La edad de la discreción / Monólogo, de Simone de Beauvoir [ Trilogía sobre mujeres al borde del desmoronamiento #1-2 ]

 




Lo que comenzó casi de manera accidental como un pequeño ciclo de lecturas sobre mujeres en una profunda crisis interior con Nido de Roisin O’Donnell, Peces de Eva Baltasar y Viviane Elisabeth Fauville de Julia Deck, terminó adquiriendo una forma mucho más clara cuando he llegado inesperadamente hasta La mujer rota (1967) de Simone de Beauvoir. A partir de los relatos reunidos por Simone de Beauvoir —La mujer rota, La edad de la discreción y Monólogo— esa intuición inicial parece encontrar una formulación definitiva: las tres obras, al igual que las anteriores novelas, pueden leerse como una especie de “trilogía de la mujer al borde del desmoronamiento”, un concepto del que me adueñado para de alguna forma encuadrarlos en un mismo género. Aunque no exista como categoría oficial, el concepto resulta especialmente adecuado para describir el universo emocional y psicológico que atraviesan estos tres relatos y las novelas anteriores leídas. La idea es agrupar el retrato de mujeres que intentan sostener una apariencia de estabilidad mientras, silenciosamente, su identidad, sus relaciones y el sentido mismo de sus vidas comienzan a resquebrajarse.

La expresión resume además varios de los grandes temas que unen estos tres relatos de Beauvoir: la fragilidad emocional, la conciencia del paso del tiempo, la crisis silenciosa y las expectativas sociales, así como esa tensión constante previa al colapso interior.  Leídas en conjunto, las tres narraciones conforman un retrato lúcido y profundamente incómodo de mujeres enfrentadas al vacío que aparece cuando las certezas sobre las que construyeron su vida empiezan a desaparecer. En un principio iba a encuadrar los tres relatos en una misma crónica, pero después me he dado cuenta que la crónica se iba a extender demasiado y acabaría aburriendo a las ovejas, de esta forma se hará más llevadera, espero :)


1. LA EDAD DE LA DISCRECIÓN


Entonces el día de la jubilación, que un lapso dos veces tan largo, o casi, como mi vida anterior separaba de mi, me parecía irreal como la muerte misma. Y he aquí que hace un año que ha llegado. He cruzado otras lineas, pero más imprecisas. Esta tiene la rigidez de una trampa de hierro.”


Con esta reflexión inicial, Simone de Beauvoir introduce uno de los temas centrales de La edad de la discreción: el envejecimiento como una ruptura irreversible en la identidad de la protagonista. La jubilación deja de ser una idea lejana para convertirse en una experiencia dolorosa que simboliza la pérdida del prestigio intelectual, de la actividad y de la imagen que la narradora había construido de sí misma. La comparación con “la muerte misma” y la sensación de estar atrapada en “una trampa de hierro” transmiten una profunda angustia existencial y refuerzan el tono melancólico y lúcido del relato. A partir de una experiencia cotidiana, Beauvoir construye una reflexión universal sobre el paso del tiempo, la fragilidad de la identidad y el miedo a enfrentarse a aquello que permanece cuando las antiguas certezas desaparecen.

En La edad de la discreción, esa crisis revela también el peligro de construir una identidad únicamente alrededor del trabajo y del reconocimiento intelectual. La protagonista ha dedicado su vida a la cultura, al pensamiento y al prestigio académico, convirtiendo esos logros en el núcleo de su autoestima y de su manera de entenderse a sí misma. Sin embargo, la llegada de la jubilación desmantela de forma silenciosa esa estructura identitaria: aquello que durante décadas le otorgó valor y sentido deja de ocupar un lugar central en el mundo y, con ello, también se tambalea la imagen que tenía de sí misma. Beauvoir muestra así cómo la vida intelectual o el trabajo, cuando se convierte en el único soporte de la identidad, puede transformarse en una trampa dolorosa, porque obliga a enfrentarse a una pregunta devastadora: ¿qué queda de una persona cuando desaparece aquello que la definía ante los demás y ante sí misma?

