Orlando, de Virginia Woolf
♫♫♫ Vanished - Crystal Castles ♫♫♫
Leí Orlando hace algo menos de dos años y, aunque tenía la novela bastante fresca en la memoria —quizá porque es de esas lecturas que se quedan dando vueltas mucho tiempo después de haberlas terminado—, en aquel momento me vi incapaz de escribir la reseña que tenía en mente. La cantidad de ideas, referencias, juegos y lecturas que contiene me desbordaron por completo. Ahora, como estoy leyendo Virginia Woolf por el principio, y en sus diarios me encuentro precisamente en el momento en que está escribiendo Orlando, he sentido que era un buen momento para volver a ella. He ido releyendo muchos pasajes y me sigue sorprendiendo la cantidad de cosas que Woolf consigue hacer caber en una novela que ella misma consideraba un divertimento, una parodia, casi un juego. Y quizá sea precisamente eso lo que más me fascina: que detrás de esa apariencia lúdica haya una obra tan libre, compleja y transgresora, y, sobre todo, tan adelantada a su tiempo que todavía hoy resulta sorprendentemente moderna.
“Podemos aprovechar esta pausa en la narrativa para hacer algunas aclaraciones. Orlando se había convertido en mujer, no hay forma de negarlo. Pero en cualquier otro aspecto, Orlando seguia siendo el hombre que había sido. El cambio de sexo, aunque alteraba su futuro, no alteró en modo alguno su identidad.”
Orlando, publicada en 1928, justo un año después de Al faro, un momento glorioso en lo que se refiere a su producción narrativa, es una de las obras más libres y originales de Virginia Woolf. Concebida inicialmente como un juego y como una biografía fantástica inspirada, en parte, por Vita Sackville-West, la novela termina convirtiéndose en algo mucho más complejo: una reflexión sobre el tiempo, la identidad, el género, la memoria y la creación artística. A través de un personaje que vive durante casi cuatrocientos años y que, en mitad de su vida, despierta un día convertido en mujer, Woolf cuestiona algunas de las categorías que normalmente utilizamos para ordenar la existencia. El tiempo deja de ser estrictamente cronológico, el género deja de parecer una verdad natural e inmutable y la escritura se presenta como una forma de preservar aquello que el paso de los años amenaza con destruir. La propia vida de Orlando desafía desde el principio cualquier concepción convencional del tiempo.
Nacido durante el reinado de Isabel I, atraviesa varios siglos de la historia inglesa sin envejecer de manera proporcional al tiempo transcurrido. Cuando la novela termina, en 1928, Orlando ha vivido aproximadamente 400 años, pero tiene apenas 36 años. Esta desproporción revela una de las ideas fundamentales de Woolf: los años reales tienen poco que ver con la experiencia subjetiva del tiempo. Una persona no envejece únicamente porque el calendario avance. La edad también está formada por recuerdos, experiencias, pérdidas y transformaciones interiores. Por eso, el tiempo en Orlando tampoco funciona de una manera completamente lineal. Woolf se aleja de la idea de que la vida pueda contarse como una sucesión ordenada de acontecimientos. La memoria salta, se interrumpe y recupera momentos aparentemente inconexos, una linea narrativa que ya había empezado a explorar en sus anteriores novelas. Orlando puede pasar de recordar a Sasha a pensar en acontecimientos de muchos años atrás, como su encuentro con el misterioso poeta que había visto sentado a la mesa de su padre. Los recuerdos no aparecen cuidadosamente organizados, sino fragmentados, como ocurre en la propia conciencia. De este modo, Woolf cuestiona la supuesta objetividad de la historia y de la biografía misma, un género que está continuamente cuestionando: incluso cuando intentamos contar una vida, dependemos de una memoria incompleta y desordenada.
Esta
libertad frente al tiempo también se refleja en la forma de la
novela. Orlando concentra 400 años de historia en 6 capítulos
y atraviesa diferentes épocas, estilos, países y costumbres. Sin
embargo, Woolf no pretende simplemente resumir la historia de
Inglaterra. Lo que le interesa es mostrar cómo cambian las formas
externas de la vida y, al mismo tiempo, cómo determinadas
inquietudes humanas permanecen. Mientras la sociedad se transforma
alrededor de Orlando, el personaje continúa existiendo y adaptándose
a cada época, todo a su alrededor cambía, él sigue siendo él
mismo en su fuero interno, o ella, como en otro momento se la empieza
a denominar. Cambian la ropa, las convenciones, el lenguaje y las
expectativas sociales, pero Orlando sigue siendo, de alguna manera,
Orlando.
