Tras mi rastro, de Gregor von Rezzori

 


  

 ♫♫♫  Dionysus - Jocelyn Pook ♫♫♫

 

"¿Qué nacionalidad tiene en este momento' ¿Rumano, italiano, alemán de alguna etnia residente fuera de Alemania? ¿De dónde sale la partícula von de su apellido Rezzori, supuestamente siciliano? Un apellido, que usted, además, escribe a veces con una zeta y, en ocasiones, con dos. ¿Por qué? Durante la guerra, ¿dónde estuvo? ¿Cómo es que nunca lo reclutaron? Todo esto tocaba solo la superficie."


Con esta batería de preguntas que “solo tocaban la superficie”, Gregor von Rezzori sitúa desde el inicio el núcleo de Tras mi rastro, una indagación obsesiva y ambigua sobre la identidad, la memoria y la necesidad —quizá imposible— de explicarse moralmente ante un pasado atravesado por fronteras inestables y zonas grises. A lo largo del libro, Gregor von Rezzori no solo responde a esas preguntas —nacionalidad, origen del “von”, la ortografía del apellido, su papel durante la guerra— sino que pone en evidencia la insuficiencia de cualquier respuesta: “todo esto tocaba solo la superficie.” Más que una simple sobreexplicación, el texto funciona como un auto-interrogatorio obsesivo en el que el autor parece adelantarse al juicio del lector —o incluso al de la historia— y desmenuza su pasado con una mezcla de ironía, culpa y voluntad de exculpación, pero ¿exculpación de qué? La ambigüedad es constante: no queda claro si está aclarando o justificándose, si busca la verdad o construye una versión literaria de sí mismo. Ese desasosiego se entiende mejor en su contexto histórico —la Bucovina multicultural, el derrumbe del Imperio austrohúngaro y las reconfiguraciones de la Segunda Guerra Mundial—, un mundo que produce identidades inestables y vuelve casi absurdas preguntas como “¿qué nacionalidad tiene usted?” porque el mundo exigía que para tener una identidad había que tener un pasaporte con un sello... pero ¿qué pasa si has nacido en un lugar que está predestinado a desaparecer? Quizá por eso el núcleo del libro no sea aclarar quién fue, sino mostrar que cualquier intento de hacerlo queda inevitablemente incompleto.


Será usted errante por mucho tiempo -me dijo."


No suelo sentirme atraída por las autobiografías o memorias: a menudo arrastran un cierto aire de autojustificación o incluso de egocentrismo, o de autoblanqueo que me distancia como lectora, salvo alguna excepción. En ese sentido, siempre he preferido el género epistolar, donde percibo una voz más directa, menos controlada y quizá menos preocupada por construir un relato definitivo sobre uno mismo. Sin embargo, me apetecía Tras mi rastro de Gregor von Rezzori, sobre todo porque no solo fue un gran escritor, sino también alguien que atravesó el siglo XX en toda su complejidad: nacido en 1914, en los márgenes cambiantes de la Europa central, y fallecido ya a finales de los años 90, su vida recorre guerras, desplazamientos y transformaciones políticas que desdibujan cualquier identidad estable. Rezzori habitó ese tiempo siempre desde una posición incómoda, casi permanente, de extranjero; un apátrida en el sentido más profundo, alguien para quien la pertenencia nunca fue una certeza, sino más bien una huida hacia adelante. Leer este libro no ha cambiado del todo mis reservas hacia las memorias, pero sí las ha matizado porque Rezzori no escribe desde la complacencia, sino desde la duda.  Admito, eso sí, que hay partes que me han interesado menos —sobre todo ciertas anécdotas o algunas historias con sus mujeres—, pero su manera de mirar el mundo,  es quizás lo más interesante en estas memorias o ensayo sobre sí mismo. Y es precisamente en esa mirada donde el libro gana peso, porque lo que emerge con más fuerza es la fragilidad de la identidad.  "Aprendí algo que luego me sería de enorme utilidad durante la vida errabunda que el señor Wolf me vaticinaría más tarde, en Hamburgo: aprendí a darme por satisfecho y adaptarme. Podía -y puedo aun- echar raíces en cualquier parte. También estoy en condiciones de cortar esas raíces cuando se me antoje." Porque más que contar una vida, lo que hace es cuestionar la idea misma de identidad. ¿Qué significa “ser alguien” cuando el mundo que te ha formado deja de existir? ¿Hasta qué punto nuestros recuerdos son fieles o simplemente una reconstrucción interesada? Así que esta mezcla de ensayo, memorias y autobiografía esta dominada por esa no pertenencia a ningún lugar, por una posición en el mundo que le convirtió sobre todo en un observador, mimetizándose en los diferentes momentos estelares de la Europa Central sin tomar partido, camuflándose.