A pesar de tener esposo, amigos y una vida aparentemente estable, la protagonista experimenta una profunda sensación de aislamiento y de crisis interior, algo que termina reflejándose también en la relación con su único hijo. La distancia entre ambos surge cuando él decide apartarse libremente del camino académico e intelectual que sus padres habían imaginado para él, eligiendo en cambio una vida más orientada al éxito profesional y material. En este sentido, Simone de Beauvoir no solo explora el vacío existencial de una mujer enfrentada al envejecimiento, sino que también realiza un análisis muy sutil de un matrimonio intelectual y de las tensiones que pueden generarse dentro de una familia construida alrededor de ciertos ideales culturales. La decepción de la narradora nace, en parte, de comprobar que su hijo ha decidido “poner sus opiniones de acuerdo con sus intereses”, renunciando a la independencia intelectual que ella consideraba esencial. Beauvoir sugiere así cómo las expectativas y presiones de unos padres profundamente volcados en la vida intelectual pueden influir en el desarrollo de un hijo que, precisamente para afirmarse a sí mismo, termina rechazando el modelo que intentaron transmitirle.

 

No prejuzgar el porvenir. Fácil de decir. Lo veía. Se extendía delante de mí hasta perderse de vista, vacío, desnudo. No más proyectos, no más deseos. No escribiré más. ¿Entonces que haré? Qué vacío en mí, alrededor de mí. Inútil. Los griegos llamaban a sus ancianos abejorros. Abejorro inútil, se dice Hécuba en Las Troyanas. Se trata de mí. Estaba aniquilada. Me preguntaba cómo se logra vivir todavía cuando no se espera nada más de sí."

 

El relato está escrito en primera persona y destaca por un tono sobrio, reflexivo y melancólico. No suceden grandes acontecimientos externos; el verdadero conflicto ocurre en el interior de la protagonista. Beauvoir privilegia el análisis psicológico sobre la acción, creando una atmósfera íntima y profundamente humana que invita a reflexionar sobre la fragilidad de la identidad.

En conjunto, este texto transmite una sensación de lucidez amarga: las certezas desaparecen, la vida cambia y el individuo debe aprender a convivir con la pérdida sin dejar de buscar sentido. “La discreción” puede entenderse entonces como una aceptación silenciosa del paso del tiempo, una contención emocional y una renuncia parcial a expresar plenamente el dolor al mismo tiempo que simboliza el silencio con el que se ocultan el sufrimiento, la decepción y el miedo al envejecimiento, manteniendo siempre una apariencia de serenidad y equilibrio. El relato muestra cómo, al llegar a cierta etapa de la vida, muchas personas aprenden a esconder sus frustraciones bajo una apariencia tranquila (“Llamaba serenidad a esta indiferencia”) aunque por dentro sigan enfrentándose a sus propias dudas y vacíos.

La edad de la discreción es un relato soberbio, de una lucidez casi dolorosa, precisamente por la manera en que aborda la crisis que supone entrar en una nueva etapa de la vida. Simone de Beauvoir retrata el instante en que la identidad que ha sostenido a una persona durante décadas comienza a tambalearse y pierde la solidez sobre la que parecía construida. La jubilación, el envejecimiento y la pérdida de reconocimiento no aparecen únicamente como cambios externos, sino como amenazas directas contra la propia idea del yo. La protagonista descubre entonces que aquello que le había dado sentido —la certeza de ocupar un lugar en el mundo— ya no basta para sostenerla. Y es ahí donde el relato alcanza toda su profundidad: en la necesidad de encontrar nuevas formas de seguir habitando la vida, otros mecanismos íntimos que permitan mantenerse vivo cuando las antiguas certezas empiezan a desaparecer.


"-¡Usted es tan joven!- agregó.

Me lo dicen a menudo y me siento halagada. De pronto la palabra me irritó. Es un cumplido ambiguo que anuncia penosos días futuros. Conservar vitalidad, alegría, presencia de espritu, es permanecer joven. Por lo tanto, la parte que le toca a la vejez es rutina, la morosidad, la chochez. No soy joven, estoy bien conservada, es muy distinto. Bien conservada y quizás acabada."


