Al Faro, de Virginia Woolf


 

♫♫♫  Mountains - Hans Zimmer  ♫♫♫  


Pero mientras escribo esto, voy completando Al faro: el mar debe estar presente en toda la novela. Se me ha ocurrido que tengo que inventar una nueva palabra que sustituya a novela. Una nueva...por Virginia Woolf. Pero, ¿qué? ¿Elegía?”

(Diarios, junio, 1925)


En junio de 1925, mientras escribe Al faro, Virginia Woolf parece no saber todavía cómo llamar a lo que está haciendo. No es una duda menor, está claro que es perfectamente consciente de que su texto puede estar alejado de la etiqueta de novela tradicional. Ha terminado la primera parte de las tres y tiene claro cómo va a ser la segunda parte, un segmento abstracto en el que una casa vacía parece hablar y, aquí, la palabra «novela» ya no le basta. Necesita otra palabra, una que pueda contener algo que el género parece no alcanzar a nombrar. «¿Elegía?»

La pregunta resulta especialmente reveladora cuando se llega a El tiempo pasa, la segunda parte de Al faro. Allí Woolf parece llevar hasta sus últimas consecuencias esa intuición. Los personajes dejan de ocupar el centro, los años transcurren, la casa se vacía, el mar y la noche adquieren protagonismo y las muertes aparecen casi lateralmente, entre paréntesis. La narración abandona en buena medida la lógica de los acontecimientos para intentar representar algo mucho más difícil: el paso del tiempo y aquello que el tiempo se lleva consigo.

Por eso quizá El tiempo pasa sea el lugar donde Al faro más claramente deja de parecer una novela convencional y empieza a parecer esa otra cosa que Woolf buscaba mientras escribía. Una elegía no solo es un lamento o un duelo por lo perdido: es también una forma de conservarlo. Y eso es exactamente lo que ocurre aquí. La casa permanece mientras sus habitantes desaparecen; el mar continúa mientras las vidas cambian; las habitaciones guardan, de alguna manera, la huella de quienes ya no están. Woolf convierte aquello que el tiempo destruye en materia de memoria.

«¿Elegía?» La pregunta que se hacía Woolf en su diario podría ser entonces también la pregunta que nos hacemos al entrar en El tiempo pasa, la segunda parte de Al faro. ¿Qué clase de libro es este en el que casi no ocurre nada y, sin embargo, ocurre lo esencial? ¿Qué clase de novela es aquella que aparta a sus personajes para dejar que transcurran los años, que deja que una casa se vacíe y que las muertes sucedan al margen de la historia? Tal vez una elegía: una forma de mirar cómo desaparece el mundo y, al mismo tiempo, de impedir que desaparezca del todo.

He empezado esta crónica de una forma un poco caótica, pero quizá no podía ser de otra manera. Cuanto más pienso en El tiempo pasa, más entiendo que esa segunda parte, que en una primera lectura puede parecer anticlimática, es en realidad esencial para comprender de qué quiere hablar Woolf. Es como si hubiera que atravesar ese vacío para entender qué estaba haciendo todo el tiempo en las páginas anteriores: no contar una historia, sino intentar atrapar la conciencia de estar vivos, el modo en que recordamos, la forma en que percibimos a los demás y, sobre todo, la manera en que el tiempo transforma inevitablemente aquello que creemos estable.

Al faro es una novela modernista y, como tal, está mucho menos interesada en los acontecimientos que en lo que sucede dentro de las personas. La familia Ramsay pasa unas vacaciones en su casa de la isla de Skye, en Escocia. James, uno de los hijos,el más pequeño, quiere visitar el faro que se ve desde la casa, pero el viaje se aplaza debido al mal tiempo. Eso es, prácticamente, el argumento. Y, sin embargo, alrededor de ese deseo tan sencillo Woolf construye una novela sobre la familia, el matrimonio, el papel de la mujer en un férreo sistema patriarcal, la muerte, el deseo, la memoria y la percepción. Sobre cómo una misma escena puede significar cosas completamente distintas dependiendo de quién la mire y de qué recuerdos lleve consigo.


"No existía la más mínima posibilidad de que pudiesen ir al Faro mañana, espetó el señor Ramsay irascible.
¿Cómo podía saberlo?, preguntó ella. A menudo el viento cambiaba.
"


La novela está dividida en tres partes, pero durante la primera (La ventana) y la tercera (El faro), Woolf consigue que algo tan aparentemente pequeño como una comida familiar, una conversación o la preparación de una excursión se convierta en un acontecimiento interior. No necesitamos que sucedan muchas cosas porque, dentro de la conciencia, está sucediendo constantemente algo. Y aquí aparece una de las características por las que siempre me interesa tanto Virginia Woolf: no hay una única voz narrativa estable. Woolf utiliza principalmente la tercera persona, pero esa voz entra y sale continuamente de la conciencia de los personajes. Pasamos de una mente a otra casi sin darnos cuenta; una percepción desencadena un recuerdo, un recuerdo lleva a una sensación y una sensación nos devuelve al presente. El pasado y el presente dejan de ser compartimentos separados. Y por eso a veces cuesta incluso distinguir dónde termina la voz del narrador y dónde empieza el pensamiento del personaje. No tenemos una voz exterior que nos diga quién es realmente la señora Ramsay, qué siente de verdad su marido o qué deberíamos pensar de ellos. Los conocemos a través de sus propias percepciones y a través de las percepciones de los demás.


