Camino a campo abierto, de Arthur Schnitzler
"Sin embargo, ese sentimiento de liberación le sobrevenía casi cada vez que se despedía de alguna de sus amantes, incluso después de un hermoso encuentro. También cuando se había despedido de Anna en la puerta de su casa hacia tres días, después de la primera tarde de felicidad absoluta, era la sensación de estar de nuevo solo lo que más felicidad le producía, más que cualquier otra emoción."
Con Schnitzler me pasa que, cuánto más leo de él, más me atrae su manera de acercarse a los personajes. No suele buscar el interés en los grandes giros ni en los acontecimientos extraordinarios, sino en esos pequeños desplazamientos psicológicos que, casi sin darnos cuenta, van revelando quiénes son realmente: una conversación, un paseo, una duda, un gesto. Y esto me hace pensar que Camino a campo abierto es una novela de 1908, escrita apenas un año después de Los hermanos Tanner, de Robert Walser, la novela que vengo de leer anteriormente. En ambas se pasea mucho y se habla mucho; pero Schnitzler mantiene una distancia más clínica, casi como si examinara a sus personajes, mientras que en Walser hay algo más errante y espontáneo. Esa diferencia de mirada entre el suizo Walser y el austrohúngaro Schnitzler cambia mucho la experiencia de lectura, aunque ambos escriben justo antes de que Europa cambie para siempre con la Primera Guerra Mundial. Sus protagonistas todavía viven, sin embargo, en ese mundo anterior, donde parece que hay tiempo para pasear, conversar, enamorarse, probar caminos. Camino a campo abierto es, además, una novela que recompensa especialmente la lectura pausada. En Schnitzler me interesa cada vez más fijarme menos en qué hacen sus personajes y más en cómo se explican a sí mismos por qué lo hacen. Rara vez nos dice que alguien se está autoengañando; simplemente nos deja escuchar sus pensamientos y observar las grietas entre lo que creen sentir, lo que dicen y lo que finalmente hacen. Y es precisamente en esa distancia donde aparece toda su lucidez psicológica: sus personajes no siempre se conocen tan bien como creen conocerse.
"- Reflexiona un poco. Tienes que saber quién eres.
- Ya...lo sé.
- No. No lo sabes. Si así fuera no olvidarías tan a menudo quienes son los demás."
Y todo esto sucede en una Viena que durante la lectura casi podemos visualizar: los tranvías eléctricos, los cafés llenos de escritores y músicos, los conciertos, los bailes, las conversaciones brillantes, las buenas maneras en la que no se mencionan ciertos temas y una aristocracia que todavía conserva buena parte de su prestigio. Schnitzler no da una fecha explícita, pero la novela transcurre en la Viena contemporánea al momento en que fue escrita, en esos últimos años del Imperio austrohúngaro en los que el esplendor cultural convive con una creciente sensación de agotamiento y de crisis. Por fuera, todo parece sólido; por dentro, sin embargo, algo empieza a resquebrajarse. Y es precisamente ahí donde Schnitzler pone el foco: en una sociedad que confía enormemente en las formas, pero cuyos individuos dudan de casi todo: del amor, del matrimonio, de la fidelidad, de su vocación e incluso de su propia identidad. Como si el mundo exterior siguiera siendo clásico mientras el mundo interior, el que se cuece en las entrañas, ya fuera plenamente moderno. Y quizá ahí esté una de las razones por las que Camino a campo abierto sigue sintiéndose tan actual. Sus personajes viven en otro tiempo, pero sus conflictos nos resultan inmediatamente reconocibles, muy de ahora: agotamiento existencial y vital, la sobreinterpretación de los sentimientos, el miedo al compromiso, la dificultad para conocerse a uno mismo, la búsqueda de autenticidad.
«No se le puede tratar igual que a los demás. Pertenece a esa clase de personas a las que de vez en cuando hay que recordarles que estamos en el mundo. Una vez que se lo dices, se alegran sinceramente.»
