Dinosaurio, de David Pascual (aka Perfumme)
♫♫♫ My only friend - Phantogram ♫♫♫
“A veces también le cuento las cosas que siento de verda porque me hace sentir bien. Porque no se las cuento a nadie más y si nunca cuentas lo que te pasa por dentro se te hace bola y se convierte en basura y alquitrán...”
He terminado Dinosaurio con la sensación de haber asistido a algo excepcional. Apenas 130 páginas que podrían leerse en un par de horas y que, sin embargo, he preferido dosificar conscientemente, porque hay libros que a mi me piden otra velocidad aunque realmente sean enganchantes y absorbentes- A David Pascual (Perfumme), ya no lo voy a perder de vista. Hacen falta reaños para contar una historia como esta, tan incómoda, tan difícil de sostener, y hace falta todavía más control para saber cuándo contenerse, cuándo no explicarlo todo y dejarle al lector el espacio necesario para que participe. Aquí hay un dominio absoluto de la escritura y una confianza enorme en quien está al otro lado. Y lo más fascinante es que, a medida que avanzas, llega un momento en que te ves obligada a volver sobre todo lo leído y a reinterpretar la información que hasta entonces te había llegado a través del niño protagonista, porque la posibilidad de que estemos ante un narrador no fiable lo cambia todo. El final no termina de cerrar el rompecabezas: coloca las últimas piezas de tal manera que te obliga a desmontarlo y volver a mirar la imagen completa.
"Mirad la
televisión, pues a través de ella conoceréis mi reino .
Mirad
la televisión porque en la televisión está mi palabra. En los
concursos está mi palabra."
Hablar del argumento de Dinosaurio es, en realidad, bastante inútil, o al menos insuficiente. Sí, hay una sucesión de acontecimientos que puede hacer pensar en una distopía, incluso en una suerte de mundo postpocalíptico, pero resumirlos sería perderse precisamente aquello que hace que esta novela sea tan perturbadora. Porque Pascual mezcla aquí, con una libertad y una extrañeza maravillosas, una especie de imaginario posmoderno y pulp en el que caben las Tortugas Ninja, el culto a la televisión —ay, esos concursos programados para no pensar—, el fanatismo religioso, el culto al cuerpo y un niño al que ni siquiera se le concede la posibilidad de expresarse con una voz propia en su mundo, pero la voz que se le revela al lector ya es otra cosa, soberbia. Y fuera de esa casa está Dinosaurio, un hombre mayor que vive en el bosque (de nuevo un bosque), al que el niño visita y al que considera su amante. Pero incluso contar esto ya empieza a resultar engañoso, porque todo lo que sabemos nos llega a través de él, de esa mirada infantil que narra lo terrible con una naturalidad que desarma y que, poco a poco, empieza a hacernos desconfiar de lo que estamos leyendo. ¿Cuánto hay de realidad, cuánto de fantasía, cuánto de trauma, cuánto de algo que sencillamente no alcanzamos a comprender? Ahí es donde para mí está el verdadero corazón de la novela. Más que preguntarme qué ocurre, mientras leía me preguntaba quién está hablando, qué puede contar y qué no puede contar ese niño, y qué estamos haciendo nosotros como lectores con aquello que él nos cuenta. Por eso me parece tan difícil —y tan poco interesante— reducir Dinosaurio a su argumento: porque cuando llegas al final descubres que las últimas piezas no vienen a completar el puzzle, sino a obligarte a mirar de otra manera todo lo que creías haber entendido.
Y, sin embargo, lo verdaderamente impactante sucede cuando terminas el libro y se abre ante ti una perspectiva nueva, casi como si de pronto apareciera otra historia debajo de la que acabas de leer. Como decía al principio, Pascual parece haber confiado en que quizá la clave no estaba en él, ni siquiera en su protagonista, sino en nosotros. Que a través de ese pensamiento mágico que ilumina toda la novela, nos ha ido dejando las piezas para que sea el lector quien construya —o reconstruya— aquello que la novela nunca termina de decir. Y ahí está, para mí, una de las mayores virtudes de Dinosaurio: en esa confianza radical en el lector y en la capacidad de una historia para seguir sucediendo incluso después de haber llegado a la última página.
No existen las certezas. Solo un viaje hacia esa parte más puramente instintiva y desconocida del alma humana, un territorio mucho más oscuro cuando lo atravesamos desde la infancia, desde ese umbral incierto en el que la niñez empieza a dejar de serlo y todavía no sabemos qué vamos a encontrar al otro lado. Esa mezcla de peligro latente, turbación, fragilidad y ternura convierte la novela en una auténtica bomba de relojería
“Me imagino que yo también soy un pez y que me dejo llevar por la corriente entre las rocas. Imagino el agua meciéndome y me parece que no tiene ue estar tan mal ser un pez. Que no tiene que estar tan mal tener una vida más simple. Un poco más sencilla.”

Hay algunas entradas tuyas que no termino de leerlas, logras atraparme en el inicio y me digo, vale, voy a leer el libro y luego ya volveré por aquí... Pues eso, que aquí me he topado con una de esas ;)
ResponderEliminarNormalmente no suelo hablar de los argumentos en mis humildes crónicas sino mas de sensaciones, pero tú intuición te lleva por buen camino, muchas veces y como en este caso, es mejor no saber absolutamente nada perooo... espero q vuelvas a ellas una vez te hayas hecho con las lecturas :)
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