La mujer rota, de Simone de Beauvoir [ Trilogía sobre mujeres al borde del desmoronamiento #3 ]

  


  

 ♫♫♫ I'd Rather Go Blind - Etta James ♫♫♫

 

"- Nada ha cambiado entre nosotros.

 

Con La mujer rota doy por cerrado, al menos por ahora, este pequeño miniciclo sobre mujeres al borde del desmoronamiento emocional, y desde luego el texto de Simone Beauvoir encaja perfectamente en esa idea. Monique es un personaje construido precisamente para incomodar: una mujer que ha depositado toda su identidad en su marido y que se derrumba en el instante en que la imagen de ese hombre empieza a alejarse de la vida idealizada que había construido al confesarle que está teniendo una aventura y que estaría bien que ella hiciera la vista gorda, y así poder conciliar ambas historias de amor. Admito que no ha sido mi favorito de los tres relatos porque, por momentos, la adoración casi ciega que Monique siente hacia ese “marido desleal e idealizado” llega a resultar profundamente exasperante.


"Sí, algo ha cambiado puesto que escribo acerca de él, de mí, a sus espaldas. Si él lo hubiera hecho, me sentiría traicionada. Éramos el uno para el otro una absoluta transparencia."


Sin embargo, creo que esa exasperación está completamente buscada por Beauvoir, ya que sirve para evidenciar hasta qué punto la protagonista carece de una identidad propia fuera de su papel de esposa. Para mí, el relato funciona ante todo como una reflexión sobre la identidad femenina y sobre cómo la dependencia afectiva puede terminar anulando completamente a alguien. Hay una frase especialmente reveladora en ese sentido: “Las mujeres que no hacen nada no soportan ni el olor de las que trabajan. La expresión me sorprendió y me hirió.” En un primer momento, el comentario de Maurice parece casi una provocación irónica dentro de una relación donde Monique siente que, pese a haberse dedicado exclusivamente al hogar, sigue siendo admirada y valorada por él. Sin embargo, cuando aparece la figura de la amante —una mujer joven, independiente y además una abogada exitosa— la frase adquiere un significado completamente distinto. Y quizá lo más inquietante es que no sabemos realmente qué piensa Maurice, porque todo nos llega filtrado por la mirada de Monique. El verdadero cambio de sentido no lo produce él de manera explícita, sino ella misma, que empieza a reinterpretar esas palabras desde un sentimiento creciente de inferioridad y vacío. De pronto, aquello que antes parecía una observación casual se convierte, para Monique, en la prueba de su propia inutilidad. La traición no solo destruye la relación sentimental, sino también la percepción que tenía de sí misma, obligándola a enfrentarse a la idea de que, fuera del matrimonio, quizá no sabe quién es.


Con frecuencia en sueños, me desvanezco de desdicha. Me quedo allí bajo la mirada de Maurice, paralizada con todo el dolor del mundo sobre mi rostro. Espero que se precipite hacia mí. Me lanza una mirada indiferente, y se aleja."


A través de la narración en forma de diario íntimo, la autora muestra las distintas fases de autoengaño, autonegación, dependencia y dolor por las que atraviesa Monique hasta llegar, poco a poco, a una dolorosa conciencia de sí misma, pero todo está filtrado además por ese sentimiento de inferioridad comenzando desde un principio una especie de carrera contrarreloj en un intento de declararse vencedora frente a la amante. Lo más interesante del relato es precisamente observar cómo la ruptura sentimental termina convirtiéndose en una ruptura existencial: Monique descubre la fragilidad de la vida que había construido y comprende que durante años ha vivido según expectativas ajenas más que desde sus propios deseos. En ese proceso de derrumbe emocional, Beauvoir retrata con enorme precisión las distintas fases por las que atraviesa Monique cuando descubre que el matrimonio y el hogar —aquello que para ella lo significaba todo— comienza a revelarse como una mentira.
Creía saber quien era yo, quién era él: repentinamente ya no nos reconozco., ni él ni a mí.” A medida que la figura de la amante adquiere cada vez más presencia e importancia en la vida de Maurice, la de Monique parece ir desdibujándose, como si ella misma solo hubiese tenido valor en proporción al lugar que ocupaba junto a su marido. En un primer momento, intenta convencerse de que la relación extramatrimonial será algo pasajero y espera que Maurice termine cansándose de la otra mujer. Incluso se aferra a una cierta sensación de superioridad por ser “la esposa oficial”, utilizando ese papel como una forma de autoengaño y de defensa frente al miedo al abandono. Sin embargo, esa falsa seguridad va debilitándose poco a poco conforme comprende que el vínculo entre Maurice y su amante es real y profundo. Es entonces cuando Monique empieza a enfrentarse no solo a la pérdida del marido, sino también al vacío de una identidad construida exclusivamente alrededor de él.


"Hace mucho que no veía a Maurice tan alegre, tan tierno. Sin duda, espera conciliar nuestra vida y su aventura; si no va a durar mucho, está bien.
(...)
Pienso que con una bonita lógica masculina me guarda rencor por los remordimientos que siente al respecto. ¿Sería preciso ser aún más comprensiva , más indiferente, más sonriente?



