Un juego de niños, de Donna Tartt

 


  

♫♫♫ Little Girl Blue - Janis Joplin  ♫♫♫

 

"Dormida o despierta, el mundo era un juego resbaladizo: decorados engañosos, corrientes y ecos, luces reflejadas. Y todo ello escurriéndose como arena entre sus entumecidos dedos."


Hay algo en la forma de contar de Donna Tartt con lo que siempre acabo conectando. Tiene una manera de construir sus historias que consigue implicarme por completo, hasta el punto de sentir que sus personajes dejan de ser personajes y pasan, de alguna forma, a formar parte de mi vida, y lo acaban formando porque sus novelas permanecen, así que es una pena que se tome tanto entre libro y libro, aunque tal como cuenta en alguna entrevista, Tartt no concibe sacar un libro cada dos años solo porque lo marque el sistema. Leí El secreto y El jilguero en su momento, y durante años tuve pendiente Juego de niños. Supongo que, en parte, me daba miedo acercarme a esta novela por todas las críticas menos favorables que había leído. Pero creo que, sobre todo, me aterraba la posibilidad de que no me gustara. De que una autora con la que había conectado tanto pudiera decepcionarme.

Y, sin embargo, ha vuelto a pasarme algo parecido a lo que sentí con El jilguero. En aquel momento, por todo lo que contaba y por el momento de mi vida en el que lo leí, sentí aquella historia especialmente cerca. Ahora, después de leer Juego de niños, creo que empiezo a entender que quizá no tenga tanto que ver con identificarse o no con lo que cuenta Donna Tartt. Tiene que ver con su estilo. Con esa forma tan suya de envolverte en una historia hasta que ya no la estás simplemente leyendo, sino reconociendo sensaciones. De hacer que acabes mirando a sus personajes con una familiaridad extraña, como si los conocieras desde hace años, como si sus vidas hubieran transcurrido en algún lugar al que tú también has tenido acceso. Y eso es algo que, al menos conmigo, Donna Tartt consigue una y otra vez: me envuelve. Me implica. Y cuando termino sus libros tengo la sensación de haber convivido durante un tiempo con personas que, aunque nunca hayan existido para mí fuera de esas páginas, de alguna manera siento que han pasado a formar parte de mi propia vida.


"¿Cómo podías estar completamente seguro de cuando soñabas y cuándo estabas despierto? Cuando soñabas creías que estabas despierto, y no lo estabas. Aunque ahora Allison tenía la impresión de que estaba despierta, sentada descalza, en el porche de su casa, eso no garantizaba que en realidad no estuviera durmiendo en el piso de arriba, soñándolo todo: el porche, las gardenias, todo."


Y en esta novela ha habido varios momentos, especialmente emocionales, que ya sabía mientras los estaba leyendo que seguiría recordando. Me ha ocurrido lo mismo que con El jilguero: hay escenas que se me quedaron grabadas entonces y que, incluso ahora, doce años después, sigo sin poder olvidar. Lo que consigue aquí Donna Tartt no es fácil. Se atreve con una historia de cocción muy lenta, que poco a poco va asentando un estado de ánimo, una forma de vida y un lugar —el Mississippi de los años 70— hasta conseguir que acabemos completamente instalados en él. No parece tener prisa por llevarnos a ninguna parte, porque lo importante está precisamente en ese tiempo que pasamos allí, observando y conociendo a sus personajes.


"-Es terrible ser niño y estar siempre a merced de los demás. Tendrás que esperar a ser mayor."


Y en el centro de todo está Harriet, una niña de doce años que se siente desubicada y sola, prácticamente abandonada por una madre que todavía sigue atrapada en el duelo por la muerte de su hijo Robin, ocurrida once años atrás. Harriet crece alrededor de una ausencia que nunca termina de desaparecer y que condiciona la vida de todos los que la rodean. Y quizá sea precisamente esa sensación de estar creciendo en un lugar emocionalmente detenido lo que hace que la historia vaya adquiriendo, poco a poco, esa atmósfera tan particular y tan inquietante. Harriet crece, en realidad, rodeada de dos ausencias. Por un lado, la de su hermano mayor Robin, cuya muerte sigue proyectándose sobre la familia once años después. Por otro, la de su madre, que desde entonces parece haberse convertido en una especie de fantasma: alguien que está en la casa, pero que apenas forma parte de ella; que se mueve entre sus habitaciones —o, más bien, permanece encerrada en la suya— mientras deja el cuidado de sus dos hijas, Harriet y Allison, en manos de Ida, la asistenta de color, y de su abuela Edith.


