[ Interludio ] Enero #2
Personalmente, lo interpreto también como un recordatorio de la vulnerabilidad del creador: lo que nos impulsa no es controlable ni alcanzable del todo, y esa tensión nos mantiene vivos y alertas. Como lector o espectador, siento que esa misma fuerza invisible —el Deseo— nos atraviesa y nos conecta con la obra, incluso cuando ya está terminada. El fragmento no habla solo de arte; habla de lo humano: de cómo necesitamos algo que nos arrastre, que nos haga crecer, que nunca se contente con lo dado. Así según Nietzsche, el Deseo es un espejo: lo que arde dentro de nosotros refleja nuestro propio ser, no lo que queremos mostrar a otros. La creación artística, entonces, es un acto íntimo, un viaje hacia el autoconocimiento, donde cada impulso revela algo sobre nosotros mismos más que sobre el mundo. Oates, en cambio, lo lleva a la dimensión del arte terminado: una vez que ese Deseo ha encontrado su objeto —la obra completada— parece agotarse. Ya no queda nada para sostener al creador; lo que antes lo impulsaba se disuelve, dejando un vacío que solo puede llenarse con un nuevo deseo, un nuevo inicio.
El Deseo que impulsa la creación no es lineal ni controlable; nos guía, nos transforma y luego nos deja frente a nosotros mismos. La obra nunca nos pertenece del todo, y quizás ese vacío que deja es, paradójicamente, la prueba de que seguimos vivos, de que seguimos siendo capaces de desear y de crear otra vez. Para mí, el arte y el Deseo son inseparables: el primero es solo el reflejo del segundo, y el segundo nunca termina.
Como mencioné más arriba, he abstraído estas citas porque bajo la capa de thriller de The Barrens, la Oates presenta dilemas fascinantes...

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