Y se preguntó qué estaría leyendo ella, y exageró su ignorancia, su sencillez, porque le gustaba pensar que ella no era lista, no era leída en lo más mínimo. Se preguntó si ella entendía lo que estaba leyendo. Probablemente no, pensó.”


Esto resulta especialmente importante en el caso de la señora Ramsay. Para algunos es una mujer cálida, generosa, capaz de mantener unida a la familia y de crear armonía a su alrededor. Para otros puede resultar absorbente, convencional o incluso incomprensible. Y Woolf no decide cuál de esas versiones es la verdadera. Todas pueden serlo al mismo tiempo. Quizá esta sea una de las grandes ideas de la novela: que nunca conocemos del todo a las personas que tenemos más cerca, un tema recurrente en la obra de Woolf, por ejemplo, era el tema esencial  en El cuartode Jacob. Cada uno de nosotros existe de una manera diferente en la conciencia de quienes nos rodean. La señora Ramsay no es exactamente la misma señora Ramsay para su hijo James, que para su marido, para Lily Briscoe o para ella misma. Ni siquiera nosotros somos una persona completamente fija: cambiamos según el momento, según quien nos mire, según lo que recordemos y según como nos veamos a nosotros mismos.

Y frente a la señora Ramsay está Lily Briscoe, que de alguna manera funciona como su contrapunto. Lily es pintora y está intentando encontrar una forma propia de mirar y de representar el mundo. Su pintura se convierte en otra manera de ordenar aquello que la experiencia presenta como fragmentario. Si Woolf está tratando de encontrar una forma nueva para la novela (tal como confiesa en sus diarios), Lily está tratando de encontrar una forma nueva para su cuadro. Ahí hay una correspondencia que me parece muy interesante: Woolf y Lily están haciendo, en dos lenguajes distintos, algo parecido. Las dos intentan dar forma a una realidad que no se presenta ordenada. Y quizá por eso el flujo de conciencia de Woolf no sea simplemente un recurso estilístico. Es su manera de ser fiel a esa experiencia. En lugar de contarnos desde fuera lo que les ocurre a los personajes, nos deja entrar en el movimiento de sus mentes.

Y entonces vuelvo a El tiempo pasa. Porque después de haber pasado tanto tiempo dentro de las cabezas de los Ramsay, Woolf hace algo radical: los aparta. Deja que la casa permanezca cuando ellos ya no están. Deja que el tiempo haga su trabajo. Y de pronto entendemos que todo aquello que parecía tan pequeño —una conversación, una mirada, una tarde, el deseo de un niño de ir al faro— era precisamente lo que merecía ser conservado.



Cuando leía como ahora a James, y había cientos de soldados y tambores y trompetas, y los ojos del niño se oscurecían, pensaba: ¿por qué tean que crecer y perder todo aquello?”


Y  lo que más me maravilla de Al faro, después de terminarla, sea precisamente la manera en que Woolf manipula el tiempo narrativamente. No solo cuenta el paso del tiempo: consigue que lo experimentemos de distintas maneras:

En la primera parte, el tiempo se vuelve extraordinariamente lento. Una tarde puede ocupar decenas de páginas porque el tiempo que importa no es el de los acontecimientos, sino el de la conciencia. Apenas sucede nada exteriormente y, sin embargo, dentro de los personajes sucede todo:

Entonces llega El tiempo pasa y hace algo radical: cambia por completo la escala. La familia deja prácticamente de ocupar el centro y el foco se desplaza hacia la casa, el mar y el tiempo mismo. La narración se distancia. Los años pasan y acontecimientos fundamentales, incluidas varias muertes, aparecen comprimidos en unas pocas páginas, casi de pasada, de forma fría y clínica. Y el efecto es potentísimo porque Woolf no solo nos dice que el tiempo pasa: nos hace sentir su indiferencia. Después de haber pasado tanto tiempo dentro de la conciencia de los Ramsay, experimentando minuciosamente una tarde, de pronto descubrimos que diez años pueden desaparecer en unas pocas páginas. Lo que para una persona puede contener una vida entera, para el tiempo puede ser apenas un instante. Es como si la novela tuviera dos escalas temporales enfrentadas. Por un lado, está el tiempo de la conciencia: lento, subjetivo, minucioso, lleno de recuerdos y asociaciones. Por otro, el tiempo exterior: rápido, indiferente, implacable. En la primera parte estamos dentro de las personas; en la segunda, estamos fuera, viendo cómo el tiempo pasa sobre ellas.

Y luego, en la tercera parte, Woolf vuelve a introducirnos en las conciencias. Pero ya no estamos exactamente donde estábamos. Ha pasado el tiempo. Algunos personajes regresan a la casa y nosotros regresamos a sus pensamientos, solo que ahora esos pensamientos están atravesados por todo lo que ha ocurrido. Volvemos al tiempo subjetivo, pero convertido en memoria.

Por eso la estructura de Al faro me parece tan extraordinaria: primero vivimos el tiempo, después lo vemos pasar y finalmente lo recordamos. Woolf no utiliza el tiempo como un simple marco en el que colocar una historia. El tiempo es la materia misma de la novela. Puede dilatar un instante hasta hacerlo inmenso, puede hacer desaparecer una década en unas páginas y puede, finalmente, devolvernos al pasado a través de la memoria. ¿El momento que me voló la cabeza?... la propia conciencia de la señora Ramsay de la fugacidad de un instante feliz. Una novela para releer una y otra vez.

La traducción es de Itziar Hernández Rodilla.

 

Y, rozando el cabello de su hijo con los labios, pensó que él nunca volvería a ser tan feliz. Eran más felices entonces de lo que volverían a serlo nunca.”



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