"Alexandria: llana y desolada, un circuito de señales de tráfico, una gigantesca maqueta para trenes de juguete. Al cabo de un rato te invadía una extraña sensación de irrealidad. Calles por donde no corría el aire, cielos incoloros. Edificios vacíos, de cartón piedra. Y si conduces un rato -pensó- siempre acabas justo en el sitio de donde saliste."


Un juego de niños está ambientado principalmente a comienzos de los años 70, en un Mississippi que todavía arrastra con mucha fuerza las consecuencias de la segregación racial. Tartt nació en 1963 y se crió allí, así que, de alguna manera, está recreando un mundo muy cercano al de su propia infancia. Aunque para entonces la segregación legal ya había sido abolida y la Ley de Derechos Civiles había supuesto un cambio enorme, la realidad social tardó mucho más en transformarse. Y lo interesante es que Tartt nunca nos cuenta todo esto desde fuera, sino a través de la mirada de Harriet, que tiene doce años y todavía no es del todo consciente del mundo en el que vive. Ella ve quién trabaja para quién, quién entra en determinadas casas, quién va a un colegio u otro, qué cosas se dicen y cuáles se callan, pero no siempre entiende lo que hay detrás de todo ello. Su familia pertenece a ese viejo Sur de privilegios, prejuicios y jerarquías que todavía siguen muy presentes, aunque económicamente ya no estén en la posición que tuvieron en otro tiempo. Y esa tensión entre un mundo que está cambiando y otro que se resiste a desaparecer está presente prácticamente en cada página. Lo fascinante es que Harriet simplemente lo vive: observa, pregunta y apenas recibe respuestas,  se mueve dentro de él sin tener todavía las herramientas para comprenderlo. Y somos nosotros, como lectores, quienes vamos entendiendo poco a poco las reglas de ese mundo que para ella todavía forman parte de lo cotidiano. Además, aunque la Alexandria de Un juego de niños es ficticia, Tartt consigue construirla de una manera tan concreta y reconocible que parece completamente real. Está situada en Mississippi y reúne muchos de los elementos del profundo sur: el calor casi asfixiante, la vegetación exuberante, las familias antiguas, las serpientes, las diferencias sociales y raciales, la religiosidad y esa sensación de que el pasado sigue presente en todas partes. Más que describirnos una ciudad, consigue hacernos sentir que hemos pasado un verano entero allí, bajo ese calor, recorriendo sus calles, montando en bicicleta con Harriet y su amigo de aventuras, y entrando en las casas de unas familias que parecen llevar generaciones atrapadas en el mismo lugar.


"Harriet no se cansaba de contemplarlas. Las fotografías eran demasiado azules, sobrenaturales, y los colores se habían vuelto aún más extraños y trémulos con los años. El mundo de ensueño del que ofrecían una fugaz visión era mágico, reservado, inaccesible."


Y aquí conviene hablar un poco del punto de partida de la historia, aunque la muerte de Robin no sea realmente un spoiler: Donna Tartt decide contárnosla desde el prólogo. Estamos en una fiesta familiar, cuando Harriet es todavía un bebé y Allison tiene apenas cuatro años. En algún momento de la celebración, Robin desaparece y poco después aparece ahorcado de un árbol en el jardín trasero de la casa. Sabemos, por tanto, desde el principio qué ocurrió, y precisamente por eso la novela no se construye alrededor del misterio de su muerte, sino alrededor de todo lo que esa muerte dejó a su paso. Once años después, seguimos viendo cómo aquel acontecimiento continúa determinando la vida de la familia y, especialmente, la de Harriet, que apenas tiene recuerdos propios de su hermano pero ha crecido bajo la sombra de su ausencia.

