[ Interludio ] Enero #2


Cristinas World, 1948, 
Andrew Wyeth



Leyendo "The Barrens" que es una novela de Joyce Carol Oates que espero explayarme con ella aunque acabe siendo un ladrillo, me intriga un momento que me tomo la libertad de abstraer de la novela y exponerlo aquí.

La Oates comienza la novela con una cita de Nietzsche como presentación:

“En última instancia, uno ama su Deseo, no el objeto deseado.”


Joyce Carol Oates durante un momento de la  novela enfrenta al protagonista que es fotógrafo a esto : 


Era la agonía del Deseo lo que anhelaba Solo el Deseo. Porque el Deseo es el combustible del arte. El Deseo consumado, el enemigo del arte.”
En el arte, solo importa la exploración, el viaje del deseo. Mientras haya deseo, hay arte."


Este fragmento me habla de una verdad que se siente casi física: el arte no existe sin urgencia, sin ansia, sin un deseo que nos arrastra. No es el objeto que creamos lo que importa, sino la tensión que nos impulsa mientras lo hacemos. Esa idea de que “el Deseo consumado es el enemigo del arte” me parece especialmente certera; me recuerda a esas veces en que terminas un proyecto y, en lugar de sentir satisfacción plena, sientes un vacío, una especie de nostalgia de la urgencia que te movía. El momento de creación es donde reside la vida del arte, no en su posesión o exhibición


Personalmente, lo interpreto también como un recordatorio de la vulnerabilidad del creador: lo que nos impulsa no es controlable ni alcanzable del todo, y esa tensión nos mantiene vivos y alertas. Como lector o espectador, siento que esa misma fuerza invisible —el Deseo— nos atraviesa y nos conecta con la obra, incluso cuando ya está terminada. El fragmento no habla solo de arte; habla de lo humano: de cómo necesitamos algo que nos arrastre, que nos haga crecer, que nunca se contente con lo dado. Así según Nietzsche, el Deseo es un espejo: lo que arde dentro de nosotros refleja nuestro propio ser, no lo que queremos mostrar a otros. La creación artística, entonces, es un acto íntimo, un viaje hacia el autoconocimiento, donde cada impulso revela algo sobre nosotros mismos más que sobre el mundo. Oates, en cambio, lo lleva a la dimensión del arte terminado: una vez que ese Deseo ha encontrado su objeto —la obra completada— parece agotarse. Ya no queda nada para sostener al creador; lo que antes lo impulsaba se disuelve, dejando un vacío que solo puede llenarse con un nuevo deseo, un nuevo inicio.

El Deseo que impulsa la creación no es lineal ni controlable; nos guía, nos transforma y luego nos deja frente a nosotros mismos. La obra nunca nos pertenece del todo, y quizás ese vacío que deja es, paradójicamente, la prueba de que seguimos vivos, de que seguimos siendo capaces de desear y de crear otra vez. Para mí, el arte y el Deseo son inseparables: el primero es solo el reflejo del segundo, y el segundo nunca termina.

Como mencioné más arriba, he abstraído estas citas porque bajo la capa de thriller de The Barrens, la Oates presenta dilemas fascinantes...

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