[ Interludio ] Mayo - De cómo viajé de Henry James a William Blake

 




En cuanto al señor H., me siento con libertad de decir lo siguiente acerca de este asunto tan peliagudo: me importa la moda en poesía tan poco como me importa en pintura; por consiguiente, si desagrado a poetas o bien a pintores o a ambos, no he de preocuparme por ello…”

(William Blake, Cartas) 


William Blake vivió gran parte de su vida en una situación económica precaria, y su falta de reconocimiento en vida no fue solo una cuestión de “incomprensión artística”, sino también de supervivencia cotidiana. Desde joven trabajó como grabador para editoriales y talleres, un oficio que le daba ingresos irregulares y que rara vez le permitía dedicarse por completo a su obra más personal. Aunque hoy se le considera un creador total —poeta, pintor y grabador— en su época esa misma mezcla lo dejaba fuera de los circuitos más rentables y prestigiosos del arte. No encajaba del todo ni en el mundo literario ni en el pictórico, y esa posición intermedia lo aisló aún más.

Blake intentó en varias ocasiones sostenerse con proyectos propios, como sus libros ilustrados hechos mediante su innovador método de grabado y coloración. Pero estas obras, profundamente originales y complejas, eran difíciles de vender. A menudo las producía en tiradas muy pequeñas o incluso por encargo, lo que limitaba aún más su alcance. El resultado fue una vida económica inestable, dependiente de encargos menores y del apoyo ocasional de amigos o mecenas.

Uno de los aspectos más duros de su biografía es que, pese a su enorme producción, apenas obtuvo reconocimiento público en vida. Muchos contemporáneos lo consideraban excéntrico o directamente incomprensible. Su obra no encajaba con los gustos dominantes del neoclasicismo tardío ni con el mercado artístico emergente, más orientado hacia lo académico y lo decorativo. Solo en los últimos años de su vida comenzó a recibir cierta atención de un círculo reducido de artistas más jóvenes que veían en él algo distinto, casi visionario. Pero incluso entonces, el reconocimiento fue limitado y no se tradujo en estabilidad económica.

En este sentido, Blake encarna de forma muy clara la figura del creador que trabaja desde los márgenes: alguien cuya obra hoy se considera central en la historia del arte y la poesía, pero que en su propio tiempo vivió con la sensación constante de estar fuera de lugar, tanto estética como económicamente.

 

 

 


 

 "La multitud, cada vez estoy más convencido, no tiene absolutamente ningún gusto. Escribir para los pocos que lo tienen implica sin duda perder dinero, sin embargo no tengo miedo a morirme de hambre."

(Henry James)


Vengo de leer Roderick Hudson de Henry James y mientras avanzaba en ella, me hizo recordar esta vida de William Blake, que no deja de ser una vida dedicada al arte. Leída desde esa perspectiva, la cita de Henry James deja de ser una observación general sobre el gusto o el mercado literario y parece iluminar retrospectivamente la experiencia de Blake. Esa “minoría” a la que James alude —los pocos capaces de apreciar una obra sin someterla a la lógica de la multitud o de la moda del momento— es precisamente el espacio en el que Blake trabajó sin saberlo: sin red de seguridad, sin reconocimiento sostenido, pero con una fidelidad absoluta a su visión.  Lo que en James es una hipótesis consciente —escribir para pocos y asumir sus consecuencias— en Blake fue una vida entera llevada hasta el final de esa consecuencia. Más que compararlos, sentí que había una especie de conexión entre ellos, aunque solo fuera la que se había formado en mi mente mientras divagaba sobre la novela: aunque parezcan muy distintos, ambos estaban conectados por esa negativa a someter su arte a la expectativas de una audiencia.

Al final, lo que une estas dos citas no es solo una idea sobre el público o el gusto, sino una forma de entender el riesgo de crear: aceptar que la fidelidad a una visión puede implicar quedar fuera del reconocimiento inmediato, y que, aun así, esa fidelidad puede ser la única manera honesta de crear. James formula con lucidez la idea de escribir para pocos, de aceptar la posible pérdida que eso implica; Blake, en cambio, encarna esa misma elección, no como decisión intelectual sino como destino: una vida entera sostenida en la periferia, con escaso reconocimiento y una fidelidad absoluta a su visión. Por eso la asociación que intento hacer no es solo literaria, sino casi temporal: en James la idea se piensa, en Blake se vive.

Vistos hoy en día, hay algo que se vuelve casi evidente al releerlos: haber sido consecuentes con su arte —sin adaptarlo al gusto de su tiempo— es precisamente lo que les ha dado el reconocimiento posterior.  No porque el mundo “corrija” una injusticia, sino porque la obra, si es auténtica, acaba por encontrar su propia forma de ser interpretada. Ahora bien, eso no significa que el público sea irrelevante,  su ausencia no invalida el proyecto artístico, pero su presencia sí que es cierto que lo transforma. Cuando llega alguien, aunque sea una única persona, aparece algo distinto: contraste, interpretación, conversación, fricción. Pero ese “segundo nivel” solo puede existir si el primero —la obra misma— ya tiene autonomía.

“Lo que hoy está demostrado, antes solo fue imaginado.”

(William Blake)




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