Es a partir de aquí, a raíz de una serie de hechos que alteran el frágil equilibrio de su familia, cuando Harriet decide investigar qué ocurrió realmente aquel día y, sobre todo, quién mató a su hermano. Porque Harriet tiene algo muy claro desde el principio: Robin  fue asesinado. Durante esas vacaciones de verano, con la determinación y la obstinación propias de sus doce años, empieza a reconstruir lo sucedido once años atrás. Y no lo hace partiendo de cero: desde el principio tiene en mente a una persona concreta como posible responsable de la muerte de Robin. A partir de ahí, la novela se convierte también en el relato de esa investigación, de cómo Harriet se adentra cada vez más en un pasado familiar que quizá habría sido mejor dejar enterrado. 


"Harriet no tenía ni un ápice de la sutil fragilidad de su hermana. Hablaba deprisa, con una voz aflautada y aguda y un acento muy entrecortado para tratarse de una niña de Mississippi (muchas veces los desconocidos preguntaban de dónde demonios había sacado aquel acento yanki). Tenía los ojos claros y la mirada penetrante como Edie. El parecido entre Harriet y su abuela era notorio, no pasaba desapercibido."


Harriet es, para mí, uno de los grandes hallazgos de la novela. Tartt construye a una niña que resulta fascinante precisamente porque está llena de contradicciones: tiene doce años, pero observa el mundo con una inteligencia y una capacidad de análisis que a veces parecen impropias de su edad; al mismo tiempo, sigue teniendo la crueldad, la obstinación, la imaginación y la necesidad de jugar propias de una niña. Es tremendamente curiosa, pero también impulsiva; valiente hasta rozar la temeridad y, al mismo tiempo, profundamente vulnerable. Hay algo casi feroz en su manera de enfrentarse al mundo, como si necesitara encontrar una explicación a todo aquello que los adultos se han empeñado en mantener en silencio.

Su obsesión con Robin nace precisamente de esa necesidad. Ella apenas llegó a conocerlo, pero ha crecido rodeada de su ausencia, escuchando fragmentos, silencios y versiones sobre aquel hermano al que todos parecen haber idealizado. Robin se convierte así en una figura casi mítica para ella, alguien a quien conoce más por lo que los demás proyectan sobre él que por sus propios recuerdos. Y cuanto más idealiza a su hermano, más necesita encontrar un responsable de su muerte. Su investigación no es solamente la búsqueda de un asesino: es también su manera de intentar apropiarse de una historia que hasta entonces le había sido negada y de poner orden en una familia que vive atrapada en un duelo que nadie parece capaz de cerrar. Además, me parece especialmente interesante que Tartt nunca presente a Harriet como una heroína convencional. Harriet puede ser desagradable, arrogante, cruel, manipuladora y tremendamente injusta. Puede hacer cosas que nos incomodan y tomar decisiones que sabemos que son equivocadas. Pero precisamente por eso resulta tan real. No intenta hacerla simpática; intenta hacerla compleja, real. Y creo que ahí está buena parte de la fuerza del personaje: seguimos a Harriet no necesariamente porque aprobemos lo que hace, sino porque queremos entender hasta dónde puede llegar y qué está buscando realmente detrás de esa obsesión.


"murmurando extrañas y tristes canciones que no cantaba nadie más que Ida, canciones antiguas de cuando Harriet era pequeña, canciones tan viejas y misteriosas como el propio tiempo, sobre fantasmas y corazones desgarrados y amantes muertos que se iban para no volver jamás. ¿No añoras a veces a tu madre? ¿No añoras a veces a tu madre?"


Reconozco que con esta novela no he sufrido lo que llegué a sufrir con El jilguero, pero sí me ha remitido constantemente a él por la conexión emocional de muchas de sus escenas. Y eso me ha sorprendido especialmente porque, a pesar de su lentitud, me ha enganchado como pocas novelas. Al mismo tiempo que quería avanzar, quería dosificarla, leerla despacio, porque no quería que se acabara. Creo que ahí está también una de las grandes virtudes de Tartt: consigue que quieras saber qué va a pasar y, al mismo tiempo, que quieras quedarte un poco más dentro de ese mundo.

