El director (Lichtspiel), de Daniel Kehlmann

 


  ♫♫♫  Chi Mai (Who, Me?) - Ennio Morricone  ♫♫♫

 


 G.W. Pabst

 

"Pabst dio un paseo por los campos de los alrededores. Mientras pensaba en la huida, se le ocurrieron nuevas ideas. Un hombre a la fuga perseguido por todo el país. Veía unos pasos rápidos, una cámara en movimiento, a media alturas,  imágenes de pies corriendo"

 

 Cuando comencé esta novela no preveía que me fuese a gustar tanto, y es cierto que no conocía a Daniel Kehlmann, pero realmente mi interés inicial por ella surgió de la admiración que siempre he sentido por el cine de Pabst, que entre 1920 y 1931, fue uno de los directores más importantes de Alemania. Algunas de sus pelis las he revisado más de una vez porque siempre me pareció un cineasta muy moderno en el sentido de que fue de los primeros que le dio profundidad psicológica a sus personajes femeninos al mismo tiempo que que era capaz de retratar la calle, porque aunque estuviera contando una historia, algunas de ellas adaptaciones de novelas mediocres, Pabst las llevaba a su terreno y ponía el dedo en la llaga en los problemas de la Alemania de entreguerras, la desesperación de la gente de la calle, la supervivencia nata. Y porque el cine de Pabst consigue englobar justo ese momento en que el cine pasa de mero entretenimiento a algo que va más allá, el momento en que tú como espectador tomas conciencia de que no solo se está contando una historia entretenida que vas a olvidar después de visionarla, sino que te fijas en que los personajes consiguen calarte y que parece haberse establecido una autoría si sigues visionando películas del mismo autor. El término de autoría en cine no comenzó a definirse hasta que no llegaron los franceses que en los 60 fueron los primeros que definieron a estos cineastas como autores, Pabst era uno de estos cineastas que hacían arte. Él fue además quien descubrió a Greta Garbo y quién le dio su primera oportunidad fuera de Suecia y también a Louise Brooks quien gracias él se convirtió en un icono de su época, aunque después de él, ya no volvió a ser la misma. Pabst era el director de los primeros planos, los rostros que marcaban una historia más que las grandes secuencias y al mismo tiempo su fuerza estaba en el montaje, ahí era dónde construía sus películas (Rodar sabe casi cualquiera. Es con el montaje con lo que realmente se hace una pelicula”). Lo que empieza llamándome la atención de esta novela fue precisamente el momento en la vida de Pabst en que decide comenzarla Kehlmann: justo cuando había emigrado a Estados Unidos y en 1934 conseguía rodar su primera y única película allí. Fue quizás el único de los directores emigrados que después de esa primera y única experiencia decidió volver a una Austría que ya no existía, ya anexionada a la Alemania nazi.


"Nada de gestos, le había dicho, apenas muevas la cara, no actúes.
El cine...hasta poco antes había sido puro espectáculo para poner los ojos en blanco, vaqueros con pistolas, duelos entre caballeros, fantasmas en la noche y payasos huyendo de la policía. Ahora bien, cuando hablaba Pabst aquello de pronto sonaba como auténtico arte.
No pienses en la cámara, lo mejor es que no pienses en absoluto."


