La Cartuja de Parma, de Stendhal

  


La Cartuja de Parma, 1982, Mauro Bolognini

 

 ♫♫♫  Breaking the cycle - Keith Merrill ♫♫♫

 

"Si se te ocurre un razonamiento brillante, una réplica triunfal que cambie el curso de la conversación, no cedas a la tentación de lucirte, quédate callado; las personas agudas te verán el talento en los ojos."


Lo que más me ha impresionado de La cartuja de Parma no es tanto su argumento como la sensación que produce su narración. Stendhal escribe como si la cámara estuviera mezclada entre los personajes, avanzando con ellos sin conocer del todo el rumbo de los acontecimientos. El narrador no observa desde una posición privilegiada ni parece interesado en juzgar a sus criaturas; las acompaña. Esa cercanía confiere a la novela una extraordinaria sensación de movimiento y de vida. Fabrizio del Dongo se equivoca, se deja arrastrar por las circunstancias y comprende a menudo menos de lo que el lector esperaría de un héroe, pero precisamente ahí reside parte de su fuerza. Stendhal parece aceptar que la experiencia humana es confusa, precipitada e imprevisible, y encuentra en ello no un defecto sino un motivo de fascinación. Stendhal da a veces la impresión de estar escribiendo a una velocidad de vértigo, al ritmo que se mueven sus personajes y el resultado es menos perfecto, pero también más espontáneo.


Tras leer esto, Limecati se fue a uno de sus castillos: se le exacerbò el amor, se volvió loco y habló de saltarse la tapa de los sesos, cosa inusitada en los países en que existe el infierno."

 

 Su escritura produce la impresión de que una cámara invisible persigue constantemente a los personajes, siempre mezclada entre ellos, captando sus movimientos, vacilaciones y arrebatos en tiempo real. Todo sucede con una inmediatez casi vertiginosa: los acontecimientos se encadenan, los planes se improvisan, el azar irrumpe sin previo aviso, caos y vida. Hay algo caótico en esta narración, pero es precisamente un caos orgánico, semejante al de la existencia misma, donde no todo encaja con simetría ni cada episodio encuentra una justificación perfecta. Lo que importa es el movimiento continuo, la corriente incesante de la vida que arrastra a los personajes y que Stendhal logra transmitir con una energía narrativa que todavía hoy resulta sorprendentemente moderna. Stendhal parece convencido de que esa vitalidad merece ser celebrada incluso cuando conduce al error, como si la plenitud de una existencia dependiera menos de acertar siempre que de entregarse sin reservas al movimiento incierto de la vida. Caos y vida.

El mejor ejemplo de ello se encuentra al comienzo de la novela, cuando un jovencísimo Fabrizio, apenas un muchacho de diecisiete años, se ve arrastrado al torbellino de Waterloo. Lo extraordinario es que Stendhal renuncia a cualquier visión heroica o grandilocuente de la batalla: la guerra no aparece como una sucesión de gestas épicas, sino como una experiencia de desconcierto, ruido y confusión. Fabrizio no comprende del todo lo que ocurre a su alrededor, no dispone de una visión global de los acontecimientos y avanza a tientas entre órdenes contradictorias, movimientos incomprensibles, saqueos, aturdimiento y episodios absurdos. La Batalla de Waterloo se convierte así en un inmenso batiburrillo sin ni son, visto desde la limitada perspectiva de quien está inmerso en ella. Hay algo profundamente moderno en esta forma de representar la guerra, muy alejada de las narraciones heroicas dominantes en la época. La historia ya no se cuenta desde el punto de vista de los generales o de los vencedores, sino desde la experiencia fragmentaria y desorientada de alguien que está dentro del acontecimiento, un joven idealista que ha acudido allí en pos de su fervor por Napoléon. Esto anticipará muchas representaciones posteriores de la guerra

Y eso conecta con algo muy característico de Stendhal: su capacidad para transmitir que la vida humana es confusa, precipitada e imprevisible, pero también apasionante. Uno termina leyendo a Fabrizio, no porque sea especialmente sabio, sino porque está vivo. Y Stendhal parece convencido de que esa vitalidad merece ser celebrada incluso cuando conduce a la equivocación...

