The Barrens, de Joyce Carol Oates (escribiendo como Rosamond Smith)
“En algún momento de 1986, después de completar una novela larga y emocionalmente agotadora titulada “You must remember this”, la idea me llegó como un rayo, con la promesa de una aventura: ¡escribir una secuencia de novelas cortas y cinematográficas que exploraran gemelos, dobles, almas gemelas y seres secretos bajo un seudónimo!
No escribir como "Joyce Carol Oates", como lo había hecho durante más de veinte años desde la publicación de mi primer libro en 1963; sino que, en 1986, escribiría bajo un nombre ficticio no vinculado a Oates, con un estilo muy diferente al (supuesto) estilo de Oates: Rosamond Smith.
El anticipo fue muy modesto, pero no podría haber estado más emocionada: fue como reiniciar mi carrera, emprender un camino completamente diferente, sin identidad ni reputación preexistentes, sin ningún antecedente de "autora". A diferencia de "Joyce Carol Oates", "Rosamond Smith" literalmente carecía de identidad en la vida real: ni premios ni becas, ni publicaciones en revistas, ni títulos universitarios, ¡ni lugar de nacimiento! Aquí residía la esencia misma de la ficción: no solo la obra es ficticia, sino también su creador.”
(Mis aventuras como Rosamond Smith, Enero 2026, JCO)
Rescato este artículo que escribió Joyce Carol Oates a principios de este 2026 explicando por qué se decidió a usar el seudónimo de Rosamond Smith en un momento dado de su vida. Ocurrió en 1986 cuando ya tenía un nombre asentado y debía querer relajarse un poco narrando algo más ligero, o más encuadrado en la ficción de género. Y de alguna forma ella misma al tomar esta decisión estaba jugando un poco con su identidad, que es un tema clave en su obra temática. Lo que empezó siendo un experimento en el que quería mantenerse en el anonimato, terminó mal porque fue rápidamente descubierta. Os recomiendo leer el artículo completo porque es muy explicativo de lo que pretendía con el seudónimo de Rosamond Smith: thrillers o novelas de suspense encuadradas temáticamente en el tema de la identidad. En un momento dado de esta novela se plantea la cuestión “¿Era toda identidad una construcción imaginaria?", como de pasada, y sin embargo, a la Oates no hay que tomársela de pasada porque incluso en novelas de pura ficción de género ella juega con esas dobles lecturas. Como Rosamond Smith, se sirve de los códigos reconocibles del thriller para atraer al lector hacia el territorio que de verdad le interesa: explorar la psique humana, lo que se esconde bajo la máscara. Y con esta novela no puede estar más cerca de estos códigos de las llamadas novelas de asesinos en serie: la novela se abre con la desaparición de una artista local, Duala Zwolle y en torno a esta desaparición, se articula una historia de amenazas y sospechas sin que realmente la novela sea llevada como la típica novela de misterio. Es muy típico de ella que use géneros populares para hablar de lo que estos géneros suelen ocultar: el deseo, poder, el control, el cuerpo femenino como campo de batalla. Esto es pura superficie porque realmente siempre suele hablar de otra temática más soterrada y que aquí tiene que ver sobre todo con el voyeurismo, el deseo de poseer y a la larga esto se irá extrapolando a lo que de verdad le interesa exponer: como la mirada puede llegar a suponer una cierta forma de posesión y como esta mirada viene precedida de la anticipación de un deseo.
“¡Cuánto necesitamos actuar unos para otros para saber que existimos!”