¿Por qué decide Pabst, un director de cine, tan único, volverse tan pronto a una Europa que era una bomba de relojería y no seguir la estela del resto de sus colegas? He vuelto a mi crónica de Parpadeo para recordar lo que contaba  de estos cineastas emigrados a Estados que una vez allí le dieron luz a la industria: y nunca hubo una mejor representación de esto que la era del cine de los años 30 y 40 cuando comenzaron a llegar cineastas europeos, sobre todo alemanes a Estados Unidos huyendo del estado de terror en el que se había convertido Europa. Curt y Robert Siodmak, Fritz Lang, Edgar Ulmer, Max Ophuls, Murnau, Douglas Sirk y así podría citar nombres hasta el infinito. Fueron cineastas que supieron encontrar ese equilibrio porque se vieron en la necesidad de trabajar para la industria americana bajo unas condiciones en las que el requisito inapelable era entretener a gran público, pero al mismo tiempo se las arreglaron para colar, la mayoría de las veces, subliminalmente, el arte como bandera. Usando la atmósfera como excusa para esconder la falta de medios, ya que muchas de estas películas eran de serie B con un presupuesto mínimo, consiguieron crear auténticas obras de arte” Contrariamente a lo que se esperaba, su etapa americana fue un fracaso, muchos de estos colegas y amigos exiliados lograron triunfar, pero Pabst no, y no supo gestionar esta primera derrota en la que los estudios americanos prácticamente ejercían la censura a través de los productores, apenas se le consultaba ni tenía poder sobre el montaje final. Daniel Kehlmann narra magnificamente esta etapa americana al principio de su novela, un hombre humillado que era confundido en las fiestas con ser el director de Metrópolis de Lang. Con la excusa de su madre enferma, Pabst decide regresar temporalmente a Europa con su mujer e hijo, pero realmente estaba huyendo de un sistema en el que era uno más, invisible total, entre otras cosas porque su amor propio le hacia negarse a acabar siendo ayudante de dirección. La sensación de desarraigo y de vulnerabilidad está aquí muy bien narrada por Kehlmann. No conozco otro caso en el que se hubiera hecho esta elección de abjurar de esta emigración y volver a una patria infestada de nazis.


"-¿Y cómo se rebaja Pabst a hacer una película así?
- Porque Pabst es un refugiado. Sin patria y sin recursos."


Se puede decir que en esta novela histórica, básicamente lo que quiere narrar Kehlmann es el regreso de Pabst a una Alemania nazi y aquí ya se convierte en una novela compleja en los dilemas morales que van surgiendo. El autor presenta a Pabst como un hombre corriente, ni malvado ni idelógicamente comprometido (aunque por sus películas de los años 20 se le hubiera llamado Pabst El Rojo), y sin embargo, un cineasta cuya ambición y deseo de volver a tener la validación del reconocimiento del pasado, le llevó a hacer cine para la Alemania del Tercer Reich. No tengo por menos que admirar a Daniel Kehlmann por cómo nos conduce a través de este personaje fascinante, GW Past, un hombre que cuando regresa a su patria no deja de repetirle una y otra vez a los nazis “Yo soy apolítico, y ahora mismo no tengo intención de hacer cine..”) como si hubiera existido la más mínima posibilidad de que los nazis hubieran podido dejarlo tranquilo, cosa imposible dado que era de los poquísimos grandes cineastas alemanas que no habían huído, Pabst se negaba a hacer cine como colaboración política y accedió con el convencimiento de que haría cine  escapando como pudiera de propagar este colaboracionismo en sus películas para el régimen.


"-Ya verás, nos necesitan más de lo que nosotros los necesitamos a ellos. Porque Alemania había dejado de importar películas, pero los cines había que llenarlos de todas formas, y eso a base de propaganda solo  era imposible, así que dependían de las contadas personas que sabían cómo hacer buenas películas."

Algunos lo habían conseguido en Hollywood, dijo Käutner: Zinnemann, y cómo no, Fritz Lang. Pero a quien no hubiera tenido tanta suerte, le tocaba hacer lo que pudiera allí en Alemania. No debía mancharse en exceso, debía hacer las menos concesiones posibles. En suma, limitarse a hacer su trabajo.”


De alguna forma es una novela que me ha absorbido por cómo Kehlmann nos consigue transmitir este conflicto moral en el que se veía sumergido Pabst y que acaba solventando haciendo la vista gorda, negando lo que había a su alrededor. A él solo le interesaba hacer cine, y el autoengaño de no estar colaborando se ejercía para entenderlo mejor, de la forma en que mejor supo explicarlo Hannah Arendt. Pabst acepta rodar no porque crea en el nazismo, sino porque quiere seguir siendo relevante y para ello usó la técnica de la negación, si no se nombra lo que está ocurriendo a su alrededor, no existe del todo. Durante la novela Kehlmann pone más de un ejemplo en el que Pabst se ve enfrentado al estado totalitario a través de colegas que desaparecen, o situaciones en las que podía haberse rebelado y sin embargo, siempre elige la táctica de la negación, y se refugia en la idea de que el cine transforma la realidad, y de alguna forma, ya no existe el mundo exterior, de forma que en ningún momento se use la palabra judío como síntoma de que los estén exerminando. Kehlmann prácticamente no nombra a los judíos para emparentarnos con la mente de Pabst en la que obliga al lector a detectar los síntomas del autoengaño de Pabst y muestra que el horror opera en lo cotidiano, sin estridencia. Kehlmann evita tratar directamente a los judíos y los campos para poner al lector dentro de ese autoengaño al que se agarraba Pabst.


