Vértigo, de W.G. Sebald
♫♫♫ Walking after midnight - Patsy Cline ♫♫♫
En uno de los Interludios de este mes de mayo terminé asociando inevitablemente a Clemens J. Setz con W. G. Sebald mientras leía Seis miniaturas sobre la verdad. Durante toda la lectura de ese texto —tan extraño como fascinante— no conseguí apartar de la cabeza las resonancias sebaldianas: esa manera de enlazar imágenes, recuerdos y asociaciones aparentemente dispersas hasta construir una forma muy particular de pensamiento narrativo. Supongo que por eso acabé lanzándome de nuevo a Sebald. Aún me quedaban algunos de sus libros por leer y pensé que quizá la mejor forma de regresar a su universo era hacerlo desde el principio, desde el lugar donde todo empezó: Vértigo.
“La diferencia entre las imágenes de la batalla que tenía en su cabeza y la imagen que, como prueba de que la batalla había acontecido en realidad, veía en estos momentos desplegada ante sí, le producía una sensación de ira semejante al vértigo, que nunca antes había experimentado.”
Publicada en 1990, Vértigo inaugura no solo el universo narrativo de W. G. Sebald, sino también una manera profundamente inestable de mirar el mundo. En esta primera obra ya aparecen, todavía en estado embrionario, los procedimientos que más tarde definirán sus libros: la mezcla de autobiografía, ensayo, ficción, diario de viaje y fotografía documental; la disolución de las fronteras entre memoria e invención; y, sobre todo, la sensación persistente de que el pasado nunca deja de infiltrarse en el presente.
Pero en Vértigo esa experiencia adquiere una forma particularmente física y perceptiva. El vértigo del título no remite únicamente a una afección psicológica o corporal, sino a una manera de conectar con la realidad. Todo en la novela parece ligeramente desplazado, como si el mundo hubiera perdido su centro de gravedad. Los viajes por Italia, Austria y Alemania no producen conocimiento ni descubrimiento, sino desorientación; los hoteles, las estaciones y las calles laberínticas se convierten en espacios de tránsito donde la identidad se vuelve frágil y el tiempo deja de avanzar de forma lineal, todo acaba habitando una especie de espacio onírico. Bajo la aparente intimidad de estos viajes y recuerdos personales, la novela está atravesada por las catástrofes históricas del siglo XX europeo: la guerra, el fascismo, el exilio y la destrucción cultural. Aunque el Holocausto todavía no ocupa el centro explícito de la narración como sucederá en obras posteriores, ya aparece una de las intuiciones fundamentales de Sebald: Europa está habitada por memorias reprimidas que sobreviven silenciosamente en paisajes, edificios y relatos cotidianos.
“En
especial se adhirió a cuanto dije respecto a que, en mi cabeza,
había muchas cosas que con el tiempo habían logrado concordar a la
perfección sin que por ello estuviesen más claras, muy al
contrario, se habían tornado más enigmáticas. Cuántas más
imágenes del pasado reunía, le dije, más improbable me parecía
que el pasado se hubiera desarrollado de esta forma, pues no había
nada en él que se pudiera denominar normal, sino que la mayor parte
era ridículo, y sino era ridículo era algo espantoso.”
Sebald construye así una narración suspendida en un estado de inestabilidad continua. Las imágenes, los recuerdos, los sueños y los episodios históricos aparecen encadenados mediante asociaciones imprevisibles, creando la impresión de que la memoria europea del siglo XX sigue latiendo bajo la superficie del presente. El lector avanza entonces dentro de una atmósfera inquietante, donde cada desplazamiento parece acercarlo menos a una revelación que a una pérdida progresiva de orientación. En Sebald esa deriva mental adopta siempre una forma melancólica, casi atmosférica. La conciencia se mueve lentamente entre paisajes, fotografías, edificios, viajes en tren, nombres olvidados. Nada parece dirigirse hacia una conclusión clara; el sentido emerge precisamente de las conexiones imprevistas que aparecen entre fragmentos distantes. Leyéndolo siempre tengo la sensación de que la narración podía funcionar como funciona realmente la mente: no de manera lineal, sino asociativa. Pensamos por pequeños choques entre imágenes.
