza y termine por interpelarme de un modo distinto.
Eso sí, la situación de Tara funciona como un espejo que nos obliga a detenernos y a preguntarnos por el sentido de nuestra existencia, por la fragilidad de la rutina y por todo aquello que damos por sentado. En este aspecto sí ha merecido la pena la lectura.
La traducción es de Victoria Alonso
“Nos hemos acostumbrado a vivir con ello sin sentir vértigo cada mañana, y en lugar de movernos vacilantes, con precaución, en un asombro continuo, vamos por la vida como si nada hubiera pasado; subestimamos lo extraordinario y el vértigo solo aparece cuando la existencia se muestra como lo que es: inverosímil, imprevisible, extraordinaria.”

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