-¿Realmente fue nazi?

-Yo que sé! La gente fue muchas cosas antes de la guerra , y luego fueron otras muy distintas. Ya le digo yo que está todo muy revuelto y entremezclado.”


Kehlmann cuestiona la complicidad pasiva más que el fanatismo porque realmente empatizamos con Pabst, le entendemos (un hombre que quiere seguir trabajando y creando arte), e incluso llegamos a imaginarnos en una situación parecida, cosa que no es demasiado difícil con los tiempos que estamos viviendo ahora mismo, en los que también hacemos la vista gorda sobre muchas de las situaciones de la que somos testigos día a día. Pabst es perfectamente consciente de cómo está la situación cuando llega a Europa (“En América había soñado tan a menudo que de pronto estaba en el Berlín que ahora dominaban aquellos monstruos, que lo que no le parecía real ahora era estar allí de verdad." ) y el lector, gracias a la perspectiva de Kehlmann, consigue experimentar el mundo sesgado que Pabst elige:  no querer ver, hacer la vista gorda es una forma de complicidad, y de culpa. Sabemos que el horror está ahí pero al igual que en la conciencia de Pabst, nunca ocupará el centro. Así, El director muestra cómo la complicidad con un régimen criminal puede surgir no del fanatismo, sino de la ambición, el miedo y la comodidad, elementos centrales también en el pensamiento de Arendt. Esto encaja con la tesis arendtiana de que el mal puede producirse sin intención maligna, cuando las personas dejan de pensar cuestionando el mundo en el que viven.


A lo mejor no es tan importante lo que uno quiere. Lo importante es hacer arte en las circunstancias que le toquen. Y estás son mis circunstancias.”


Esta es una novela compleja en la que históricamente los datos existieron y sin embargo, Kehlman ficcionaliza el mundo interior de Pabst, dotándolo de un carisma y de una complejidad que me ha emocionado en muchos momentos. El dilema moral está ahí,, y es, si es si el arte puede separarse de la política. Pabst insiste en que solo le interesa el cine, no es responsable de las decisiones del régimen, él “simplemente trabaja” dentro de las circunstancias dadas. Pabst insiste en verse a sí mismo como un artista “neutral”, alguien que solo quiere hacer cine. El arte se convierte tanto en refugio como en excusa para evitar la responsabilidad ética. Kehlmann utiliza un estilo sobrio, preciso y a veces irónico. La narración deja que las acciones y pensamientos del protagonista revelen sus contradicciones. El tono distante refuerza el carácter inquietante del relato: el lector comprende cómo alguien “normal y corriente” puede convertirse en cómplice haciendo la vista gorda.


-Todo esto pasará. Pero el arte perdura.

-Aunque sea así. Aunque perdure el...arte. ¿No queda manchado? ¿No queda manchado de sangre, mancillado?”


Una de las bazas de esta novela estará en ese giro que crea Daniel Kehlmann con una película de Pabst que corre la leyenda que existió y se filmó pero que nunca fue encontrada (El caso Molander solo existía en su cabeza, y la reproducía mentalmente”), y aquí es donde Kehlmann abre el melón y se lo pasa al lector para que decida, un giro fínisimo y brutal. El primer y el último capitulo serán esenciales para este debate, yo diría incluso que una vez terminada la novela, hay que releer el primer capítulo. Una novela magnifica que me ha conmovido en muchos momentos por la pena de una vida artística destrozada por las circunstancias: emigración, desarraigo, totalitarismos, un artista que no volvió a ser él mismo.

Como opinión muy personal, creo que el  título original "Juego de luces" (Lichtspiel), hubiera sugerido mucho más y habría dado más juego sobre esta novela, que la tontería de título plano que finalmente acabaron eligiendo los editores.

La traducción es de Isabel Garcia Adánez


"Corren tiempos raros. El arte siempre está fuera de lugar. Siempre es innecesario cuando surge. Y después, al mirar atrás, resulta que era lo único importante."

 

 









GW Pabst

 

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