Aunque en un principio la Oates disfrazada de Rosamond Smith lo que pretenda es contar una historia de una forma más libre, menos encorsetada a la narrativa contemporánea, realmente es difícil no reconocerla porque lo que a priori parece un thriller, se va por los cerros y pronto somos conscientes de que no es un thriller al uso más que nada porque captamos que el interés de la autora no reside tanto en la resolución del enigma de la chica desaparecida sino en pararse en aspectos que particularmente le interesan a ella ¿qué despierta el deseo de posesión? ¿hasta qué punto este deseo se convierte en una obsesión cuando no lo poseemos y cuando lo poseemos queda el vacío? La autora comienza la novela con una cita de Nietzsche : “En última instancia, uno ama su Deseo, no el objeto deseado” y a partir de aquí toda la novela será un desarrollo de esta máxima nietzschiana: es como si la Oates hubiera creado una novela en torno a esta única frase que irá desvelando una obsesión, porque la desaparición de la chica desaparecida funcionará más como una perturbación persistente para el protagonista masculino que como un problema en sí mismo, y en lugar de llevarnos a la respuesta de esta desaparición, realmente lo que le interesa a la Oates es que nos paremos a analizar ciertas miradas. Para ello no se anda con chiquitas y casi desde el principio desvela quién es el asesino en serio, porque claro, lo que le interesa es que nos detengamos en otros detalles: no en el crimen, ni en el rapto sino en la forma en que el deseo, la mirada va organizando a los personajes, y si sabemos quién es el malo (porque intercalará capítulos desde su perspectiva), lo hará sobre todo para desviar la atención hacia quien de verdad le interesa, la evolución del personaje masculino protagonista, Matthew McBride.
“De niño, descubrió que podía ver a través de la lente de una cámara. Y lo que vio lo dejó alucinado. Tan salvaje y tan hermoso. Pero para ello, necesitabas libertad. Necesitabas espacio y tiempo."
Este desvío se concentra aparentemente en Matthew McBride, pieza clave de la novela, un exitoso agente inmobiliario, padre y esposo que a simple vista parece haber triunfado en la vida. Realmente me ha fascinado el retrato que Oates consigue trazar de un hombre nada contento con su vida y que vive bajo una máscara de éxito social y económico y reconozco que la Oates siempre fue una maestra en retratar esta esfera social de la gentrificación en la que tras las puertas cerradas de mansiones y clubs de golf, se esconde mucha infelicidad y vacío. Lo interesante de Matthew es que tiene otra identidad, que no es ningún secreto, pero aquí se siente realmente libre: bajo esta otra identidad opera bajo un seudónimo, Nighthawk, una identidad en la que puede dar rienda suelta a lo que de verdad le gusta, la fotografía. Matthew es un hombre socialmente guay, Nighthawk, el fotógrafo de las imágenes nocturnas, es el obsesionado en retratar la vida real, lo que se esconde bajo la superficie de su vida diaria. Noche y día, una dicotomía, que la Oates representa en un hombre que solo es feliz cuando consigue escapar de este rol, y que sí, un rol libremente elegido por él, pero que no le hace felíz. Un rol que en un momento dado adoptó porque era lo socialmente aceptable, lo que se pedía de él y para escapar al trauma de una infancia. Se puede decir que bajo el nombre de Nighthawk, Matt se aleja de las obligaciones morales de una identidad que le hace aparentar, incluso con su mujer e hijos: "Pero hubo momentos, y estos momentos se produjeron cada vez con mayor frecuencia, en que odiaba la intimidad del matrimonio; la curiosa pretensión del otro de conocer sus pensamientos más privados." Este seudónimo no encubre realmente una vida secreta, porque todos conocen sus fotografías, y hasta se ha hecho con un prestigio, sin embargo sí que le da la opción de la mirada con una libertad absoluta.
“Para Nighthawk era una constante sorpresa que cualquier visión que retuviera en su memoria fuera débil, opaca y anémica junto a los negativos que tomaba de la noche. Y las impresiones que podía revelar de estos negativos. Como si el ojo solo viera superficies, y la cámara abarcara tanto las superficies como lo que hay debajo de ellas. Esas horas de Nighthawk sentado de guardia, como él lo llamaba, en la autopista, en los estacionamientos de gasolineras abiertas las 24 horas y restaurantes frente a las estaciones de autobuses, estaciones de tren. Camareras en primer plano que había llegado a conocer, que lo apreciaban y en quienes confiaba. Camioneros. El turno de noche en la panadería de Hoboken."