Cuando uno de los personajes describe de esta forma a Georg, el protagonista, está incidiendo, de alguna manera, en algo que poco a poco se irá haciendo más evidente para el lector. Georg parece vivir ligeramente al margen de quienes lo rodean: no siempre repara en los demás, ni parece sentir la necesidad de acercarse a ellos por iniciativa propia. Si no te diriges a él, puede pasar de largo, casi como si no te hubiera visto; pero basta con interpelarlo para que aparezca su lado más encantador, atento y cordial. El problema es que esa capacidad para resultar agradable no siempre se traduce en una verdadera implicación con quienes tiene delante. Georg puede desaparecer de la vida de los demás con una facilidad que contrasta con la intensidad con la que, en otros momentos, parece sentir las cosas.
"-
Seguramente ha vivido mucho, Georg, pero sentir...
- Yo incluso
creo que tengo una cierta inclinación hacia el sentimentalismo
contra la que debo luchar
- El sentimentalismo está en directa
oposición al sentimiento. Con él se intenta apaciguar la falta de
sentimiento, templar el frío interior. Sentimentalismo es el
sentimiento que está por debajo del precio real. Odio el
sentimentalismo."
Georg von Wergenthin, protagonista de Camino a campo abierto es un barón, músico y artista, aunque resulta difícil decir exactamente a qué se dedica. Tiene proyectos, ideas, posibilidades que se suceden continuamente en su cabeza, pero rara vez llegan a convertirse en algo concreto. Vive, en buena medida, en ese espacio entre lo que podría hacer y lo que finalmente hace, que es bien poco. En un momento de la novela alguien lo define, no sin cierta desconsideración, como un «diletante aristocrático», y a Georg le molesta especialmente la expresión. Quizá porque reconoce en ella algo que preferiría no admitir: esa tendencia a ir de una idea a otra, a imaginar futuros posibles sin comprometerse del todo con ninguno. Su posición social le permite, además, convertir esa indefinición en una forma de vida: puede pasear, pensar, hacer planes, interesarse por la música, por el arte o por una mujer, y pasar de una posibilidad a otra sin que el mundo le exija demasiado pronto una decisión. Pero Schnitzler no lo presenta simplemente como un hombre ocioso. Lo interesante de Georg es precisamente esa inquietud constante, esa dificultad para fijarse en algo y, sobre todo, para saber qué quiere realmente. Sus planes parecen menos destinados a realizarse que a mantener abiertas todas las posibilidades.
“¡Usted no tiene que trabajar para ser lo que es! No necesita trabajar, tan solo la atmósfera de su arte...”
Uno de los rasgos que definen a Georg es su incapacidad para elegir. Vive en una continua huida hacia adelante, aplazando las decisiones, ahogándose ante la posibilidad de un futuro enclaustrado en un hogar con mujer e hijos y, convenciéndose de que todavía tiene tiempo para resolver aquello que planeó en su cabecita pero mientras tanto, va provocando sufrimiento en los demás, especialmente en Anna Rosner. No quiere herir a nadie, pero precisamente porque evita enfrentarse de verdad a las consecuencias de sus actos, termina haciéndolo. Mientras tanto, Anna parece permanecer en una espera casi inmóvil —podríamos decir que «mientras toca el piano o se peina»—, aguardando una decisión o una iniciativa por parte de Georg que nunca termina de llegar. Y ahí aparece una pregunta interesante: ¿está Anna esperando que Georg se canse de ser Georg? Porque quizá su esperanza no consista exactamente en que él cambie, sino en aceptar que es así: que necesita huir, demorarse, dejar abiertas todas las posibilidades, y confiar al mismo tiempo en que esa huida nunca será definitiva. Esa espera resulta especialmente significativa frente a un personaje como Georg, que parece vivir convencido de que todavía tiene todo el tiempo del mundo para decidir.