La novela se divide en cuatro secciones —dedicadas sucesivamente a Stendhal, a un narrador que atraviesa Italia bajo el signo del extrañamiento buscando algo imposible en las mujeres que se va encontrando y a las que recuerda, a Franz Kafka durante su estancia en Riva y, finalmente, al regreso del propio narrador a Alemania—, pero más que capítulos autónomos funcionan como variaciones de una misma obsesión. En todas ellas reaparecen los viajes en tren, las habitaciones impersonales, las caminatas erráticas y la sensación de que el tiempo histórico nunca termina de desaparecer. Vértigo avanza así mediante ecos y asociaciones, como si cada historia reflejara fragmentariamente a las demás, reforzando esa idea central de la novela: el vértigo no como caída repentina, sino como una lenta pérdida de orientación ante la memoria, el pasado y la propia identidad.
La impresión que permanece al terminar la novela es que la condición de extranjero atraviesa las cuatro secciones de Vértigo y se convierte en uno de los ejes fundamentales del texto en su totalida. En Sebald, ser extranjero no significa solamente estar en otro país: implica experimentar una distancia permanente frente al mundo, frente a los otros e incluso frente a uno mismo. Todos los relatos están atravesados por personajes que nunca logran habitar completamente el espacio que recorren:
"y de repente había visto tras ella, en una profunda oscuridad, como por entre nubes de humo, abrirse un desierto rojizo. Esta visión le transportó a un estado semejante al trance que en el que se dispuso a disfrazar su persona."
En “Beyle o el extraño hecho del amor”, esa extranjería aparece ligada al deseo y al viaje. Stendhal recorre Italia buscando intensidad emocional y belleza, pero nunca alcanza una pertenencia verdadera. Italia es al mismo tiempo fascinación y distancia. El amor mismo funciona como una forma de extrañamiento: el sujeto ama imágenes idealizadas más que realidades concretas.
"El
14 de febrero, el Dr. K. viaja a Trieste. Pasa más de doce horas
solo, en el ferrocarril del sur, en un rincón del compartimento. Una
parálisis se propaga por si interior. Las imágenes del paisaje, se
hilvanan fuera, sin costura, unas junto a otras, deslumbradas por el
brillo falso de una luz otoñal completamente improbable."
En
la sección dedicada a Franz Kafka, Viaje del Dr. K. a un
sanatorio de Riva, la sensación de extranjería se vuelve
todavía más intensa. Kafka aparece como alguien radicalmente
desplazado, incapaz de sentirse cómodo en ningún lugar. Sus viajes
por Italia están marcados por la ansiedad, la incomodidad corporal y
una percepción deformada de la realidad. Incluso los espacios
cotidianos —hoteles, estaciones, calles— adquieren una dimensión
inquietante y casi irreal. En Sebald, Kafka representa la figura
extrema del individuo moderno separado del mundo y de sí mismo.
La tercera que ya hace una mención especifica a esta extranjería (All´estero -En el extranjero) y cuarta parte (Il ritorno in patria), mucho más cercanas al propio Sebald, profundizan todavía más esa experiencia. Cuando el narrador regresa a su pueblo natal, el retorno no produce reconciliación sino extrañeza. El lugar de origen ya no puede reconocerse plenamente porque el tiempo y la memoria lo han transformado. Esto es muy importante en Sebald: incluso “volver a casa” implica sentirse extranjero. La identidad aparece fracturada por el paso del tiempo, por la historia y por la imposibilidad de recuperar intacto el pasado. Por eso en Vértigo los personajes nunca llegan realmente a ningún lugar. Viajan continuamente, pero el movimiento no conduce a una identidad más estable; al contrario, profundiza la sensación de desorientación. Sebald convierte la extranjería en una condición existencial moderna: vivir significa habitar un mundo donde todo —la memoria, el amor, el pasado e incluso el propio yo— resulta parcialmente inaccesible.