“Si la visión de mis tobillos supone la muerte para un hombre honrado que, sin duda, tiene esposa e hijos que manener, debo, por humanidad, mantenerlos cubiertos, pensó Orlando. Pero sus piernas estaban entre sus mayores bellezas. Y le dio por cavilar a qué trance hemos llegado cuando toda la belleza de una mujer ha de mantenerse a cubierto para evitar que un marinero caiga del tipo del palo."
Es
precisamente esta permanencia de la identidad lo que hace que su
cambio de sexo resulte tan significativo. Orlando se duerme siendo un
hombre y despierta siendo una mujer, pero su transformación física
no supone la desaparición de su conciencia. Conserva sus recuerdos,
sus deseos, sus ambiciones, sus virtudes y sus debilidades. Woolf
parece sugerir así que la identidad de una persona no puede
reducirse simplemente a su cuerpo o a su sexo. Sin embargo, aunque
Orlando sigue siendo la misma persona, el mundo ya no la trata de la
misma manera. A partir de ese momento, la novela muestra con especial
claridad que muchas de las diferencias entre hombres y mujeres no
proceden de una esencia natural, sino de las expectativas que la
sociedad impone sobre cada uno. Orlando descubre que, como mujer,
debe aprender a representar determinados comportamientos, sus
actitudes como hombre, ahora como mujer ya no valen, por lo menos de
cara a la galeria. Un ejemplo especialmente irónico aparece cuando
presencia la emoción de un hombre. Orlando sabe, por su experiencia
anterior, que los hombres pueden llorar con la misma frecuencia y sin
más razón que las mujeres. Sin embargo, ahora comprende que una
mujer debería mostrarse sorprendida ante esa demostración de
emoción masculina porque es lo que marca la sociedad.
“Que los hombres lloran con tanta frecuencia y falta de razón como las mujeres, Orlando lo sabía por su propia experiencia como hombre; pero estaba comenzando a darse cuenta de que las mujeres, deberían impresionarse cuando los hombres muestran emoción en su presencia y, en consecuencia, se impresionó.”
La ironía de Woolf es brillante porque Orlando sabe perfectamente que esa sorpresa es artificial. No está realmente sorprendida; simplemente ha aprendido cuál es la reacción que la sociedad espera de una mujer, así que aprende a sobrevivir ajustándose a lo que la sociedad demanda al rol femenino. Su comportamiento se convierte, por tanto, en una especie de actuación. Algo parecido ocurre cuando Orlando llora y recuerda que el llanto es considerado apropiado para una mujer, permitiéndose entonces dejar caer las lágrimas. Woolf da la vuelta a los estereotipos: no son las emociones las que determinan naturalmente el comportamiento de hombres y mujeres, sino que la sociedad decide qué emociones puede mostrar cada uno. De esta manera, Orlando presenta el género como una construcción que cambia según las circunstancias históricas y sociales. Orlando no se convierte interiormente en una persona completamente distinta al convertirse en mujer; lo que cambia radicalmente es el conjunto de reglas que se aplican a su comportamiento. Woolf demuestra que tanto la masculinidad como la feminidad están llenas de convenciones. Ser hombre o ser mujer implica, dentro de la sociedad, aprender qué se puede hacer, qué se debe ocultar y qué actitudes se consideran apropiadas.
"las lágrimas le brotaron a los ojos, hasta que, recordando que es apropiado para una mujer llorar, las dejó verterse."
(the tears came to her eyes, until, remembering that it is becoming in a woman to weep, she let them flow.)
Otro
de los grandes temas de la novela es la escritura. Desde el comienzo,
Orlando siente una profunda atracción por la literatura y por la
palabra escrita. Sin embargo, su relación con la creación artística
evoluciona a lo largo de los siglos. Los cambios en su propia manera
de escribir reflejan también el paso del tiempo y la llegada de
nuevas épocas. Su lenguaje se vuelve menos recargado y comienza a
alejarse de las formas excesivamente floridas. La evolución del
estilo de Orlando funciona, por tanto, como una pequeña
representación de la evolución de la literatura y de la sociedad. A
través de Orlando, también reflexiona sobre el sentido mismo de
escribir. Poco a poco, el personaje comprende que la fama no es
necesariamente la finalidad más importante de la creación
artística. El verdadero valor de la escritura se encuentra en el
acto de crear. Escribir significa dar forma a una experiencia
interior, convertir pensamientos y emociones en algo que existe fuera
de uno mismo.
