[ Interludio ] Agosto - Aunque nada pueda devolver la hora...
"Aunque nada pueda hacer
volver la hora del esplendor en la hierba,
de la gloria en las flores,
no debemos afligirnos
porqué la belleza subsiste siempre en el recuerdo…"
(William Wodsworth)
Mientras leía Un Juego de niños de Donna Tartt me encontré pensando en algo que no estaba buscando: en la fragilidad de la infancia o, no tanto de la infancia en sí, sino justo ese momento en que dejamos de mirar el mundo con la mirada de la ilusión, de la inocencia y, en lo extraño que resulta estar en una etapa vital en la que todavía no sabemos muy bien quiénes somos y, sin embargo, nuestra vida depende casi por completo de los demás. De sus decisiones, de sus expectativas, de sus errores, de aquello que son capaces —o incapaces— de ver en nosotros. Esta reflexión me llevó inevitablemente a Esplendor en la hierba, de Elia Kazan.
Pienso sobre todo en Deanie (Natalie Wood), porque hay en ella algo que expresa de una manera especialmente dolorosa esa vulnerabilidad: la de alguien que está atravesando una etapa de la vida especialmente difícil sin tener todavía las herramientas para comprender lo que le sucede. Está rodeada de personas que tienen una idea muy precisa de quién debería ser, pero casi nadie parece interesado en averiguar quién es. Su sufrimiento queda atrapado entre las expectativas de los demás y una vida interior para la que todavía no encuentra palabras. Deanie no es solamente una joven que sufre, además en soledad. Es también alguien que todavía está aprendiendo a existir por sí misma mientras los adultos a su alrededor toman decisiones que afectan profundamente a su vida. Y ahí reside buena parte de su tragedia: en descubrir que aquellos de quienes dependemos para orientarnos por el mundo no siempre saben qué hacer con nosotros.
Por eso Deanie me hace pensar también en los personajes de Donna Tartt: en Theo de El Jilguero, en Harriet de Un juego de niños. En esa infancia que aparece tantas veces como un territorio en el que uno todavía está demasiado expuesto a las decisiones de los demás. Theo, Harriet y Deanie pertenecen a una misma familia de personajes: aquellos que llegan prácticamente obligados por las circunstancias, demasiado pronto a una frontera que todavía no están preparados para cruzar. Hay algo especialmente frágil en esa etapa de la vida. Todavía no sabemos del todo quiénes somos, pero ya estamos a merced de quienes nos rodean. De lo que esperan de nosotros. De lo que proyectan sobre nosotros. De sus miedos, sus prejuicios, sus deseos y también de su incapacidad para comprendernos.
A veces la infancia termina con una pérdida. Otras veces termina con una decepción. Otras, simplemente, cuando comprendemos que los adultos tampoco saben qué hacer. Es entonces cuando aparece una forma nueva de soledad. No la soledad del que está físicamente solo, sino la de quien descubre que hay una parte de su experiencia que tendrá que atravesar sin que nadie pueda hacerlo por él. E intuyo que a esto se le llama crecer, aunque tampoco estoy segura...
No perder exactamente la inocencia, como tantas veces se dice, sino perder la certeza de que alguien vendrá a explicarnos qué hacer cuando el mundo deje de parecer un lugar seguro. Y eso es también lo que buscamos como lectores o espectadores cuando conectamos de verdad con un personaje: reconocer en su vulnerabilidad algo que también fue nuestro. Recordar lo que significaba estar a merced de los demás, necesitar que alguien nos explicara el mundo y no encontrar siempre a quien pudiera hacerlo.
Por eso hay algo tan cercano en Esplendor en la hierba. Porque el esplendor no está solamente en la juventud que se pierde: está en no saber todavía que se va a perder. En vivir algo mientras todavía creemos que puede durar para siempre. Después, inevitablemente, llega el tiempo en que uno mira hacia atrás y comprende que aquella fragilidad no era una debilidad.
Y por eso algunas historias permanecen. Porque nos devuelven, por un instante, a esa edad en la que todavía no sabíamos que estábamos solos. He conectado en este caso a Donna Tartt con una película que puede estar quizás a años luz en cuanto a similitudes pero en mi caso está asociación funciona: Theo, Harriet o Dannie podrían ser para mí la misma persona, y quizás como mejor se pueda comprobar es imaginándolos como adultos.





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