 

"(saber que había un ser humano al alcance de su voz le resultaba aborrecible) y corrió a encerrarse en la gran galería de cuadros; allí pudo dar rienda suelta a su rabia. Se pasó la velada sin luz, dando vueltas al azar, como un hombre fuera de sí. Intentaba imponerle silencio al corazón para concentrar toda la intensidad de la atención en debatir la decisión que debería tomar." 

 

Y después de este prólogo en forma de ladrillo que acabo de marcarme pero que necesitaba exponer al principio para expresar la sensación caótica y vital de la narrativa de Stendhal tengo que comienzar por el final. Al cerrar La cartuja de Parma, Stendhal se despide de sus lectores con una breve y enigmática dedicatoria: «To the Happy Few». La expresión, tomada del Enrique V de Shakespeare —«We few, we happy few, we band of brothers»—, parece mucho más que una simple cita literaria. Es una declaración de principios. Es como si Stendhal nos estuviera diciendo: no escribo para el gran público, sino para una minoría de lectores capaces de comprender y disfrutar plenamente lo que hago aunque no encaje en una tradicional y perfecta. Es una mezcla de varias cosas: Un homenaje a esos lectores ideales. Una declaración de independencia frente al gusto mayoritario. Una forma de reconocer que su obra quizá no será apreciada por muchos contemporáneos (y esto puede conectarse al Interludio conectado con Henry James y William Blake, sobre la incomprensión de su obra para sus contemporáneos). Casi una complicidad entre autor y lector: "si me lees y me entiendes, formas parte de este pequeño círculo". Esto encaja muy bien con la personalidad de Stendhal. Él estaba convencido de que su época no lo comprendía del todo y llegó a decir que sería apreciado décadas después de su muerte. En cierto modo acertó: su prestigio creció enormemente a finales del siglo XIX. Hay además un matiz interesante: hay en esa despedida algo de homenaje y algo de desafío. Homenaje a quienes han acompañado a Fabrizio del Dongo a través de aventuras, intrigas y desengaños; desafío porque supone que no todos sabrán apreciar lo que acaban de leer. Quizá por eso la dedicatoria resulta tan sugerente: convierte la lectura en una forma de complicidad y nos invita a sentirnos, por un instante, miembros de esos «pocos felices» para quienes Stendhal imaginó su obra, pero el matiz es que la dedicatoria aparece justo al final de la novela, con lo que nos obliga de una forma a entender que este caos y vida que acabamos de leer y que pudiera parecernos un poco antisistema literariamente hablando, pueda entenderse como un saludo afectuoso a esos pocos lectores escogidos —no escogidos por el autor, sino por su propia capacidad de conectar con la obra— que forman la pequeña hermandad de los verdaderos lectores de Stendhal.


"¿Por qué repetir con tanta frecuencia, se decía Fabrice, lo que ya sabemos perfectamente? No sabía aún que es así como en Francia la gente de pueblo persigue las ideas."


Si hubiera que definir La cartuja de Parma con una sola etiqueta, podría hablarse de una novela de formación. Seguimos la vida de Fabrizio del Dongo prácticamente desde antes de su nacimiento, asistiendo a sus entusiasmos, errores, descubrimientos y desengaños, zarandeado y manipulado, ya sea por amor o por intereses creados, todos intentarán controlarlo. Sin embargo, la modernidad de Stendhal reside precisamente en que la novela se resiste a cualquier clasificación sencilla porque es, a la vez, relato de aprendizaje, novela histórica, aventura romántica, intriga política y estudio psicológico. Cuando parece orientarse hacia un género determinado, Stendhal cambia de dirección con absoluta libertad. Esa capacidad para escapar de los moldes convierte la lectura en una experiencia sorprendentemente moderna: más que obedecer a las convenciones de un género, la novela parece seguir el curso imprevisible de la propia vida.


"Las personas de talento que nacen en el trono o muy cerca no tardan en perder por completo la mano izquierda; prohíben en su entorno la libertad de conversación; no quieren ver sino caretas..."


