Peces, de Eva Baltasar
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"El amor es exigente, pide que te desvivas por él. El amor es insolente, si no quieres desvivirte por él, te insulta y, pérfido, te mata."
No suelo tirarme de cabeza sobre las novedades editoriales; más bien al contrario, aunque claro que hay excepciones sagradas. Tampoco había leído antes a Eva Baltasar, aunque llevaba tiempo teniéndola en el radar. Pero ahora que estoy leyendo Nido, de Roisín O'Donnell, se me ocurrió que Peces podía funcionar como complemento perfecto por la cercanía de sus temas, y así montarme uno de esos miniciclos literarios que tanto me gusta improvisar y al que probablemente acabe sumando algún título más.
La cuestión es que empecé Peces casi sin planearlo y, al ser una novela tan breve, de esas que prácticamente pueden leerse en una tarde, la experiencia terminó encajando de una manera sorprendente con la lectura de Nido. Ambas parecen dialogar desde lugares distintos sobre un mismo vacío: mujeres que, al amar, se desprenden poco a poco de sí mismas hasta convertirse en una especie de fantasmas, figuras desdibujadas por el sometimiento, por vínculos que las consumen más de lo que las sostienen. Y solo con eso ya queda claro que aquí no se habla precisamente de una forma de amar transparente, porque las zonas oscuras emergen, para vaciarlas..
“El deseo es la ausencia, por completo. Los dominios del deseo son las esperas, es en ellas donde el deseo elabora lo que lo define: la ficción. Desear es una facultad de la víscera que en la espera deviene intelectual y volitiva”.
Está cita, de alguna forma, condensa toda la lógica emocional que atraviesa a la protagonista y su relación con Victoria: Y resulta difícil no leer estas palabras como una especie de declaración de principios de la novela. Porque en Peces el deseo nunca aparece ligado a la plenitud, sino precisamente a la carencia, a la distancia, a la imaginación obsesiva de aquello que no se posee del todo. La espera transforma el deseo en ficción: la protagonista no ama tanto a Victoria como la idea que construye de ella en los huecos, en las ausencias, en los silencios.
Ahí es donde cobra todavía más sentido una decisión muy significativa de Eva Baltasar: la protagonista permanece sin nombre mientras que la otra parte sí lo tiene, Victoria, perfectamente delimitada e identificable. Hay algo profundamente revelador en ese desequilibrio. La protagonista se va vaciando hasta perder incluso el elemento más básico de identidad narrativa, mientras toda su subjetividad queda absorbida por la figura deseada. Victoria ocupa el espacio de lo concreto; ella, en cambio, se convierte poco a poco en una conciencia flotante, una presencia espectral definida únicamente por lo que siente, espera y proyecta. Como si el deseo, llevado hasta ese extremo, terminara erosionando la posibilidad misma de existir fuera de la otra persona.
"La atracción que siento tiene componentes mas poderosos que el amor, más corrosivos y mucho más fuertes. En presencia de Victoria no soy yo, tan solo un cuerpo con un intelecto pobre, rendido a la evidencia de la piedra y del fuego. Me inclinaría constantemente a sus pies, es mi Sinai."
Pero más allá del hilo principal en torno a una relación obsesiva y destructiva, hay otro aspecto de Peces que me resulta incluso más interesante: la reflexión constante sobre la escritura. La protagonista, escritora y narradora sin nombre, parece analizar su relación con Victoria al mismo tiempo que examina su propia relación con la literatura, como si ambas experiencias —amar y escribir— nacieran de una misma pulsión de entrega extrema, de invasión y desposesión.
"Lo que pasa cuando un grupo de personas se reúne para hablar de un libro es que, de tanto escarbar, terminan por apoderarse de ese territorio. Y es mala cosa estar allí con ellos, que te hayan invitado, porque entonces exponerlo se vuelve una prioridad y arranca la cacería, la gran obscenidad. Empieza a ciegas, libro a través dando puntapiés a cada palabra, a cada mata. Cualquier frase les parece un nido, cualquier idea un escondrijo. (...) Así se remueven las tinieblas y se matan los libros leídos, que tan solo vivían de leerse. Así se tortura a un escritor, metiéndole el cucharón para removerle el contenido del alma y del cerebro."
Aquí Baltasar formula una idea incómoda pero fascinante: la lectura como una forma de violencia. Leer deja de ser un acto inocente para convertirse en una suerte de saqueo, una invasión del espacio íntimo del escritor, al que se le exige explicarse, exhibirse y justificar cada palabra escrita. Y en realidad esa imagen dialoga perfectamente con la relación sentimental que atraviesa la novela. La escritura nace como un acto íntimo y solitario, casi secreto. Pero cuando el libro se publica, el autor puede experimentar una sensación de desposesión: aquello que surgió de su espacio más interior queda expuesto a la apropiación de los lectores.Igual que Victoria ocupa y erosiona el mundo interior de la protagonista, también los lectores, las entrevistas de promoción, los clubes de lectura y la interpretación incesante terminan penetrando ese espacio privado. El libro deja de ser únicamente del autor para convertirse en un territorio compartido, intervenido por voces ajenas.
"Entraba en la lectura como en un campo de batalla, movida por un instinto de depredación que le estrechaba los ojos y le abría las ventanas de la nariz, le ponía las manos nerviosas y el humor inflexible y expeditivo. Cuando la veía así, me asaltaba la sensacion de que vivía amenazada y que el vivir para ella no era un vivir, sino un compendio de vivencias que transformaban el vivir en un escudo. Por eso los libros, la lectura, para mantener a raya al enemigo.
Y quizá ahí esté también una de las mayores virtudes de Eva Baltasar: en esa capacidad para construir una protagonista dotada de una conciencia ferozmente lúcida sobre sí misma, casi despiadada, desde la que nacen monólogos interiores llenos de observaciones incisivas, pensamientos abruptos y asociaciones inesperadas. Hay páginas que se leen como confesiones íntimas y otras que rozan directamente el ensayo filosófico o poético: el ritmo preciso, la densidad de ciertas imágenes y una prosa que parece trabajar constantemente la condensación. Y aunque aquí apenas ocurran grandes acontecimientos en términos argumentales, Baltasar consigue desplazar toda la intensidad hacia el interior de sus personajes, hacia la manera en que perciben, desean, se erosionan o intentan sostenerse. De ahí que leer Peces termine siendo una experiencia tan absorbente como incómoda, casi corporal, como si durante unas horas una tuviera que habitar la respiración mental de alguien que se está vaciando lentamente de sí misma. Y desde luego, después de este primer encuentro, tengo claro que voy a seguir leyendo a Baltasar.
La traducción es de Unai Velasco.
"Y entones me vacío sin darme cuenta; de hecho, no sé que me he vaciado hasta que me incorporo y encuentro en el espejo a una mujer en dos dimensiones, pálida y plana, un fantasma."

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