La muerte de Carlos Gardel, de António Lobo Antunes

  


  ♫♫♫  Finale (Tango Apasionado) - Astor Piazzola  ♫♫♫ 

 

y yo pensando
- Es siempre en el crepúsculo cuando comienzan las desgracias.
"

 

 Hay algo profundamente seductor en los títulos de las obras de António LoboAntunes. Antes incluso de abrir el libro, el lector ya se encuentra envuelto en una atmósfera particular, como si esas palabras iniciales funcionaran a modo de umbral hacia un mundo íntimo en el que hay que penetrar para conocer el enigma que esconde el texto. Los títulos no son meras etiquetas: poseen una belleza casi hipnótica que sugiere más de lo que explica, insinuando historias, estados de ánimo y conflictos que aún no han sido revelados. De este modo, el lector comienza la lectura ya condicionado, predispuesto a interpretar el texto bajo esa primera impresión estética y simbólica.

En el caso de La muerte de Carlos Gardel, la figura de Gardel no se limita a despertar curiosidad, sino que se convierte en el eje simbólico de una reflexión mucho más amplia: más que centrarse en su muerte concreta, el texto explora cómo las personas lidian con la pérdida, el recuerdo y el paso del tiempo. Gardel aparece así como una especie de excusa literaria, un mito que permite indagar en la fragilidad humana. Su muerte deja de ser un hecho puntual para transformarse en un símbolo de la pérdida, del fin de una época y del deterioro tanto personal como colectivo.


"que se me agarraba a la solapa insistiendo que cuando usted canta Melodía de Arrabal, querido Gardel, comprendo finalmente el sentido de las cosas..."


Adentrarse buscando un argumento en el sentido tradicional en los textos de António Lobo Antunes es una equivocación, porque el autor evita deliberadamente una trama lineal clara. Lo que hay es, más bien, un mosaico de voces, recuerdos y escenas que se entrelazan sin un orden aparente. Aun así, poco a poco, en una tarea de lectura pausada, se van configurando las vidas de los personajes, que se desentrañan a través de una prosa exigente, hecha sobre todo de silencios, unos silencios además, que irán marcando el ritmo sobre todo elíptico de sus textos. Los constantes cambios bruscos de voz narrativa, junto con la superposición de tiempos y espacios, generan una sensación de confusión que no es casual, sino plenamente intencionada: el lector queda así inmerso en la misma desorientación que experimentan los propios personajes.


hasta entender que no era el frío lo que me atería, era la cara sin facciones surgiendo del espejo, entender que ella no me gustaba, no me gustaba su pelo demasiado rubio, su piel demasiado blanca, el tabaco que impregnaba los recovecos de la memoria, la infancia, mi abuelo, el perro la Avenida Gómes Pereira, la adelfa."



De las cuatro novelas que he leído hasta ahora, ninguna fácil, esta podría ser quizá la más accesible, aunque tampoco es una afirmación rotunda: la conexión con la obra siempre será subjetiva y dependerá de cada lector. Sí parece claro, sin embargo, que a través de las voces de los distintos miembros de una misma unidad familiar —Álvaro, su hermana Graça, Claudia, su hijo Nuno y Raquel— se construye un universo profundamente íntimo. A lo largo de la novela se va desvelando la deriva de esta familia desde el momento en que Claudia descubre que está embarazada de Nuno, un hijo que cuando comienza la novela, es ya un joven heroinómano que pasará toda la narración en estado de coma. En torno a él se conformarán las tensiones, las culpas y las obsesiones, como la insistente necesidad de su tía de visitarlo, acompañada de su hermano Álvaro, padre del muchacho.

 

"- ¿Te casaste?
como si le debiese explicaciones, como si aun le perteneciese, como si casándome lo traicionase, si le hubiese contado que elegí Algés por las gaviotas no me habría creído, para los hombres tiene que haber siempre otro hombre que ordene nuestras elecciones, nuestras decisiones, nuestras preferencias
"


La novela se organiza en cinco capítulos, cada uno de ellos titulado con una canción de Carlos Gardel, que funcionan como una suerte de hilo conductor emocional. A través de ellos se van iluminando los encuentros y desencuentros de la familia, desde ese instante inicial en que Álvaro, al enterarse del embarazo de Claudia, reconoce con frialdad: «Creí que te quería, pero no te quiero; me sentía solo, eso es todo». A partir de ese punto de partida, situado en el pasado, Lobo Antunes sacude al lector con una sucesión de pequeños desencuentros familiares, marcados por la necesidad de conexión, la desesperación por huir de la soledad y la incapacidad de sostener vínculos afectivos estables. Sin proponérselo de forma consciente, muchos de los adultos terminan sacrificando a sus hijos en esa huida hacia adelante, y sin propónerselo también conseguirá que el lector se sienta identificado con muchas de estas escenas familiares, de amistad, de encuentros... Todas estas carencias confluyen en una especie de obsesión de Álvaro en torno a Carlos Gardel, quizá el único sostén ilusorio que le permite fingir un sentido para una vida que, en realidad,  ya dejó de tenerlo.


"-Un niño con pulmones de barítono.
y yo miraba aquella cosa que temblaba y que no era mía, míos eran la punzada en los riñones, el desmayo, el cansancio, las ganas de dormir, míos eran el pecho dilatado, los tobillos amoratados, el deseo de estar sola sin esas flores que me asqueaban, sin esa ventana hacia u parque de acacias, sin la cama articulada que me incorporaba a sacudidas
"



El momento en que la novela se detiene en la voz y la perspectiva de Nuno, después de haber transitado por las de los demás miembros de la familia, funciona como un auténtico catalizador. La mirada de ese niño frágil, desubicado por la separación de sus padres y por los continuos vaivenes familiares, y ahora postrado en una cama de hospital, se convierte en uno de los pasajes más conmovedores e intensos de la obra, y, en mi caso, en uno de los momentos más logrados de todo lo que he leído hasta ahora de Lobo Antunes. Y es que el autor ha ido preparando al lector mediante una dosificación fragmentaria de la información, lanzando datos a retazos que, en un primer momento, generan desorientación: al principio no estará claro quién es quién ni cómo encajan las piezas. Sin embargo, poco a poco, esa incertidumbre se atenúa y el lector acaba comprendiendo que la narración avanza al mismo ritmo que la conciencia, con sus asociaciones, sus interrupciones y su lógica íntima. Sigo en mi exploración de la obra de Lobo Antunes, una exploración lenta y a mi ritmo pero pocos autores he conocido tan gratificantes como Lobo.

La traducción es de Mario Merlino



"-¿Siguen llamándome las adelfas en Benfica?
[...]
yo que ví las adelfas muertas, mezcladas con los ladrillos y el yeso de la camioneta de la obra.
[...]
-Las adelfas me llaman y no consigo verlas, me hacen falta unas gafas de mayor graduación.
[...]
-Arrancaron las adelfas cuando derribaron el muro, cuando vendimos la casa.
[...]
-¿Cómo pueden haberse llevado las adelfas si no paran de llamarme, niña?"

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