“¿Qué tienen los elogios y la fama que ver con la poesía? ¿Qué tienen que ver siete ediciones con su valor?¿No era escribir poesía una transacción secreta, una voz que respondía a una voz?
Publicar un libro significa, de alguna manera, dejar una parte de uno mismo en el mundo. Sin embargo, Woolf no presenta la fama como la única recompensa posible. Incluso aunque nadie lea lo que se ha escrito, el acto de crear ya posee valor. La escritura puede ser una forma de conocimiento personal, de expresión y de supervivencia. Lo importante no es únicamente ser reconocido por los demás, sino haber conseguido transformar una experiencia interior en una obra. Y esta idea conecta directamente con la obsesión de Orlando por el paso del tiempo. Si el tiempo transforma los cuerpos, las sociedades y las costumbres, la escritura permite conservar algo frente a esa transformación. Orlando atraviesa los siglos, pero también escribe a través de ellos. Su obra se convierte en una especie de hilo que une las diferentes versiones de sí mismo. La creación artística no elimina el paso del tiempo, pero permite dialogar con él.
“Así
era, y Orlando a solas leía como un hombre desnudo.
La novela es al mismo tiempo biografía, fantasía, sátira, historia, poesía y reflexión filosófica, o se podría decir, una parodia de todos estos géneros. Woolf juega con las convenciones de la biografía mediante la figura de un narrador que pretende contar la vida de Orlando con seriedad, aunque se enfrenta continuamente a hechos imposibles de explicar de manera objetiva. ¿Cómo puede una biografía convencional narrar la vida de una persona que vive 400 años y cambia de sexo? Precisamente ahí reside una de las grandes bromas de la novela: Woolf utiliza una forma que pretende presentar la verdad objetiva para contar una historia absolutamente fantástica. Sin embargo, detrás del juego hay una reflexión cada vez más seria. La novela comienza con un tono ligero, incluso paródico, y con una cierta voluntad de burlarse de su protagonista y de las convenciones literarias. Pero, a medida que avanza, la narración se vuelve más introspectiva. Woolf parece abandonar parcialmente la simple parodia para reflexionar sobre cuestiones más profundas: Orlando puede entenderse, por tanto, como una novela sobre el cambio, pero también sobre aquello que permanece. Todo cambia alrededor del personaje: Inglaterra, las modas, el lenguaje, las relaciones entre hombres y mujeres e incluso su propio cuerpo. Sin embargo, Woolf se resiste a presentar la identidad como algo completamente fragmentado. Orlando contiene diferentes versiones de sí mismo y, al mismo tiempo, sigue siendo una misma conciencia atravesada por el tiempo.
Y,
frente al paso del tiempo y la inestabilidad de la memoria, queda la
creación artística: el deseo de escribir, de dejar una huella y de
convertir una vida —por cambiante, contradictoria e imposible de
clasificar que sea— en una historia. Pero en Woolf escribir nunca parece ser un ejercicio del todo distante. Aunque Orlando
pueda presentarse como un juego, una parodia o un divertimento, ella
misma se filtra constantemente en lo que cuenta; le resulta difícil
mantenerse al margen de sus personajes, de sus ideas y de todo aquello
que la escritura despierta en ella. Está siempre a flor de piel, incluso
cuando su estilo avanza hacia formas cada vez más libres, sutiles y
experimentales. Y quizá ahí esté una de las cosas que más me interesan
de Woolf: cómo consigue hacer avanzar su escritura sin desprenderse
nunca de esa sensibilidad tan expuesta, como si cada innovación formal
fuera también otra manera de acercarse más a lo que quiere decir.
La traducción es de Maria Luisa Balseiro.
“La Memoria es la sastra, y una sastra caprichosa. La Memoria mete y saca la aguja, arriba y abajo, adelante y atrás. No vemos lo que viene a continuación ni lo que sigue después.”
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