Perros de caza, de Borja Navarro

  



♫♫♫ Santa Teresa - Sr. Chinarro ♫♫♫ 

 

Los padres pueden ser el demonio, pero saberlos vivos te ancla. Te afianza en tierra.”


Hay libros cuya huella es, ante todo, sensorial. Pocas veces he sentido que una novela resonara de una forma tan física, tan íntima, como lo ha hecho Perros de caza. No solo por aquello que cuenta, sino por todo lo que despierta mientras lees este texto lleno de resonancias. Por la atmósfera que se va adhiriendo lentamente, y por una escritura que parece ir mucho más allá de las palabras. Esta cita, que me hizo dejar el libro por un rato, impactada, contiene uno de los ecos más profundos de la novela. En ella resuena algo profundamente humano y, al mismo tiempo, abismal: la necesidad de aferrarnos a algo que nos sostenga, incluso cuando aquello a lo que nos agarramos también contenga grietas oscurísimas. La necesidad de pertenecer, de tener una raíz, aunque esa raíz crezca en un terreno ya descompuesto.

Pero quizá lo más inquietante de Perros de caza es que, al mismo tiempo que habla de ese impulso casi primitivo por encontrar un lugar al que aferrarse, muestra la fragilidad de todo aquello que creemos firme. Porque si los seres humanos buscamos anclas para no caer, la novela parece preguntarse qué ocurre cuando esas anclas empiezan a desaparecer, cuando el territorio que nos define se desgasta y cuando aquello que debía sostenernos deja de reconocernos. La huida hacia adelante frente a la experiencia de la pérdida....


"Para nosotros, la vida consiste en una lucha por no caer y caer y caer, sin tiempo para disfrutar de nada más. Si algo nos interesa es porque nos da una tregua, un respiro, lo instrumentalizamos. No concebimos el amor por el amor. No concebimos el disfrute por el disfrute. Ver una peli sirve para no pensar. Y lo peor es que alguien te recomiende tal o cuál cosa con la certeza de que te proporcionará alivio."


No solo la idea del arraigo es en este texto una batalla perdida, sino también la desposesión que aflora en cada uno de sus personajes: la sensación de unos personajes que buscan algo a lo que agarrarse mientras todo alrededor parece ir deshaciéndose. La familia, la memoria, el territorio, los vínculos: todo aparece atravesado por esa tensión entre aquello que nos salva y aquello que también puede convertirse en una herida. Quizá por eso me cuesta hablar de esta novela desde el argumento. Lo que permanece no es únicamente lo que sucede, sino la experiencia de haber vivido este texto, la sensación de que la atmósfera esté completamente supeditada al estado de conciencia de sus personajes. La escritura desbordante de Borja Navarro, su capacidad para construir una atmósfera que se siente casi físicamente, es lo que termina imponiéndose.

El texto va calando despacio, casi sin que uno se dé cuenta. Se instala en la lectura con la misma persistencia que la humedad del pantano o la niebla sobre el monte. Y en esa sensación tienen mucho que ver las distintas voces que recorren la novela. Cada una aporta un matiz, una memoria, una forma distinta de enfrentarse al pasado, en este aspecto es apabullante el cambio de registro de una voz a otra, el enmascaramiento estilístico es continuo. No son solo puntos de vista; son fragmentos de un mismo territorio emocional que, poco a poco, terminan componiendo un paisaje profundamente desgastado. Un paisaje donde la tierra, los perros de caza abandonados, las gasolineras en medio de la nada, los caminos y quienes los recorren parecen compartir la misma herida. El calor, el pantano, la tierra seca... todo parece conservar el eco de aquello que sucedió y de quienes nunca lograron marcharse del todo. Es entonces cuando comprendes que el escenario no funciona como un simple telón de fondo. El paisaje respira al ritmo de los personajes, guarda sus secretos y conserva aquello que ellos intentan olvidar. Hay una especie de simbiosis entre la naturaleza y quienes vagabundean recorriéndola: ambos están atravesados por el abandono, la violencia soterrada y el peso de una memoria omnipresente.


Los amaneceres ya venían cargados de alerta. La luz del día se disparaba. Fue en una de esas mañanas en las que me desperté antes cuando la desgracia se evidenció, cuando supe que las fábricas quebrarían, que el calzado entraría en crisis, que la gente caería en la droga, y que construirían un Burger King.”


Uno de los detalles que más me han impresionado de la escritura de Borja Navarro es esa aparente contradicción entre una prosa de enorme aliento poético y una forma de mirar el mundo que, en muchos momentos, resulta tajante, casi descarnada. Hay una belleza profundamente visual en sus páginas, una capacidad extraordinaria para construir imágenes que permanecen, pero al mismo tiempo sus frases no buscan suavizar la realidad, sino mostrarla con una precisión que a veces duele.

En unas pocas líneas puede anticipar la desaparición de un mundo entero: la industria, una forma de vida, una comunidad. Y remata con la imagen de un Burger King, que deja de ser simplemente un lugar para convertirse en el símbolo de una modernidad que acaba de de un mazazo con la identidad de un territorio. El paisaje deja entonces de ser únicamente geografía para convertirse en memoria, en identidad y en la conciencia de que existen pérdidas que empiezan mucho antes de que sepamos nombrarlas. Y quizá por ello, lo que más me ha acercado a este texto tan único es la manera en que consigue convertir un territorio en una emoción.

Almansa, un lugar que podría ser el de tantos otros rincones de esa España venida a menos, no funciona como un simple escenario, sino como un organismo vivo que guarda secretos, conserva cicatrices y permanece ahí como una memoria persistente, recordando a los personajes aquello que ni siquiera ellos mismos quieren mirar.

Y por ello me resulta casi imposible acercarme a esta novela desde el argumento, porque lo que permanece en ella no es tanto lo que sucede como la forma en que está escrita, aunque sí que suceden cosas, muchas cosas, continuamente están pasando... pero me quedo con esa sensación de pérdida que me ha dejado este texto, porque quizá sea en las nuevas generaciones donde la sensación de desposesión alcanza una de sus formas más dolorosas. Porque no solo se hereda una tierra, una familia o una memoria; también se heredan las expectativas rotas, las posibilidades que ya no parecen abrirse y la dificultad de imaginar un futuro distinto. La prosa es desbordante y sensorial. Un texto exquisito.


Los niños dicen buah, las cámpers, buah, las cámpers, qué guapas, nene. Las cámpers, buah, nene. E imaginan futuros con cámpers y solo les viene a la cabeza construir una cámper casera con sus padres resacosos a partir de uno de esos coches fúnebres que vienen y van de los tanatorios transportando a quienes nos han abandonado. Un colchón detrás donde el ataúd y un camping gas y a cruzarse la costa con los colegas parando en playas que son difíciles de imaginar porque si piensan en el futuro se imaginan solo la cámper en un coche fúnebre. Buah, nene, una cámper, qué guapo.”

 

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