2.Monólogo

“Monólogo” es el segundo de los relatos que integran La mujer rota, y es un relato profundamente psicológico que sumerge al lector en la mente de Murielle, una mujer emocionalmente devastada durante la noche de Año Nuevo, el día del año en el que la soledad es cuánto más se siente. A través de un discurso interior caótico y desesperado, Simone de Beauvoir construye el retrato de una conciencia atrapada entre la soledad, el resentimiento y la incapacidad de encontrar sentido a su vida.

La construcción psicológica de Murielle resulta compleja y perturbadora aquí. Es una mujer resentida, agresiva, desesperada y profundamente infeliz. Se considera víctima de sus relaciones fallidas, de su familia y de la sociedad, especialmente de su hija. Sin embargo, Beauvoir también deja ver que la protagonista participa en su propia destrucción: vive aferrada al pasado, evita asumir responsabilidad por sus decisiones y transforma su sufrimiento en odio y autocompasión. El lenguaje del relato también contribuye a su fuerza emocional. El tono es violento, acelerado y repetitivo; abundan las contradicciones, los insultos y los pensamientos abruptos. Este estilo transmite una sensación de asfixia y reproduce con gran intensidad el caos interior de la protagonista.

Aquí la estructura narrativa es bastante caótica porque simula la mente de Murielle. Beauvoir utiliza la técnica del flujo de conciencia, presentando ideas desordenadas, frases incompletas y recuerdos mezclados con el presente, párrafos desordenados sin comas. Los cambios bruscos de tema y la ausencia de una narración lineal reproducen el estado fragmentado de la mente de Murielle. De este modo, la autora no solo describe la crisis del personaje, sino que intenta que el lector la experimente directamente y es solo hacia el final del relato cuando podamos entender el motivo del caos en la mente de Murielle.

 

Me parecía que todo el mundo había escuchado el grito de mi madre ya no me atrevía a salir de mi casa me arrastraba contra las paredes el sol me crucificaba creía que la gente me miraba que murmuraban que me señalaban con el dedo basta basta basta prefiero morir aquí mismo que revivir esas horas.”

 

Aunque Murielle no para de hablar, sus palabras no establecen un verdadero diálogo con nadie; su monólogo refleja, en realidad, un encierro mental. La protagonista permanece atrapada en sus propios pensamientos, incapaz de salir del dolor y del pasado que la persigue. Beauvoir muestra la angustia de la libertad y el vacío de una vida construida únicamente a partir de la dependencia emocional. Murielle no consigue desarrollar una identidad auténtica, pues necesita constantemente el reconocimiento de los demás para sentirse valiosa. En este sentido, el relato refleja una de las ideas fundamentales del pensamiento existencialista: cada individuo es responsable de sus elecciones, aunque muchas veces intente escapar de esa responsabilidad culpando a otros.

Beauvoir expone cómo muchas mujeres quedan atrapadas en roles tradicionales que las llevan a depender afectivamente de otras personas. Murielle representa a una mujer vulnerable y aislada cuya identidad gira alrededor de relaciones que terminan destruyéndola, y aun así entiende que el fracaso de su vida está precisamente en que no está cumpliendo este rol tradicional ya que sus parejas la han abandonado. La autora cuestiona así una sociedad que limita la autonomía femenina y empuja a muchas mujeres a vivir únicamente para los demás. Admito que de los tres relatos que componen esta trilogía, es el que menos me ha gustado aunque la perspectiva de verlos en su conjunto, se puede decir que complementa a la perfección el retrato que Beauvoir está componiendo de mujeres a punto de difuminarse dentro de ellas mismas.

La traducción es de Dolores Sierra y Neus Sánchez.

 

“¡Lástima! Cuando vuelvo a pensarlo me digo que si hubieran sabido quererme habría sido la ternura misma.”

 

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