Seis miniaturas sobre la verdad, de Clemens J. Setz
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“Sin embargo, uno de mis dogmas de fe absolutos es que todas las personas de este planeta tenemos por ahí a alguien con un parecido casi perfecto y que existimos en un permanente estado inconsciente de miedo-antimateria respecto a ese trasunto nuestro, alimentado quizá por la sospecha de que las imitaciones casi perfectas podrían acabar resultando más auténticas y verdaderas que el ser original."
¡Ay Sebald, cuánto bien has hecho! Después de ti llegaron escritores que entendieron que pensar también podía ser una forma de narrar, como también lo entendieron los lectores: divagar sin perder tensión, asociar sin pontificar, mirar el mundo con esa mezcla extraña de ternura, espanto y atención microscópica. Leyendo a Clemens J. Setz esa herencia aparece deformada por algo más nervioso, más contemporáneo y más salvaje. Sus libros parecen escritos por una mente incapaz de dejar de conectar cosas: recuerdos mínimos, anomalías de internet, frases perdidas, gestos humanos apenas inquietantes. Y entonces ocurre algo muy sebaldiano: mientras uno lee a Setz, también empieza a pensar así. La lectura deja de consistir en seguir una trama cerrada y pasa a convertirse en una deriva donde el lector también produce sentido mediante asociaciones.
Seis miniaturas sobre la verdad de Clemens Setz. se lee de una tacada, es una delicia absoluta. Adoro a este autor sobre todo por cómo va por libre. Clemens J. Setz nunca ha separado del todo la ficción del ensayo. Incluso cuando parece escribir sobre citas falsas, errores de memoria o teorías extravagantes como aquí, la sensación es la misma que en sus novelas: entrar en una mente que observa el mundo con una precisión casi científica y, al mismo tiempo, profundamente alucinada. Sus textos avanzan por asociaciones, obsesiones y desvíos, como si pensar fuera una forma de narrar. La verdad, en Setz, nunca aparece como algo estable; es más bien una superficie frágil deformada por el lenguaje, la memoria y la necesidad humana de convertir el caos en relato. Por eso estos seis ensayos no funcionan como argumentaciones filosóficas tradicionales, sino como pequeñas ficciones mentales donde cada idea abre una grieta nueva en la percepción de lo real. Las citas inventadas, los recuerdos deformados o pequeñas anomalías de la percepción, narrados en estos ensayos, ya establecen la voz única de Setz: una mezcla extraña entre deriva filosófica, toques paranoides, humor excéntrico, ternura y precisión científica. Leyéndolo tengo constantemente la impresión de estar ante un autor que ha absorbido a muchos otros sin terminar pareciéndose realmente a ninguno; es totalmente único. Y quizá eso es lo que más me atrae de Setz: la sensación de que escribe sin corsés, sin una arquitectura visible, con una libertad rarísima y prácticamente imposible de ver en la literatura contemporánea, pero logrando aun así que todo termine formando parte de una misma sensibilidad inconfundible.
“Se meten en un despacho y desde ahí dentro van modelando su estilo como si fuera el carácter, se pierden años enteros en becas literarias y un día se despiertan convertidos en escritores como los que salían en los libros del colegio. Les molestan sus propios hijos. Reclaman ayudas publicas privadas. Se exigen demasiado.Van a vivir a Berlín.”