"No pretendo pavonearme con recuerdos a los que apenas puede darse crédito tratándose de una criatura de cuatro años. Pero llevo en mí con certeza las imágenes de una región devastada por la guerra. Tumbas de soldados a lo largo de toda la carretera que atravesaba la región de Galitzia: sencillas cruces de madera hechas con ramas y coronadas con cascos de ulanos. El vacío era angustioso."


Lo que más me interesaba al acercarme a estas memorias era comprobar hasta qué punto podían añadir algo a todo lo que ya había leído en sus novelas sobre ese contexto histórico y sobre su propio papel en él, en esa Europa Central —híbrida, mestiza, hoy desaparecida— que quedó arrasada por las convulsiones del siglo XX. Rezzori nunca termina de pertenecer a ningún lugar: nace en un territorio que cambia de manos, crece entre lenguas y tradiciones distintas y arrastra siempre esa leve pero constante sensación de no encajar del todo, como si siempre estuviera de paso. Lo interesante es que ese desarraigo no aparece dramatizado, sino asumido como una condición casi natural de su existencia, como si la inestabilidad fuera su única forma posible de arraigo. Al final, su condición de apátrida no es tanto una etiqueta como la consecuencia lógica de su biografía: haber nacido en un imperio que desaparece, haber vivido en regiones de fronteras móviles, no poder reconocerse en una única identidad nacional y haber atravesado guerras que lo desordenan todo. Sin embargo, a mitad del libro empecé a tener la sensación de que estas memorias no añadían demasiado a lo que ya sabía de él, precisamente porque sus novelas funcionan, en gran medida, como autobiografías encubiertas: en ellas ya está todo, la obsesión por la identidad, la revisión constante del pasado y esa “era glacial” con la que describía el terror moral y emocional que dejaron las guerras. En ese sentido, más que ampliar su mundo, Tras mi rastro parece volver sobre él, insistir en las mismas preguntas desde otro ángulo, pero sin terminar de ofrecer respuestas nuevas.


"La anexión se había consumado. Un solo pueblo, un solo Reich, un solo Führer.
Al día siguiente tuve ante mi una Viena distintas. El mundo había cambiado. A menudo me he quejado de lo casi imposible que alguien me crea cuando afirmo que una nueva era puede iniciarse de un día para otro.
"


Gregor von Rezzori se distingue dentro de la literatura centroeuropea del siglo XX por una mirada marcada por la ambigüedad y la distancia crítica frente al colapso de la Europa imperial. A diferencia de autores como Stefan Zweig, cuya respuesta al derrumbe del viejo mundo fue profundamente emocional y culminó en la ruptura personal, o Joseph Roth, que convirtió la nostalgia del Imperio austrohúngaro en un mito literario casi absoluto, Rezzori adopta una postura mucho más irónica y observadora. Su obra no idealiza el pasado ni llora por las esquinas ante su pérdida, sino que explora la fragmentación de las identidades y la inestabilidad moral de su tiempo desde una posición deliberadamente descentrada. Tal vez por eso fue, en su momento, un autor difícil de encajar e incluso muy incomprendido; y es precisamente la distancia del tiempo la que ha permitido que esa misma incomodidad, esa mirada desajustada, cobre hoy todo su valor.


"Aquí, en Viena, muchos permanecían en una suerte de parálisis. Hoy en día nos hemos acostumbrado a la emigración y la huida, pero en 1938 no era usual tener que dejar casas, posesiones y amigos, o los lugares queridos y habituales de la propia vida, para afrontar la incertidumbre de una nueva existencia, obligados a experimentar como los países a los que uno prefería emigrar mostraban poca comprensión..."


Al final, me queda la sensación de que Rezzori fue adoptando distintos papeles a lo largo de su vida: desde su nacimiento en el seno de una familia acomodada del imperio austrohúngaro hasta su arraigo posterior en Italia. Esa sucesión de máscaras encaja con su idea de la identidad como algo móvil y cambiante, pero también deja entrever, en ciertos momentos, una tendencia a la autojustificación que me distancia como lectora. Quizá por eso, aunque el libro me ha resultado interesante, he disfrutado bastante más de sus novelas, donde esa misma mirada se despliega con mayor libertad y sin la insistencia de volver una y otra vez sobre lo mismo. Lo que buscaba en un autor que me interesó tanto desde el primer momento en que lo descubrí, ya lo había encontrado en sus novelas: no tanto los datos privados o las anécdotas que para mi sobran  sino su forma de mirar y de transformar la experiencia en literatura.

La traducción es de Anibal Campos.


"Andar tras el rastro de uno mismo es una empresa arriesgada. Afloran en el proceso muchas cosas que uno ha mantenido ocultas de sí mismo, por no hablar ya de lo que ha ocultado a otros. "

 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Ya nadie escribe cartas, de Jang Eun-jin

Aburridísima, de Izumi Suzuki

El señor Fox, de Joyce Carol Oates