La mujer de treinta años, de Honoré de Balzac

 


 ♫♫♫ Ella, elle l'a - France Gall ♫♫♫

 

"No me acuerdo ya de mi misma. En pocos instantes mí infancia se convirtió en un sueño." 

 

Con Balzac voy un poco a paso de tortuga. Voy entrando en La Comedia Humana, que me interesa mucho, sin demasiado orden, eligiendo una novela aquí y otra allá, dejándome llevar más por la curiosidad que por cualquier intento de seguir una ruta cronológica o sistemática. Y, por ahora, tengo especial interés por sus personajes femeninos, quizá porque es precisamente a través de ellos donde más fácilmente se me deshace esa primera impresión de estar ante un mundo clásico, cerrado y demasiado lejano. Porque cuando uno le coge el truco a Balzac, cuando empieza a mirar más allá de los salones, y los códigos morales del siglo XIX, aparecen muchas cosas que resultan sorprendentemente familiares. Cambian las circunstancias, las reglas y hasta el lenguaje, pero las ambiciones, las frustraciones, los deseos, los celos, las contradicciones y esa necesidad tan humana de imaginar que nuestra vida podría haber sido otra siguen siendo prácticamente los mismos, nada ha cambiado. Quizá por eso sigo avanzando, un poco caóticamente, por esta Comedia Humana: porque cada novela parece contarme una historia de otra época y, al mismo tiempo, termino reconociendo personas y situaciones  todavía bien enquistados en el ahora.

Cuando empecé La mujer de treinta años, me estaba pareciendo una novela bastante controlada: tenía la sensación de saber qué historia estaba leyendo y hacia dónde podía llevarme. Sin embargo, a medida que avanzaba, empecé a perderme un poco por el camino. Los personajes del principio parecían tener poco que ver con los que aparecían más adelante, la historia daba saltos temporales considerables y algunos episodios tenían incluso algo de elípticos, como si faltaran piezas entre una escena y la siguiente, como por ejemplo, que de un capítulo a otro, aparecían hijos de Julie como salidos de debajo de las piedras. Por momentos, más que una novela, parecía estar leyendo una obra hecha a trozos, una sucesión de relatos que solo tenuemente parecían pertenecer al mismo conjunto. Hacia el final fui encontrando una cierta cohesión, y Julie d’Aiglemont terminó adquiriendo una trayectoria más reconocible, pero la sensación de falta de unidad me acompañó prácticamente hasta la última página.

Después descubrí que esa impresión no era del todo casual: lo que hoy leemos como una novela dividida en 6 partes es, en realidad, el resultado de varios relatos publicados de manera independiente, sometidos después a sucesivas reescrituras y finalmente ensamblados por Balzac para la edición de La Comedia Humana de 1842. La unidad que percibimos al leerla hoy es, por tanto, una unidad construida retrospectivamente: Balzac no partió de una novela perfectamente concebida como tal, sino que fue descubriendo, a medida que reutilizaba y reorganizaba aquellos relatos, la posibilidad de convertirlos en la historia de una misma mujer. Y esta falta de cohesión no es solo una característica de la novela, se transmite también al lector, porque a mí, por la sensación de encontrarme perfectamente situada en un capítulo,y  tener ya controlados a los personajes, y de repente, llegar al siguiente y descubrir que Balzac había movido los muebles de sitio me descuadraba completamente: de modo que me veía obligada a volver a orientarme, preguntarme si esta Julie era la misma del capítulo anterior, y aceptar que la historia había dado un salto un poco ilógico. Lo curioso es que, a pesar de esta aparente falta de cohesión, Balzac consigue algo que me parece mucho más difícil: explicar perfectamente la trayectoria de una mujer a lo largo de su vida, no precisamente a través de los acontecimientos, sino a través de cómo se siente. Y este es, para mí, el gran triunfo de la novela. La mujer de treinta años no funciona tanto como una historia lineal como una sucesión de episodios de la vida de Julie d’Aiglemont. A través de ellos, Balzac va explorando el matrimonio, el deseo, la maternidad, el paso del tiempo y las limitaciones impuestas a las mujeres de su época.

Tengo que admitir que no conecté demasiado con Julie: me puso nerviosa su languidez melancólica, sus continuas lamentaciones por haberse embarcado en un matrimonio sin amor y cierta tendencia a convertir su sufrimiento en el centro de todo. Pero incluso esa distancia con Julie me parece interesante, porque Balzac no se limita a contar lo que les sucede a sus personajes: intenta mostrar las contradicciones psicológicas que hay detrás de sus decisiones. Y en Julie esas contradicciones son especialmente importantes. Quiere amar y conservar su independencia; busca la pasión, pero también la seguridad; desea escapar de las convenciones que la aprisionan, pero al mismo tiempo está profundamente condicionada por ellas. Y además hay en Julie algo de hipócrita, de egoísta y hasta de superficial que, al principio, puede resultar bastante irritante. Pero a medida que pasan los años y la vamos viendo enfrentarse a las consecuencias de sus decisiones, esas contradicciones empiezan a resultarnos menos ajenas. No es que Julie se vuelva necesariamente más admirable: simplemente vamos entendiendo que es humana.