Porque Un juego de niños es, en apariencia, una novela de suspense, de terror, de misterio y de aventuras, pero para mí termina siendo sobre todo una novela sobre la capacidad del ser humano para enfrentarse a determinadas ausencias y sobre cómo esas ausencias pueden convertirse en algo traumático dependiendo del momento de la vida en el que ocurran. El misterio es el motor de la novela, pero también una excusa para hablar de todos esos dilemas vitales que permanecen cuando alguien desaparece, que tienen que ver más con uno mismo que con el ausente.

Y hay además algo de terror gótico en todo esto, pero de un terror muy particular: un terror instalado en algún lugar del Mississippi de los años s70, bajo el calor y esa atmósfera densa que Tartt construye con una paciencia extraordinaria. Un terror visto desde los ojos de la infancia, cuando los adultos son incapaces de detectarlo porque están demasiado ocupados con sus propios problemas, sus propios duelos y sus propias miserias. Harriet ve cosas que los demás no ven, o quizá las interpreta de una manera que los adultos ya han olvidado cómo hacer.


"En el borde del camino Harriet vio el relieve de una bota, una bota grande, claramente marcada en el barro, y al mismo tiempo el hedor podrido que desprendía la serpiente le llegó hasta el fondo de la garganta, y echó a correr, con el corazón latiéndole a toda velocidad, como si la persiguiera el mismísimo demonio; echó a correr sin saber por qué."


Tampoco creo que sea un misterio que podamos reducir simplemente a encontrar a alguien que encaje con una serie de pistas. Tartt juega con algo mucho más complejo: qué ocurrió realmente, qué creemos que ocurrió y qué significado tiene todo ello dentro de una novela que fue construyendo durante años y para ello no nos adentra simplemente en el punto de vista de Harriet, no es una novela en primera persona como lo fue El Secreto, sino que nos adentra en múltiples conciencias, en la mayoría de sus personajes convirtiéndola en este aspecto en una novela muy compleja porque habrá tantas verdades como personajes. Y después de terminarla es imposible no volver mentalmente sobre algunas escenas, reinterpretar personajes y preguntarse por determinadas decisiones. Es de esas novelas que, cuando las terminas, todavía siguen trabajando dentro de ti.

Me resulta difícil transmitir lo mucho que la he disfrutado. Sobre todo, lo mucho que admiro a Donna Tartt. Admiro su capacidad para construir personajes tan llenos de matices, para dosificar el suspense sin que la novela deje de ser nunca algo mucho más grande que su propio misterio y, sobre todo, esa manera que tiene de construir atmósferas en las que termino completamente implicada. No sé exactamente qué hace esta mujer cuando escribe, pero consigue envolverme siempre. Y sí, es de esas novelas que necesitas comentar una vez terminadas, volver sobre ellas, resolver enigmas, terminar de completar el puzzle y reconstruir algunas de las piezas que Tartt ha ido dejando por el camino. Con ella nunca ha sido más cierto eso de la soledad del lector: esa sensación de haber vivido algo enorme a solas y necesitar compartirlo después para comprobar qué ha visto el otro, qué ha entendido y qué se nos ha escapado.

La clave de la novela está en su Prólogo, en Houdini y, quizá, también en su título original. Una novela que Donna Tartt empezó a escribir cuando todavía no había terminado El secreto y a la que terminó dedicando diez años de su vida. Quizá su novela más incomprendida, pero también una de esas que, cuánto más pienso en ella después de haberla terminado, más me convence de que puede ser su mejor novela. Una joya.

La traducción es de de Gema Rovira Ortega


"Harriet reflexionaba sobre cómo la vida había maltratado a los adultos que conocía, a todos
Había algo que los ahogaba cuando se hacían mayores, que les hacía dudar de sus propios poderes. ¿Pereza? ¿Costumbre? Dejaban de luchar y se resignaban a aceptar lo que ocurría. Así es la vida, solían decir. Así es la vida, Harriet, ya lo verás.
"

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