En este punto, la novela se abre a una reflexión más profunda sobre el arte. Fotografiar no aparece como un acto inocente de registro, sino como una forma de apropiación. La cámara prolonga el deseo: permite poseer sin tocar, dominar sin exponerse, transformar al otro en imagen silenciosa. La joven desaparecida ocupa así un lugar central no por lo que sabemos de ella, sino por lo que representa porque Matt la había llegado a conocer pero no es hasta que desaparece y cuando su interés por ella crece y se convierte en una obsesión, y aquí tenemos otra dicotomía: desaparecida y/o ausente. "Porque muchas personas desaparecidas en realidad no están desaparecidas, sólo ausentes." La novela cuenta la investigación personal que trazará Matthew para dar con ella, pero realmente estará más preocupado en resolver su propia desubicación en el mundo que por resolver un enigma. Duala Zwolle y Matthew habían coincidido una única vez y cuando desaparece y se revelan algunas páginas de su diario, será cuando Matt se interese por la chica desaparecida "The long summer following. Your blindness. Hiding from me: husband, father. Coward." Mientras ella estaba presente, aun conservaba la capacidad de resistirse a ella, cuando se vuelve ausente, Duala Zwolle se transforma en proyección pura.
“Era la agonía del Deseo lo que anhelaba. Solo el Deseo. Porque el Deseo es el combustible del arte. El Deseo consumado, el enemigo del arte.”
En el arte, solo importa la exploración, el viaje del deseo. Mientras haya deseo, hay arte."
Y aquí es donde Joyce Carol Oates abre el debate que realmente le interesa en torno al arte y que intento desarrollar más en una entrada del bog, Interludio. La obsesión de Matt por resolver la desaparición de Duala Zwolle se mimetiza con su propia doble identidad. “Para ser un buen fotógrafo hay que tener ojo. Para tener ojo, hay que saber estar solo. Incluso entre otros, hay que saber estar solo”. Realmente de quién chica desaparecida estaba interesada era del trabajo de Nighthawk, el artista, el fotógrafo, y sin embargo, el punto de inflexión del diario le hará empezar a liberarse de las cadenas que lleva a cuestas como Matthew Mcbride. La autora está haciendo una doble lectura, más camuflada en torno al arte. No es el objeto que creamos lo que importa, sino la tensión que nos impulsa a crear. El momento de creación es donde reside la pulsión en el arte, no tanto en el objeto poseído o en exhibirlo. La reflexión está ahí bajo la capa de un thriller de dobles identidades y de personajes que se desdoblan y se disocian. Finalmente el título de la novela, The Barrens (que se podría traducir como Los Páramos), podría leerse más allá de un espacio físico sino que en mi opinión puede ser una metáfora del estado mental de Matthew McBride, la desolación, el vacío, la anulación emocional son un reflejo de la insatisfacción y la alienación de su día a día, quizás el paisaje que habita siendo Matthew McBride: un páramo, una tierra yerma. Es interesante en este sentido que esta insatisfacción lleve a McBride a convertirse en Nighthawk, un seudónimo bajo el que parece florecer, y dinamizar su creación artística. Quizás por esto mismo la Oates decidiera en su momento convertirse temporalmente en Rosamond Smith. Son fascinantes los juegos en los que nos embarca esta autora y cuando entra la letra cursiva, ya no sabremos qué es real y que es alucinación. Lo inquietante es que nunca queda del todo claro si Matthew es solo un observador obsesivo o algo más. Oates trabaja deliberadamente esa ambigüedad.
“Su arte está lleno de juegos de identidad; ella pensaba que la identidad era mero -sangsara-, una red de ilusión.”
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