“- Escucha: tomo opio. Mis gotas de láudano son muy débiles... Duermo. Estoy despierta siete horas escasas al día, que son las que consagro a mi hija... “


Aquí aparece una segunda capa de la novela que creo que merece la pena tener en cuenta antes de juzgar a Julie demasiado rápido. Ella vive en una sociedad en la que las posibilidades de una mujer casada son muy diferentes de las de un hombre. Su marido puede tener amantes y seguir siendo socialmente un hombre respetable; para Julie, en cambio, el matrimonio determina buena parte de su posición, de su reputación y de su identidad. No tiene la misma libertad para decir simplemente: «Este matrimonio se ha acabado». Las consecuencias de sus decisiones son distintas porque las reglas del juego también lo son, así que su supuesta hipocresía está justificada por los códigos impuestos a la mujer.

Y esto es precisamente lo que me atrae de Balzac. Porque para ser un escritor del siglo XIX, se toma muy en serio la vida interior de una mujer. Julie no es simplemente la esposa de alguien ni un objeto romántico dentro de la historia de un hombre: tiene deseos, frustraciones, resentimientos, fantasías, contradicciones y una vida psicológica propia. Balzac entiende además que la desigualdad entre hombres y mujeres no consiste únicamente en que unos y otras estén sometidos a reglas sociales diferentes, sino en que esas reglas producen experiencias emocionales diferentes. La misma infidelidad, el mismo matrimonio o el mismo deseo no significan necesariamente lo mismo para un hombre que para una mujer. Por supuesto, Balzac sigue siendo un hombre del XIX. Su sensibilidad hacia la experiencia femenina no lo coloca fuera de su época: a veces contempla a las mujeres desde una perspectiva profundamente masculina, las idealiza muchísimo, las clasifica o las convierte en tipos. Pero precisamente por eso resulta más interesante leerlo. No es que Balzac haya escapado de las categorías de su tiempo; es que, desde dentro de ellas, consigue ver cosas que esas mismas categorías no terminaban de explicar.  

Entiendo que los treinta años de Julie tienen un significado que va más allá de una simple cifra. «La mujer de treinta años» no es únicamente una mujer que ha alcanzado determinada edad, sino que representa casi un umbral de la vida femenina (estamos hablando del s.XIX). Ya no es la joven que se casa llena de ilusiones, pero tampoco es todavía una mujer mayor. Ha acumulado experiencia, decepciones, deseos y sufrimientos, y empieza a mirar su propia vida desde otro lugar. Los treinta años funcionan así como un momento de conciencia: el instante en que la mujer que había imaginado su vida empieza a enfrentarse con la vida que realmente ha tenido. "Su tía la encontró en uno de esos momentos de crisis en los que el espíritu carece de toda energía, y en los que todo, el bien como el mal y la reserva como la confianza, es indiferente.” Por eso, creo, que se entiende mejor esta rara estructura de la novela. Al leerla, podemos tener la sensación de estar pasando de una obra a otra: primero una novela sentimental; después, una historia de adulterio; más adelante, una aventura casi folletinesca; luego, una tragedia familiar; después, una historia de sociedad; y finalmente, un relato moral sobre la maternidad, la vejez y las consecuencias de las decisiones tomadas muchos años antes. Sin embargo, todos esos cambios terminan formando algo parecido a una biografía. Balzac no necesita contarnos cada año de la vida de Julie para hacernos sentir que hemos recorrido su vida entera. 

Por eso para entender a Julie haya que volver precisamente al principio, porque las contradicciones que aparecen en las últimas partes de la novela no tendrían el mismo peso si antes no hubiéramos sido testigos de cómo se origina su melancolía. En el primer capítulo, «Primeros Errores», la acción comienza en abril de 1813, en las Tullerías de París. Julie, todavía muy joven, acude con su padre a ver una revista militar de Napoleón. Es allí, en medio de ese espectáculo imperial, donde aparece Victor d’Aiglemont, un joven oficial de unos treinta años que está de servicio y que se acerca a Julie. Balzac lo presenta en todo su esplendor militar, a caballo, mientras Julie lo contempla fascinada: cuando aparece Napoleón, Victor fija su atención en el emperador y poco después recibe una orden y parte al galope. Es difícil imaginar una puesta en escena más propicia para que una muchacha confunda al hombre con la imagen romántica que se ha construido de él. Julie no se enamora inicialmente de Victor en la intimidad, sino de Victor por el brilli brilli: el uniforme, el caballo, el valor, el prestigio militar, la aventura. El problema llega cuando esa imagen tiene que convertirse en marido. Julie no pierde entonces un gran amor, sino que descubre demasiado pronto que el amor que había imaginado no puede sobrevivir a la realidad del matrimonio.