En él hay, además, una forma muy particular de narcisismo afectivo. Cree amar profundamente, pero está también demasiado pendiente de cómo vive él mismo ese amor. Cuando alguien sufre por su causa, siente una compasión auténtica, pero esa compasión se mezcla a menudo con la fascinación que le produce su propia sensibilidad. No es un hombre indiferente al dolor ajeno; el problema es que incluso ese dolor acaba pasando por el filtro de su propia experiencia. Schnitzler retrata así una forma muy moderna de egoísmo: el egoísmo sentimental, el de quien puede sentir algo por los demás sin dejar por ello de estar, en el fondo, pendiente de sí mismo. Es capaz de comprender casi todo, excepto la necesidad de actuar con decisión cuando la vida lo exige. Y precisamente esa contradicción —entre lucidez psicológica e impotencia moral— es lo que hace que Georg resulte, incluso hoy, un personaje tan moderno e incómodo.
"De repente se imaginó en un hogar burgués, bajo la suave luz de una lámpara, sentado a la mesa para cenar entre su mujer y su hijo. Una escena familiar enmarcada en un halo de aburrimiento y problemas."
El propio título, Camino a campo abierto, parece contener ya la huida de Georg. Ese desplazamiento hacia el campo puede leerse como algo más que un movimiento físico: es también una forma de estar en el mundo. Cuanto más avanza, más parece alejarse de la posibilidad de establecer vínculos verdaderamente duraderos, como si la amplitud del paisaje fuera al mismo tiempo una promesa de libertad y la imposibilidad de encontrar un lugar propio. Georg huye hacia delante porque detenerse significaría enfrentarse a aquello que lo liga a los demás. El campo abierto termina así convertido en la metáfora de una fuga permanente: un espacio sin límites en el que siempre puede seguir avanzando, pero en el que, precisamente por eso, resulta cada vez más difícil detenerse y echar raíces.
"Todavía no era capaz de asimilar que mientras él llevaba una eternidad alejándose, ella seguiría todavía durmiendo en la misma cama con las contraventanas cerradas."
Quizá una de las mayores virtudes de Schnitzler sea precisamente esa capacidad para retratar una sociedad desde dentro, desde los rincones más oscuros de quienes la habitan. Las formas, las convenciones, las apariencias a las que sus personajes todavía se ciñen empiezan a resquebrajarse, pero Schnitzler no necesita mostrarnos ese hundimiento desde fuera: basta con observar sus dudas, sus deseos, sus contradicciones, aquello que piensan y que rara vez se atreven a decir. El mundo social se está transformando porque también se están transformando, casi a su pesar, las personas que lo sostienen. Y no puedo terminar esta crónica sin decir una vez más lo impresionada que me tienen sus personajes femeninos. Hay en las mujeres de Schnitzler una complejidad, una inteligencia y una sensibilidad que desmienten de un plumazo esa idea, tan repetida, de que solo las mujeres pueden escribir con verdadero matiz sobre las mujeres. Schnitzler no las convierte en personajes ejemplares ni pretende hablar por ellas: las deja ser contradictorias, inteligentes, vulnerables, apasionadas, egoístas, lúcidas o desconcertantes, y lo hace desde el interior, con una comprensión extraordinariamente fina de sus deseos y contradicciones. Y quizá sea precisamente por eso por lo que resultan tan rabiosamente cercanas: porque Schnitzler no las encierra en su época, sino que consigue que lleguemos hasta ellas desde la nuestra.
La traducción es de Paula Sánchez de Muniain.
"'No tienes ninguna iniciativa, Georg'. Y en ese momento se abrió un abismo entre sus almas, un abismo inesperado y peligroso del que era mejor cuidarse. Entonces pensó de nuevo. ¿Adónde quería llegar?... ¿Qué deseaba ella y para qué estaba preparada?...¿Qué deseaba y presentía él mismo? La vida podía llegar a ser tan imprevisible..."

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