De las cuatro partes que componen Vértigo, quizá la más accesible y fascinante sea “Beyle o el extraño hecho del amor”, dedicada a la figura de Stendhal, cuyo verdadero nombre era Henri Beyle. Más que una biografía tradicional, Sebald hace reconstrucción literaria, melancólica y fragmentaria del escritor francés, mezclando datos históricos, reflexión subjetiva y una atmósfera casi fantasmal. En esta sección ya aparece con claridad uno de los grandes procedimientos de Sebald: convertir la vida de otros escritores en un espejo de sus propias obsesiones sobre la memoria, el desplazamiento y la fragilidad de la experiencia. El relato sigue a Beyle durante sus viajes por Italia, especialmente por ciudades como Milán y Verona, pero el viaje nunca funciona como simple desplazamiento geográfico. Como ocurre en toda la obra de Sebald, el movimiento físico revela un estado interior. Viajar significa buscar una identidad imposible de fijar, escapar del vacío y perseguir algo que siempre parece perdido de antemano. “Pero esto también había sucedido ya hacía meses, y ahora me digo que su recuerdo, probablemeente, corresponda a mis deseos.” En esta sección, Sebald también explora el amor como una experiencia profundamente inestable y casi ilusoria. El “extraño hecho del amor” remite directamente a las ideas desarrolladas por Stendhal en Del amor, especialmente a su famosa teoría de la “cristalización”, según la cual el enamoramiento consiste en proyectar perfecciones imaginarias sobre otra persona. Sebald retoma esta idea para mostrar que el amor nace menos de la realidad que de la imaginación y de la memoria. El deseo transforma la percepción; los recuerdos embellecen lo vivido; la pasión se vuelve inseparable de la fantasía dotando al texto de una atmósfera melancólica. En Stendhal el amor nunca puede poseerse plenamente porque depende de imágenes interiores, de proyecciones y de ilusiones que terminan deshaciéndose con el tiempo y esto lo hace suyo Sebald porque para él amar implica también perder: toda experiencia intensa contiene desde el comienzo la conciencia de su desaparición futura. Esa mezcla entre deseo, memoria y fracaso emocional convierte a “Beyle o el extraño hecho del amor” en una de las partes más sensibles y complejas de Vértigo.
"Por eso, aconseja Beyle, no sé deberían comprar grabados de hermosos panoramas ni panorámicas que se ven cuando se está de viaje, porque un grabado ocupa pronto todo el espacio de un recuerdo, incluso podría afirmarse que acaba con él."
Con sus frases largas y sinuosas, su tono melancólico y su estructura digresiva, Sebald construye una experiencia de lectura hipnótica y profundamente inestable aunque todavía alejada de lo que luego nos encontramos en Los anillos de Saturno y Austerlitz. Más que narrar una historia convencional, Vértigo representa la conciencia moderna como una forma permanente de desorientación, donde memoria, historia y percepción se mezclan hasta volver imposible una identidad completamente estable o una narración lineal del pasado: todo aparece como fragmentos de memoria que intentan rescatar algo destinado a desaparecer. Esa sensación de pérdida atraviesa todo el relato. “Beyle o el extraño hecho del amor” no habla solo de Stendhal, sino de cualquier persona que haya intentado encontrar sentido en el amor, en los recuerdos o en la escritura. Sebald parece decirnos que vivimos construyendo relatos sobre nuestra propia vida y que, muchas veces, la distancia entre realidad y deseo es precisamente lo que nos define. Es fascinante cuando pienso que Clemens me hizo reecontrarme con Sebald, y que ahora Sebald parece empujarme hacia un posible reencuentro con Stendhal
La traducción es de Carmen Gómez Garcia.
"En términos generales, no sé qué es lo que a veces me conmueve tanto de determinadas cosas o seres vivos."
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