Balzac no presenta esta decepción simplemente como tristeza, sino que la convierte en algo que se instala en el cuerpo: Julie enferma, se debilita, y su malestar físico parece expresar la asfixia de una vida de la que no puede escapar. No es tanto «he perdido al hombre que amaba» como «he descubierto que la vida que he elegido no puede darme aquello que esperaba de ella». Hay, por tanto, una especie de claustrofobia vital en su melancolía: Julie comprende que se ha equivocado cuando todavía le queda casi toda la vida por delante, y precisamente por eso el descubrimiento resulta tan terrible, el tiempo se convierte casi en una cárcel existencial porque en lugar de abrir posibilidades, se convierte en la perspectiva de pasar décadas dentro de una existencia que no desea. Y esa decepción inicial proyecta su sombra sobre todo lo que viene después, incluso sobre la maternidad. Es una de las contradicciones más incómodas del personaje: su sufrimiento no la convierte necesariamente en una persona más generosa, sino que a veces la vuelve egoísta y hace que su propia desgracia termine afectando a quienes la rodean. Cuando Balzac nos presenta a una Julie madura enfrentada a la maternidad, al paso del tiempo y a las consecuencias de sus decisiones, resulta imprescindible echar la vista atrás al primer capítulo, con aquella joven que contemplaba a un oficial a caballo y creía estar viendo en él la promesa de una vida romántica, y es además, una imagen que tuve durante toda la lectura de la novela. La novela no nos muestra simplemente distintas situaciones de una mujer, sino las distintas consecuencias de una ilusión que empezó en aquel primer encuentro.


"¿O es que la hija había sorprendido, como muchas hijas cuando llegan a ver con claridad, algunos secretos que aquella mujer, tan religiosamente fiel a sus deberes en apariencia, creía haber sepultado en su corazón tan profundamente como en una tumba?"


A pesar de que durante buena parte de la lectura no tuve del todo claro qué pensar de esta novela hecha a trozos, al terminar tengo que admitir que algo terminó encajando. La idea central de Balzac me parece bastante clara: cómo una mujer puede quedar atrapada durante toda su vida por las consecuencias de una elección amorosa hecha en la juventud, dentro de una sociedad que le deja muy poco margen para decidir sobre su propia existencia. Esto se hace especialmente doloroso en su relación con la maternidad y, en particular, con su primera hija, Hélène. Hay un capítulo que durante la lectura me desconcertó especialmente, «El dedo de Dios», porque parece un relato independiente colado en mitad de la novela: está narrado en primera persona, por una voz que apenas sabemos identificar, y cuenta la historia de una madre que favorece a uno de sus hijos mientras descuida al otro. Durante la lectura no acababa de entender qué pintaba allí aquel episodio, pero al terminar la novela adquiere un sentido mucho más inquietante: parece una especie de parábola sobre la maternidad y sobre cómo los conflictos, las preferencias y las frustraciones de los padres pueden acabar cayendo sobre los hijos. Hélène, la hija mayor, como Julie, queda atrapada en una situación que no ha elegido, pero mientras una sufre las consecuencias del ninguneo de su madre, la otra empieza a sufrir las consecuencias de una maternidad que no sabe ejercer. Y es precisamente aquí donde creo que he terminado entendiendo mejor lo qué me interesa de Balzac. Durante la lectura me preocupaba bastante por la trama, por saber qué iba a ocurrir, por intentar encontrar una continuidad entre unos episodios y otros. Al llegar al final, sin embargo, me doy cuenta de que quizá esa no sea la cuestión más importante. Lo importante en Balzac no parece ser tanto el argumento como lo que la vida va haciendo con sus personajes. Y Julie es un buen ejemplo de ello. 

Una novela muy interesante que ha estado revoloteando en mi cabeza durante días. Y lo cierto es que cada vez estoy más encantada con Balzac. Tiene esa capacidad de meterse en la cabeza de sus personajes y, al mismo tiempo, levantar la vista para observar cómo se comportan, cómo aman, cómo se engañan, cómo se hacen daño y cómo las reglas de la sociedad van condicionando sus vidas: lo que vale hoy ya no valdrá mañana porque esta sociedad ha cambiado sus códigos morales. Me gusta especialmente esa mezcla entre lo íntimo y lo social, porque hace que, aunque al principio todo parezca tan lejano y tan del siglo XIX, poco a poco los personajes empiecen a resultarme familiares. Al final, detrás de todo ese mundo del siglo XIX, he vuelto a encontrar algo bastante más cercano: personas intentando vivir con las decisiones que han tomado.


"¿A quien podía decirle: sufro?
Sufría por y para ella. Y sufrir así ¿no es tanto como poner el pie en el egoísmo?"


La traducción es de Aurelio Garzón del Camino.

(Contenida en el Volumen II de la Comedia Humana editada por Hermida Editores)

 

 

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