Para comprender plenamente la novela conviene detenerse un momento en el escenario en el que transcurre. La Italia de comienzos del siglo XIX no era todavía una nación. Fragmentada en pequeños estados y sometida en gran medida a la influencia austríaca tras la caída de Napoleón y el Congreso de Viena, la península era un tablero de ajedrez donde se cruzaban ambiciones dinásticas, conspiraciones políticas y aspiraciones liberales. El Ducado de Parma, donde se desarrolla buena parte de la acción, era uno de esos diminutos estados atrapados entre potencias mayores y gobernado por una corte en la que los favores, las intrigas, las lealtades personales tenían más peso que las instituciones y la vigilancia constante a cualquier idea liberal. Stendhal aprovecha ese escenario para mostrar un mundo aparentemente refinado pero profundamente arbitrario, donde el poder se ejerce de forma caprichosa y el destino de los individuos depende tanto de las pasiones humanas como de los vaivenes de la política. La Parma de Stendhal es pequeña en el mapa, pero concentra en miniatura muchas de las tensiones de la Europa posterior a Napoleón: el conflicto entre libertad y autoridad, entre pasión y cálculo político, entre el individuo y las estructuras del poder. 

 

"Hay que reconocer que había días en que la duquesa no le dirigía la palabra a nadie; la veían pasear bajo los elevados castaños, sumida en ensoñaciones sombrías; era demasiado inteligente para no notar a veces el fastidio que nace de no compartir los pensamientos."


En medio de este entramado se desarrolla la formación de Fabrizio. Su recorrido vital constituye el hilo conductor de la novela, pero a medida que avanzaba en la lectura tuve la sensación de que otros personajes terminaban adquiriendo una fuerza incluso mayor. Es difícil no quedar fascinada por Gina, la duquesa Sanseverina, tia de Fabrizio, uno de los grandes personajes femeninos de la literatura siglo XIX. En una época en la que las mujeres estaban obligadas a ejercer su influencia desde la sombra, Gina despliega una inteligencia, una energía y una capacidad de decisión extraordinarias. Stendhal la admira visiblemente y pone en su boca frases que condensan con una ironía exquisita la condición femenina de su tiempo. Cuando uno de los hombres de la novela exclama «Ojalá fuera usted un hombre, me daría un buen consejo», está encerrando una crítica devastadora sobre cómo las mujeres estaban desterradas a opinar públicamente. La frase parte del prejuicio de que la autoridad y la inteligencia pertenecen naturalmente a los hombres, pero el lector sabe perfectamente que Gina posee más lucidez y talento político que muchos de ellos. Ahí aparece ese humor fino, casi imperceptible, tan característico de Stendhal. Junto a ella destaca el conde Mosca, probablemente el personaje que más me ha interesado. Astuto, pragmático y dueño de una comprensión perfecta de los mecanismos del poder, Mosca es capaz de manejar una corte entera y, sin embargo, se muestra impotente ante sus propios sentimientos. Esa contradicción me parece una de las grandes intuiciones de Stendhal: el hombre que sabe gobernar los asuntos públicos no siempre sabe gobernar su corazón. 

 

"-¡Yo me batiría veinte veces por ella!-
exclamó el conde Mosca con arrebato."

 