Sin saber demasiado sobre la vida de Simone de Beauvoir, entiendo que tiene bastante de autobiográfica si pensamos en su relación con Jean-Paul Sartre porque aunque La mujer rota funciona claramente como una crítica a la dependencia femenina y a las estructuras patriarcales, también deja entrever cierta fascinación —o al menos centralidad— de la figura masculina intelectual que atraviesa buena parte de la propia vida de Beauvoir.
“Te ha conseguido con halagaos. La prefieres a mí por vanidad. Sacrificas nuestro amor a tu vanidad.” Aunque Beauvoir defendía la autonomía femenina y construyó una obra profundamente feminista, durante muchos años aceptó dinámicas afectivas donde Sartre ocupaba un lugar casi central y privilegiado, de una parte Simone de Beauvoir denuncia sobre el papel la subordinación de la mujer mientras ella misma mantenía una relación en la que el “gran hombre intelectual” parecía seguir siendo el eje central de su vida. Y eso se percibe también en Monique. Maurice nunca deja de ocupar el centro absoluto del relato. Incluso cuando Beauvoir critica esa dependencia, el hombre continúa teniendo un peso simbólico enorme: es quien legitima, organiza y desestabiliza la identidad de la protagonista. La novela denuncia ese mecanismo, sí, pero también evidencia hasta qué punto incluso mujeres inteligentes y conscientes pueden quedar atrapadas en la admiración hacia una figura masculina poderosa o intelectualmente dominante.


"Tengo que aprender a controlarme, a observarme, ¡pero está tan poco en mi naturaleza! Era espontánea, transparente; y también serena, mientras que ahora tengo el corazón lleno de ansiedad y rencor."


Quizá ahí está una de las mayores complejidades —y honestidades— de Beauvoir: no escribe desde una posición completamente resuelta o libre de contradicciones, sino desde alguien que también conoció esas dependencias emocionales y esa tendencia a idealizar al hombre intelectual. Eso hace que el relato resulte más incómodo y, al mismo tiempo, más humano. Beauvoir no conduce a Monique hacia una liberación clara ni hacia una reconstrucción emancipadora de sí misma. Al contrario: la deja en un estado de soledad, aislamiento y descomposición emocional donde apenas parece existir una salida real. Eso resulta especialmente interesante porque, siendo una autora tan asociada a la idea de autonomía femenina, uno podría esperar un personaje femenino con una fuerza interna. Pero Beauvoir elige precisamente lo contrario: mostrar qué ocurre cuando una mujer ha construido toda su identidad alrededor del marido y descubre demasiado tarde que no posee un centro propio fuera de él. Y creo que eso conecta con una cierta idealización del hombre intelectual o del eje masculino. Aunque el relato critique esa dependencia, Maurice sigue funcionando como el verdadero centro gravitacional de la novela. Incluso en ausencia, él organiza emocionalmente toda la existencia de Monique. Cuando ese eje desaparece, ella no encuentra una alternativa, ni deseo propio, ni independencia real a la que aferrarse simplemente la crisis sobreviene cuando se vuelve consciente de que su identidad se ha difuminado completamente.


"Y al releerlas me siento completamente perdida. Hay frases que me hacen ruborizar de vergüenza. (...)
¡Puede alguien engañarse hasta ese punto con respecto a su vida! ¿Todo el mundo es tan ciego o yo soy una tonta entre las tontas? Yo me mentía. ¡Cómo me he mentido!
"



Y todo esto tiene relación con la manera en que Beauvoir construye a Maurice dentro del relato, porque su personaje me ha parecido deliberadamente plano y poco matizado. Nunca llegamos a conocerlo en profundidad: aparece más bien como una figura simbólica —el marido, el hombre admirado, el eje alrededor del cual gira la vida de Monique— que como un personaje complejo en sí mismo. Maurice existe, sobre todo, a través de la mirada obsesiva de ella, y aunque el relato solo nos permite acceder a esa perspectiva sesgada, el lector percibe desde el principio que él no es exactamente como Monique quiere presentarlo: primero como una especie de macho alfa idealizado y, más adelante, como un hombre enamorado de una mujer mucho más joven. Pero quizá lo más interesante es que Monique tampoco termina de construirse como un personaje lleno de matices fuera de esa dependencia. Su identidad está tan absorbida por el matrimonio que casi todo en ella se reduce al dolor, los celos, la necesidad de afecto y el miedo al abandono. Y creo que ahí reside precisamente una de las claves del texto: Beauvoir muestra cómo la dependencia extrema termina empobreciendo la propia identidad. Monique no parece tener un “yo” sólido fuera de Maurice porque nunca llegó a desarrollarlo realmente. Eso hace que ambos personajes puedan resultar, por momentos, esquemáticos o incluso frustrantes, pero quizá esa cierta falta de profundidad individual responde a la idea central del relato: una relación en la que una de las partes ha dejado de existir plenamente como sujeto autónomo. Precisamente por eso, mientras leía, no podía evitar preguntarme cómo sería esta misma historia contada desde el punto de vista de Maurice. De los tres relatos leídos en esta trilogía me quedo con La edad de la discreción.

La traducción es de Dolores Sierra y Neus Sánchez


Es horrible pensar que mi propia historia ya no es tras de mi otra cosa que tinieblas.”

 

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