Esa cita resume muy bien una de los detalles más
magnéticos de Clemens J. Setz: su alergia radical a la
profesionalización solemne de la literatura. Tiene algo casi
anti-sistema, pero no desde la pose sino desde una sensibilidad única, hiperobservadora y a la vez burlona con los rituales
culturales. Puede ser incluso
una cita demoledora porque ataca un ecosistema literario reconocible
en cualquier país: el escritor institucionalizado, domesticado por
talleres, becas, expectativas culturales y una idea heredada de “ser
escritor”. Y el remate “Van a vivir a Berlín” es perfecto
precisamente porque no necesita explicación; funciona como
caricatura instantánea de cierta trayectoria cultural europea
contemporánea. Lo interesante es que Setz no escribe desde ningún
resentimiento antiintelectual, todo lo contrario: es un autor
extremadamente culto, refinado y plenamente consciente de la
tradición en la que trabaja. Pero quizá lo más notable es que,
dentro de esa sofisticación literaria, sigue siendo un escritor
sorprendentemente accesible y cercano por todas esas referencias posmodernas. La dificultad, si aparece, no proviene
de un afán de opacidad ni de prestigio intelectual, sino de que
muchos lectores ya no están tan acostumbrados a una literatura que
piensa con libertad, que se desvía, asocia y cambia de dirección
sin anunciarlo todo el tiempo, por tanto puede haber algo de
prejuicio desde la distancia pensando que Setz es algo que no es: es
divertido, cercano y muy loco a la hora de conectar estos tiempos
paranoicos asociándolos a su narración. Sus libros no están
encorsetados: avanzan con la lógica imprevisible de una mente viva.
Lo que rechaza no es la inteligencia literaria, sino su
institucionalización; esa conversión del estilo y de la literatura en una especie de carrera
administrativa del yo. Por eso sus libros conservan algo
imprevisible, incluso ligeramente indócil, no se toma en serio, sino que leyéndole es como si estuvieras con un amigo que te cuenta decenas de historias interconectadas.
Y sí, Seis Miniaturas sobre la verdad se pasa en un suspiro aunque esté lleno de digresiones, rarezas y cambios de registro en torno a personajes como Werner Herzog y sus citas inventadas, o Tolstoy muriéndose de aburrimiento en el teatro con el Tio Vania de Chéjov, o el fascinante ensayo en torno a la balanza de las brujas de Oudewater, historias, digresiones varias en torno a la fragilidad de la verdad, la memoria y la autoridad cultural. Uno de los ejes centrales de estos breves ensayos es la idea de que la verdad no funciona únicamente como correspondencia objetiva con los hechos, sino también como construcción cultural. Setz juega constantemente con citas falsas, recuerdos deformados y errores históricos para demostrar que, en ocasiones, una versión incorrecta puede parecer emocional o simbólicamente más “verdadera” que la factual. Setz sugiere que la mente humana tiene una tendencia natural a reorganizar la realidad en relatos coherentes, incluso cuando esos relatos son falsos. Esto conecta con gran parte de su obra narrativa, donde los personajes suelen habitar zonas ambiguas entre obsesión, imaginación y percepción alterada.
Y además hay en él algo profundamente centroeuropeo, en el mejor sentido del término: una combinación de humor incómodo, paranoia cotidiana, precisión psicológica y ternura hacia los excéntricos, atravesada siempre por la sensación de que la realidad está apenas desviada de su eje. Clemens J. Setz es, para mí, uno de los escritores vivos más fascinantes ahora mismo. Hay autores más perfectos, más disciplinados o más fáciles de clasificar, pero pocos producen esta sensación de libertad absoluta al escribir. Por cierto, el último ensayo Kayfabe y literatura es una auténtica maravilla. ¡¡Leed a Clemens J. Setz y no esperéis a que gane el Nobel, (porque tarde o temprano lo ganará)!!
La traducción es de Virginia Maza.
“Por ejemplo, la idea de que hay que pasar meses encerrado para escribir. Que el escritor, que parece que vaya a partirse a poco que se mueva algo, como el suelo de la sala de lectura de una biblioteca, debe guardarse del ruido del mundo y todas esas cosas. ¡Como si construir una frase en alemán fuera tan complicado que necesitáramos silencio! Como si no fuera una necesidad vital que la humanidad nos interrumpa cada dos por tres en todo lo que hagamos. Como si narrar no fuera, por su propia naturaleza, la actividad más socialble que existe. Como si sonsacarles a nuestros semejantes todas las historias posibles para preservarlas del olvido, aunque sea por un tiempo, no fuera una forma de cuidado...”

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