Porque, en el fondo, el gran tema de La cartuja de Parma no es la política, sino el amor. No un amor sereno o doméstico, sino una pasión absorbente, capaz de dar sentido a una vida y, al mismo tiempo, de desordenarla por completo. "Para que se entienda este plan de venganza, diré que en Milán, comarca muy alejada de la nuestra, la gente todavía se desespera por amor." Stendhal contempla el amor con una mezcla de lucidez y fascinación: conoce sus ilusiones, sus ridículos y sus sufrimientos, pero nunca deja de considerarlo una de las experiencias más intensas y nobles de la existencia, aunque de alguna forma se puede intuir que es un amor que solo puede funcionar en la ficción. "¡Soy presa de los desgarros de la pasión más violenta y usted me pide que interrogue a mí razón! ¡La razón no existe para mí!" No resulta difícil ver en Mosca algo del propio Stendhal. Como él, ama sin esperar una recompensa equivalente; como él, encuentra en la admiración una fuente de energía vital; como él, parece aceptar que el amor auténtico implica inevitablemente una cierta dosis de sufrimiento. Stendhal con este ritmo de narración vertiginoso nos hace creer desde el principio que vamos a leer la historia de Fabrizio del Dongo, y cuando acaba la novela acabaremos recordando mucho más a Gina, la duquesa de Sanseverina y al conde Mosca, Personajazos donde los haya porque Stendhal está continuamente reivindicando la pasión como un valor en sí mismo. Sus personajes aman de forma excesiva, imprudente e incluso irracional, pero es precisamente en esos momentos cuando alcanzan una mayor verdad humana. Por eso, al terminar la novela, tuve la impresión de que las intrigas políticas, las carreras eclesiásticas o las luchas por el poder eran, en el fondo, secundarias. Lo que permanece en la memoria son las distintas formas del amor: el amor protector y absoluto de Gina hacia Fabrizio, el amor paciente y resignado de Mosca hacia Gina, y las pasiones que transforman la vida del propio Fabrizio, aquí no hay sincronización en el amor, todos aman apasionadamente, pocos son correspondidos. Para Stendhal, la verdadera biografía de una persona no la escriben sus éxitos, sino sus pasiones.


"Aquí, sin ir más lejos, ¡qué soy sino el terzo incommdo (¡esta hermosa lengua italiana está enteramente hecha para el amor!) ¡Terzo incomodo (una tercera persona cuya presencia incomoda)! ¡Qué dolor para un hombre de talento notar que está interpretando ese papel destable y no poder forzarse a levantarse e irse!"


Leyendo La cartuja de Parma, no he podido evitar pensar en Emma Bovary comparándola a Fabrice del Dongo. A primera vista parecen personajes opuestos: Emma se enamora demasiado fácilmente, mientras que Fabrizio del Dongo parece incapaz de enamorarse de verdad. Ella persigue sin descanso una imagen idealizada del amor; él va de aventura en aventura, de entusiasmo en entusiasmo, sin que ninguno termine de fijarse del todo en su corazón. Sin embargo, ambos comparten un mismo rasgo fundamental: viven más en sus fantasías que en la realidad. Por eso los dos pueden parecer, dicho coloquialmente, un poco cabezas de chorlito. Pero no porque sean estúpidos. Ni Emma ni Fabrizio son personajes tontos. Tanto Flaubert como Stendhal construyen protagonistas inteligentes en algunos aspectos y profundamente ciegos en otros. Su "tontería" no es intelectual, sino existencial: interpretan el mundo a través de sus deseos, de sus sueños y de sus ficciones privadas, hasta el punto de no ver con claridad lo que tienen delante. Emma idealiza; Fabrice divaga. Pero quizá la diferencia más importante no esté en los personajes, sino en la mirada de sus autores. Flaubert contempla a Emma con una ironía glacial. Stendhal, en cambio, mira a Fabrice con una simpatía casi desarmante. Incluso cuando se comporta de manera absurda, el narrador parece celebrar su espontaneidad, su falta de cálculo y su capacidad para seguir persiguiendo aquello que le conmueve. De hecho, si tuviera que resumirlo en una frase, diría que Emma sufre porque espera demasiado del amor, mientras que Fabrizio sufre porque nunca termina de saber qué espera de él. En el fondo, Stendhal todavía quiere creer en el amor. 

 
Quizá La Cartuja de Parma no sea perfecta en su construcción, pero posee una vitalidad extraordinaria y aquí no importan tanto el argumento, las conspiraciones, las venganzas, los amores desatados sino la sensaciones que perduran mientras estamos leyendo la novela. Stendhal corre junto a sus personajes cámara en mano, no los pierde de vista, cree en ellos... Es la sensación que transmite lo que perdura, la vida en movimiento continuo… Caos y vida.

La traducción es de María Teresa Gallego Urrutia y Amaya Gallego


"- Mi desdicha es amar, y desde hace casi dos años, solo usted ocupa mi alma; pero hasta ahora la había visto sin infundirle temor.

- Está loco. Cuando la señora está aquí lo vemos vagabundear por las partes más elevadas del bosque; y en cuanto la señora se marcha no deja de acudir a sentarse en los mismos lugares en que ella se detuvo...

 

 

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